El Libro Sagrado de Abiponia
I
Las páginas siguientes conciernen al estudio preliminar de un escrito todavía inédito, algo así como el referente de un trabajo a realizar en el futuro. Contienen una descripción histórica y también ficcional destinada a la elaboración de un manifiesto político. Es, en fin, un borrador de mis aportes al proyecto académico postulado por los integrantes del MO.JU.SE, una de las tantas divisiones del Centro Estudiantil del Profesorado de General Obligado.
El proyecto del MO.JU.SE. configura una tesis sobre la historia argentina a partir de la Revolución de Mayo. El estudio de investigación lo realizamos, en su momento, bajo el rigor de una consigna sustancial: soslayar los hitos históricos conocidos por todos los argentinos, principalmente aquellos hechos puntuales que definen los rasgos culturales de patriotismo. En contraposición, analizamos una selección exclusiva de la historia, la menos conocida pero más trascendental para nosotros. Aunque todavía esta historia permanezca semioculta al conocimiento general, los hechos de la misma son precedentes históricos a mano de cualquiera en cualquier biblioteca. Sin embargo, no forman parte del contenido de un manual de estudios, por ejemplo; o al menos no están en ellos desarrollados de forma conveniente, como material didáctico, digo, al que podría acceder una persona común en la escuela primaria o secundaria. Porque la historia verdadera no cierra con los acontecimientos de Mayo y el proceso posterior conocido por todos, es decir, los distintos proyectos políticos ensayados por nuestros próceres con el fin de unir geográficamente el territorio. A partir de 1810 se sucedieron diversos enfrentamientos ideológicos cuya finalidad primigenia no fue precisamente conciliar un mapa geográfico unitario; por el contrario, en 1820 el territorio se había fragmentado en partes autónomas. El Tratado del Cuadrilátero, firmado entre las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires, fue el primer intento de descentralización política. Fue un pacto de no agresión y autonomía acordado entre distintos bandos con el fin de independizarse mutuamente.
Por supuesto, el proyecto del MO.JU.SE. no está destinado a la composición de un texto histórico, porque los datos extraídos se integrarán a un documento de otra naturaleza, menos histórica que artificiosa. Y aunque los elementos discursivos ya están establecidos como ineludibles en el texto, el formato del mismo aún está en pañales debido a la controvertida opinión de los analistas, quienes aún no nos ponemos de acuerdo en elaborar un ensayo o una novela con los mismos.
El borrador, el de estas páginas, resume el trabajo desarrollado durante la investigación histórica, y me sirve a mí como complemento para ensayar un discurso escrito a favor de la composición de una novela. Defiendo este formato porque el ensayo, aunque convalida un trabajo de investigación científica y puede establecer tesis y argumentos bien definidos, no permite mezclar datos históricos con otros ficcionales, elemento necesario este último para estrenar mitos y utopías.
La realización del escrito, entonces, ya sea que termine en novela o en ensayo, como dije arriba, se debe a la ocurrencia de los integrantes del grupo, quienes buscamos la forma de sentar un precedente ideológico. Y desde mi punto de vista, además de justificar históricamente una doctrina política, la de fundar un mito y así postular una utopía. De eso se trata, y de un viejo manuscrito perteneciente a mi familia.
Ese documento, un texto de ficción llamado ABIPONIA, dispone de todos los componentes ficcionales para construir el proyecto, porque trata la historia de una civilización desarrollada a partir de una mezcla de culturas. Es un escrito de principios de siglo, compuesto en dialecto friulano por mi tatarabuelo Celestino Paduán, quien a su vez realizó la transposición de un manuscrito perteneciente a sus ancestros. La narración original transmite una ficción que transcurre y se desarrolla cronológicamente a partir de los viajes de exploración española de principios del siglo XVI y culmina en una batalla de mediados el siglo XVIII.
Yo me había propuesto en principio traducir una versión en español respetando la forma original de escritura, y no hubiera sido mala idea hacerlo de ese modo si se tratara solamente de publicar un libro de aventuras, una novela histórica como la de Walter Scott, por ejemplo. Después de todo, hubiera resultado una fábula épica sin precedentes en la novelística de nuestra región.
Pero hay en la obra otros datos interesantes, documentales, y mejor relacionados con la historiografía que con la aventura. Después de la muerte de Celestino, en 1932, sucedieron algunos hechos misteriosos en nuestra familia, acontecimientos relacionados a la ficción de la obra. Algunas secuencias del relato, y los inexplicables sucesos, me persuadieron acerca de la trascendencia del escrito. Porque abunda en recursos literarios propios de la corriente realista del siglo XIX, razón por la que se podría pensar en una aventura, pero están procesados como un conjunto de testimonios y resultan una sucesión de augurios acerca del futuro, justo lo que necesitamos para el manifiesto ideológico del MO.JU.SE.
Resolví, entonces, realizar una transposición cargada de sugerencias, relacionando los hechos primitivos con la realidad actual, y también con las causas de la historia trágica de mi familia a partir de la muerte de mi antepasado. Por este motivo, y porque en este momento, como estudiante en la carrera de Historia, ya logré formar mi propio punto de vista acerca de la evolución cultural y política de nuestra región, estimé no sería descabellado actualizar una relación de este tipo, si el escenario de los acontecimientos sigue siendo, en esta nueva versión, el mismo del original.
Se trata de plantear hipótesis sobre los acontecimientos futuros, sobre los presentes, sobre los históricos y sobre los ficcionales. Y sobre la base de ese planteo, un escritor de historias no puede dejar de lado sus sentimientos y emociones, ni su propia ideología, cuando se propone analizar la idiosincrasia de su pueblo. No existe ningún escrito, por más frívolo que pueda parecer, en el que no podamos percibir, y en todo caso, rastrear, las huellas ideológicas de su autor.
Con respecto al presente, el MO.JU.SE (Movimiento Juvenil Separatista), es una organización revolucionaria presidida por mí, nacida en el seno de la Institución del Profesorado de General Obligado e integrada por alumnos de varias disciplinas docentes; por jóvenes pertenecientes a otros campos del saber y también por jóvenes de otros ámbitos, como son los trabajadores y gremialistas de diversas entidades.
La función de este movimiento no es pasiva, nuestras expresiones despiertan algunas molestias y controversias en varios círculos del poder local y nacional. Por la peligrosidad del supuesto y por lo temerario de la oferta, la invitación del MO.JU.SE, como lo sugiere el último término de las siglas, despierta cierto resquemor en los medios de comunicación y en las entidades públicas y privadas de nuestro medio. Sin tener en cuenta, por supuesto, las organizaciones partidarias cuyos discursos siguen sosteniendo la relación de dependencia.
Pero la proposición revolucionaria, por más arbitraria que parezca, no es producto de un capricho de estudiantes disconformes con la realidad actual, ni una decisión tomada a la ligera por un grupo de prosélitos sectarios que intenta fomentar la anarquía, sino el resultado de un análisis histórico profundo, realizado por nosotros, estudiantes, en el marco de un discurso político enquistado con falsedad desde hace ciento noventa años.
Sin embargo, no deja de ser una provocación a los estamentos del poder. Las redes clandestinas, los Centros de Inteligencia, las mismas organizaciones que torturaron y mataron a mis padres en el ¨70, renacen nuevamente ante nuestra invectiva. Ya notamos su espectro acompañando nuestros pasos, tratando de neutralizarnos.
Con respecto a la historia, lo que planteamos es revisar la noción de patria. ¿Qué es la patria para los argentinos?¿Qué es la patria para cada uno de nosotros?. Si formuláramos esta pregunta a un indígena de nuestra región, por ejemplo, y le explicáramos que uno de nuestros próceres es el General Obligado, o a los ranqueles, mapuches y araucanos de la pampa, aludiendo la importancia de Roca en el plan económico de fines del siglo XIX, buena respuesta sería la de ellos si nos abofetearan. Sin embargo, y aunque nos cueste creerlo, ellos también son argentinos. Pero no por eso van a venerar a esos próceres; sería como aplaudir al ladrón que entra a una casa a despojar y violar a sus ocupantes. No, no podemos exigirle a esta fracción de argentinos que festejen las fechas patrias. Nosotros, que somos mestizos, tampoco debiéramos hacerlo, porque es como traicionar la otra mitad de nuestro origen, es festejar la audacia de quienes mataron a nuestros parientes más ilustres.
Inaceptables serán todos los argumentos que podamos esgrimir ante los nativos para justificar el crimen de sus antepasados. Nadie idolatra al asesino de su familia, por eso los aborígenes no podrán jamás sentirse argentinos legítimos, por lo menos desde el modelo pensado por Sarmiento. Aunque sí podrán tener patria, la patria chica, la región sin fronteras donde vivieron sus antepasados, la que ahora nos cobija a nosotros y a la que muy pronto ellos también se integrarán.
Otra acepción de patria la sufrimos los descendientes de inmigrantes, la mayoría en conflicto con el discurso sarmientino: Civilización y barbarie. Que es lo mismo decir: Ciudad y campo. Pero sabemos cuál es la ciudad y cuál es el campo. La civilización está allá, en Buenos Aires, y aquí está la barbarie, junto a los indios, nuestra patria y la de ellos. Los antiguos inmigrantes ya no están y los nuevos ya mezclamos nuestra sangre y somos parte de esta nueva nación, la de Urquiza, la de la Confederación , aquella que hoy podría florecer, si pensamos en Caseros y Cepeda, desde las cenizas de Pavón; aunque sea con otro nombre, pero separada de la nación unitaria, del discurso único y del centralismo económico.
Por supuesto, no es fácil romper con el sistema feudal de la oligarquía, porque habría un sentimiento de culpa que habrá que sofocar sin “remedios”. Como los hijos de desaparecidos, al descubrir su origen y tener que romper los vínculos con aquellos que los criaron y educaron, aquellos que mataron a sus padres para ocupar su lugar pero que de todos modos, mal que mal, cumplieron con el rol de progenitores y sembraron el cariño en sus almas. Renunciar a la patria falsa, la que nos formó en la escuela cantando el himno, jurando a la bandera, respetando a los próceres...es tan difícil como renunciar a los padres falsos, los que nos “armaron” un hogar y nos amaron.
Así podríamos estar mil años sujetos a los sentimientos, sin reflexionar, dejándonos someter al antojo de los descendientes de Sarmiento y su cofradía. Desde aquella época, desde Rivadavia, unitario progresista que hipotecó por primera vez el país con un crédito inglés (para embellecer Buenos Aires), hasta la actualidad, la secta unitaria no ha cejado en su propósito de regalar nuestros recursos a los imperialistas. Esta afición congénita, ese amor exacerbado por lo importado, nacido de una adhesión incondicional por la riqueza malhabida y los bancos suizos, es la que viene vaciando de riquezas y contenidos a la Argentina desde hace ciento noventa años. Es hora de romper los vínculos; es hora de que los políticos centralistas, peleles de los oligarcas porteños, se queden a sembrar sus quintales en el sur, que con el norte nos basta y sobra; basta de tropelías, de meter mano en las economías regionales para poder apaciguar la masa humana concentrada en Buenos Aires; basta de estrategias discursivas que pretenden sembrar la confusión; basta de prepotencias, llegó la hora de trazar una línea imaginaria, de este a oeste, a partir de la base inferior de la bota.
Ni siquiera el más terrible de los caudillos, Juan Manuel de Rosas, pensó siquiera una vez regalar el país a los europeos. Al contrario, les puso trabas durante los quince años que se prolongó su segundo gobierno. Por supuesto, como buen oligarca, consumó los crímenes más horrendos para abastecer su ambición, pero al menos puso el cuerpo, se hizo cargo de sus delitos y huyó cargando la mochila de la historia.
No obstante, no fue su gestión la generadora de vendepatrias, no fue el federalismo vicioso de Rosas el generador de europeístas encargados de rifar el país al mejor postor, sino sus opositores, los unitarios. De la mano de Urquiza, éstos lograron afincarse al poder para después traicionarlo. Mitre primero, oligarca si los hubo, desoló a nuestros vecinos paraguayos para servir a los intereses económicos de la corona británica. Historia de traiciones la de este prócer. Treinta años después se infiltraría en las filas de Alem para dividir el recién nacido Partido Radical, boicotear la revolución de 1890 y hacerle el caldo gordo a sus socios del PAN. ¿Y Sarmiento? Con el pretexto de la Educación Pública incendió la cultura gauchesca fomentando el odio a los nativos, la discriminación y el racismo. ¿Qué hizo por su patria? Escribió libros para inculparse y disculparse; ni él se imaginó que la historia oficial lo erigiría como una fuente de conflicto intelectual: sus peroratas dicotómicas sólo ilustran la verborragia de ilusionistas que pretenden ser filósofos a su costa. Luego se sumaron otras lacras en el sillón de Rivadavia, mostrando cada uno una fórmula distinta para enterrar el país. Hasta el día de hoy, ¡será posible!, después de ciento noventa años de administrar la fuente inagotable de recursos, ninguno de estos genios pudo descubrir la clave para cerrar un balance positivo.
Este es el correlato histórico de la obra. Así lo introduciremos entre los intersticios de la trama narrativa. Y no será como un sueño fantasioso y trasnochado sino como pura ideología revolucionaria, nacida en torno a discusiones históricas, debatidas y consensuadas por un grupo de jóvenes emprendedores y realistas, los que sueñan con un país de verdad.
En cuanto a la ficción, los documentos de mi pariente me sirven para elaborar la trama novelesca de la historia, centrada en el mismo escenario que dio frutos a su imaginación, y sobre el que después de su muerte, crecieron las dos ciudades protagonistas: Abiponia y General Obligado. Ambas conforman, para mi, una misma cultura y un mismo pueblo. Ambas comparten una misma realidad, y una misma historia.
Ambas se encuentran mezcladas étnicamente, viviendo la realidad posmoderna impuesta por la globalización. Y en esta posmodernidad, la sociedad gira en torno a modelos ajenos, modelos agregados violentamente a la idiosincrasia perpetua de nuestra gente. La cultura posmoderna rompe todos los paradigmas antiguos, todas las formas de vida desarrolladas a través de la historia. Pero la cultura doméstica sigue igual, se resignifica, se recrea, pero sigue igual. La única manera de ver la vida anterior, nuestra cultura autóctona, es transitando perdurablemente por los lugares de concentración parcial: la Iglesia , los clubes, las asambleas barriales, los bares. Allí se mantienen las costumbres que podemos reconocer como nuestras.
Los bares, por ejemplo, siguen siendo lugares de encuentro donde se perfilan todas las modalidades del ser social, donde las costumbres ancestrales siguen vigentes. En nuestro pueblo hay muchos de ellos, y todos representan, como antaño, a los distintos tipos de alianzas locales, generalmente reducidas a grupos minúsculos de feligreses conglomerados para compartir sus sentimientos y emociones.
II
El bar del viejo José Antonio Benavides, el bar de la historia de ficción que voy a describir, es el lugar a partir del cual se producen aquellos sucesos inexplicables citados al principio de este borrador. Está ubicado en la intersección de la Avenida San Martín y la Avenida de Circunvalación, frente a la vieja Estación de Ferrocarril Ewald en el pueblo de Abiponia. Es una construcción antigua perteneciente a nuestra familia desde principios de siglo.
La puerta de ingreso, sobre la misma ochava del edificio, tiene un umbral de dos metros y medio de ancho y tres de alto, con puerta de dos hojas hechas de planchas de quebracho colorado de cinco centímetros de espesor. Cada hoja esta dividida, verticalmente, en tres cuadros tallados e ilustrados con escenas labradas a mano, figuras de una secuencia de caza en las que hombres al acecho persiguen y matan un puma en plena floresta.
En el interior, en una pared también en ochava a cinco metros de la puerta, al ingresar al local se observa la figura de un carancho embalsamado, de más de un metro de alto, colgado en la parte superior con las alas abiertas y las patas en posición de rapiña. Desde allí el bicho vigila la entrada con sus ojos pardos y diabólicos, redondos como bolas de cristal. Tiene el pico abierto y el plumaje bronceado, casi del mismo tono del color de la pared.
La barra mostrador es otra obra de arte; parte desde esa ochava interior y se extiende casi diez metros por sobre el lado derecho del salón, hasta llegar a la puerta vaivén que da a la cancha de bochas. Este mueble también es de quebracho, y se aparece a la vista como un hermoso modelo de madera bien pulida, no sé si por los cuidados del viejo Benavídes, que lo hace lustrar cada tanto, o por los codos y los brazos de los parroquianos que van a apoyarse allí a tomar sus copas. Siempre se lo ve reluciente, brilloso como el mejor diamante.
Las mesas, unas tremendas moles de un metro veinte de diámetro, algunas con tapas cuadradas y otras circulares pero todas asentadas sobre cuatro patas gruesas, también muestran grabados con figuras de todo tipo de animales: tigres, pumas, caranchos, ciervos. Y las sillas, para nada rústicas como acusan algunos, diseñadas al estilo medieval, con bastidores rematados en punta de lanza hasta por encima de las cabezas más altas, y respaldos y asientos acolchados y forrados en cuero de vaca unido a la madera con tachas de bronce.
En el salón de la izquierda, haciendo codo con la barra, están instalados los dos billares carambolas, unos aparatos construidos de madera nogal por artesanos árabes. Celestino los hizo traer desde Buenos Aires en el tren fletero de este ramal en el año 1902, su primer viaje inaugural. Como en los años ´80 el juego de tres bolas perdió interés, mi tío Ireneo Padrán autorizó a Benavídes la transformación del diseño original de las mesas por otras de “Pool”, el juego de moda.
Fue lamentable la decisión de Ireneo al conceder a Benavídes la libertad de perforar las superficies de mármol para hacer los seis orificios de salida. Los billares y todos los muebles del bar son reliquias para observar y no para usar, por eso pienso que no se debió transformar esas antigüedades para ponerlas a disposición de los usuarios. Como opinan los anticuarios, son una joya de muebles, el local es un museo y debería prohibírsele la entrada al malevaje. Deberíamos cerrar el servicio de copeo y habilitarlo únicamente para aquellos que aprecien el arte autóctono.
El viejo Benavides vive detrás de las paredes de los salones del bar, en un departamento demasiado amplio para él solo. Antes tenía mujer pero ahora es viudo. En Abiponia es conocida la historia de su llegada: vino al pueblo en 1954, tres años antes de la muerte de mi abuelo. Hasta ese momento vivía en Villa Guillermina, pero su hijo enfermó de poliomielitis y debió trasladarse a la ciudad cerca de un centro hospitalario para su mejor atención.
Mi abuelo Manuel, cuentapropista en el acopio de leña y carbón, negociaba con Benavídes esos productos en Guillermina, luego los transportaba hasta Avellaneda (mi abuelo tenía un camión fletero en esa época, un Bedford ´42 con acoplado), y acá los vendía como productos de insumos industriales. Lo conocía porque mantenían esas relaciones comerciales desde hacía años, y cuando se enteró de su traslado a la ciudad se le ocurrió ofrecerle la concesión del bar.
Benavídes tenía una larga trayectoria detrás del mostrador, era el tipo ideal para regentear una cantina de esas características. Por eso, y porque confiaba ciegamente en él, en uno de los encuentros comerciales con el hombre durante la transacción de una de las cargas de leña, le ofreció el negocio de Avellaneda. De paso le hacía un favor, le ofrecía una ocupación, algo conque entretenerse aquí si su estancia debía ser perdurable a causa del asunto del hijo. Por supuesto, mi abuelo murió sin saber la verdadera intención del cantinero, quien había inventado todo para ganar su confianza y asegurarse un lugar cerca de nuestra familia.
Pero mi abuelo, hombre noble y honrado, jamás entendió de dobles intenciones y se dejó engañar inocentemente. Además, estaba cansado de lidiar con los horarios de atención al público y no quería dejar sola a mi abuela detrás del mostrador; la cría de ganado en el campo de la familia, su negocio más lucrativo, y el camión de transporte, le demandaban mucho tiempo durante el día. No tenía otra opción, debía abandonar en otras manos el negocio de sus antepasados. Así, viendo en Benavides una persona de confianza, cerró trato con él.
Por su lado, también Benavídes debió hacer algunos cambios; como su familia estaba integrada por ellos tres solamente, y no tenía en quien delegar sus negocios en Villa Guillermina, vendió todas sus propiedades inmuebles, un almacén de ramos generales y un par de viviendas, alquiló el campo a una familia de ganaderos (más de mil hectáreas de bosque de quebrachos en esa época) y se vino para Abiponia.
Según Jantipa, la criada de mi abuela también oriunda de los pagos de Benavídes, el viejo debe tener más de noventa años ahora. Ella saca cálculos a partir de la edad del hijo, llamado como su padre José Antonio Benavídes, el Juez de Instrucción de General Obligado. El hombre tiene cincuenta y siete años, y eso le consta a Jantipa porque el juez fue a la escuela secundaria con mi padre Octavio, de esa misma edad. Pero lo interesante del caso no sería la edad del hijo, además ella tiene en mente una versión sobre el casamiento de Benavídes: al parecer el viejo se casó después de los cuarenta años, en circunstancias muy curiosas. La historia suena fantástica en algunos aspectos, principalmente la concerniente a su mujer Dawn; ella padecía esa enfermedad, según Ireneo y Jantipa. El suceso no tenía precedentes por eso quedó grabado para siempre en el imaginario colectivo de Guillermina, donde Jantipa lo recepcionó siendo muy niña.
Así fue como Benavídes se instaló en el bar de mi abuelo. Con la plata de la venta de sus propiedades de Guillermina compró unos terrenos en el centro de General Obligado y edificó varias casas. Con eso, más las rentas de los campos, vivió siempre holgadamente, por eso el bar fue, es y será siempre, sólo un entretenimiento para él.
Cuando tomó las riendas del negocio, en aquella época, lo primero que hizo fue ponerle un nombre: El carancho. Bar y Club de Bochas El Carancho, así se llamaba en principio, según el contrato firmado con mi abuelo en aquella oportunidad (al documento lo tengo guardado entre mis reliquias). Después, con Aldonza Lorenzo, la abogada de mi familia, descubrimos la verdadera razón del nombre: no lo había endilgado solamente para hacerle un honor al bicho, embalsamado según él en Villa Guillermina, sino por otras cuestiones.
Pero para cambiar el nombre, muy a pesar de mi abuelo, Benavídes debió quitar el anterior, labrado en letras de mampostería a lo largo de los dos metros y medio sobre la cornisa de la ochava. El mismo Benavídes, martillo y punzón en mano, subió sobre una escalera y quitó las ocho letras de molde, sobresalientes unos cuatro centímetros del parapeto: A-B-I-P-O-N-I-A; y después de hacer pintar todas las paredes, interior y exterior, con el mismo color escarlata exigido por el contrato, hizo pintar el letrero con el nuevo nombre, con grafías grandes de color negro.
El relato podría sonar novelesco para los lectores, más todavía si quien lo cuenta, como yo, vive en contacto cercano con la naturaleza. Pero en Abiponia somos propensos a la fantasía, por eso nos hacemos fácilmente eco de cualquier versión, aunque sea falsa, siempre y cuando nos arranque alguna sonrisa. Y mejor todavía si su difusión es un escarmiento para quién rompe con la tradición. En otras palabras, queda grabado en el supuesto entender de mis coterráneos, toda la comunidad de Abiponia, lo sufrido por Benavídes cuando intentó cambiarle el nombre al bar, aunque se pueda sospechar, como dije antes, cierta negligencia en los trascendidos. A mí me gustaría ahora ver la cara del viejo aquel día de 1954, cuando su asombro no tuvo límites y debió abandonar la faena acobardado por fuerzas siniestras. Hasta hoy, cuarenta y seis años después, los más ancianos sostienen lo mismo.
Dos días después del cambio del nombre sobre la ochava se largó una lluvia intensa sobre el pueblo. Por supuesto, mojó las paredes recién pintadas, y durante varios días la sombra del nombre de ABIPONIA comenzó a aparecer lentamente a través de la pintura. Poco a poco fue ganando consistencia y el nuevo epígrafe quedó interferido por la aparición traslúcida del viejo. Benavides no hizo caso aquella primera vez, y volvió a rotular la pared echando cuatro manos de fondo para tapar otra posible aparición. En dos semanas el nombre de ABIPONIA brotó más claro todavía, otra vez de color gris por el efecto de la oxidación del revoque marcado. De noche, como ahora, la inscripción brilla como luz fluorescente.
Benavídes lo intentó otra vez, y después otra y otra, hasta darse cuenta de las burlas de los mismos concurrentes al bar; entonces decidió abandonar el intento.
En ABIPONIA los asiduos clientes de todos los días, viejos, adultos y jóvenes, estamos conformes y cómodos entre nosotros, a pesar de las bromas pesadas gastadas entre todos. Las anécdotas componen la idiosincrasia particular de los presentes, son como un descanso para los sentidos. Son pura catarsis dentro de un teatro natural esmeradamente construido para ese fin. Cuando el visitante ingresa al salón del bar, después del primer paso, en ese mismo instante ya percibe el aroma penetrante de toda esa caterva de maderas: muebles de quebracho, roble y nogal; marcos, puertas y ventanas de algarrobo, cielorraso y pisos construidos de enchapados y adoquines de roble. En toda la superficie e incluso en las galerías de las dos canchas de bochas, brilla el marrón lustroso de las maderas y un aroma parecido al jazmín.
Y como si fuera poco todo este derroche de naturaleza y arte, las paredes están adornadas con más maderas todavía, esta vez con plataformas de nogal (porque resiste la pintura al óleo en su superficie, afirma Benavídes, que de madera sabe mucho) de unos noventa centímetros de alto por cincuenta de ancho; cuelgan y engalanan todo el extendido de las caras internas de las paredes, desde el salón de las mesas de billar, de siete metros de largo sobre la Avenida de Circunvalación, hasta el salón de mesas y sillas, de doce metros de largo sobre la Avenida San Martín. Las siete pinturas recrean secuencialmente las escenas de los distintos ciclos del Imperio de Abiponia, el libro escrito a máquina, sobre hojas renglonadas, por mi tatarabuelo Celestino, en la década del ´10. Así como los Diez Misterios recrean el calvario de Jesucristo, así estas pinturas de arte barroco muestran los siete acontecimientos más importantes de aquel imperio de ficción (¿?), cuya civilización perduró doscientos años en esta tierra. Con vivos colores y perfección artística en el dibujo, las pinturas muestran, entre muchas otras, figuras alargadas de personajes y paisajes urbanos antiguos, mansiones y vehículos construidos en madera, naves a vela, máquinas para la industria, animales silvestres, bosques frondosos y ríos navegados por pequeñas barcazas.
A mí me gusta estudiar las tres pinturas colgadas en la sala frente al primer tramo del mostrador, representación pictórica de los últimos sesenta años de Abiponia. Especialmente la última, la escena de la lucha donde ambos ejércitos se enfrentan en un combate sanguinario, tras el cual se acaba para siempre la dinastía de los emperadores y la civilización abipona. Celestino describe muy bien las escenas en la obra escrita; mejor dicho, el lector puede guiarse de esos documentos para entender el significado de los cuadros, además, por supuesto, de entretenerse con una historia de aventuras.
Porque hay mucho de verosímil en el escrito, una mezcla de realidad y fantasía desarrollada como en aquel verismo de los cantos épicos medievales. Celestino se esfuerza mucho por mostrarse como cronista documental pero no puede evitar el agregado de una visión utópica, característica fundamental en los primitivos historiadores.
De todos modos, la existencia de una población antigua es asequible no solamente por el documento escrito, probablemente contaminado tanto por la imaginación como por datos falsos, también por evidencias arqueológicas. En su momento Celestino se abocó a estudiar el terreno donde supuestamente se asentó la antigua ciudad, emplazada sobre lo que hoy es La Aceitera , a tres cuadras de aquí.
Encontró muchos vestigios de un asentamiento primitivo en el lugar, producto de excavaciones realizadas en las orillas del Arroyo del Rey. Allí, donde los documentos indican se había desarrollado la batalla final, halló piezas de distintos tipos de armas, o restos de ellas, como empuñaduras y hojas herrumbradas de espadas; caños de un material parecido al acero, ciertamente fragmentos del trabuco antiguo; esqueletos humanos; la pechera broncínea de una coraza, y muchos otros objetos que yo heredé de mi familia y conservo en mi museo doméstico, es decir, en mi dormitorio.
Esos hallazgos me llevaron a mí, cuando era más pibe, a seguir el derrotero de mi pariente, en las mismas playas donde ahora se levantan el puente viejo y el puente del ferrocarril. Con mis amigos de la infancia solíamos hacer expediciones bordeando la orilla hasta unos dos mil metros más al este de los puentes, donde supuestamente existía una represa construída con rollizos de quebracho de más de quince metros de altura. En ese lugar se puede apreciar un desnivel en la tierra, semicircular, que abarca una superficie de por lo menos quinientos metros de diámetro marcados en forma de medialuna. Este sería el estuario formado para mantener un nivel estable en la altura del arroyo, que permitía un curso navegable hasta el mismo nacimiento del torrente, unos ciento veinte kilómetros hacia el oeste.
El tercer libro, o tercer capitulo de la obra escrita por mi tatarabuelo, explica la función de esa represa. Y en las obras pictóricas colgadas en las paredes está representada en el tercer cuadro, donde se observa el rostro traslúcido y sólo perceptible a cierta distancia, de un hombre medieval: tiene barba candado oscura, labios finos y rosados dibujando un gesto de semisonrisa, y unos ojos abiertos y claros que miran con tranquilidad. Se puede constatar la técnica del “sfumato” en la elaboración de estas pinturas, la misma utilizada por Da Vinci en la Mona Lisa.
El paisaje de fondo, más notorio de cerca, corresponde al dique construido con una muralla de palos quebracho de inmensas proporciones. Sobre el lago, formado por la contención del agua, flotan barcazas, algunas con pescadores asistiendo las redes y otras remolcando hileras de troncos inmensos; según el escrito, estos rollizos eran transportados por agua desde la zona de bosque, lo que hoy sería la Cuña Boscosa. En las orillas del manantial se observa, de un lado una estructura cubierta con techo, donde algunos operarios trabajan en la faena de peces, producto de consumo importante para la población abipona, y del otro lado, una construcción también techada donde obreros trabajan la madera de los troncos de distintas especies, único material utilizado en el imperio para la construcción de viviendas, muebles, armas y vehículos. Sobre la meseta del muro, como vía de acceso entre las dos orillas, jinetes vestidos con corazas y armados con lanzas, espadas y trabucos, transitan por la pista de madera montados sobre caballos acorazados cumpliendo la función de vigilantes fronterizos.
Esta es una descripción superficial de la pintura, pero leyendo el libro se puede acceder a otras relaciones. El rostro traslúcido en la ilustración pertenece a un personaje del libro, Uriel, quien fuera el tercer emperador de la dinastía abipona. Este personaje es el protagonista del tercer relato, dueño y señor del gobierno cuya gestión revolucionó la economía del imperio para darle un empuje inusitado. Es él quien hace construir la represa para mantener el arroyo navegable en todo el largo trayecto, desde su vertiente. Con esto agilizó el transporte de los rollizos, extraídos ciento cincuenta kilómetros más al oeste, soliviantando de esta forma la industria maderera, y promovió la siembra de peces en el lago, factor importante para el aprovisionamiento a gran escala de un producto alimenticio.
Por supuesto, el relato no se limita solamente a la descripción de una gestión económica, llevada a cabo de manera eficiente por Uriel, también se basa en una historia de pugnas sectarias con fuerzas antagónicas enfrentándose en intrigas políticas. De esos acontecimientos surge una historia novelada, conspiraciones políticas y militares, historias de héroes o aventureros y refriegas fronterizas con los Frentones y Mamelucos, los indígenas vecinos y los legionarios portugueses que intentaron invadir en varias ocasiones el territorio de ABIPONIA. La estrategia económica descrita en el libro es un sistema de distribución de riquezas realizado por su antecesor, Tabare, quien había implementado el papel moneda como objeto de cambio para todas las transacciones comerciales.
III
El relato original de los hechos de Abiponia estaba escrito en el antiguo dialecto friulano. El libro se conservó por más de cien años en la provincia de Friuli, donde fue a recalar Yadrán después de perder el trono a manos de Ychoalay. Celestino lo trajo de Italia y después la utilizó como fuente de inspiración para construir otro relato de producción propia, la restauración histórica ahora en mis manos. Después yo lo traduje al español, con todos los aciertos y defectos del mismo, es decir, copié todo el libraco para poder estudiarlo mejor y así entender la traza narrativa de mi tatarabuelo.
Yadrán fue el sucesor y heredero del trono del arruinado imperio, así como también es el pilar de nuestra estirpe familiar. Es quien escribe el epílogo de ese ejemplar original y, según Celestino, quien deja instrucciones para nosotros, los descendientes.
Asimismo, en esas páginas finales, esa especie de epílogo copiado en la versión de Celestino, éste insiste sobre el pedido de Yadrán y deja constancia de su voluntad, y se agrega él también en el escrito de la transposición al suyo, ampliando la solicitud y exigiendo a sus descendientes la conservación del original en manos de los herederos, o parientes, hasta el año dos mil, tiempo en que será ungido y volverá a regir la autoridad de un nuevo emperador. De no ser así, anuncia esta parte del texto, al poco tiempo una maldición sobrevendrá y pondrá en controversia a fuerzas antagónicas. Si el Libro Sagrado, como se titula el original, llega a caer en manos de los falsos pretendientes al trono ( en la ficción, la familia de Ychoalay, aspirantes en segunda línea por ser también descendientes directos del último emperador), el anatema recaerá sobre los auténticos herederos.
Bueno, habría que leer el texto completo para ver la imaginación de mi tatarabuelo, un creativo de aquellos que no se tienen límites cuando de fantasía se trata. Sin embargo, a pesar de este grotesco disparate histórico, y a la vez, auténtico derroche de creatividad literaria, esos documentos originales existieron de verdad, según me confió mi abuela: “Un día -me dijo mientras me explicaba las escenas ilustradas de los cuadros del bar- un dependiente de la casa desapareció y se lo llevó con él”.
Yo tengo, incluso, un documento sumarial dictado a nombre mi abuelo Manuel, una copia fiel de la denuncia efectuada en la comisaría de Abiponia cuando desapareció el ejemplar, en el año 1950. Mi abuela Eloísa me contó sobre el manuscrito antiguo, elaborado con tinta azul sobre un material parecido al cuero, con distintos tipos de letras en gótico, pequeñas y muy prolijas. El manuscrito estuvo siempre en manos de Celestino, luego pasó a manos del bisabuelo, hasta que murió y pasó a manos de mi abuelo, su hijo menor.
El texto, según ella, era una lista de datos codificados sobre una especie de pergamino de cuero muy delgado. Tenía trescientas veinte hojas en total, escritas en distintos tipos de grafía gótica y en distintas épocas; pudo inferir esto último por el contraste en las tonalidades de la tinta, cuyas primeras unidades se mostraban más deslucidas y opacas. El contenido era un simple registro de hechos y acciones fechadas correlativamente. Las fechas se disponían a manera de títulos, bajo las cuales se registraban los datos en forma sucesiva de acuerdo a una progresión temporal. Formalmente, correspondería al modelo de una ficha técnica y no a una narración.
Eloísa también me contó algunos pasajes de la vida de Celestino, antiguos relatos transmitidos de boca en boca entre los parientes. Cuando mi tatarabuelo se vino a vivir al pueblo, en 1901, durante varios años ocupó sus ratos libres en la construcción de los muebles y ornamentos de los salones y las pinturas de los cuadros, acabados finalmente en 1909. En los años siguientes, como en esa época no eran muchos los parroquianos asiduos al bar (la mayoría de la gente vivía en el campo), y le sobraba tiempo, haciendo uso de una máquina de escribir comenzó a trasladar el escrito original a una nueva versión; ésta, según puedo constatar, se destaca por la trama narrativa, diferente a la pura anotación de datos de la primera.
Basándose en esas reseñas, la versión de Celestino desarrolla una perfecta narración secuencial de los hechos, con acciones acabadas de principio a fin por los mismos protagonistas de la historia. Abundan los diálogos, las descripciones de los personajes y de los paisajes de la región, las metáforas y también otros recursos literarios propios de la narrativa bíblica y de la realista del siglo XIX.
Después del robo, me explicó Eloísa, mi abuelo se lamentó mucho por la pérdida y trató de encontrarlo auxiliando personalmente la labor policial. No lograron nada. Ireneo, mi tío, en esa época andaba por los seis o siete años, pero se acuerda todavía del robo y el trajín de su padre en busca de los ladrones; visitó los ranchos del bajo, donde se suponía vivían los rateros más conocidos de la época, y les ofreció dinero, mucho, para recuperarlo, pero no hubo caso, nunca apareció.
Mi abuela, mientras fue sana siempre sospechó del antiguo jardinero de la casa, un indígena empleado muchos años en el campo de la familia. Cuando se jubiló lo trajeron para trabajar el jardín, aunque la intención de mi abuelo era la de arrimar alguien a la casa; ellos la pasaban todo el día ocupados en el bar y no quedaba nadie allí.
Kaypí, así se llamaba el viejo, era uno de los pocos descendientes con vida de la etnia de los Frentones, como llamaron los españoles a los indios Abipones diezmados en la campaña de Obligado. Mi tío Ireneo lo recuerda como un hombre flaco y alto, aunque de contextura erguida y musculosa. Y, según Eloisa, siempre llevaba un collar pendiente al cuello, de grandes dimensiones, y un medallón dorado con la figura de un carancho grabado en la superficie, muy similar al bicho embalsamado por Benavídes. Pero el fulano desapareció después del robo, y eso inquietó a mi abuela, que hasta pensó en que quizás alguien lo había contratado para sustraer el manuscrito, porque el indio ni siquiera sabía leer, según ella, así que para qué robar algo inservible que lo obligaba a abandonar todas las comodidades que le ofrecía la situación, como compañía, techo, comida y un sueldo.
Después se olvidó del asunto y durante años yo no volví a escuchar nada más sobre el desaparecido. Cuando se enfermó, en los noventa, volvió a insistir sobre el caso en medio de alucinaciones siniestras. Eloísa sufría deslumbramientos profundos a raíz del mal de Alzheimer, y a la noche, la hora de sus más ardientes pesadillas, con Jantipa la sacábamos a caminar por el jardín y mi abuela nos señalaba los lugares oscuros del fondo, nos detenía espantada, obligándonos a regresar a la casa cuando llegábamos a la tapia, porque, decía, “más allá de los rosales está enterrado el cadáver del Kaypí”.
Como dije antes, a mí me encanta pasar el rato sentado en la barra del bar. Especialmente cuando no hay gente, o hay poca. Me gusta estacionarme allí porque todo huele bien, y el color de las paredes, ese escarlata pálido parecido al bronce, me tranquiliza, no sé por qué. Lo que me seduce de verdad es la secuencia de los siete cuadros colgando a lo largo de toda la pared, distribuidos ordenadamente de lado a lado. Estaría horas y horas mirándolos, observando esas escenas y descubriendo los mismos personajes tallados en el panel de las puertas. Y en el libro de Celestino, porque los cuadros son ilustraciones desprendidas del contenido de la obra literaria. Esto, la relación de las dos obras artísticas, me inspira a veces y me ayuda a descifrar los acertijos de mi pariente, expuestos adrede en el texto para sembrar vaticinios. Por supuesto, no explica nada y deja a criterio del lector su resolución.
El segundo cuadro, por ejemplo, es una incógnita difícil de resolver, aún con la ayuda del escrito correspondiente. En él se observa el rostro de un hombre pintado con la misma técnica utilizada en el tercero y en el resto de las obras pictóricas. Pero esta es la imagen de un hombre entrado en años, barbado y canoso y con la mirada intranquila, que yo entiendo como el gesto de un hombre preocupado por el futuro.
Las imágenes de fondo corresponden a una máquina imprenta y a billetes de distinta denominación y color. Éstos parecen reposar sobre un carro cuyas formas se confunden con la espesura de un bosque poblado de quebrachos. Pero es una primera impresión, porque si uno se aleja a unos centímetros de distancia, sólo a cierta distancia, la floresta del bosque y las líneas de los objetos conforman la figura de una mujer montada sobre un caballo y cubierta con una armadura de metal. Su cuello está rodeado por los brazos de un niño pequeño cogido a su pecho, protegido por la lanza y la espada de la amazona.
Cuando el salón está en penumbras se alcanza a distinguir bien la figura de esta dama. Tiene toda la esbeltez de una guerrera en posición de combate: el pelo rojizo revuelto sobre sus hombros, las cejas arqueadas y la boca gritando un improperio. Su mano derecha levanta una espada y su izquierda sostiene a la criatura. La pintura adopta distintos matices cromáticos cuando los rayos de luz, filtrados por entre los intersticios de puertas y ventanas, alumbran la superficie en plena oscuridad.
El texto explica bien la razón de los billetes, además de citar la historia de la amazona. El rostro del anciano refiere al de un personaje llamado Tabare, segundo emperador de Abiponia y hermano del anterior, el Gran Diácono Olegario. La figura de la dama representa a Tosca, la hija de Tabare, envuelta en una trágica aventura cuyo final es el augurio de hechos recientes.
El protagonismo de Tabare es el de un personaje multifacético enredado en cuestiones científicas y políticas. Primero se desempeña como asistente de su hermano, durante el primer periodo del régimen, y después como Jefe de Estado, la segunda etapa de gobierno cuando el territorio de Abiponia experimentó un periodo de evolución económica, social y política. El plan económico, quizás la fuente de la que se nutrieron Marx y Engels influidos por las publicaciones de Yadrán en Europa, consistió en un método siempre vigente desde esa época hasta la culminación del imperio: la distribución de las riquezas sin lucha de clases.
La versión de Celestino, en esta secuencia, subraya la densidad poblacional de Abiponia para ese entonces. Tabare había alcanzado el poder a los ochenta años, tras la muerte de su hermano después de cincuenta y cinco años de la fundación del imperio. Aquellos setenta y cinco diáconos llegados de Europa, los fundadores de la nación, se habían multiplicado en diez mil ciudadanos. Los niños pertenecían a la cuarta generación y Abiponia ya era una ciudad organizada.
El autor ilustra un mapa para configurar el amplio territorio dominado, de cuarenta kilómetros hacia el este sobre la margen izquierda del Arroyo de Abiponia, y de cincuenta kilómetros hacia el norte sobre la margen izquierda del Gran Río y sus afluentes. Dentro de ese espacio cuadrado se encontraba la ciudad, emplazada a orillas del arroyo sobre parte del sitio ocupado hoy por La Aceitera. Allí se concentraba la mayor parte de los pobladores, empleados en tareas industriales. El resto del país lo habitaban ganaderos y agricultores encargados de la producción de materias primas.
Celestino también embellece su obra escrita con diseños de algunas máquinas empleadas en la producción industrial. Son réplicas y modificaciones de las muestras europeas, ya populares durante principios del siglo XVI cuando los expedicionarios vinieron a recalar en la comarca. Los dibujos muestran los bocetos de la Rueda de Agua, de la Sierra Dentada , de la Desgranadora y de algunas armas, como el arcabuz encontrado por Ismael Rodríguez en las orillas del arroyo.
Según las explicaciones de mi pariente, la Rueda de Agua funcionaba en el mismo sitio donde hoy permanece en pie el Puente Viejo, del lado izquierdo del arroyo. Los dibujos muestran dos inmensos bastidores circulares de quebracho, unidos por veinte estacas de un metro de longitud. El armatoste giraba verticalmente movido por una fuerza artificial, y unos recipientes adheridos a las estacas se hundían con ellas en la corriente de agua. Cargados después ascendían siguiendo el círculo de rotación, y una vez en la cúspide, tras la articulación de un dispositivo, volcaban el agua en un tanque de tres metros de diámetro por cuatro de altura, como un gran tonel de madera erguido sobre una estructura de troncos de quebracho que hacía de pedestal. Desde esa altura, el depósito distribuía el agua a toda la ciudad a través de un sistema de cañerías subterránea fabricadas de barro cocido.
Las Sierras Dentadas trabajaban en el aserradero, instalado en la zona de la Represa , y en el Taller de Carpintería, montado sobre la loma donde los antiguos nativos realizaban sus fogatas rituales cuando los diáconos llegaron al lugar. Celestino ubica ese taller donde hoy funciona la pileta de decantación de La Aceitera , a sólo doscientos metros de la Rueda de Agua. Las sierras eran armazones de tres metros de altura y de forma ovalada, separados a cierta distancia uno de otro, dentro de los cuales dos coronas de madera hacían girar las hojas de acero dentadas. Con estas herramientas se fragmentaba los rollizos de quebracho y de otros especimenes en el aserradero y luego se los distribuía a las carpinterías y a otros talleres de la ciudad.
La tracción a sangre, ilustra mi pariente en sus dibujos, era la fuente de energía utilizada para mover las máquinas, ya sea la Sierra , la Rueda o la Desgranadora. Para ello se utilizaban bueyes atados al yugo. La fuerza de las bestias, recorriendo una rutina circular adheridos a la cincha, ponían en movimiento un sistema de engranajes de distintas medidas, todos debidamente sincronizados según la posición de las máquinas, ya sea para dirigir una fuerza vertical u horizontal.
Del mismo modo, las ilustraciones también enseñan el diseño empleado para la fabricación de la máquina imprenta, hecha toda de madera, incluso los signos gráficos, que fueron modelos tipográficos dispuestos a discreción sobre prototipos ajustables. Según el escrito, la imprenta había funcionado en Abiponia al principio del gobierno de Olegario; desde ese entonces la población abipona accedió de manera regular a la lectura de todo tipo de textos, redactados con fines didácticos y para informar sobre los asuntos de gobierno, como leyes, edictos, mandatos, manuales escolares, etc. Algunos ejemplares literarios impresos fueron reproducciones de los clásicos traídos de Europa por los fundadores de Abiponia en el viaje inaugural. Pero la lectura de este tipo estaba reservada para la elite ya que estaban editados en latín. Luego, durante la gestión de Uriel, el negocio literario daría lugar a la producción de autores abipones, obras sobre relatos de aventuras ambientadas en el territorio salvaje, pero también exposiciones científicas y filosóficas propias de intelectuales.
En las páginas de este segundo libro Celestino expresa una profunda admiración por Tabare, por eso explica pormenorizadamente la función más importante del trabajo de impresión gráfica. Durante esta etapa aparece el billete como valor de cambio comercial.
En 1581 Tabare pone en práctica un sistema económico basado en la distribución de la riqueza. Para ese entonces Abiponia contaba con diez mil habitantes distribuidos laboralmente de la siguiente forma: cuatro mil, mujeres y hombres adultos, eran operarios de las distintas industrias, de las dependencias públicas y empleados de comercio; mil estaban subordinados a las fuerzas de seguridad: infantería, caballería y marinería; mil quinientos eran cuentapropistas: industriales, ganaderos, agricultores y comerciantes; había permanentemente mil quinientos estudiantes del ciclo superior, es decir, aprendices de un oficio manual, y el resto eran niños y ancianos sin ninguna tarea productiva.
La educación del primer ciclo cimentaba el aprendizaje de la gramática y las matemáticas solamente. En el segundo ciclo se orientaba a los alumnos como aprendiz de un oficio para desempeñar en el futuro. La formación superior, en cambio, no era obligatoria, y recaía sobre aquellos estudiantes capaces de seguir una carrera académica.
En el aspecto económico Tabare estableció un sistema basado en la distribución de recursos a partir de un ingreso per cápita: la adjudicación de un sueldo básico para todos los asalariados de las clases más bajas, incluidos los ancianos retirados de la actividad. Para poner en práctica el procedimiento Tabare fijó los precios de los artículos de consumo más importantes, como los alimentos y la vestimenta, y dejó libre los precios de los productos manufacturados de otros rubros. Con los precios fijos de las materias primas los artículos de lujo se acomodarían solos de acuerdo a la demanda.
Por supuesto, cien años después de su fundación Abiponia contaba con una población instruida en grado de alfabetización completa. Por eso Celestino cita en su obra la presencia del consumidor inteligente, ya una realidad en esa época.
Sería muy extenso exponer detalladamente el sistema empleado por Tabare. Lo más importante, el cálculo sobre la distribución per cápita de los recursos, sobrevino de un estudio realizado a los grupos familiares de las distintas clases sociales. El estudio se realizó con la intención de deducir el monto necesario para su alimentación y vestuario. El asalariado, entonces, ya sea hombre o mujer, recibía como salario el doble de esa cantidad correspondiente a los gastos. El desfasaje lo emplearían los trabajadores en otros menesteres, como adquirir artículos de ostentación o entretenimiento.
Esta ley salarial corría para todos por igual, sin obligaciones o prerrogativas de ningún tipo. Todas las personas en condiciones de trabajar se empleaban en el oficio aprendido en la escuela. Y los estudiantes del ciclo medio, a partir de los quince años, también recibían un sueldo, un porcentaje equivalente al diez por ciento del sueldo de sus padres, designado para solventar los gastos de estudio.
El sistema tributario se manejaba a través del dinero. Cada mes el Estado pagaba los sueldos en billetes impresos con el valor nominal, el nombre del trabajador y el color correspondiente a ese periodo de treinta días. En el mercado de consumo solamente el titular del billete podía ser tenedor del mismo, hasta efectuar una compra en el comercio elegido, a partir del cual salía de circulación. Una vez el billete ingresaba a los comercios no podía volver a la calle y debía seguir el camino del circuito financiero: del comerciante al proveedor y del proveedor al industrial. Es decir, sólo eran intercambiables dentro de ese circuito. Una vez finalizado el mes, los depositarios de esos billetes, los industriales y cuentapropistas, debían entregarlos a las cajas de cambio del Estado y se ponía en circulación billetes de otro color para el mes en curso.
Todos los sueldos eran pagados por el Estado, de esta forma se aseguraba un ingreso para todos sin distinción. Ahora bien, en Abiponia había tres clases sociales, pero la única clase cuyos integrantes mantenía su posición inalterable era la nobleza, es decir, el emperador y su familia. Después seguía la clase de los funcionarios de alto rango, como ministros y militares de alta graduación, y de los cuentapropistas exitosos, entre los que se contaban los profesionales, los industriales y algunos comerciantes, ganaderos y agricultores. La posición de estos últimos dependía de la capacidad de cada uno para mantenerse en su puesto, en el caso de los ministros y militares, o de tener éxito en sus negocios como el caso de los cuentapropistas. Los ingresos laborales estaban determinados de la siguiente manera: los operarios, empleados públicos, militares y los cuentapropistas ganaban el mismo sueldo de parte del Estado; los ministros y militares jerarquizados, muy pocos ellos, ganaban diez veces más, y lo mismo el emperador y cada uno de los integrantes de su familia.
De esta forma, llegado el cierre del mes los billetes quedaban en manos del último eslabón de la cadena financiera (comerciantes e industriales) y estos debían entregarlos a la caja de cambio. Pero sólo recibían el cinco por ciento del total recaudado, única ganancia en billetes nuevos. El resto se lo retenían como impuestos. Este importe, de todos modos, era la verdadera razón de la riqueza de los capitalistas, tras la acumulación de ese porcentaje mes tras mes. Pero ese dinero quedaba libre de impuestos y podía circular sin restricciones dentro del circuito financiero (comerciantes, proveedores e industriales). Para ello se los emitía de un color uniforme, el escarlata, distinto a los billetes comunes no solamente por la tonalidad sino también por el valor nominal. Este valor superaba mil veces el valor nominal más alto de los billetes comunes.
El sistema de ahorro también se implementaba en Abiponia. Una de las variantes consistía en la posesión de esos billetes escarlatas, que no perdían su valor por estar libres de impuestos. Pero estos eran accesibles únicamente a aquellos que manejaban negocios de envergadura y no para las personas comunes cuyos ingresos dependían de un sueldo. El ahorro para los trabajadores, explica Celestino estudiando los datos de Tabare, consistía en invertir el sobrante de sus ingresos en la compra de productos lujosos, como vehículos de tiro, caballos, terrenos, casas, armas de caza, etc. Estas transacciones comerciales se realizaban entre los consumidores y comerciantes a través de pagos parciales efectuados mes a mes. Cuando el consumidor cubría por completo la cifra pactada recibía el producto. A su vez, el comerciante utilizaba los anticipos de los compradores para completar un stock de reservas de materiales para su futuro procesamiento. Se entiende por esto los materiales que se emplearían luego en el proceso de fabricación de estos productos pagados de antemano. Así, el circuito comercial no se detenía nunca y el dinero de los sueldos iba a parar siempre al último eslabón de la cadena, en sentido inverso, ya que Celestino se refiere con ello a los industriales.
Pero llegaba el momento en que toda esta dinámica financiera terminaba en recesión. Los industriales y comerciantes, poseedores de la mayoría de esos billetes escarlatas, iban amontonando cantidades de ellos y al final, explica Celestino, luego de acrecentar sus capitales en materia prima y comprar con ellos todos los bienes necesarios para su buena vida, el mercado financiero seguía inundado de ellos y podía caer en una debacle financiera producto de la recesión. En la industria maderera, por ejemplo, los dueños de los aserraderos eran los que conformaban uno de los últimos eslabones de la recepción de billetes, y por lo tanto, quienes cambiaban el dinero de los consumidores por billetes escarlatas. Pero llegaba un momento en que los depósitos de sus establecimientos estaban repletos de rollizos, stock que iba aumentando día a día. El almacenamiento del producto alcanzaba a veces para el trabajo de meses y se llegaba al tope de la producción. En todos los ámbitos productivos se vivía esta situación por etapas pero, a un paso de la crisis, aparecía el Estado, intervenía en la economía y sacaba de circulación esos billetes. ¿Cómo lo hacía? Implementando la estrategia de Tabare, en cuya primera etapa de gobierno, respaldó los billetes con el oro del Tesoro Imperial.
IV
Celestino explica la presencia del metal áureo en las arcas del Estado. La mayor adquisición de oro se produjo durante el periodo de Olegario, a través de las actividades comerciales realizadas con españoles y portugueses; éstos pagaban con esa divisa los productos abipones. Tosca, la joven hija de Tabare, fue quién comenzó a explorar el Gran Río, treinta años después de la expedición naval realizada por su padre a la población de Buenos Aires. En distintos viajes, la esbelta corsaria se contactó con los traficantes portugueses apostados en la margen izquierda del Gran Río. Éstos bajaban del norte en busca de harina y maíz, granos producidos en Abiponia, y pagaban con el metal dorado.
Después, cuando la existencia de Abiponia llegó a oído de los españoles, Olegario hizo cerrar la frontera del litoral por los peligros de invasión. A partir de entonces Tosca comenzó un periplo a través de los bosques del oeste, hacia el Virreinato del Perú, donde también efectuó intercambios comerciales con españoles y portugueses.
Pero Tosca, además de comerciar los productos abipones por distintos metales, como el hierro, el cobre y otros de gran importancia para la industria, descubrió los bosques de quebracho de ese territorio. Desde ese momento, el imperio de Abiponia comenzó a extenderse hacia el poniente, ganando palmo a palmo el espacio boscoso.
Tosca significó mucho para la economía de Abiponia. Introdujo el oro en el imperio y propulsó la invasión de los territorios dominados por los Frentones, comarca rica en materia prima maderera y campos aptos para la agricultura. Murió antes que su padre, el Gran Tabare, en una emboscada tendida por los Frentones en medio del bosque. En la Cuña Boscosa aún perdura una leyenda refiriendo su muerte a manos de estos aborígenes.
Celestino, en el escrito, describe este hecho como un enfrentamiento entre ambas fuerzas: la patrulla abipona y el piquete de Frentones. El pequeño grupo de soldados abipones comandado por Tosca resiste la emboscada y muchos logran fugar con vida después de la refriega. La escuadra se divide durante la huida, para enredar la persecución de los salvajes, pero Ychoalay había dejado retenes en distintos lugares del monte, las posibles vías de escape, y así acorrala a uno de los eslabones de la patrulla cuando intentaba salir del monte cerrado. Ella, entonces, regresa al combate para rescatar a su familia, su pequeño hijo y su esposo, prisioneros de la mesnada salvaje.
El relato de Celestino no se extiende más allá de esta breve información. No hubo testigos del desenlace, por eso nadie supo del trágico destino de Tosca y su familia. Después, en Abiponia se tejieron mil conjeturas sobre su suerte; lo cierto es que nadie supo el verdadero fin de la heroína y hasta muchos años después se pensó en ella como una victima de las ambiciones expansionistas de su padre. Cuando el ejército de Uriel, el hermano de la aventurera, invadió esa parte del territorio, casi diez años después, rescataron un niño nacido en cautiverio, hijo de la guerrera y el príncipe Ychoalay.
La leyenda, en cambio, difundida a través del tiempo y aún cantada en la Cuña Boscosa , refiere la historia como una tragedia griega. Es un canto versado en el idioma nativo, compuesto por un poeta de la etnia de los Frentones. El poema relata el suceso a partir del choque entre los dos bandos, cuando Tosca queda emboscada junto a su hijo y su marido. Tiberio agoniza, atravesado por una lanza en el vientre, y ella lo cubre con su espada y su pequeño hijo de escudo. Al verse perdida entre las chuzas salvajes, dice el canto, decide inmolarse. Entonces arroja a su hijo sobre las lanzas enemigas y embiste la caterva de nativos blandiendo su espada a diestra y siniestra. La balada culmina con el triste final de Tosca, al año siguiente, ejecutada a lanzazos luego de parir un hijo de Ychoalay.
Un siglo y medio después de su muerte, relata Celestino, un noble descendiente de este niño adopta el nombre de Ychoalay para integrar una cofradía de insurrectos dentro de la ciudad. Con el tiempo, la gestión furtiva de esta secta gana adeptos en contra del emperador y termina confrontando al imperio en una guerra suicida.
Durante el gobierno de Uriel, el tercer Emperador, como también en los gobiernos posteriores, el sistema financiero de Tabare fue respetado sin restricciones. Cada año se hacía un balance general de la economía para contrarrestar la acumulación de billetes escarlatas. El oro había dejado de ser el respaldo económico del circulante y se había adoptado otro sistema más conveniente para el crecimiento del país. El metal precioso, según la concepción del insigne estadista, constituía un bien acumulativo pero no productivo.
Abiponia necesitaba expandirse para dar cabida a los nuevos trabajadores, y para eso necesitaba capital productivo, no divisas improductivas. La población laboral aumentaba a razón de un porcentaje estimable al final de cada balance, cuando la cantidad de alumnos egresados del nivel medio ya estaba preparada para incorporarse a la actividad. A medida se acrecentaba la mano de obra también crecía la demanda de producción y para ello se necesitaban nuevos campos de explotación.
Trescientos nuevos operarios, por ejemplo, entre varones y mujeres, representaban ciento cincuenta futuros matrimonios y, por lo tanto, la misma cantidad de nuevas viviendas y todos los insumos correspondientes. Al mismo tiempo, cada año el ejército reunía más efectivos y avanzaba hacia el oeste y norte del país incorporando nuevos territorios para el Estado. Estas parcelas de bosque eran rematadas al final de cada balance y de esta forma se recuperaba el circulante de color escarlata. Al comienzo de cada gestión económica el desfasaje desaparecía y comenzaba una nueva acumulación, que sería neutralizada nuevamente al año siguiente.
La expansión territorial había sido la aspiración más importante de los fundadores luego de descubrir Abiponia. Fueron expedicionarios sin rumbo, al principio, pero la aventura no les resultó perjudicial frente a semejante maravilla de la naturaleza. Ningún ser humano podía permanecer emocionalmente ajeno a la belleza de esta tierra, por eso Celestino relaciona este encuentro de los exploradores con el Paraíso Terrenal y lo asocia al mito bíblico de La Tierra Prometida. El viaje hacia América no había sido una decisión deliberada de los diáconos sino el camino elegido por la divinidad para poner a resguardo un objeto sagrado. Este objeto también le sirvió a él, a Celestino, para recalar en estas tierras, razón primordial del éxodo de aquellos religiosos perseguidos por la Iglesia.
En la introducción al libro de Olegario, el autor revela las circunstancias por las que él mismo llegó a esta tierra del norte de la provincia de Santa Fe, en el año 1878. Traía consigo la misión histórica de localizar una reliquia religiosa. Dicha reliquia había sido arrebatada a la Iglesia luego de un conflicto por diferencias ideológicas entre un obispo y el Papa León X, en el año 1525, en pleno auge del protestantismo de Lutero.
Carmino, el obispo en cuestión, era en ese momento el guardián oficial de los despojos de Esteban, el apóstol de San Pedro lapidado por órdenes del Sanedrín (aquel jurado judío que lideraba Caifás y del que San Pablo fue el brazo armado). En la Iglesia de la Santísima Trinidad , en Venecia-Giulia, se guardaba la túnica ensangrentada y las sandalias del apóstol. El mismo Pablo, luego de órdenes precisas de Jesús en una aparición divina en el camino hacia Antioquia, las había rescatado de los fariseos cuando se convirtió al cristianismo.
Pero Carmino había volcado su ministerio a favor de Lutero y su doctrina, declarándose desertor de la Iglesia Católica.
Entonces el Papa lo excomulgó y lo condenó a muerte por traidor y el magistrado escapó rumbo a Alemania. Sus prosélitos, un grupo de jóvenes dispuestos a seguir las directivas del renegado, lo acompañaron en el viaje.
Entre los adictos a la nueva doctrina se encontraban Olegario y su hermano Tabare, obedientes discípulos y valientes guardianes de la reliquia.
Durante el viaje, en una escaramuza efectuada por un pelotón de Templarios, Carmino pereció en la refriega cuando intentaban cruzar la frontera. Olegario, por ser el diácono de mayor jerarquía, debió hacerse cargo del grupo al morir el líder. Y ante la encrucijada, decidió desandar el camino nuevamente a Italia. Pero hacia el otro extremo, a Génova, para escapar del ejército de la Iglesia.
Este escuadrón de sectarios católicos, los Templarios, formado por los más crueles asesinos y torturadores de la Inquisición Papal , los perseguiría sin tregua hasta rescatar la reliquia. Ellos debían encontrar el camino más corto hacia España o quizás, hacia América. Debían salir rápidamente de Italia.
Luego de varias peripecias llegaron finalmente a Génova y embarcaron hacia España, todavía a salvos de los fanáticos cazadores.
Los setenta y cinco diáconos se alistaron en la expedición de Sebastián Gaboto por órdenes expresas de Carlos V, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Parecería una contradicción, pero en ese momento el rey todavía se encontraba vacilante sobre qué espíritu religioso manejaría las almas de sus súbditos. Por ser también rey de Alemania y emperador del mundo católico en Europa, esa decisión debía ser tomada con inteligencia si no quería perder la obediencia de los germanos. Mientras tanto, dejaba pasar por alto algunas contravenciones de sus colaboradores más cercanos, a quienes indicaba lo que hacer para no exponerse a arbitrariedades y no mostrarse abiertamente en contra de los protestantes. Así, muchos luteranos paseaban libremente por España sin que nadie se atreviera a molestarlos.
En el año 1526 Gaboto zarpó de Sanlúcar de Barrameda y al principio del año siguiente la flota se internaba en el río de la Plata para remontar inmediatamente el Paraná. En la intersección con el río Carcarañá fundaron Sancti Spíritu y allí se establecieron un tiempo para explorar la zona en busca de un camino apropiado hacia Eldorado, la ciudad de oro que se había convertido en la utopía mas celebrada por los aventureros. Pero Olegario y sus diáconos no andaban detrás de riquezas materiales, sólo esperaban poder guarecerse ellos y el tesoro relicario del acoso de los Templarios. Sabían que tarde o temprano llegarían hasta allí y tratarían de arrebatárselo, como efectivamente sucedió poco tiempo después.
En el año 1528 llegó a Sancti Spíritu la expedición de Diego García, con una flota de siete naves y el pretexto irrefutable de encontrar la ciudad perdida. Aunque no exista en la actualidad información fidedigna, algunos historiadores, entre ellos mi tatarabuelo, pensaron que García era un acólito de los Templarios y que su expedición fue enviada a propósito por Carlos V en busca de los diáconos y los despojos de San Esteban. Los consejeros del rey, una vez instaurado el catolicismo como religión oficial en los territorios de sus dominios, lo habían alertado de la importancia de la reliquia, y del impacto favorable que produciría su hallazgo y la ejecución de sus custodias.
La noche anterior a la llegada de García y su expedición, Olegario tuvo un sueño: vio a un ángel instándolo a partir en una de las naves ancladas en el puerto de Sancti Spíritu. A la noche siguiente dormía en la cubierta de uno de los barcos, cuando la voz divina lo despertó nuevamente para embelesarlo con un paisaje hermosísimo pintado en el cielo: un cometa viajaba por sobre su cabeza dejando una estela luminosa tras de sí. La ensoñación duró unos minutos, después la mole astral se estrelló varios kilómetros más al norte; entonces recordó el sueño, las palabras del ángel indicándole seguir la dirección de la luz cuando sonara la tierra.
Olegario convocó inmediatamente al resto de los diáconos y organizaron la huida arrebatando uno de las carabelas de la expedición de Gaboto, la más veloz y pequeña de todas las ancladas en el puerto. Tripulada por ellos mismos se lanzaron río arriba en busca de la salvación. Pronto serían asediados por las naves de García y era menester ganar terreno si querían librarse de la situación. Pero, ¿qué destino les tenía preparado el ángel de Dios?, se pregunta Celestino en el escrito.
Luego de navegar casi diez días corriente arriba, se internaron por la desembocadura de un cause casi tan grande como el Gran Río. El afluente depositaba el flujo desde la orilla oeste y se percibía navegable por el gran caudal de sus aguas. La flota de García los seguía, seguramente, y era necesario buscar un lugar adecuado para guarecerse en la espesura.
Más adelante, ocultos tras una inmensa isla intermedia, vieron un arroyo descargar sus aguas infectadas de camalotes sobre el riacho por donde ellos navegaban. El calado era perfecto en su desembocadura, y les pareció sería la ruta ideal para perder de vista a sus cazadores.
Sin embargo, la tarea no les iba a resultar sencilla; se trataba de un arroyo serpenteado que los haría naufragar ante el primer accidente.
El peligro de encallar era latente dado la poca profundidad del arroyo aguas arriba, además del viento desfavorable. Entonces Olegario ordenó a los tripulantes arrastrar el barco mediante sogas y poleas amarradas a los árboles de las orillas. Así, con la fuerza de sus brazos fueron remolcando la nave sobre la zigzagueante dirección del cauce.
El riachuelo estaba inundado por sobre las barrancas, por eso se les había hecho navegable hasta ese momento. Varios kilómetros adentro, cuando la profundidad empezó a restar, la quilla se atoró en el lecho y el barco quedó encallado sin remedio.
Habían pasado muchas horas de un continuo trajín, extenuados y ahora expuestos a las inclemencias de la naturaleza, pero habían llegado lo más lejos posible y puestos a salvo de sus enemigos. Allí mismo sujetaron la nave a los árboles linderos y se propusieron recuperar el aliento en medio de la naturaleza salvaje.
El paisaje les resultó paradisíaco a pesar del esfuerzo. Frente a ellos, tras una curva cerrada del arroyo, un monte de tierra bien negra, rodeado todo de espesura, coronaba el paisaje sobre el horizonte. Era la tarde y el sol se estaba escondiendo justo detrás, extendiendo la sombra de la mole hacia ellos, doscientos metros al este.
Parecía el remate de un volcán, con sus lados subiendo inclinados hacia la cumbre cortada en línea recta. Sobre ella, siluetas humanas se movían de un lado a otro, llevando leña para avivar una fogata incipiente que ya alcanzaba la altura de los hombres.
En este punto debo hacer un comentario acerca de las lecturas de formación de Celestino. Porque los hechos narrados en el libro parecerían sacados de esas epopeyas clásicas que tratan sobre la fundación de los pueblos antiguos, historias repetidas de la misma forma en una y otra de las civilizaciones orientales, iguales al mito de la creación del mundo en las distintas concepciones religiosas. Para mi no dejan de ser interesantes, y en esta ocasión por las novedades registradas en materia novelística. Los sucesos relatados de un solo tirón como una serie de contingencias vivida por los personajes, jamás fueron apreciados en otras obras mitológicas o de aventuras.
Cada uno de los libros integrados a la obra compendiada por mi ancestro (como apunté más arriba, el Libro Sagrado de los Abipones, el original, fue datado por los emperadores en turnos diferentes según el momento que les tocó gobernar) muestran distintos puntos de vista en su forma de apreciar los sucesos relatados; inclusive, Celestino fue agregando y corrigiendo algunos acontecimientos para acomodar la situación a la actividad política, o para darle a la obra un tinte novelesco según las necesidades protagónicas. Como hizo con él mismo al incluirse como el emisario papal encargado de hallar la reliquia de San Esteban.
Así como en la historia romana se concibe el nacimiento de las estirpes patricias, también los diáconos de esta fábula debieron conseguirse esposas para poder formar las familias que luego constituirían la nueva casta dominadora del territorio. Olegario, a través de Celestino, nos cuenta su versión del episodio, muy parecido al de la mitología latina cuando los sabinos y latinos robaron a las mujeres etruscas aprovechando una competencia deportiva.
Después de haber encallado en el lecho del arroyo, cuando los diáconos se encontraban desamparados en medio de la selva y condenados a la incertidumbre, aquellos nativos sobre el monte de tierra resultaron una bendición para sus esfuerzos. Resultaron amigables y por algún tiempo establecieron una buena relación con ellos. Después se rompería por diferentes cuestiones.
Los nativos se mostraron intrigados al ver el aspecto de los forasteros. Sus cabellos amarillos, la blancura de la piel, la vestimenta cubriendo sus cuerpos de pies a cabeza, muy distinta a los simples taparrabos de su atuendo, fueron objetos de gran fascinación para ellos. Pero pronto el atractivo terminó; la convivencia de dos culturas tan disímiles acabó con el encantamiento inicial y se produjeron las primeras molestias.
Olegario debió ingeniárselas para tenerlos a su disposición todo el tiempo necesario a la adaptación de los suyos. Debía atemorizarlos de alguna manera y someterlos a su antojo para poder sobrevivir en ese ambiente natural tan hostil, de otra forma la aclimatación de los diáconos no se realizaría y perecerían allí por falta de recursos.
Reparó en la buena voluntad de los indios, sometida a los fenómenos naturales; el carácter de los salvajes se llenaba de temor ante el sonido de los truenos y la visión de los rayos en el cielo. Entonces pensó en encontrar la forma de hacerles ver esos fenómenos como productos de su industria.
Cuando los vio encendiendo fogatas en la cima del monte, aquella vez del primer encuentro, pensó en ritos ofrendados a sus dioses. El uso de las lumbres, se percató después, era en realidad un rudimentario sistema de comunicación entre vecinos. Al otro día del desembarco notó la creciente cantidad de nuevos individuos entre la caterva anterior, vecinos curiosos que se acercaban a observar a los visitantes del navío.
Olegario se planteó la posibilidad de una refriega, surgida a raíz de la guerra por el espacio. El temor lo sobrecogió al pensar en esas molestias que ahora sentían los aborígenes; se preguntó cuál sería la reacción de un grupo tan numeroso frente a la debilidad de sus fuerzas.
Los clanes familiares a la vista conformaban grupos pequeños apiñados en distintos territorios, alejados algunos kilómetros unos de otros para delimitar cada comarca, pero en contacto continuo a través de señales de humo. Tampoco estaban organizados por tribus, cada clan tenía un jefe; no había un cacique que los nucleara bajo sus órdenes, por eso Olegario estudió sus posibilidades en el caso de enfrentarse a una caterva de ignorantes desorganizados. Contaba con un grupo de hombres acostumbrados a las asperezas del monasterio y a la rudeza de la disciplina. Y armados.
A la semana de estar conviviendo en la misma comarca los aborígenes comenzaron a mostrarse inquietos por su presencia; ellos los habían ayudado a trasladar los enseres del barco a una zona cercana, a una elevación del terreno a cien metros del lugar del naufragio. Allí se instalaron en carpas construidas con las velas de la nave, pero quedaban sometidos a la buena voluntad de los salvajes en cuanto a la seguridad personal. Entonces se vieron en la necesidad de encontrar un lugar más confiable y pensaron en la mole de tierra.
Olegario ordenó a sus diáconos el traslado hasta allí, dando el primer paso a las hostilidades. Ellos, los nativos, no estaban dispuestos a ceder el lugar y se negaron rotundamente a permitirles el paso. El sonido de un arma de fuego, un disparo de trabuco efectuado por Olegario en el momento más álgido de la discusión, terminó por dispersar a los sediciosos empeñados en obstruirles el camino.
A partir de entonces se malquistaron para siempre, se alejaron del entorno para acechar desde la espesura, a media distancia, temerosos del arma que escupía fuego.
V
Después del disparo del trabuco, Olegario y los diáconos se trasladaron al nuevo espacio y desmalezaron la cima, de más de cien metros de diámetro, dejando solamente algunos árboles para proveerse de sombra. Con las maderas del barco construyeron varias cabañas donde se refugiaron de la intemperie.
El arroyo, todavía crecido por la inundación, los proveyó de peces durante varias semanas, hasta que el nivel del agua bajó y sólo un hilo se escurría por el cauce arenoso. Pero para ese momento ya habían tomado a algunos salvajes como rehenes, y los llevaban de cacería por los alrededores para obtener alimentos de los animales silvestres.
Estos mismos salvajes, tiempo después, fueron obligados a realizar las distintas tareas de siembra sobre el terreno de los alrededores, cuando se percataron del clima apto para el cultivo. Entre los enseres del barco habían rescatado una gran variedad de semillas que la expedición traía de Europa con el fin de sembrarla en América.
Pronto Olegario se dio cuenta de la necesidad de extender sus dominios y salió a incursionar por la región en busca de más servidumbre. Los indios escapaban al asedio sorpresivo pero muchos caían en sus redes asustados por el impacto sonoro de sus armas.
Al año siguiente, una cantidad de más de cien indígenas trabajaba en la fabricación de ladrillos de adobe cocido. La cúspide de aquel monte de tierra negra había bajado una gran proporción para abastecer de materia prima a la cantera.
En el sitio donde habían acampado la primera vez, luego del desembarco, una llanura elevada a doscientos metros al norte de la cima de tierra, los diáconos y sus esclavos construían una ciudadela rodeada por un muro de tres metros de altura.
De este modo, muchas actividades emprendidas por los colonizadores se desarrollaban con tranquilidad y sin novedades inquietantes, que los hiciera temer algún altercado con sus vecinos. A pesar de los cautivos y de la expropiación de las tierras, los nativos parecían haberse resignado a la situación.
Un buen día, los diáconos sintieron cierta inquietud de sus siervos; los cautivos murmuraban sobre la proximidad de una fecha importante para ellos, un encuentro religioso celebrado por toda la población indígena de la comarca.
Olegario pensó en la peligrosidad de tantos individuos conglomerados, si decidían alzarse contra ellos. El lugar donde se realizaría la ceremonia se hallaba apenas a unos kilómetros de la ciudadela, en medio del bosque vecino.
Para el día en cuestión Olegario organizó una escaramuza: intentarían dispersar a los concurrentes antes de comenzar la disertación de los líderes. Seguramente, cada uno de los cabecillas habría de presentar un plan bélico para desalojarlos a ellos de la ciudadela, por eso tomaba recaudos para la ocasión.
Marchó entonces con sus diáconos al lugar del encuentro. Una vez allí se aproximaron furtivamente por la espesura, hasta una distancia prudencial. Iban armados con los revestimientos de guerra: corazas de bronce en sus pechos, yelmos blindados en sus cabezas; espadas, jabalinas, escudos y armas de fuego, dispuestos a sonarlas entre el tumulto de indígenas y provocar el desbande de la concentración.
La situación, sin embargo, iba a acarrearles una sorpresa: entre la muchedumbre se hallaban también las mujeres, alejadas apenas varias decenas de metros del ritual.
Como hace en la mayor parte del escrito, Celestino apela a la prosa bíblica para relatar el suceso:
Cuando los diáconos llegaron al lugar, vieron que junto a los salvajes se hallaban sus mujeres y sus niños. El grupo femenino se encontraba distante unas decenas de metros más allá del lugar de la ceremonia, efectuada sólo por los varones.
Entonces Olegario dijo a sus prosélitos: “Ahora, amigos, ha llegado el momento de concretar nuestros anhelos. Esas doncellas serán nuestras si peleamos con decisión y valentía”.
Los diáconos, al ver la muchedumbre indígena dijeron a Olegario: “¿Cómo podremos nosotros, siendo tan pocos, luchar contra tantos enemigos?”
Pero Olegario declaró: “Fácilmente cae una muchedumbre frente a pocos hombres, que para Dios no hay diferencia entre vencer con ayuda de muchos o de pocos. La victoria no depende de la cantidad de los que combaten, sino que viene de Dios que nos da fuerza. Él nos ha traído a la tierra prometida, y ahora nos ofrece la posibilidad de multiplicarnos según su plan. No teman, que los rendirá ante nosotros”.
Dicho esto, distribuyó su ejército en dos batallones: el primero lo dispuso en posición de ataque, a cara descubierta, sin coraza y sólo provisto de espadas y lanzas; y el otro, cubierto de armadura, agazapado en el follaje. Olegario dio órdenes a su hueste para que cada uno tomara el puesto que le correspondía. La gente tomó posición y el primer batallón avanzó hacia el campamento de sus enemigos, que era poderoso y bien defendido por guerreros expertos en la guerra.
Cuando los bárbaros vieron la tropa avanzar contra ellos, enviaron un grupo a proteger a las mujeres y los niños y el resto tomó sus armas y se dirigió hacia los asaltantes.
Entonces los efectivos del segundo batallón salieron de la espesura protegidos con trajes acorazados. Sus cabezas cubiertas con los yelmos broncíneos se movían de derecha a izquierda al son de gritos guturales, mientras sus piernas y brazos avanzaban tambaleando el cuerpo como las marionetas. A cada paso uniforme sonaba un disparo de trabuco, y a cada uno, un lamento de terror.
El miedo y el pánico se apoderaron de los enemigos como consecuencia de la aparición fantasmal. Entonces los salvajes emprendieron la fuga, unos por un lado y otros por otro, de manera que eran arrastrados por sus propios compañeros y heridos por sus propias lanzas. Los diáconos blindados los perseguían con furia y ardor, acuchillando a aquellos que alcanzaban.
Después de derrotar a los desventurados indígenas, Olegario se dirigió al lugar donde se hallaba el resto de su ejército custodiando a las prisioneras. Dijo a los suyos: “Valientes hombres de Abiponia, estas jóvenes y robustas mujeres nativas son un regalo de Dios. Llevadlas al interior de la fortaleza y después haremos las ceremonias correspondientes al matrimonio”.
Y luego de invocar al Señor, que aplasta con energía las fuerzas de los enemigos, los diáconos partieron a la fortaleza llevando consigo las doncellas más jóvenes, una para cada uno, como indica el Evangelio.
El tiempo pasó sin demasiados contratiempos luego del rapto de las mujeres. Los indígenas rondaban diariamente agazapados tras el follaje, buscando alguna oportunidad para recuperar a los suyos.
Según relata Celestino, atendiendo el manuscrito de Olegario, una noche se produjo un fenómeno que terminó por alejar definitivamente a los nativos del lugar; éstos abandonaron el territorio en sus manos, espantados ante la superchería de uno de los diáconos.
Porque luego del robo de las mujeres, cuando se habían consolidados los matrimonios entre ellas y los diáconos, los autóctonos se sobrepusieron al susto y comenzaron paulatinamente a perderle el respeto a las armas de fuego y a los trajes de metal.
Los nativos vigilaban desde la espesura cercana para estudiar sus movimientos y llevar a cabo algún plan de rescate. Habían llegado al colmo de acercarse a las murallas durante la noche, buscando algún resquicio del muro por donde penetrar. Ni siquiera los disparos sonoros los intimidaban; ya habían superado el terror a los arcabuces.
Una noche, desde el otro lado de las murallas les llegó un sonido incesante, un ruido invariable de pasos, tropiezos y algo estrellándose contra el suelo; la oscuridad cerrada les impedía ver el suceso. Dispararon con sus armas a la penumbra, sin embargo el ruido no cesó hasta bien entrada la madrugada.
Cuando el sol trajo la luz se espantaron por el espectáculo ante sus ojos. Algunos indígenas yacían muertos en medio del campo frente al muro, y gran parte del sembradío de hortalizas destruido. Varias hectáreas de siembra echada a perder por la acción nocturna de los aborígenes, empecinados en perjudicarlos y rescatar a su gente.
Sitiados entre las cuatro paredes de las murallas sobrevivirían muy poco tiempo sin alimentos. Sus cultivos se habían perdido y la caza resultaba muy peligrosa en el momento que sus adversarios los asechaban en los alrededores, envalentonados por la victoria de la noche anterior.
Por alguna razón, los diáconos habían dejado al descubierto su verdadera naturaleza. Estaban perdidos; de pronto los indios se habían dado cuenta de su condición humana y el halo misterioso de su endiosamiento se había apartado del pensamiento primitivo: ya no eran dioses sino simples humanos, como ellos.
Sin embargo, la ocurrencia de uno de los clérigos terminó para siempre con la intrepidez de los salvajes.
Esa misma mañana de la destrucción del plantío, los bárbaros agazapados en la floresta observaban a sus congéneres engrillados trabajar enfrente de las murallas, adelante unos treinta metros de la inmensa puerta de ingreso. Levantaban una estructura de diez metros de lado, cuadrada, hecha de palos altos y delgados, plantada en dos patas en la tierra como los bastidores de una puerta. Luego vieron cubrir el vano con una de las velas de la nave destruida. Así, la estructura parecía el velamen y el mástil de un barco hincados en medio del plantío.
A la noche, mientras los indígenas seguían escabullidos entre los matorrales aledaños, los diáconos prepararon el dispositivo en cuestión: el efecto sería sensacional para los ignorantes.
Una luz de farol (de esos faroles propicios para embarcaciones) se encendió y una figura iluminada se proyectó hasta la pantalla. La imagen traslúcida mostraba un rostro diabólico que abarcaba toda la tela pegada a los bastidores. Debajo de la estructura, un instrumento de viento emitía un sonido gutural, soplado con arte por el diácono inventor de esos artilugios. Era el murmullo de un ánima en pena.
Con los instrumentos de navegación, catalejos, cristales y lupas, el joven Tabare había fabricado un artefacto prismático. La luz del farol y varios espejos le sirvieron para ampliar y proyectar la figura hasta la pantalla.
La imagen de un dibujo en colores era proyectada, en falsa dimensión, desde una de las torres de la muralla, con movimientos distorsionados por efecto de los cristales y espejos en continua combinación. La focalización interferida de las lentes amplió de pronto la cara del monstruo fraguado, aumentando al mismo tiempo el sonido del instrumento de viento a medida que la figura crecía.
La intercalación de dos lentes convexas sobre un dibujo, una proyectando la imagen del monstruo al espejo, tras el reflejo de la luz del farol, y la otra desde éste a la pantalla, convertían el juego en una traslación a la tela que parecía real y diabólicamente inmensa para la resistencia de los indígenas. La sesión duró apenas minutos, pero fue suficiente para espantarlos: los visitantes nocturnos desaparecieron horrorizados por la experiencia y a partir de entonces nunca más se acercaron al lugar.
Este relato es parte de lo acontecido en Abiponia durante los años iniciales, sucesos de ficción que el autor ubica también dentro de un escenario geográfico específico. Cuando los inmigrantes llegan de Goya para instalarse en la colonia adjudicada por el gobierno argentino, en 1878, ingresan al territorio en canoas, subiendo el arroyo por el mismo caudal navegado por los diáconos en 1528. En su escrito Celestino describe la dificultosa travesía sobre el serpenteado cauce, y su compresible sorpresa al avistar, desde la tercera curva del Arroyo del Rey, el montículo todavía elevado donde Olegario y sus diáconos percibieron a los indígenas encendiendo fogatas.
Esta evidencia, una simple impresión estética, lo estimuló a explorar el territorio en busca de otros vestigios más concretos. En sucesivas excavaciones, en lugares puntuales indicados en el manuscrito, encontró restos de herramientas de metal a medio metro de profundidad, oxidadas por el tiempo pero aún conservadas como muestras arqueológicas.
Para 1932, según señala en el prólogo de su obra, el monte de tierra había bajado casi al nivel de las barrancas. Después de la fundación del pueblo, en el mismo lugar donde antaño funcionó la carpintería más próspera del Imperio de Abiponia, un inmigrante de apellido Raffín instaló allí una fábrica de ladrillos. El empresario hizo excavar el terreno hasta el nivel actual para aprovecharse de la mejor tierra y la producción de ladrillos de buena calidad.
Celestino lo visitó en su momento, y lo indagó acerca de posibles hallazgos. Entre otras cosas, el viejo ladrillero le ofrendó una sierra de metal, ya oxidada, de un metro y medio de longitud, parte de la sierra completa de aquel armatoste antiguo descrito más arriba. Todos esos artefactos los guardo en mi museo.
Después el sitio fue adquirido por los propietarios de La Aceitera , donde ahora funciona la pileta de decantación que todos conocemos.
Como se puede apreciar, los relatos de mi pariente no carecen de pruebas arqueológicas. Éstas son suficientes para comenzar una investigación histórica. En el lecho del arroyo, por ejemplo, o en la rivera del mismo, debe haber muchos restos del antiguo imperio, especialmente en la cuenca del puerto de Abiponia, donde hoy se emplaza el Puente Viejo.
Desde la altura de esa barranca, en la época de ficción el nivel del agua se extendía hasta dos kilómetros hacia el sur, casi hasta llegar a la actual plaza central de la ciudad de General Obligado; así de ancho era el flujo de agua en esa parte del arroyo. Los muros de quebracho en la desembocadura retenían el agua a esa altura permitiendo la navegación en toda la extensión de la vertiente.
En épocas de Uriel, el tercer emperador, la marinería navegaba todo el arroyo, desde donde nacía en la zona de los bosques hasta la represa en el otro extremo. Con esta armada, compuesta de cientos de barcazas tripuladas por marineros armados, el emperador había logrado fortalecer la frontera sur del territorio de Abiponia, de unos ochenta kilómetros en ese entonces, para impedir la invasión de los bárbaros Mamelucos.
Por otro lado, Uriel también había engrosado las filas de su caballería e infantería. Durante su gobierno el territorio de dominio había extendido las fronteras de manera colosal. Los cuarenta kilómetros cuadrados delimitados durante el gobierno de Tabare se habían multiplicado por cuatro después de la conquista de nuevos territorios.
La población creció a pasos gigantescos en ese periodo, y fue necesario ganar espacio a la selva y el bosque, dominio de los Frentones en la frontera norte y oeste. La línea divisoria entre civilización y barbarie formaba una superficie rectangular de casi ciento cincuenta kilómetros de este a oeste y de ochenta kilómetros de norte a sur, dentro de la cual se diseminaban, en lugares estratégicos, varias aldeas formadas por familias de ganaderos, agricultores y hacheros trabajando en el desmonte, la siembra y la cría de ganado. La caballería y la infantería vigilaban desde los puestos destacados en distintos cuarteles, separados cada uno a cinco kilómetros de distancia sobre la línea fronteriza. De esta forma los batallones armados sofocaban o daban aviso de una ocasional penetración invasora por parte de los Frentones, en la frontera del norte y del oeste; la Marina Real hacia lo mismo vigilando la corriente del Arroyo de Abiponia.
Celestino, siguiendo los datos de Uriel, se detiene a describir pormenorizadamente los rasgos particulares de estos pueblos fronterizos. Los Frentones eran aquellos nativos a los que Olegario y los diáconos habían robado sus mujeres. Los Mamelucos conformaban hordas desorganizadas compuestas por mestizos provenientes de la mezcla entre portugueses y aborígenes brasileñas.
Según el relato, estos brasileños habían traficado algún tiempo con la ciudad de Abiponia, en el negocio del azúcar, producto muy requerido al principio del reinado de Uriel. Después los agricultores abipones introdujeron el cultivo de la caña de azúcar y este producto dejó de escasear en territorios del imperio.
Los Mamelucos se jactaban de ser cristianos pero en realidad se mostraban tan crueles como cualquier bárbaro en su mejor negocio: tomar por la fuerza a los indígenas para venderlos como esclavos en Brasil. Este tráfico impío era su negocio más lucrativo y para ello asolaban los pueblos a su paso. Cuando invadían un lugar tomaban prisioneros a todos sus habitantes, pero no vendían a todos. Solían festejar sus triunfos practicando la antropofagia, se quedaban con algunos cautivos, los engordaban un tiempo y luego, no sin grandes ceremonias, ante la expectativa y el aplauso de todos, los golpeaban con una maza en la cabeza. Despedazados sus miembros realizan un banquete entre todos, con el que tal vez no saciaban tanto su estómago como su ardiente deseo de venganza.
Estos piratas salteadores, armados de hierro, de plomo y de mil fraudes, oprimieron a los indios guaraníes provistos sólo de armas de madera. Y cuando conocieron las riquezas de Abiponia, después de haber realizado transacciones comerciales en la ciudad durante el último periodo de Uriel, se aliaron a los Frentones y organizaron un ejército de dos mil hombres para tomar por asalto la ciudad. Esto ocurrió durante la gestión de Donato, cuya Marina Real logró rechazar la invasión en las aguas del Arroyo de Abiponia.
Celestino recurre a los testimonios de este emperador para relatar detalladamente esa batalla, y otras más de las distintas asonadas contra el territorio de Abiponia.
Los Frentones, en cambio, no tenían esta atroz costumbre de maltratar a los enemigos cautivos que vemos en los Mamelucos. Mataban, pero sólo a aquellos que consideraban enemigos, o perjudiciales, o peligrosos u hostiles. No torturaban ni atormentan a los moribundos. Sometido un pueblo, nunca mataban indistintamente a todos los habitantes. Respetaban a los niños y mujeres, y si no habían sido irritados por alguna injuria recibida, no consideraban que todos sean dignos de muerte o de cautiverio.
Pero con los habitantes de Abiponia se comportaban de otra manera. El odio que sentían por ellos era legítimo y justificado por los distintos ultrajes sufridos desde el advenimiento de la nueva nación. El sometimiento a la esclavitud, el robo de sus mujeres, y la continua expansión territorial que los corría del espacio heredado de sus ancestros, encendía el odio de estos indígenas. Cada tanto se organizaban e intentaban traspasar la frontera norte y oeste del territorio imperial en busca de la destrucción del pueblo invasor.
Eran muy buenos combatientes, muy astutos, pero no contaban con las armas ni las estrategias militares de los abipones. Los guerreros se rasuraban la frente hasta la mitad de la cabeza, para distinguirse de sus enemigos; en el fragor de la lucha, arrancaban las pieles de las cabezas de sus enemigos, las llevan a su país como testigos de sus hazañas, para no volver a los suyos sin gloria, y después las usaban como amuleto para cubrir sus caballos.
Estos guerreros nativos, en el norte y oeste, y los Mamelucos en el sur, fueron los pueblos vecinos de Abiponia, con quienes el imperio mantuvo una continua agresión. Pero hasta el reinado de Uriel, ambos se alzaron contra Abiponia en forma desorganizada y cada uno desde su lugar, sin establecer una alianza que ponga en peligro las fuerzas defensivas del imperio. Durante el reinado de Donato (1620/1659), el hijo de Uriel, en tres oportunidades, los Mamelucos y los Frentones accionaron en forma conjunta desde las tres fronteras.
VI
Donato es la figura representada en la cuarta pintura colgada en las paredes del bar Abiponia. Traslúcido como el resto de las figuras, su rostro es de una belleza viril poco común, de tez muy blanca y de un ovalado perfecto. Tiene la nariz recta, boca mediana y labios rosados, en los que algo húmedo se estremece y se desliza por el ángulo derecho de la boca. Más radiantes que el sol de mediodía y casi tan brillante como él, sus ojos toman el mismo color del mar de fondo, por donde navega una goleta en medio de un mar apacible. Tienen el color del mar, como dije, y un candor de inocencia sin límites. Y las mejillas también, son rosadas y frescas como sus labios, y le sirven de contraste a una cabellera de bronce muy larga, caída en rizos hasta más debajo de los hombros. El cuadro se completa con otras dos visiones muy sugestivas. En el horizonte que dibuja el mar, al costado de la goleta, cuatro sirenas rubias se desplazan en dirección opuesta cargando en sus lomos sendas mochilas repletas de libros, y debajo del círculo solar se ve a Dédalo y su hijo Ícaro remolcando por el aire la imprenta de Gutenberg.
El cuarto libro de Celestino relata la historia de este personaje, Donato, quién fue un probado lector de obras literarias. Iniciado en el hábito de la lectura profunda por uno de sus escoltas, con quién además vivió una aventura extraordinaria, el hijo de Uriel introdujo el primer registro literario en el imperio, una biblioteca integrada por casi la mayoría de las obras clásicas europeas.
Hasta ese momento los escritos de los clásicos habían brillado por su ausencia en Abiponia. Sólo alguno que otro tratado científico y filosófico había editado la imprenta abipona antes del viaje de Donato a Europa. Como los reyes españoles habían prohibido la difusión literaria en todo el territorio durante la colonización, y eran además el único punto de contacto de los abipones con el mundo europeo, la imposibilidad de comerciar con ellos las nuevas ediciones les impedía contar con obras de jerarquía.
En el año 1605, un marinero instructor de 27 años, nieto de uno de los diáconos fundadores, cayó prisionero de una embarcación española luego de una refriega en las aguas del Gran Río. La tragedia, para Uriel, emperador de Abiponia, no fue la circunstancia de haber perdido una embarcación con sus tripulantes: en ella viajaba, como cadete, su hijo Donato, heredero y luego sucesor del trono. La pesquisa realizada por la marina abipona determinó la muerte de ambos luego de hallar los restos de la barca y los cadáveres de algunos tripulantes en las inmediaciones del lugar de la batalla.
Pero Ratti, así se llamaba el instructor, y Donato, habían caído prisioneros de los españoles y viajaban cautivos rumbo a Asunción. La historia de esta aventura, datada por el mismo Donato en el Libro Sagrado, los ubica en la ciudad del norte trabajando en los sembradíos de hortalizas hasta tanto el Gobernador decidiera su futuro. Al año siguiente el funcionario los envía al oeste, centro del virreinato del Perú, donde los prisioneros de guerra, portugueses e ingleses, cumplían condenas a trabajos forzados en las minas de plata.
En Potosí, después de un periodo de enclaustramiento, logran fugarse junto a un grupo de prisioneros. Incursionan a pie la zona boscosa y al llegar a las costas del Pacífico un barco portugués los rescata y los emplea como tripulantes a cambio del viaje y la comida.
Ya había pasado un año de aquel enfrentamiento en las aguas del Paraná, cuando Ratti y Donato llegaron a Portugal cruzando el Pacifico, el Océano Indico y el Atlántico. Sus amigos portugueses, militares también, los presentaron a sus superiores y éstos a las autoridades supremas del país. Ambos ya hablaban el idioma casi a la perfección, y en esa lengua describieron a estos personajes las características de Abiponia.
La ignorancia absoluta de estos hombres sobre la existencia del Imperio de Abiponia, y la inverosimilitud de sus relatos, determinó, al final, los creyeran fabuladores, una enfermedad muy difundida entre los buscadores de Eldorado. Prefirieron no informar a la corte de estas noticias y los dejaron libres por no encontrarles causa alguna de delitos.
Una vez liberados se embarcaron en otra nave portuguesa rumbo a Brasil, pero el destino les torció el brazo nuevamente y otra vez cayeron prisioneros de los españoles en un enfrentamiento naval frente las islas Canarias. Así, fueron trasladados a España y allí se los juzgó como marineros mercantes italianos prisioneros en buque portugués, y se les devolvió la libertad sin muchos preámbulos.
Dos años después de la partida de América, Ratti y Donato se encontraban en Génova, trabajando como tripulantes de una embarcación mercante. Los viajes de cabotaje cumplían un itinerario continuo desde el mar de Liguria a las costas Africanas, y desde allí a Inglaterra en travesías cargadas de aventuras.
La lucha en el mar Mediterráneo era terrible en esa época. Los navíos de los países europeos, griegos, italianos, franceses y españoles debían enfrentarse continuamente a la armada turca, temibles piratas cuyas maniobras y abordajes frustraban el transporte de mercancías y generalmente hundían las naves junto a sus tripulantes.
Ratti se había cuidado muy bien de preservar la condición de su protegido, aunque las circunstancia le impedían cumplir con su responsabilidad militar. Él era Capitán de Navío de la Marina Abipona , y había sido nombrado protector del heredero al trono por el mismo emperador. Su compromiso en esa tarea era el de defender a costa de su vida la integridad de su protegido, misión cumplida con esmero e inteligencia hasta ese momento; pero su lealtad a la corona le exigía, además, regresarlo inmediatamente al país sano y salvo, lo antes posible.
Había llegado la hora de pensar en el regreso, de buscar una forma de trasladar con vida al heredero del trono de Abiponia. Y como ocurre en todo relato de aventuras, las peripecias de los héroes siempre culminan con el retorno al lugar de partida, una secuencia inevitable también para las andanzas de estos dos peregrinos abipones.
A cinco años del destierro, Ratti y Donato aún se hallaban vagando como tripulantes de una nave mercante de bandera genovesa. En una de sus tantas travesías, esta vez en un viaje desde Bombay a Inglaterra, dos naves turcas acorralaron a los mercantes sobre el Cabo de Buena Esperanza. El galeón genovés cargaba en sus bodegas una cantidad de mercancías valiosas: especias de la India , sal de Marruecos, cacao de las costas del Marfil, incienso y mirra de Somalia y licores de Madagascar. Además, un conde lusitano embajador por su país en Bombay, viajaba con ellos y había alquilado parte de la bodega para transportar su biblioteca, una cantidad de más de quinientos ejemplares escritos en latín.
El enfrentamiento tuvo lugar en aguas del Atlántico, frente a las costas donde aún hoy perviven las ruinas del viejo castillo construido por Vasco Núñez de Balboa antes de descubrir el Pacífico y ser gobernador de la provincia panameña de Darién.
La batalla fue sanguinaria, pero la escuadra genovesa logró finalmente neutralizar a los corsarios; hundieron los dos bergantines y mataron a todos los bucaneros. El saldo también fue desastroso para los tripulantes de la nave mercante: en la escaramuza murieron casi todos los tripulantes, los oficiales de a bordo y el conde portugués. Los supervivientes, Ratti, Donato y una docena de marineros, debieron arrojar por la borda toda la carga de las bodegas. El navío quedó muy dañado después del combate; los cañonazos habían averiado gran parte de la proa y debieron trasladarse a la costa para no poner en peligro la estabilidad del bastimento y zozobrar.
Celestino relata con cierta negligencia esta instancia de la aventura. Digo negligencia, porque es una transposición fiel a un libro de la Biblia , el de Jonás, el personaje que vivió tres días en el vientre de un pez. Toda la historia de Ratti y Donato fue narrada en este estilo de escritura bíblica. Para este episodio, las líneas siguientes:
“...y cuando el abordaje ya había desbastado a la tripulación, Ratti se parapetó en el castillo de proa junto a Donato y la escuadra de marineros a su cargo. Pensaron que había llegado la hora de morir, y que debían hacerlo con dignidad y valentía ya que de una forma u otra, defendiendo la nave o como prisioneros, de igual modo iban a perecer si no se defendían.
Entonces gritó con fuerza a la tripulación en estos términos: “Formad frente a cubierta, marineros, y no escatiméis fuerzas para impeler a estos bárbaros piratas. De ello depende nuestra vida y la propiedad del Rey”.
Pero cuando ya estaba todo perdido, Dios envió un fuerte viento sobre el mar, causando una tempestad tan grande que los barcos amenazaban hundirse. Los piratas tuvieron miedo y cada uno invocaba a su dios.
Ratti se acerco a sus hombres y les dijo: “Este es el momento de atacar. Ustedes, arqueros, disparen las saetas sobre los que intentan traspasar la borda, y nosotros los atajaremos en cubierta. Ninguno podrá salvarse si Dios nos sigue acompañando”.
Y dicho esto los marineros ejecutaron las órdenes del capitán. Los bucaneros caían atravesados por las flechas cuando saltaban a sus barcos; los que no lograban hacerlo regresaban a cubierta y morían traspasados por las espadas de Ratti, Donato y el resto de los marineros. Pero muchos de ellos permanecían aún en los buques, guarecidos del viento dentro de las estancias interiores. .
Entonces dijo Donato: “Ya que estos malvados son los causantes de nuestras desgracias, lancemos flechas incendiarias sobre sus barcos, para que ardan y perezcan en ellos”. Toda la tripulación festejó la ocurrencia y asaetaron las velas de las naves. Muy pronto explotaron los toneles de pólvora y los buques se fueron a pique hundiéndose con ellos los tripulantes.
Después se dijeron unos a otros: “Nuestro barco zozobra. Las heridas de los cañonazos son boquetes por debajo del nivel de flotación, es menester echar la carga de las bodegas para sacarle peso”. Ratti les ordenó: “Arrojemos al mar todos las mercancías. De nada nos servirán, de todas formas, si nos hundimos con ellas”
Luego los marineros acarrearon los valiosos bienes del depósito del barco, y los lanzaron al mar. Pero Donato, que dirigía las operaciones dentro de la bodega, reservó la biblioteca del conde portugués y el resto de sus pertenencias. Cuando los boquetes subieron por encima de la línea de flotación, los libros fueron la única existencia del almacén”.
Después el mar calmó su furia. Los marineros se esforzaron en el trabajo de las velas hasta alcanzar la tierra. Eran pocos, pero lograron arrimar el barco a la costa, donde durante quince días realizaron tareas de reparación.
La tripulación superviviente, aventureros oriundos de distintas naciones, decidieron después seguir el derrotero que Ratti les había propuesto. Si el viaje llegaba a su fin, cruzar el Atlántico en cejo y recalar en América, ellos obtendrían el premio merecido: en Abiponia podrían optar por quedarse allí o marchar nuevamente a Europa con las bodegas llenas y oro en abundancia.
Este viaje de regreso, además de devolver al heredero del trono, sirvió también para dar inicio a la industria editorial. Los poetas abipones compusieron infinidad de baladas relatando la peregrinación de los héroes por todo el mundo. Estos cánticos fueron difundidos en las tabernas y sirvieron después como temas para la composición de obras teatrales.
Ratti y Donato emprendieron otra empresa con el único material transportado en el barco genovés. La imprenta abipona hasta entonces sólo trabajaba la impresión de dinero, formularios, edictos imperiales y manuales escolares. Para ello remplazó el modelo de la antigua impresora construida por Tabare en el año 1531, por otro ejemplar de Gutenberg perteneciente al conde portugués. Donato tradujo al dialecto friulano todas las obras literarias en latín, creó el oficio de impresores, incluido después como disciplina de aprendices en la escuela del segundo nivel. Los abipones amantes de la lectura pudieron leer a Bocaccio, a Petrarca, a Dante, y a todos los clásicos griegos traducidos al italiano por los humanistas, y muchas otras obras célebres de la literatura europea.
La difusión de la lectura se generalizó en los años siguientes. Ganó muchos adeptos y creó muchos autores también. Al final del gobierno de Uriel, el consumo de los lectores había rebasado los límites previstos y ya se encontraba en competencia con otros artículos de entretenimiento. Por supuesto, como explica Celestino, esta inusitada inclinación lectora trajo el primer dolor de cabeza a Donato, después de haber heredado la corona de su padre. Cuando le tocó tomar las riendas del gobierno, diez años después de su viaje por Europa, los habitantes de Abiponia habían alcanzado un nivel de formación literaria muy avanzado. Durante su gestión comenzaron las primeras manifestaciones en contra de algunas normas de convivencia, y las primeras asambleas de ciudadanos disconformes con el sistema de gobierno.
VII
Los jóvenes integrantes del MO.JU.SE, muchos de ellos porque no son oriundos de Avellaneda y viven en otros territorios de Santa Fe, no conocen mi comarca. Y como no es bueno transitar por caminos desconocidos, porque de esa forma se pierde uno la imagen de un paisaje, deberé ofrecerles un mapa descriptivo sobre el lugar que muestre mejor el escenario de esta historia. A este asunto dedicaré el presente apartado.
El Camino Viejo, trazado por sobre la antigua cuenca del Arroyo de Abiponia, es uno de los accesos de comunicación entre el pueblo de Abiponia y la ciudad de General Obligado. No tiene más de mil quinientos metros pero en sus extremos une las dos últimas calles de ambas ciudades, o las dos primeras, según el punto de vista del observador. Se extiende sobre un terraplén a tres metros de altura sobre el nivel de las barrancas, en un espacio verde casi olvidado por el progreso. Es una zona baja que hoy acompaña el cauce de El Arroyo del Rey siguiendo las inclinaciones naturales del terreno, bastante más bajo del nivel donde se emplaza la zona urbana. Ahora, desde hace un par de años, está asfaltado e iluminado.
Después de estas últimas reformas se convirtió en un camino seguro para transeúntes y automovilistas, pero la mayoría evita tomar esta vía por el aire contaminado de olores nauseabundos, el efecto químico de las fuentes de decantación de La Aceitera. De todos modos, sigue siendo un lugar muy transitado por muchos otros, quienes desean ahorrar tiempo y evitar las complicaciones de la ruta Once, la otra vía de acceso.
La cinta asfáltica, zigzagueante de principio a fin, se ve interrumpida por cuatro puentes a lo largo del trayecto, puentes construidos a principios de siglo cuando ambas poblaciones no eran más que aldeas asediadas por animales salvajes. Sin embargo, a pesar de esa apariencia inhóspita, el buen observador se regocija de gusto al contemplar la belleza del paisaje, tan lleno de vida como toda naturaleza frondosa, y tan pintoresco como un cuadro de Quinquela.
Los puentes son los elementos más atractivos del lugar, especialmente los de las vías del ferrocarril. El más grande de ellos, una enorme estructura de hierro que atraviesa el arroyo de norte a sur, ahora, luego de deteriorarse el puente de madera, se ha convertido en tramo del camino asfaltado.
No desentona para nada esta armadura con la pintura del paisaje. Al contrario, es la anacronía perfecta para los artistas de naturalezas salvajes.
De cara al levante, el trayecto pavimentado se bifurca para seguir hacia el este el terraplén de las vías por donde antaño circulaba el ferrocarril Sarmiento. La muralla de tierra cruza el terreno en cejo y se pierde en la floresta hacia el sur, el sector noreste de General Obligado, amputada en distintas partes de su extensión por las continuas excavaciones de los ladrilleros de la zona en busca de tierra de buena calidad. Esos montículos de tierra comprimida, y otro puente de hierro herrumbrado descansando en su lugar de origen, son los vestigios de la barricada.
Desde el mismo lugar de observación, más allá del terraplén de las vías, del lado de Abiponia, reposan los restos de una embarcación abandonada en las alturas mismas de las barrancas del río, una nave que otrora surcó el Paraná desde General Obligado a Goya y descansa allí quién sabe por qué razón. Y aún más allá, entre un velo de vapores perpetuos, se observa traslúcido entre una nube gris, el bosque salvaje dibujando la línea recta del horizonte. Desde la altura del camino se puede adivinar, por algunos rastros sobre las barrancas sombrías, el serpenteante croquis del arroyo hacia el este. La espiral es una constante en el curso del arroyo, y más se aleja la corriente más se acentúan los giros violentos de su derrotero.
De este lado de la explanada, hacia el este, entre los dos muros que sostienen, uno los rieles y durmientes y otro la cinta asfaltada, se extiende un manto tupido de aromitos y ceibos, diseminados arbitrariamente sobre un terreno de pastura donde siempre campean vacas y caballos de dueños desconocidos.
(En esa planicie verde, a sólo doscientos metros del sendero asfaltado, sobre el campo que otrora guerreros medievales sirvieran de alimento a los caranchos, metido medio cuerpo en el agua de un zanjón nacido por la erosión del tiempo y que desemboca en un bebedero para bestias, sumergido en ese agua podrida, una tarde de Julio de 1979, el oficial de policía Joaquín Valiente encontró el cadáver de Bárbara, mi madre. Pero la muerte de mis padres, Octavio y Bárbara, es otra historia, a la que los lectores pueden acceder en el libro de Washington Ternera: Crónicas de Abiponia.)
Y del otro lado, de cara al poniente, dándole la espalda al campo santo cuando muere el sol a la tarde, desde cualquier punto del camino se observa un bosque cargado de árboles silvestres, un manto verdoso que se extiende hasta la Ruta Once. Hoy es un parque todavía virgen, abrigo de los pequeños animales salvajes que aún sobreviven naturalmente. En mis peregrinaciones por este lugar, donde también se desarrollaron los hechos de la historia de Abiponia, en esta zona del puente viejo pude corroborar los accidentes geográficos citados en el manuscrito de Celestino. Ahora es esa selva agreste, contaminada de lagunas, de cañaverales y de una frondosa arboleda de aromitos y ceibos. Así no tiene el aspecto de un campo de batalla, pero los lugares precisos, dibujados en el texto con descripciones puntuales, como el relieve de las dunas entremedio de la floresta, aún persisten en la geografía del terreno y son el vestigio de huellas desgastadas por las inclemencias del tiempo y la erosión del agua y del viento.
Todavía se puede apreciar, a pocos metros al este del puente de madera, por sobre la barranca que quiebra el arroyo hacia el sur, el contorno de la cava donde los caranchos iban a picotear los cadáveres de los caídos en la lucha. Durante la Batalla Final , los soldados abipones trasladaban allí a los enemigos muertos, Frentones y Mamelucos aliados de Ychoalay, aquel retoño impío que acabó con el Imperio. Los trasladaban a ese lugar para convertirlos en carroña de las alimañas y para despejar el sitio que durante diez días sirvió de arena a los combates, como la playa de Troya sirvió de lisa para griegos y troyanos en aquella guerra mitológica.
Fue el sepulcro de mi madre, y el cadalso de los condenados a muerte en épocas de Saulo, nieto de Donato, el sexto emperador de Abiponia. Los informes de Celestino refieren los datos registrados por este gobernante en el Libro Sagrado; a partir de su regencia, ladrones, criminales y rebeldes eran ahorcados, fusilados o simplemente lapidados por verdugos especialmente adiestrados para esa función. El espacio no es grande, apenas tiene cincuenta metros de diámetro, pero el contorno cuadrado de su figura descubre la mano del hombre en su diseño. Aunque las aristas se hallen confundidas con la superficie plagada de matorrales, un pequeño desnivel denuncia el hoyo perfectamente trazado, especialmente cuando llueve y el agua queda estancada y forma un espejo geométricamente cuadrangular. El tiempo fue cubriendo de tierra el hueco original, y eso precisamente se nota desde el aire; si se observa el lugar a cierta altura, entonces se puede ver nítidamente la figura y aceptar con evidencia la mano del hombre en su construcción; la naturaleza no acostumbra a ser tan matemática.
La loma del mítico volcán, donde antaño funcionó la industria más próspera del imperio, se mantiene erguida en el mismo lugar con apenas algunas transformaciones en los ribetes de la cresta; muy semejante en su base circular, según denuncia el boceto de mi ancestro. La pendiente que parte desde la altura misma de su cima, y acompaña a la ribera del río hasta la calle, atraviesa el actual barrio Rincón del Diablo en un declive tan perfecto que se puede ascender caminando desde allí, sin esfuerzos. El muro de esta mole de tierra sirvió de defensa a Olegario en los tiempos fundadores, cuando los despojados aborígenes pretendían recuperar el terreno perdido.
Desde ese lugar, a poca distancia y en toda su dimensión, se aprecia el puente del ferrocarril, una simbólica jaula de ganado suspendida sobre el cauce y sostenida en sus extremos sobre bloques de cemento. Por los intersticios de sus paredes transparentes, armadas con vigas de hierro cruzado, el puente de quebracho se muestra a la vista a escasos cincuenta metros, cortando el río sobre sus enormes siete patas rollizas, que la corriente apenas salpica en la planta de sus pies ajados por el tiempo. Por el atajo que parte de este esqueleto de madera, aguas abajo, un sendero sirve de aguantadero a los pescadores trasnochados y acompaña la rivera; por allí debieron transportar a Bárbara, todavía viva, hasta el lugar donde la encontraron días después.
Como pueden ver, yo conozco el territorio como a las palmas de mis manos; todos los accidentes geográficos en cinco mil metros a la redonda. Con mis compañeros de infancia solíamos internarnos y acampar en lugares solitarios, donde las luces y ruidos del pueblo se hacían imperceptibles. Durante el día explorábamos los esteros y lagunas en busca de nidos de perdices, o cazábamos palomas y cuises con gomeras y rifles de aire comprimido. A la noche, cuando Abiponia y General Obligado dormían, nos reuníamos en torno al fogón para sentir en compañía el miedo de la silenciosa respiración del bosque, sus agudos alaridos animales. Entre risas cortadas y miradas aterradoras, cantos y clamores, comíamos las fritangas de huevos fritos, pechugas y muslos de palomas y cuartos de ranas charqueras, vigilados desde la oscura penumbra por el carancho escarlata de Benavídes. (En una ocasión, al visitar el bar después de una de nuestras noctámbulas correrías, le dije al viejo que su bicho embalsamado tenía vida y salía de paseo por el bosquecito: “Cuando cierro, el pájaro se aburre”, me respondió misterioso, dejando a mi tierno pensamiento abrumado de fantasías.)
El Arroyo del Rey, riachuelo caudaloso en algunas épocas del año y casi seco la mayor parte del tiempo, fue el camino de esas aventuras de la niñez. Sobre su lecho arenoso caminábamos en busca de algún tesoro escondido por piratas ingleses, llegados aquí supuestamente perdidos en la maraña de afluentes. Nuestra imaginación sin límites nos llevaba a pensar que sobre la holgura del riachuelo podía navegar una nave de catadura y que nuestro torrente podía haber sido un nido de corsarios.
En una de esas ilusorias expediciones encontramos la coraza broncínea que guardo en mi museo, en la misma dirección del arroyo donde se levanta nuestro Cementerio y que en el pasado Celestino ubica el palacio de los emperadores abipones. En el año 1670, siendo Mecio, hijo de Donato, el quinto emperador de Abiponia, las huestes de Mamelucos y Frentones combinaron una acción en conjunto y penetraron el territorio abipón para desolar la ciudad. Cruzaron por este lugar de El Arroyo de Abiponia, el punto más estrecho del curso, con la doble intención de neutralizar fácilmente las barcazas custodias de esa parte de la frontera (las asediaron a tiro de flechas incendiarias y abordaje) y de sorprender al escuadrón de infantería, escolta del Palacio Imperial. La profundidad del caudal, no hay que olvidar el nivel constante de agua sostenido por la represa del este, variaba los dos y tres metros en esa época.
La operación fue fatal para los tripulantes de las pequeñas naves abiponas. Fueron sorprendidos en la oscuridad y sus barcos hundidos, pero los cañones y arcabuces habían sonado durante toda la resistencia. Al final, el percance resultó también desastroso para los asaltantes: de los cinco mil efectivos registrados por Mecio en su crónica sobre los hechos, más de quinientos cayeron en el cruce del riachuelo. El resto se apostó alrededor de la ciudad para sitiarla.
Los cañonazos efectuados en la reyerta del arroyo habían alertado a la guardia imperial antes del cruce del populoso contingente, y así Mecio fue trasladado a salvo a la ciudad sin muros. Una vez allí, ordenó levantar barricadas en las bocacalles y en todos los accesos al interior de la metrópoli; hizo cavar trincheras en la vanguardia y apostó fusileros en los techos de las casas perimetrales. Después, envió mensajeros a las granjas de los alrededores en las que un millar de familias vivían aisladas de la urbe. Les ordenó abandonar sus casas y agruparse y hacerse fuertes en la Loma de Tabare, lugar distante veinte kilómetros al norte, donde cien años antes el antiguo monarca había erigido el primer bastión fronterizo desplazando a los Frentones del lugar. Esa conquista había sido la peor humillación para estos nativos, la causa principal del odio a los abipones.
Los niños y ancianos fueron trasladados al puerto y allí embarcados rumbo a la represa, cinco kilómetros al este, donde serian custodiados por la guardia fronteriza. El escuadrón contabilizaba doscientos jinetes resguardados en la fortaleza. Las mujeres siguieron el mismo rumbo, orillando a pie la ribera en dirección al lugar, donde resistirían la posible avanzada amparadas entre los muros de quebracho del aserradero instalado al margen del estuario.
Todos los ciudadanos de Abiponia contaban con un arma para su defensa. Eran, de este modo, efectivos al pie del cañón. En 1561, luego de la rebelión de un grupo de jóvenes sediciosos que intentó desestabilizar el gobierno de Olegario, el emperador ordenó adiestrar a toda la población en el manejo de las armas, para la defensa personal y para los futuros enfrentamientos contra invasores forasteros o coterráneos. Asimismo, cada hogar debía contar con un arsenal correspondiente a la cantidad de personas adultas integrantes de la familia. Los ciudadanos armados y organizados en células barriales constituían una red de resistencia cuya función principal sería siempre vigilar la seguridad interna de la villa en tiempos de paz.
No existía ninguna fuerza policial que cumpliera esa labor; los propios vecinos organizados por turno oficiaban de guardianes apostados en lugares estratégicos en cada barrio de la ciudad. El mismo sistema podría resistir organizadamente cualquier tipo de alzamiento contra el gobierno, si el pueblo decidiera defenderlo, ya que ninguna fuerza podría someter a cuarenta mil ciudadanos armados. Pero desde aquel incidente, nunca más se produjo levantamiento alguno en la ciudad, y ni siquiera el de Ychoalay, en 1748, se originó en el seno de la metrópoli sino fuera de ella, respaldada por el gobierno español de Santa Fe y la horda de Frentones.
Así las cosas, cuando la caterva de Mamelucos y Frentones habían formado una muralla humana alrededor de la ciudad, el sol comenzaba a mostrarse en el horizonte.
La población ya había tenido tiempo de pertrecharse cuando el emperador envió emisarios a los distintos destacamentos de frontera. Los instaba a permanecer en sus puestos; temía que la estrategia de los invasores contara con penetrar el territorio por algún otro punto del país y los agricultores y ganaderos instalados en las aldeas más alejadas se vieran indefensos ante la ausencia de las fuerzas armadas.
El sitio duró apenas unas horas. El campo que bordeaba los tres puntos cardinales de la ciudad, el arroyo delimitaba la línea sur, era un terreno limpio de vegetación hasta más allá del kilómetro de distancia. Luego de varios intentos por distintos puntos defensivos, los salvajes fueron rechazados en cada barricada defendida por las fuerzas civiles.
Pero esos avances fueron efectuados por pequeños batallones de efectivos armados con lanzas, integrados por Frentones que disparaban los proyectiles a cierta distancia y se escudaban de los trabucazos tras sus monturas. Eran simples escaramuzas para poder estudiar el terreno.
Después, montados en sus caballos, cuatro mil jinetes se aglutinaron en distintos destacamentos frente al flanco oeste de la urbe. Los batallones del ejército y los infantes de la marina abipona se apostaron en líneas frente a ellos para adelantarse y reprimirlos. Rodeaban el obelisco del mausoleo de Tabare, una torre de madera construida para homenajear al emperador sobre su tumba.
Celestino, refiriendo datos del Libro Sagrado, destaca en este punto la pericia bélica de los salvajes. Allí, en el mismo lugar donde hoy se levanta el monumento a la ciudad de Abiponia, las huestes bárbaras sofrenaron las bestias domesticadas y con golpes de fusta en la grupa hicieron sonar al unísono las ocho mil patas delanteras. El ruido sacudió la tierra y estremeció la base de la columna de quebracho, la que cayó pesadamente sobre la línea de soldados abipones. Treinta infantes murieron aplastados por el derrumbe.
Inmediatamente sonaron los cañones. Entre las nubes de polvo del campo de batalla, las salvas certeras arrasaron con las primeras filas de guerreros indígenas; luego la caballería abipona picó espuelas seguida a paso de carrera por los infantes.
El choque de ambas fuerzas fue sanguinario. Los efectivos abipones iban protegidos por corazas metálicas y escudos de bronce; cargaban las espadas en fundas sobre sus espaldas y las picas en la mano; los jinetes se desplegaban sobre sus caballos en escuadrones estratégicamente perfilados. Deliberadamente, formaban en herradura y los extremos luego encerraban a los enemigos dentro de un círculo. Los hostigaban con las chuzas por los flancos mientras la infantería penetraba en el interior.
La caballería invasora fue diezmada rápidamente. Dentro del círculo los infantes mataban los caballos de los guerreros y los obligaban a la lucha cuerpo a cuerpo, duelo en el que los hoplitas abipones eran invencibles.
Por otro lado, los fusileros enemigos hicieron estragos entre las filas de infantes abipones. Muchos cayeron frente a la sorpresiva eficacia de los Mamelucos, quienes disparaban sus fusiles a más de cincuenta metros de distancia. Los perdigones especiales de estas armas perforaron fácilmente el blindaje de las corazas.
Entonces intervino la artillería. Con pericia matemática los expertos abipones calcularon la distancia de tiro y los cañones de la ciudad comenzaron a detonar nuevamente. En pocos minutos las salvas hicieron blanco en los fusileros y éstos se dispersaron en busca de refugio seguro.
Para esto, el resto de las filas invasoras ya se había dispersado arbitrariamente por el campo de batalla; desorganizados, muchos de ellos comenzaron la retirada abriéndose paso entre los abipones ordenados en la retaguardia. Pocos de estos salteadores lograron huir, y muchos, tres mil setecientos veinticuatro según la lista registrada por Mecio, perecieron en el campo de batalla.
El saldo fue considerable también para las fuerzas de la resistencia. Más de doscientos efectivos abipones cayeron heroicamente en la refriega, la mayoría frente al palacio del emperador.
Un contingente de Mamelucos había saqueado la mansión mientras se desarrollaban los combates, la incendiaron y demolieron hasta los cimientos. Después Mecio hizo limpiar el terreno para fundar un campo santo en el lugar, donde fueron sepultados sus guerreros. Levantó un mausoleo en medio de las tumbas, una cripta circular de veinte metros de diámetro construida de ladrillos con puertas de ingreso sobre el norte y el sur, y hasta allí trasladó los restos de los cuatro soberanos antecesores del trono.
Los féretros de los próceres fueron enterrados en tumbas cavadas en el interior del recinto, dispuestas en círculo a partir del extremo este, según el periodo cronológico y siguiendo el sentido de las agujas del reloj. El piso de mosaicos azules y lustrosos cubría todo el perímetro y servía de lápida en el sitio donde se hallaban los sepulcros. Sobre las mayólicas de las tumbas se inscribieron leyendas que relataban pasajes de sus vidas, lo que servía para recordar la historia del Imperio. Las paredes estaban adornadas con las armas de guerra de los soberanos: espadas con empuñaduras de bronce y hojas de acero, de distintos diseños; escudos de oro y plata con los emblemas de cada época; corazas, yelmos, mantos, y hasta la lanza de Tosca, la emblemática exploradora abipona, se apoyaba erguida sobre la pared que hacía sombra a la tumba de su padre. El techo del pabellón era una cúpula de cristales abovedados, de color azul y dispuestos en torno a un centro de vidrio transparente por donde penetraba la luz solar. Esta luz alumbraba una capilla ardiente en el centro del lugar, un armario de cristal de pequeñas dimensiones asentado sobre un pedestal de quebracho labrado. Dentro de la vitrina descansaban las reliquias transportadas desde el Friuli por Olegario y sus diáconos: las sandalias y la túnica del apóstol Esteban.
En 1748, cuando Ychoalay invadió el territorio con su ejército de Frentones, asaltó el lugar en busca de esas reliquias; desmanteló y demolió la cripta hasta convertirla en escombros. Nadie supo después cuál fue el destino de los restos sagrados de Esteban. Celestino escudriñó afanosamente el lugar en su búsqueda, guiándose, por supuesto, en la cartografía dibujada por Yadrán en el Libro Sagrado. Pero no dejó constancias del resultado de esa exploración. En el escrito mi ancestro señala el destino final de aquella parcela donde primero se erigió el Palacio Imperial y luego La Necrópolis de los Héroes. Él mismo, como representante de los inmigrantes ante las autoridades, destinó el lugar para Campo Santo de la pequeña población de Abiponia. Fue al cumplirse el segundo año de su fundación, cuando la aldea aún no contaba con una organización política. También construyó con sus propias manos el pedestal donde yergue enhiesta la Cruz Central , la cruz mayor hecha de madera quebracho, aún situada en el mismo lugar de origen. En el prólogo de su libro ubica el predio como el lugar donde se montó el mausoleo de Mecio, y vuelca al escrito aquella frase extraída del evangelio apócrifo de Pablo: “Al pie de la cruz yacen los restos materiales del mensajero bendecido por Cristo”.
VIII
La invasión de los Mamelucos fue uno de los acontecimientos más importantes de Abiponia durante el mandato de Mecio quién, como se ha visto, condujo con inteligencia el destino del país. Después, siendo aún joven, debió abdicar el trono a favor de su hijo Saulo.
La muestra pictórica de Celestino, la que representa el periodo de Saulo como sexto emperador de Abiponia, es la obsesión de mi hermano. Conrado (en realidad no es mi hermano sino mi primo) se pasa la mayor parte del tiempo sentado en la misma butaca frente a las pinturas. En el bar de Benavides se queda allí durante horas tratando de descubrir las relaciones ocultas del texto. Disputa conmigo la interpretación de algunos pasajes, aquellos significados velados donde ni la pintura ni el texto son inmutables al devenir de la historia argentina. Uno de los motivos de esa obsesión se debe al rostro del personaje, muy parecido al suyo en los rasgos faciales.
Pero, en realidad, la historia le interesa por lo despiadado de la gestión. Durante su mandato, este joven monarca debió lidiar con grupos políticos contrarios a los principios constitucionales del país. Tras la abdicación de su padre, creyendo los opositores favorecerse ante su aparente deficiencia, iniciaron una asonada peligrosa para la estabilidad del imperio. No obstante, una vez situado en el poder, el nuevo monarca mostró su vena dictatorial y sanguinaria.
Durante su gestión desarrolló todo tipo de crueldades: persiguió ferozmente a los rebeldes, los secuestró y torturó. Sembró el pánico en la ciudad; hubo muchos ciudadanos desaparecidos y otros exiliados en las fronteras. Fue, sin duda, quien inauguró el Terrorismo de Estado en América, característica fundamental de su gobierno.
Mecio había abdicado a la corona a los cincuenta y siete años, víctima de un ataque cerebral. Hasta entonces había podido mantener a raya a las fuerzas contrarias al régimen. Los opositores habían elaborado una propuesta ideológica revolucionaria, inadmisible para el emperador y la constitución abipona: la integración al reinado español. Saulo, en principio, sostenía la misma idea de su padre, aunque titubeaba ante el crecido poder de sus adversarios políticos. Temía perder el trono y se encontraba en la triste situación de recelar de sus propias fuerzas internas.
A instancias de un Mecio convaleciente, las fuerzas armadas intercedieron en apoyo del nuevo mandatario. Los militares eran conservadores del sistema cerrado del imperio, es decir, defendían el sistema de jerarquías, asegurando con esto al monarca su permanencia en el trono. No obstante, la alianza tenía sus límites: los uniformados se comprometían a sofocar cualquier intento de desestabilización violenta pero se negaban a tomar represalias contra los rebeldes si la situación no alcanzaba esa instancia.
La posición moral de las milicias, como lo dictaban los principios de Tabare, defendía los derechos de los ciudadanos a expresarse libremente y dejaba en manos de los funcionarios el rol de consensuar una política estabilizadora a través de un discurso pacifista. Confiaba a las estrategias políticas del emperador y sus funcionarios la tarea de participar en las asambleas públicas y desde allí, a cara descubierta, persuadir con argumentos. Pero el entorno intelectual de Saulo sospechaba de las nuevas formas de gobierno en Inglaterra. La monarquía parlamentaria, la participación del pueblo en los asuntos de Estado, principios tomados de los libros importados por Donato, se arraigaron como ideología en los estudiantes universitarios de Abiponia. Así comenzó la rebelión social.
Entre los nobles, iniciadores inconscientes de la revolución, había crecido una nueva idea. Generada en ese mundo intelectual de jóvenes y empresarios ansiosos por integrarse al mundo científico europeo, querían mostrar al mundo los éxitos logrados por sus eruditos en el campo social y económico.
El imperio había multiplicado la densidad poblacional después de casi doscientos años de vida. La nación sumaba trescientos mil habitantes y la mitad de ellos vivían en la ciudad bajo un régimen económico perfecto; no existía la desocupación y ningún ciudadano sufría privaciones extremas. La organización garantizaba un ingreso adaptado a suplir las necesidades básicas de cada individuo, a gozar de una buena vivienda y a recibir, sin distinción, los servicios de la educación y la salud.
Celestino describe la organización urbana, rural y económica del imperio como una utopía asequible a cualquier país cuyos recursos fueran administrados inteligentemente.
La ciudadela de Abiponia fue situada en el mejor lugar de un territorio arreciado habitualmente por las inundaciones del Gran Río. Los fundadores habían tenido la precaución de erigirla en la loma donde después se levantaría la colonia de Abiponia. El perímetro estaba cruzado por calles orientadas de norte a sur y de este a oeste, por donde transitaban carruajes de tiro de variados diseños. Cada familia contaba con su propia vivienda, la mayoría de ellas construidas de tablones de madera, y el resto, las de los más pudientes, de ladrillos. La industria maderera era la principal fuente de trabajo: los hacheros, dos mil en total según el registro de Valerio (1720-1748), el último emperador, trabajaban en los bosques en la extracción de la materia prima; en los aserraderos del estuario, donde llegaban, remolcados por las barcazas del arroyo los rollizos arrancados en el bosque del oeste, trabajaban quinientos obreros distribuidos en cuatro turnos diarios; las carpinterías de la ciudad, algunas dedicadas a la fabricación de viviendas, otras a la fabricación de muebles y armas y otras a la fabricación de vehículos, entre las varias especialidades que tenía esta industria, contaba con más de cinco mil trabajadores. La explotación agropecuaria (diez mil trabajadores) también era una fuente importante de mano de obra: se sembraba girasol, maíz y trigo en los campos de Abiponia, territorio encerrado en un perímetro de cien kilómetros cuadrados, sin contar la zona de bosques; las granjas estaban situadas a partir de las márgenes de la ciudad y se extendían hasta diez kilómetros a la redonda: la cercanía permitía el traslado diario de esos productos imperecederos, como son las frutas, verduras y hortalizas; las industrias alimenticias contaban con molinos para fabricar harina y aceite y generaban una actividad comercial muy importante en la ciudad; los mataderos de aves, ganado vacuno y porcino trabajaban diariamente para abastecer las necesidades del mercado, y también generaban una actividad comercial considerable. Como la jornada laboral de los abipones se extendía a seis horas de trabajo diario, el tiempo de esparcimiento era dedicado a la caza y la pesca, en la mayoría de los casos, pero también existían los teatros, las posadas y la industria literaria, una pasión que contaba con muchísimos adeptos.
Como se puede apreciar, la vida de los abipones consistía en abastecer sus necesidades humanas en un lugar tan rico en recursos como es nuestro país en la actualidad. Ellos no debían preocuparse por la administración del mismo porque les había tocado dirigentes responsables e inteligentes; y tampoco por la seguridad, tarea a cargo de las milicias; en tiempos de Saulo (1691-1720), un contingente de cuatro mil hombres armados y adiestrados para la lucha. La vigilancia de la ciudad, en cambio, estaba a cargo de los propios vecinos, quienes se turnaban en la labor de controlar los barrios con la misma afición con que lo hacían en sus propias casas.
Pero, dice Celestino, la paz también es una utopía aún cuando se dispone de todos los medios para alcanzarla. La mente del hombre, explica mi ancestro utilizando una prosa muy sugerente, es un caudal inagotable de sentimientos y emociones.
Y cuando ambas pasiones superan a la reflexión el hombre se desconoce. La continua lucha interna por entenderse a sí mismo provoca insatisfacción, y la insatisfacción socava los ánimos tornando imposible hasta la felicidad. La ansiedad se multiplica cuando la rutina de la vida genera esa insatisfacción, y el hombre llega a desear lo impensado como una posibilidad concreta de realizar. Llega a desear lo desconocido y su inquietud lo conduce a bucear en lo más profundo de la imaginación. Sólo falta una idea compartida y los deseos se convierten en una necesidad generalizada.
En Abiponia esa necesidad germinó en las mentes de jóvenes ilustres, hijos de la nobleza. Las noticias de un mundo desconocido, de saber la existencia de grandes mares tras los cuales existían genios comparables a los de sus lecturas, filósofos, estadistas y novelistas europeos célebres, hizo de esa su inquietud una anhelo. Debían integrarse al mundo real, al mundo existente en las antípodas eruditas, lugar inalcanzable mientras las fronteras del país permanecieran cerradas a sus antojos.
Estos pensamientos fueron discutidos, corregidos, mejorados, reelaborados y rectificados por los insatisfechos promotores de esa idea luego revolucionaria. En principio fue una expresión de deseo, propalada a viva voz entre grupos de la misma condición. Después trascendió el recinto de la Universidad ; de la mano de estudiantes becados llegó a las fábricas, a los establecimientos camperos, a los comercios. La idea de un mundo mejor, de igualdad de oportunidades, de riquezas sin límites brotó en el alma de los jóvenes obreros y los peones de distintas especialidades, quienes con esto desenterraron otros resentimientos ocultos: su condición de simples trabajadores condenados a una rutina perpetua; expectativas de vida truncadas dentro de los límites del territorio; situación de ciudadanos inferiores, sin derecho a la participación política. Estas y otras razones impulsaron la idea de liberarse del yugo vigente que los oprimía.
La idea generalizada fomentaba los beneficios de la integración, la posibilidad de intercambiar conocimientos y productos, viajar por el mundo, conocer Europa y formar parte de la corte más poderosa del mundo: España. Pronto algunos grupos de estudiantes y obreros se reunieron en asambleas públicas, orientados por cabecillas rendidos a estas ideas, y comenzaron a debatir distintas formas de reclamos. Los grupos fueron creciendo y pronto comenzaron las primeras manifestaciones públicas en repudio al régimen de fronteras cerradas. Las fuerzas armadas sofocaron estos débiles intentos y entonces los asambleístas comenzaron a conspirar en la oscuridad. La clandestinidad excluyó a los temerosos, y se conformó grupos de audaces. Los audaces incluyeron otros pensamientos, y esos pensamientos trajeron la subversión.
Al final, la idea pergeñada por los estudiantes nobles, divulgada como una expresión de deseos por traspasar las fronteras en busca de un mundo nuevo, había despertado otras inquietudes en los revolucionarios. Estos habían olvidado esa turbación primaria, aunque había sido la causa del levantamiento, y propugnaron la anarquía como forma de gobierno.
En este punto es necesario detenerse para explicar el sistema educativo implementado en Abiponia para la enseñanza superior. Como nos revela Celestino en su momento, la educación Universitaria no era gratuita pero todos los estudiantes egresados del nivel medio, aquellos calificados por una junta idónea, podían seguir una carrera. La situación se resolvía a través del sistema de becas implementado por el ahorro privado.
En su escrito, mi tatarabuelo expone puntillosamente la necesidad de preparar a los estudiantes del nivel medio para el mercado del trabajo. Una vez egresados, éstos desarrollaban el oficio aprendido en la escuela, tras un periodo de práctica, convirtiéndose en mano de obra ocupada en forma inmediata. Los alumnos universitarios, en cambio, no podían ocupar puestos de trabajo y debían abocarse pura y exclusivamente al estudio de la carrera. Por esta razón, el Estado no pagaba sueldos a estos ciudadanos, reservando tal función a la banca privada.
Durante el gobierno de Saulo, más de quinientos alumnos asistían a la Universidad , y casi la totalidad pertenecían a las clases bajas de la sociedad, es decir, hijos de trabajadores de poco poder adquisitivo. El método de inversión educativa competía con el de adquisición de territorios boscosos cuando el gobierno salía a recaudar los billetes escarlata. Los ahorristas, en este caso, costeaban la carrera universitaria de los candidatos seleccionados, la mayoría del plantel de estudiantes universitarios, y una vez egresados y acomodados en sus trabajos respectivos, éstos devolvían a los inversores los costos de su educación. El trámite estaba garantizado por el Estado: en las liquidaciones de sueldos descontaba la parte correspondiente a los créditos y las derivaba a los ahorristas hasta cancelar la deuda. Así, el grueso de profesionales abipones, médicos, docentes, arquitectos, ingenieros, etc., provenía de las clases bajas, con sueldos a veces hasta diez veces superiores a los de los trabajadores comunes.
Muchos de estos estudiantes, sin embargo, prisioneros de la rebeldía natural de la juventud, se hallaban descontentos con la realidad social. Aunque gozaban de privilegios, sus corazones sufrían la necesidad de protagonismo, y ellos, a diferencia de otros jóvenes, contaban con la propiedad del conocimiento científico, discernimiento con el cual podían enjuiciar los principios establecidos. Así, reunidos en la clandestinidad, discutieron y reflexionaron con fervor esa razón prístina que los convocaba.
Debían defender la idea de integración pero también debían buscar un sustento moral, es decir, si el obrar de esta forma traería felicidad al pueblo. Entonces discutieron los principios de Platón el cual establecía la virtud como promotora de la felicidad. ¿Eran ellos virtuosos?
Para saberlo repasaron aquellas virtudes distinguidas por el filósofo: la prudencia, con la cual el hombre obra con razón; la fortaleza, que tiene por objeto estimular al hombre para vencer las dificultades; la templanza, con la que el hombre modera sus apetitos, y la justicia, que armoniza las anteriores. Pues bien, aunque ellos se consideraban justos, no se consideraban prudentes al conspirar contra el Estado. Pero el Estado virtuoso, según Platón, era el Estado de Abiponia, un cuerpo injusto compuesto de tres clases sociales, cada una de ella a cargo de desarrollar una virtud para cumplir con la misión que debía realizar. A cada clase le correspondería una virtud determinada, pero existían privilegios distintos entre una y otra: los Gobernantes, según Tabare había dispuesto en la constitución de las leyes siguiendo a Platón, debían ser los nobles (supuestamente sabios), encargados de dirigir a los demás; los Guardianes debían ser los militares (supuestamente aptos), encargados de defender el Estado y las normas tal cual se establecieron; y los Productores, el pueblo, al que ellos mismos, los revolucionarios, pertenecían, encargados de producir los bienes necesarios para satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Determinaron entonces, que si bien la Constitución de Abiponia había servido para organizar el sistema desarrollado, ellos no estaban de acuerdo con la permanencia de estos principios y se propusieron rebatirlos para cambiar de modelo.
En busca de una forma adecuada de gobierno, después revisaron los principios de Aristóteles, quien establece la conducta del hombre encaminada a conseguir los objetivos de la voluntad, la cual se dirige al bien. Y si el hombre, como afirma este filósofo, por naturaleza es un animal social y político, es decir, necesita vivir en compañía de otros, la mejor forma de hacerlo es a través de una organización social y política desarrollada en conjunto. De esta forma, el bien buscado es para todos y sin privilegios, y la única forma de alcanzarlo es a través del Estado. Y éste, según Aristóteles, para llevar a cabo las distintas funciones (ejecutiva, legislativa y judicial) debe estar constituido por ciudadanos de diversas condiciones y aptitudes. Cada nación debe optar por una forma de gobierno legítima (preocupada por el bien común), y adaptable a sus circunstancias. Pero sólo existen tres formas de gobierno reconocidas por el filósofo: la Monarquía o gobierno de uno sólo que puede degenerar en la Tiranía ; la Aristocracia o gobierno de los mejores, cuya corrupción es la Oligarquía ; y la Democracia o gobierno de muchos en nombre del pueblo, que se corrompe con la Demagogia.
Se preguntaron, entonces, cual de estas tres formas convenía a Abiponia. Discutieron a cuenta de esto y concluyeron que la nación había sido gobernada por las dos primeras, razón por la cual habían surgido las diferencias. La Tiranía y la Oligarquía habían sido la razón por la cual el Estado de Abiponia había podido restringir los derechos naturales del hombre, aún siendo éste libre por naturaleza y dueños elegir su destino. Esta elección según las pautas del pensador griego, no debía transgredir la libertad de los otros.
Si el hombre, como manifiestan los filósofos, en su estado natural no es malo pero acuerda vivir en sociedad con objeto de defender mejor sus derechos, y aumentar su bienestar, es lógico entonces que, en su estado social, pueda elegir lo que conviene para todos. De esta forma, el poder del Estado viene del pueblo y, por tanto, está limitado por los derechos de los ciudadanos. Cuando el gobierno viola los derechos de los ciudadanos pierde la soberanía, y ésta debería establecerse en el pueblo. La mejor forma de gobierno, concluyeron, es una posición intermedia de poderes, la monarquía constitucional, en la que el sujeto de la soberanía no es el emperador, sino el pueblo.
Según Celestino, con estos debates se desarrollaron las razones teóricas del liberalismo político moderno, de gran influencia entre los iluministas ingleses, y Abiponia fue el seno de esta ideología en América. En la época de Saulo existía un flujo permanente de intercambio con los distintos traficantes que operaban en Goya, la ciudad allende el Gran Río. Las novedades literarias eran un producto muy apreciado por los abipones, moneda de cambio también para los aventureros comerciantes de ultramar. De este modo Abiponia pudo acceder al pensamiento filosófico europeo, cien años después de la aventura de Donato, y como se ve, no fue a través de una lectura pasiva.
Las reuniones secretas, como describe mi antepasado, se realizaban con la participación de otros elementos sociales, además de los estudiantes. Cada sector de la producción tenía allí su representante, razón por la cual la diversidad de opiniones habían provocado ciertas molestias en los concurrentes. El grupo inicial había crecido enormemente y pronto comenzaron las diferencias y las fracciones. Meses después de la asunción de Saulo la situación era insostenible para el gobierno. Las distintas células sediciosas, autónomamente comenzaron a activarse provocando las primeras manifestaciones populares. Huelgas del sector agropecuario, huelgas del sector industrial, manifestaciones estudiantiles exigiendo el cambio de las normas vigentes.
Al final, los estudiantes nobles habían estimulado con su idea un movimiento revolucionario que, como expliqué más arriba, sirvió para activar grupos que pronto olvidaron las razones del principio y las reemplazaron por otras. Aquel anhelo inicial de los jóvenes acomodados encendió el motor pero la dirección tomó otro rumbo. Cuando se dieron cuenta del error las cosas se habían ido de las manos. La primer ideología había nacido entre los abipones, se había propalado entre la juventud y su destino era la revolución.
Al verse victimas de su propia trampa, los nobles recurrieron al emperador. Los jóvenes nobles abipones temían perder su lugar de privilegio en el sistema social, y vislumbraban en el futuro una lucha de clases. Esta lucha los tendría defendiendo una causa imposible si el propio emperador relegaba a un parlamento gran parte de su poder político. Precisamente, el poder absoluto para garantizar el estado de cosas tal cual se mostraba en ese presente. Y para ejercer ese poder, Saulo debía neutralizar la fuerza opositora, cuya razón ideológica buscaba la promoción social a través de la participación política del pueblo, promoción que no significaba el ascenso de las clases más bajas a una posición más arriba en la escala social, sino el descenso de la clase nobiliaria a un escalón más abajo.
Imperturbable, Saulo escuchó las impresiones del grupo de noveles intelectuales, quienes le rogaban interceda ante la irrefrenable sucesión de los hechos populares. La situación para él no era tan desesperante después de todo: el interés del pueblo erudito conciliaba la idea de la participación activa de sectores civiles en los asuntos de Estado, y en caso de concretarse él sólo sufriría el corte parcial de su poder político. En Inglaterra ya se practicaba ese sistema sin que significara la pérdida de privilegios del monarca.
De todos modos, en los concilios cortesanos efectuados para tratar el tema se estudiaron casos históricos de rebelión popular, antecedentes revelados en los escritos sobre las revueltas en la Atenas de Pericles, la Roma de los Triunviratos y, especialmente, la rebelión de Espartaco. Sin duda, relata en sus memorias el sexto emperador, la nobleza abipona decantaba sus temores con vena erudita; los ejemplos de latrocinios efectuados por un pueblo que nada en la abundancia pero se encuentra insatisfecho, como el pueblo abipón, merecen la misma condena de Espartaco, quien condujo la sublevación de esclavos sin una causa razonable, sólo para mostrar su fuerza y provocar una guerra. Por placer.
Para el caso de Abiponia, reprimir hubiera sido la vía más rápida y directa de sofocación, pero la actitud conservadora e imperturbable de las fuerzas armadas, obedientes al poder del monarca, no obstante firmes ante el valor de las normas (no atentar contra la opinión general del pueblo), descartaba la intervención militar.
Saulo, con la complicidad de los más audaces aristócratas de la corte, trazó un plan para conseguir el apoyo de las milicias y neutralizar para siempre la infausta soberbia del pueblo. Con el apoyo logístico de sus compañeros de clase y mucha literatura oscurantista, fundó una cofradía para actuar soterradamente como lo hacían las distintas fracciones civiles.
Comenzó así una actividad clandestina de acción armada contra los insurrectos, lo que hoy llamaríamos Terrorismo de Estado, dirigida a terminar con los líderes del movimiento subversivo.
“Inquisición” es el término empleado por Celestino para denominar este cuerpo armado contra los revoltosos; la “Logia Carancho” fue llamada después, según mi ancestro, cuando Ychoalay tomó la conducción de la misma para convertirla en una secta de fanáticos.
Esta organización, como dije, comenzó a accionar en Abiponia a principios del siglo XVIII y fue, durante el Proceso de Reorganización Nacional (1976/83), el brazo armado de los militares en Abiponia y su zona de influencia.
Una vez fundada la célula, la integraron psicópatas elegidos entre los más violentos de las prisiones abiponas de la frontera (las cárceles abiponas se situaban en puntos estratégicos lindantes a los territorios de Los Frentones). Estos elementos se encargarían de rastrear a los sospechosos y recabar los datos sobre sus identidades. Los senescales de la cofradía se encargarían luego de registrarlos en listas, crear un relato con descripciones grotescas, mostrar el carácter de los mismos como individuos peligrosos, negar lo positivo de sus declaraciones ideológicas y acusar de delito sus manifestaciones políticas. Abarcó esta organización formas típicas de crueldad, oscurantismo y tiranía: la crueldad, en los procedimientos de tortura que utilizaron; el oscurantismo, en la obstrucción puesta a todo progreso espiritual y a cualquiera actividad de la inteligencia; y la tiranía, en las restricciones con que se habría ahogado la vida libre de los abipones, a quienes parecería que se hubiese querido esclavizar.
Del mismo modo, la historia oficial de Abiponia mostraría después a los manifestantes como excepcionalmente crueles, intolerantes, tiránicos, oscurantistas, vagos, fanáticos, avariciosos y traidores; es decir, Saulo en sus memorias los diferenció de tal modo de los demás ciudadanos en estas características, que los abipones y la historia de Abiponia deben ser vistos y comprendidos teniendo en cuenta la cuidadosa distorsión de la historia de un pueblo, realizada por sus enemigos para combatirlos mejor. Y una distorsión lo más monstruosa posible, a fin de lograr el objetivo marcado: la descalificación moral de los rebeldes, cuya ideología había que combatir por todos los medios posibles.
IX
Los miembros del MO.JU.SE saben, porque son los receptores de este borrador y algunos estudian Historia Universal en el Profesorado, que las naciones poderosas tienden a forjarse una imagen de sí mismas. Esta imagen, en la mayoría de los casos, se fundamenta sobre un mito de origen y una misión en el mundo, y su propagación suscita a menudo otras contrarias en los adversarios internos de dichas naciones. En ese intercambio de imágenes internas, relacionadas con la identidad y la importancia de un pueblo determinado, se van acuñando frases lapidarias que quedan grabadas en la memoria del lector. En Argentina esa frase lapidaria la pronunció Sarmiento: Civilización y Barbarie.
Para este caso, yo me propuse narrar la verdadera historia de Abiponia: la descripción de todas las herejías de Saulo, la colección de mártires morbosamente torturados por el fin mezquino de matar una ideología. En el texto de Celestino se encuentran muchos de los elementos repetidos más adelante en la Argentina , época en que cualquiera podía ser juzgado por cualquier nimiedad, sin que la Inquisición temiese equivocarse; los acusados lo eran a menudo por dinero, envidia o para ocultar acciones de los torturadores; si no se encontraban pruebas se inventaban; los prisioneros eran aislados sin ningún contacto exterior en calabozos oscuros donde sufrían horribles torturas.
Mi hermano me descubre la dicotomía de Sarmiento en la muestra pictórica donde Celestino graba con sutileza la síntesis de este periodo imperial. Aunque Conrado padece dificultades que le restan algunas aptitudes para desempeñarse como una persona normal, en varios aspectos supera esas insuficiencias con muestras de ingenio en la resolución de enigmas. Es una luz para los cálculos matemáticos y para la retención de conceptos en la memoria a largo plazo. Desarrolló una inteligencia aguda, una facilidad innata para el aprendizaje luego de la práctica constante de la lectura ejercida desde niño sobre el texto de nuestro tatarabuelo.
En esa instancia, cuando tenía siete u ocho años, yo leía pasajes de Abiponia teatralizando los diálogos para representar mejor las escenas de la historia, y le explicaba las imágenes esbozadas en las pinturas, los pasajes bélicos en los que se ven guerreros enfrentándose con saña para vencer o morir en el fragor de la lucha. Desde esa tierna edad, adelantando etapas en el desarrollo cognitivo, mostró una capacidad excepcional para manipular y resolver operaciones mentales. Sus inferencias acerca de la estampa de los combatientes enfrentados, como la actitud ofensiva, las espadas alzadas, las lanzas arrojadas, los escudos defensivos, no eran meras descripciones aisladas, no les daba a estas imágenes una interpretación literal sino que las descubría como representaciones de escenas violentas dentro de un contexto, imperceptibles a simple vista por ser metáforas dentro de un relato más complejo.
Después, cuando aprendió el grafolecto friulano y tuvo acceso directo al escrito, disputando un día conmigo sobre las posibles interpretaciones del cuadro en cuestión, me expuso las relaciones que había descubierto en las imágenes.
En la sexta pintura tenemos la figura de Saulo llorando inclinado sobre un ataúd situado en la cubierta de una nave. Coronan la imagen dos espadines cruzados, sobre cada uno de los cuales el autor bosqueja, en el de la izquierda una ciudad europea, con sus palacios y catedrales de estilo barroco y gótico, parejas vestidas a la usanza de la época tomadas del brazo y paseando por las sendas de la plaza mayor mientras algunos carruajes remolcados por caballos transitan sobre calles cubiertas de adoquines. Sobre el filo de la derecha, la silueta agreste de Abiponia, con sus ruedas del puerto alzando el agua del riachuelo, sus bueyes girando entorno al yugo para mover los engranajes de las sierras de los aserraderos y las carpinterías, y filas de casas de madera quebracho ordenadamente dispuestas a la vera de calles barrosas.
Parafraseando a Conrado, las imágenes representan los anhelos de los distintos grupos sociales del país. Por un lado, los nobles afincados a una imagen de Abiponia que blanquea el carácter de la clase más rica en recursos y conocimientos, dispuestos a cruzar los mares para mostrar sus logros sociales y económicos con el sólo afán de presumir y competir científicamente. Por el otro, los plebeyos, una minoría erudita que representa a la mayoría de los abipones y toma el deseo de la nobleza como un impulso para derivar la cuestión en disputas políticas.
Los espadines cruzados representan el choque armado que resolvería la cuestión, con los mismos dirigentes de Abiponia conspirando desde la oscuridad para convertir el país en el símbolo de todas las fuerzas de represión, brutalidad, intolerancia política y atraso intelectual y artístico. A este proceso es al que se llama Civilización y Barbarie en la historiografía argentina. Y Abiponia es, por así decirlo, la imagen de Argentina, tal como Conrado la percibe.
Después de la lucha, el emperador llora sobre el cadáver del país destruido, viajando en una nave que lo lleva a la civilización para abandonar la barbarie, lo que es para mi hermano un augurio del destierro de Yadrán una vez derrotado en la batalla final.
Sobre esta descripción, Celestino explica en su libro el origen de las clases sociales, las que habían sido establecidas naturalmente en el inicio del imperio como producto de la distribución del trabajo. Según la aptitud de cada ciudadano, las tareas especificas fueron adjudicadas a cada persona de acuerdo a su competencia para ejercerla. En principio, los setenta y cinco diáconos habían instaurado una organización jerárquica piramidal en la que el rol de los personajes más importantes no se diferenciaba del de los demás. El cargo de emperador recayó sobre Olegario por una cuestión de liderazgo, sostenido desde la etapa del noviciado en el monasterio. Y por una cuestión de fortaleza, no solo física, sino también de sentido común ya que su vocación natural a la jefatura se había ganado el respeto de sus compañeros. Su hermano Tabare, segundo en jerarquía, por una cuestión de capacidad intelectual, de ingenio erudito que sus compañeros apreciaron como fundamentales para la supervivencia en esos lugares inhóspitos.
Así, las tareas del campo y las distintas labores empleadas para fortalecer un país con buena alimentación, viviendas y seguridad, fue enrudeciendo a la mayoría de los fundadores. Cuarenta años después, la tercera generación de abipones culminaba una expansión territorial que alcanzaba los cuarenta kilómetros de dominio. En esa comarca se distribuían las familias de agricultores y ganaderos realizando las tareas de producción de materia prima, y en la ciudadela otro tanto desempeñando trabajos afines a la elaboración de productos manufacturados. Apenas una decena de familias realizaban tareas administrativas y de control.
Con el tiempo, los administradores fueron diferenciándose del resto de la población. Las diligencias del emperador y su entorno fue limando la rusticidad inicial para convertirse en un verdadero ejercicio protocolar cuya función exigía el cumplimiento de ciertas reglas en el trato respetuoso y la vestimenta. Los campesinos y paisanos, mientras tanto, mantenían sus relaciones originales, educando a sus hijos en las tareas de campo.
Los hijos de los funcionarios públicos, en cambio, no desempeñaban tareas comunes; se preparaban para reemplazar a sus padres en el ejercicio administrativo. Poco a poco, a medida que la población crecía, la demanda de una organización urbana que imponga normas de convivencia y distribución equitativa de recursos obligó la implementación de una estructura jerárquica por donde se transferirían en forma vertical las ordenanzas dictadas por el emperador. Los funcionarios herederos de aquellos primeros administradores ocuparon los distintos cargos creados para desempeñar las obligaciones burocráticas, privilegio que les confería cierto poder sobre el resto de la población ya que ellos mismos asesoraban al monarca sobre las necesidades de la sociedad y a través de ellos se distribuían las concesiones libradas por el soberano. Los intercambios humanos, entonces, crearon una relación de dependencia entre los intermediarios del poder real y la gente común, lo que produjo una conducta autoritaria por parte de los primeros.
A raíz de esto los grupos humanos se diferenciaron entre privilegiados y no privilegiados, una primera división importante aunque no categórica; recién durante el mandato de Tabare nacerán las clases sociales en Abiponia.
El sábado 11 de noviembre de 1580, tras la muerte de Olegario, Tabare, de 73 años, fue coronado como segundo Emperador de Abiponia. Su gestión como asesor principal había sido la verdadera gestión del mandato de su hermano. Nadie en Abiponia dudaba de su conducta intachable. La audacia temeraria con que había emprendido las distintas campañas de extensión territorial frente a la fiera oposición de los Frentones, lo habían convertido en el ídolo indiscutible de la juventud. Ningún hombre adulto y sensato pondría en tela de juicio sus determinaciones como dirigente. Sin embargo, la eficacia política de un pensamiento tan avezado, que trajo al imperio el verdadero empuje progresista, fue quizás, la determinante del conflicto final.
Celestino en su escrito manifiesta una ligera sospecha acerca del gobierno de Olegario. Según su opinión, el primer emperador fue apenas el vocero de los dictámenes de su hermano. En todo caso, el nuevo monarca se reservó para su mandato la imposición de las normas más revolucionarias de Abiponia, aquellas determinantes para una nueva organización económica y social.
Ante la imperiosa necesidad de aplacar las molestias de un pueblo dependiente de las resoluciones burocráticas, Tabare decretó como primera medida la creación de un sistema de divisas sobre papel moneda, derogando de esta forma el injusto método del trueque que beneficiaba a los administradores del mercado urbano.
Al inicio de su gestión el imperio registraba una densidad total de diez mil súbditos distribuidos en el territorio. Cinco mil de ellos vivían en la ciudad y sus alrededores y el resto en la amplia zona del interior del país. La distribución de dinero imponía precios fijos a los productos comestibles, pero la verdadera distribución equitativa se hallaba en el desfasaje entre el importe para los gastos de consumo necesario para la supervivencia y el sobrante para otros menesteres ostentosos. Esto, más una legislación laboral que comprendía seis horas de trabajo obligatorio, apaciguó los ánimos de un pueblo pronto a sublevarse.
La segunda medida importante fue la creación de un sistema educativo dividido en dos fases obligatorias. Hasta entonces, la mayor diferencia entre los privilegiados y no privilegiados se había basado en el grado de formación letrada, lo que ponía en ventaja a los primeros. La mayoría de los trabajadores, especialmente los campesinos, no sabían leer ni escribir. Tabare organizó el sistema escolar primario en la ciudad y en el campo. Construyó escuelas e hizo formar maestros para que atendieran la demanda. En las zonas rurales, un territorio extendido más allá de los cincuenta kilómetros al norte y al oeste de la ciudad durante su regencia, fundó aldeas sobre la línea fronteriza, donde concentró en grupos a los trabajadores del campo.
La tercera medida fue la organización de las fuerzas armadas. Hasta aquel momento las milicias se habían concentrado en la ciudad con patrullajes esporádicos sobre las líneas fronterizas. La jefatura de las mismas estaba a cargo de funcionarios administrativos que derivaban órdenes del emperador y confiaban la dirección estratégica a los guerreros más adiestrados. Tabare creó la Academia Militar y la jefatura por jerarquía. Organizó el ejército en caballería e infantería, la primera montada en distintos batallones sobre una línea de destacamentos fronterizos, trazada con la doble función de vigilancia territorial y protección de las aldeas campesinas; la infantería se estableció en el cuartel de la ciudad, donde se adiestraba a los nuevos elementos egresados de la Academia Militar.
Su hijo Uriel, en el periodo siguiente, construyó la represa que permitió el curso navegable de El Arroyo de Abiponia. Formó después una Fuerza de Marina con el fin de navegar sobre un nivel constante de agua. Las barcazas tripuladas por marineros se encargaban de vigilar el traslado de los rollizos de los bosques del oeste.
De este modo Tabare había concretado la utopía de la república ideal. Como buen filósofo, se rodeó de una corte integrada por gente noble, eruditos que apoyaban su gestión oficiando de asesores intelectuales. Abominó la constitución formularia del pensamiento por considerarla destructora de la capacidad de creación y repetitiva de viejas fórmulas europeas inadecuadas para el nuevo mundo. Los Nobles de su mandato no serian los herederos de padres ilustres sino ilustres por su propio ingenio. Los Guardianes del Imperio no serian guerreros temerarios sino militares ilustrados, valientes y sensibles al clamor del pueblo. Por eso en la Constitución de las Leyes fundamentó como norma de cumplimiento obligatorio para las fuerzas, la obediencia debida a un Emperador que representara el alma del pueblo y no al sometimiento del mismo. Por último, los Productores no conformarían un reducto de infamados ciudadanos sometidos a los antojos de una dirección arbitraria sino un conjunto de trabajadores beneficiados por todos sus derechos. Finalmente, ese derecho del pueblo lo expuso Tabare otorgando una nueva categoría para los habitantes de Abiponia: ciudadanos en lugar de súbditos.
Estas medidas produjeron un cambio milagroso en la organización estamental del país. El sistema constitucional promulgado era sin duda justo como mecanismo de distribución entre los elementos constructores de una economía libre y progresista. Sin embargo, como todo sistema, las relaciones entre sus unidades y el todo no se realizan de manera equitativa, un rasgo negativo pero posible de ajustar sobre la marcha. En Abiponia este ajuste no se realizó en su momento.
En el año 1599 la empresa administrativa de Tabare estuvo a punto de naufragar tras una acción beligerante provocada por productores agropecuarios. El grupo rebelde de ciudadanos lo integraban los mismos centinelas de su gestión durante el primer periodo de cambio administrativo, convertidos en los más acérrimos enemigos después, cuando el mandatario debió ejecutar la segunda etapa del plan económico.
Como expliqué antes, la distribución equitativa de los recursos de Abiponia se sostenía en una cantidad razonable de derechos sobre los productos de consumo, derechos simbólicamente representados por el billete de papel. Este objeto de cambio era distribuido por el Estado a todos los habitantes adultos en condición de trabajar, tengan o no trabajo, y aptos para manejarlo concientemente, ya sea empleado público o privado. De esta forma el Estado aseguraba a todos los ciudadanos, hombres y mujeres, solteros, padres y madres de familia, un ingreso calculado inteligentemente para satisfacer las necesidades esenciales. Esa cantidad de dinero, el dirigido a los sueldos de los abipones, y el otro a las instituciones públicas para cubrir los gastos de mantenimiento, era unidireccional y estaba respaldado por el Estado. Unidireccional porque seguía un camino circular por las distintas terminales comerciales y productivas saliendo del circuito comercial una vez ingresado a ellas. No rotaba de mano en mano entre la gente. Es decir, el comercio lo adquiría de manos de su propietario consumidor y lo pasaba a su proveedor, éste al industrial y el industrial a la casa de canje. Este último eslabón retornaba sólo el cinco por ciento del total al depositario, en billetes de características distintas al circulante anterior. Era una letra de cambio descargada de impuestos cuya tenencia representaba la capacidad de ahorro de quien lo poseyera.
¿Y de qué servía el ahorro en Abiponia? Una de las propiedades innatas del hombre es la ambición, también en esta región medieval lo era, la única generadora de proyectos progresistas dentro de un proceso económico. Si no existiera la ambición como fórmula impulsora de propósitos de envergadura el hombre todavía viviría en las cavernas. Tabare ingenió un sistema propicio para alentar la ambición y al mismo tiempo propiciar el progreso del imperio. El recurso disponía de divisas para el emprendimiento de proyectos económicos privados, generadores de la ocupación plena sin intervención directa del Estado.
Ese cinco por ciento libre de impuestos representaba dinero cantante y sonante para cualquier ciudadano dispuesto a conseguirlo tras pequeñas privaciones. Los pequeños ahorristas acumulaban billetes escarlata entregando a las cajas de cambio el dinero sobrante de sus sueldos y así iban sumando una cantidad estimable; especialmente cuando se asociaban en grupos cooperativos de diez o veinte personas. Pero los verdaderos poseedores del grueso del ahorro eran los dueños de las terminales del circuito productivo: los industriales. Éstos representaban el último eslabón de la cadena comercial y, por lo tanto, depositarios finales del dinero de los consumidores.
Cada año egresaban de las escuelas del segundo nivel centenares de ciudadanos preparados para colocarse en el mercado laboral. El Estado, entonces, vendía a los ahorristas las parcelas de bosque expropiadas a los indígenas; año tras año iba extendiendo las fronteras hacia el norte y el oeste. De esta forma recuperaba el dinero escarlata y daba inicio a un nuevo ciclo económico en el que nuevos trabajadores explotaban nuevos recursos.
Los industriales tenían mayor capacidad de ahorro, por lo tanto adquirían más tierras que los demás, pero todos los ahorristas podían asociarse y participar en la empresa formando sociedades. Los nuevos propietarios, ya sean individuales o asociados, iniciaban la actividad con la deforestación de las parcelas, generalmente ricas en maderas de todo tipo, y después destinaban la tierra a la explotación agropecuaria.
Así expone Celestino la emprendedora economía de Abiponia, cuyos pormenores sirven de correlato histórico a los acontecimientos violentos del reinado de Saulo. Pero transcurrió otro suceso importante en los albores del imperio, quizás la razón por la que Tabare representó siempre para sus coterráneos esa imagen legendaria de los talentosos e intrépidos guerreros dispuestos a cualquier hazaña en pos del progreso. Bizarro como ninguno, realizó muchas empresas temerarias durante su juventud. La más intrépida de su vida, no obstante, y no solamente por lo temerario de la empresa sino también porque registra un antes y un después en la economía del territorio, perduró mucho tiempo en el corazón de los abipones.
X
En 1540, por razones muy bien justificadas en la historia de Abiponia, Tabare y una dotación de marineros llegan a las costas de Buenos Aires.
Tras esta proeza memorable se convirtió en héroe y referente de los campesinos y ganaderos abipones. En una expedición de características épicas, (los integrantes del MO.JU.SE podrán apreciar el relato más detalladamente en las páginas del libro original), una escuadra de naves abiponas conducidas por Tabare se aventuró sobre aguas del Gran Río. El viaje había sido promovido por Olegario con la diplomática intención de entablar relaciones con los habitantes de aquel asentamiento.
Las noticias de la existencia de una población europea situada al margen del estuario impulsó a Olegario a concretar el remoto afán de su regencia: iniciar la navegación por el Gran Río. Entonces ordenó el diseño y construcción de tres naves veloces, tarea muy sencilla para el joven Tabare, quien además de demostrar una vez más sus dotes científicas encabezó la escuadra expedicionaria con el título de embajador plenipotenciario.
Tripulada por veinticuatro de los diáconos más temerarios, las tres embarcaciones partieron de un puerto improvisado en la desembocadura del arroyo dando de este modo inicio al viaje inaugural. Llevaban los depósitos cargados de distintos productos manufacturados, vituallas y armas de fuego fabricadas en Abiponia.
El viaje duró cinco días, al cabo de los cuales avistaron el gran estuario. Las naves, entonces, surcaron el torrente costeando la orilla derecha, y después de peregrinar un tiempo por sobre un mar picado de olas y vientos rasantes, vieron a lo lejos las líneas deformes de unas construcciones, apenas visibles desde ese lado del río.
Allí les esperaba una sorpresa: los pobladores europeos se hallaban sitiados por salvajes querandíes. Los españoles, después supieron, se encontraban prisioneros dentro de su propio cerco, desde hacía meses, sin provisiones dentro de esa pobre y pequeña ciudadela defendida apenas por una muralla hecha de palos endebles. Los navíos abipones llegaron a puerto y anclaron en la ribera tras la aldea fortificada, y desde allí pasaron la cava de protección e ingresaron al lugar.
En el relato de Celestino la historia refiere un mito bíblico muy conocido. Lo que sigue es la transposición de un fragmento del mismo:
... y entonces vieron a los hombres agonizantes, tirados en los senderos barrosos de la villa, repletos de roña y flacos como cadáveres. Gemían debilitados por las heridas y el hambre. Los que aún tenían conciencia de estar vivos, pedían morir ejecutados, otros se arrastraban sobre el lodo sanguinolento, con las manos extendidas pero completamente silenciosos. Algunos, los que podían mantenerse en pie, oteaban el horizonte por entre los maderos de la defensa, una fila desprolija de troncos por cuyos intersticios podían cruzar cómodamente las lanzas enemigas; esperaban el ataque final dispuestos a morir en pie, defendiendo la fortificación.
Y este panorama fue terrorífico y desolador para Tabare y sus diáconos. Porque vieron el rastro de las flechas incendiarias en los techos de paja de las cabañas, en las paredes calcinadas y en las cobijas hechas jirones chamuscados.
Porque ningún abrigo había para proteger a los desdichados del crudo invierno y el agua de las lluvias.
Porque en un patíbulo hecho de palos, en el centro de la plaza de armas, unos cadáveres de soldados españoles colgaban del cuello, cubiertos con ropas empapadas en sangre; se hallaban destazados como las reses de carnicería y sólo algunos trozos de carne todavía prendían de los huesos.
Y porque vieron caranchos volando en círculo sobre el espantoso escenario, atraídos por el color de la carne putrefacta, Buenos Aires resultó a Tabare y sus diáconos lo que Ilion a los troyanos: una ciudad destinada a morir.
Por estas y otras razones no iban a abandonar a esos cristianos a su mala suerte.
Entonces Tabare dijo a sus compañeros: “Descendamos las provisiones de los navíos y alimentemos a esta hueste de desdichados”.
Después los diáconos socorrieron y curaron las heridas de los primeros pobladores de Buenos Aires. Y una semana después, muchos de ellos ya habían recuperado el valor y comenzaban a restaurar las defensas del fortín.
Pero en las inmediaciones los aborígenes acrecentaban sus fuerzas, sumaban otros naturales aliados. Los soldados abipones y españoles comentaban afligidos: “Es una gentuza maligna. Más nos valdría huir en las embarcaciones”.
Sin embargo, el batallón de españoles era muy numeroso para poder embarcar a todos.
Nueve días después de la llegada de Tabare, los salvajes ya formaban una horda de tres mil sediciosos apostados a un centenar de metros del reducto español.
El día décimo los querandíes se reunieron para atacar la fortaleza con un ejército numeroso. Sus jefes subieron y acamparon en una loma cercana, lugar desde donde podían observar el lugar del conflicto. El resto de la mesnada se distribuyó en lugares estratégicos: unos escondidos entre las rocas; otros metidos entre las matas de hierbas o en los pozos de la playa. Algunos se acercaban a la construcción y lanzaban sus picas sobre el muro para tantear la resistencia de los defensores; varios de ellos cayeron muertos en el mismo lugar, atravesados por los disparos de los arcabuces.
Pero la verdadera batalla comenzó horas después, con una lluvia intermitente de lanzas arrojadas desde los escondrijos cercanos. Después, tres destacamentos mejor organizados salieron de las dunas a desbastar con sus lanzas las murallas de palos, cada uno atacando un lado de la fortificación. Los nativos arrojaban sus jabalinas desde allí, a pocos metros de la empalizada, exponiéndose abiertamente a los disparos de las armas de fuego.
Pero la intrepidez de los bárbaros no asombró ni asustó a Tabare. Dijo a los diáconos y españoles: “Resistiremos las embestidas cubiertos tras las defensas, sin malgastar municiones. Sólo dispararemos nuestras armas al confirmar un blanco efectivo”.
Cuando llegó la tarde llamó a un bravo escudero español. Le dijo: “Acompáñame tú, que eres ágil y conoces la lengua de nuestros enemigos. Cruzaremos sus líneas y averiguaremos lo que traman”.
Luego se deslizaron por un arroyo de las cercanías, cubiertos por sus profundas barrancas. Tabare y el valeroso guerrero recorrieron caminando más de quinientos metros por el lecho del cauce, poco profundo y fácil de atravesar pero cargado de aguas tan pestilentes como las de un vertedero. Así ganaron la retaguardia sin ser advertidos por los indígenas.
Entonces Tabare dijo a su compañero: “La comandancia de los salvajes parlamenta en la loma de tierra. Desde allí seguramente observan los esporádicos ataques de sus lanceros. Subamos la cuesta y veremos qué hacer”
Iniciaron el ascenso cuando su escudero observó: “Una guardia escolta la comitiva; será mejor ser cautos”. Tabare entonces subió la cuesta ayudándose de pies y manos, agazapado entre el follaje. A medida avanzaban, acuchillaba a los centinelas, separados a cierta distancia unos de otros, y su asistente los remataba. Cuando llegaron a la cima habían ultimado a una veintena de salvajes.
En la cresta del otero un gabinete de ministros adiestrados para la guerra, un piquete de doce hombres adornados con diademas de plumas sobre cabezas rapadas, debatía encarnizadamente. Tabare observó con sorpresa la catadura de la comparsa. Tenían las caras cruzadas con líneas multicolores; las pinturas arrancaban de la frente y franqueaban los pómulos y las mejillas derramando sus colores en el cuello. Una aureola negra como el carbón sombreaba los ojos ladinos, que resaltaban aún más los fieros enjuagues de sus rostros.
El jefe del grupo, distinguido por un collar de dientes humanos colgado en su cuello, hacía sonar un cascabel cada tanto y entonces un guerrero se desprendía del grupo llevando recados a los combatientes. Era un espécimen monumental, de cuerpo inmenso y movimientos ágiles. Las pulseras enroscadas en sus brazos, muñecas y piernas resaltaban entre sus músculos hinchados y nerviosos. La lanza, prestamente oprimida entre sus manos hercúleas, se hincaba frenética en la arena cada vez maldecía. Cualquier soldado hubiera rechazado sabiamente enfrentarlo en una lucha cuerpo a cuerpo.
Pero Tabare y su escudero habían llegado hasta allí para informarse. Dijo entonces a su asistente: “Escondámonos en estas hierbas así podremos escuchar lo que dicen”.
Acurrucados en las matas oyeron a los ministros discutir un plan de asalto, y al cabo de unos minutos, el español dijo a Tabare: “Retirémonos del lugar. Pronto descubrirán a sus compañeros muertos y correremos peligro”. Entonces emprendieron la retirada. Recorrieron el sendero cuesta abajo y enfilaron nuevamente por el cauce nauseabundo.
En el fortín Tabare dijo a sus compañeros: “Los querandíes planean penetrar la fortaleza por el lado norte, donde la cava se endereza con el terreno y hace fácil el tránsito de un pelotón de a pie. Esta noche, mientras ellos descansan en las dunas de la playa, cavaremos trincheras del lado nuestro, zanjas a lo largo de los cincuenta metros de la muralla de palos. Después las sembraremos de púas y las techaremos con varillas y tierra para simular el piso firme”.
A la mañana siguiente Tabare convocó al ejército y les ordenó se situaran al pie de la defensa de troncos. Desde allí resistirían el primer embate para después emprender la retirada hacia el interior de la villa, sorteando las trincheras por los lugares indicados. Así fue que, al alba, la horda de los indígenas avanzó aullando desenfrenada, y desorganizados fueron a derribar los maderos cuando los soldados españoles habían ganado refugio entre las casas de barro. Desde allí se apostaron con los fusiles prestos.
Los indios caían en la fosa a medida que ganaban el interior, los primeros empujados por sus compañeros de retaguardia. Los que lograban traspasar las trincheras, sorteando la zanja sobre los cuerpos atravesados de sus compañeros, eran fusilados por los soldados antes de llegar a las casas.
Una vez diezmadas las filas de salteadores, Tabare se dirigió a su hueste: “Vayamos a atacarlos en la arena”, y salió un contingente de españoles por el lado norte de la fortaleza rumbo al campo de batalla.
Mientras tanto los querandíes habían reorganizado su tropa y se concentraban frente a la muralla del levante. También se reunieron Tabare y los suyos en ese lado de la playa, ordenando allí los batallones para pelear contra los salvajes. Los querandíes ocupaban la ladera de la loma y ellos el lado opuesto, quedando la arena de por medio.
Apostados en la playa, las filas de ambos bandos se miraron desafiantes. El silencio era sepulcral mientras esperaban las órdenes de sus líderes.
Entonces salió de entre las filas querandíes aquel guerrero que Tabare había visto en la loma, con su collar de dientes mordiendo furioso un pecho ancho y lampiño. Medía alrededor de tres metros y la sombra de su cuerpo oscurecía las primeras columnas de salvajes. Su cabeza rapada brillaba bajo el sol, erguida sobre un tronco soberbio de músculos hirvientes.
Las piernas del gigante se movieron lentamente hasta alcanzar la media distancia entre ambos bandos. Se detuvo allí y gritó en su lengua natural: “¿Para qué han salido a ponerse en orden de batalla? Yo soy el cacique de los querandíes y desafío a un valiente que pueda pelear conmigo. Si logra vencerme mis soldados se retirarán y los dejarán en paz, pero si yo lo venzo ustedes serán mis esclavos”. Y el salvaje agregó: “Este es mi desafío: presenten un hombre para que luchemos juntos”.
Tabare preguntó a su escudero: “¿Qué ha dicho el bárbaro?” El asistente le trasladó la pregunta y le dijo: “Nadie de los nuestros puede medirse con él. Mejor pensemos en combatir en conjunto”. Tabare, empero, le contestó: “No hay por qué tenerle miedo a esa bestia. Yo he matado leones y panteras en esta tierra; lo mismo haré con este salvaje que ha insultado al ejército abipón”.
Luego Tabare calzó su equipo de combate. Se puso el casco de bronce y ajustó la coraza. Sujetó las grebas con espinas de bronce en sus piernas, para protegerse de los dardos de su rival. Después se abrochó el cinturón con la espada por sobre la armadura, tomó su lanza en la mano y marchó al centro de la playa. El inmenso rival hizo lo mismo y cuando estuvo muy cerca lo despreció por su escasa estatura. Le dijo: “¿Acaso crees que podrás vencerme, pequeño infeliz? Tu pica, aunque aciertes el tiro, jamás penetrará mi carne. ¡Ven a atacarme para poder así tirar tu cuerpo a las aves de rapiña y a las fieras salvajes! ”.
Pero Tabare no entendía las palabras con que el salvaje intentaba intimidarlo. Sus ojos, sin embargo, no mostraban temor, lo que irritó enormemente al gigante: “Hoy mismo daré tu cadáver y los cadáveres de tu ejército a las aves de rapiña y a las fieras salvajes. Toda esta tierra será testigo de mi hazaña porque la suerte de la batalla está en mis manos”, vociferó, lanzándose enardecido sobre el soldado de Abiponia.
El bárbaro tomó la lanza a modo de cuchillo y acometió con estocadas probando la rapidez de su rival. La punta del asta chocaba en la coraza, en el yelmo, las grebas y el broquel, embistiéndolo con fuerza; abollaba el metal en cada ajuste pero no alcanzaba a penetrarlo porque el caballero de Abiponia sabía ladear el cuerpo y los chuzazos resbalaban sobre el bronce. “Tú vienes a pelear conmigo armado de jabalina y espada ¡Ocúpalos!” gritó encolerizado el guerrero al ver que Tabare se defendía y no atacaba.
Tabare retrocedía a paso lento por la arena. Medía las estocadas y a cada una respondía desandando el camino. El salvaje se acercó más y más, hiriendo con golpes de púa el escudo y la pechera, pero la pica de Tabare lo mantenía a raya. Hasta que el héroe trastabilló y el dardo cayó de sus manos. Cuando el bárbaro se lanzó contra Tabare, seguro de atravesarlo con su lanza, éste bajó rápidamente su mano a la empuñadura, sacó la espada y se la clavó en el corazón.
La mole humana cayó de bruces al suelo. Tabare entonces corrió y se puso de pie encima de su cuerpo, levantó su espada y lo remató cortándole de un golpe la cabeza. Los querandíes, al ver muerto a su campeón, huyeron desorganizados hacia el interior del territorio.
Los hombres de Tabare, abipones y españoles, se pusieron en movimiento y, lanzando el grito de guerra, persiguieron a los salvajes hasta la entrada del bosque, dos kilómetros más allá de la playa. Los cadáveres de muchos querandíes quedaron esparcidos por todo ese campo de batalla cuando las fuerzas regresaron. Entonces Tabare tomó la cabeza del cacique, la clavó en la punta de un mástil y la expuso a los caranchos en medio de la playa.
El relato de Celestino, como todos los otros del libro, narra el episodio como un acontecimiento bíblico, esta vez relacionado al del rey David, y aunque en este caso la epopeya del héroe no refiere asuntos religiosos, describe la hazaña de Tabare como emblema de la conquista abipona.
Una vez salvada Buenos Aires, Tabare fue coronado por su proeza. Los españoles se abandonaron a sus órdenes y junto a los diáconos enterraron a los muertos y reconstruyeron la ciudadela. Después, haciendo gala de su liderazgo, organizó una fuerza militar con los supervivientes, instituyó leyes de emergencia y nombró las autoridades necesarias. No había entre los españoles ninguno con autoridad militar para negociar algún tratado diplomático, todos habían muerto durante el sitio, por ello Tabare nombró a los más capaces para los cargos de jerarquía.
Todo el nuevo plantel militar pertenecía al escalafón de soldados rasos, subalternos del nuevo adelantado, Juan de Loyola, quien había sido designado por Pedro de Mendoza, a su vez nombrado por el rey Carlos I de España. Pero el último había regresado a la Península y su sucesor se encontraba explorando el litoral del Gran Río, ausente desde hacía más de dos años de Buenos Aires.
Aunque los supervivientes no podían tomar resoluciones importantes en representación de la corona, dada su condición de soldados rasos sin poder de decisión, y quedando aún pendiente uno de los asuntos más importantes para la sobrevivencia de la ciudad, el de la alimentación, Tabare tomó recaudos antes de su partida hacia Abiponia.
Los animales traídos de España cinco años antes vagaban dispersos por el territorio querandí. Mientras duró la paz con los salvajes, los españoles no necesitaron embretar el ganado, se había multiplicado tanto durante ese periodo que lo dejaron vagar libremente por la pradera. Los indios no apetecían la carne vacuna por eso las reses no corrían peligro en su mansedumbre y pacían libremente reproduciéndose sin límites. Después del enfrentamiento el resto de la población necesitaba arrimar al fortín parte de ese ganado, una cantidad para abastecerse de carne y leche. Tabare, entonces, hizo construir corrales en las cercanías, organizó partidas de reseros y arrimó una cantidad estimable para el consumo de los aldeanos.
El 20 de junio de 1540, según los datos de mi ancestro, la flota abipona partió del puerto de Buenos Aires de regreso a su patria. Las tres barcazas navegaron río arriba con las cubiertas al ras de las aguas, cargando entre ellas una tropilla de más de cincuenta bestias. El viaje duró diez días, al cabo de los cuales arribaron a la desembocadura del Arroyo de Abiponia.
La incursión a Buenos Aires había resultado finalmente muy exitosa para los navegantes. A partir de ese momento en Abiponia nació una nueva labor productiva, la cría y producción de ganado vacuno. La tropilla de vacas y caballos fue encerrada en una parcela al noreste de la ciudad, en un territorio de islas apto para el pastoreo y cercano a la ciudad. Se cercó el perímetro necesario para las bestias y se inició la producción.
En 1599, año de la revuelta campesina, el territorio destinado a la producción ganadera se había extendido 50 kilómetros a lo largo de la costa del Gran Río hacia el norte. También ocupaba otro tanto en el centro y oeste del país. Según el censo realizado por la administración de Tabare, para ese año la población ganadera sumaba veinte mil cabezas de ganado bovino y cinco mil de equinos.
Del mismo modo, las familias de los productores agropecuarios se habían acrecentado en similar porcentaje. Los grupos del principio contabilizaban para la fecha un padrón de dos mil propietarios desempeñando las tareas agrícola-ganaderas. Se había fundado un linaje de campesinos adaptados al medio que realizaban la producción de los alimentos del país: cereales, verduras, carnes, leche y todos sus derivados. Todos estos productos abastecían las industrias y comercios de la ciudad y fomentaban la dinámica laboral.
Sin embargo, en el año en cuestión los campesinos organizados en asambleas obligaron al gobierno a revisar el procedimiento empleado para administrar la economía. El sistema de ahorro creado por Tabare favorecía a los industriales por ser éstos los tenedores finales del papel circulante. Los campesinos exigían invertir el curso del dinero para ser ellos los propietarios de un mayor porcentaje en ahorro escarlata.
¿Cuál era la razón con que fundamentaban dicha exigencia? Al final de cada balance, los industriales, ya constituidos en una casta de nobles, adquirían con ese dinero la mayoría de los territorios boscosos, zonas vírgenes para la explotación productiva. Los propietarios después concesionaban a las empresas madereras la explotación de rollizos, y una vez deforestada la zona, concesionaban el territorio a los campesinos para la explotación agropecuaria. Tanto uno como el otro debían pagar porcentajes por el derecho de explotación, pero eran los campesinos quienes vivían en una relación de dependencia permanente.
Como explica Celestino en su escrito, los campesinos eran una casta de trabajadores organizados en empresas familiares. Formaban familias numerosas y enviaban a sus hijos a la escuela pero la mayoría de ellos ejercían después la profesión de sus padres. Sin embargo, dado el sistema económico vigente, los territorios explotados por ellos eran propiedad de los nobles. El esfuerzo de su trabajo e ingenio les permitía una vida solvente en calidad de recursos pero sólo podían capitalizar en herramientas de trabajo. La única manera de adquirir propiedades territoriales era asociándose en grupos, reunir los pocos ahorros y comprar pequeñas parcelas.
Las protestas se hicieron oír, entonces, casi veinte años después de iniciado el proceso económico de Tabare, pero no hubo forma de revertir la situación en favor de los reclamos. La explicación del sistema de ahorro, según el mandatario, se basaba en un procedimiento de organización y no en una distribución equitativa de capitales. Los nobles oficiaban de consignatarios de los recursos concentrando en ellos la capacidad de distribuir las fuentes de explotación y, por lo tanto, responsables de crear fuentes de trabajo.
Debajo de ellos en la escala social, sólo los profesionales se beneficiaban con mejores ingresos, pero el resto de la población mantenía el mismo nivel adquisitivo. Es decir, los privilegios hacia los industriales se compensaban con las obligaciones de organización. El control de los recursos lo manejaban cincuenta cortesanos del emperador, dueños del capital del país, y con poder de decisión, pero las cuentas cerraban sólo si todos los habitantes tenían los ingresos necesarios. En conclusión, Tabare sostenía que el sistema no favorecía la riqueza individual a través del trabajo, sino la riqueza de todos a través de la administración. Los nobles, en realidad, no eran dueños de los capitales sino tenedores ocasionales de los mismos. El Estado les cedía el capital de forma temporal, como tarea administrativa del mismo en tanto y en cuanto fueran capaces de administrarlo de manera eficiente. La tarea de ellos era repartir los recursos de la mayoría en forma proporcional. Los habitantes de Abiponia debían entender la administración como una labor en manos de pocos para sortear la anarquía que trae consigo la soberbia del manejo de capitales. Las resoluciones gubernamentales, de esta forma, eran dinámicas e inmediatas al reducirse el debate a unos pocos, aún teniendo en cuenta el consenso de todos.
Esto, sin embargo, no conformó a la opinión de los campesinos. Empecinados en apropiarse de los campos de explotación, un derecho natural, según ellos, conquistado después de sesenta años de trabajo. Después de todo, la labor agropecuaria había generado el progreso del país; ellos tenían derecho a la propiedad aunque el mandatario se negara a favorecer el cambio por atentar contra la eficiencia del sistema.
Los primeros reclamos, así planteados, fueron abiertamente negados por el emperador. La medida trajo consigo la desilusión de los campesinos y la imagen de Tabare, otrora brillante objeto de admiración por sus hazañas heroicas, pasó a demonizarse en virtud a la negativa de los derechos naturales de los campesinos. Y la demanda, que no dejó por eso de expresarse, adoptó otras características.
La reacción de los productores agropecuarios se manifestó después en un paro de actividades. Los insumos para la producción industrial dejaron de abastecer el mercado y la mecánica laboral se estancó. Tabare, sin embargo, no tomó medidas inmediatas dejando el campo abierto a las discusiones. Cien días después el problema seguía latente y los productos de consumo comenzaron a escasear. El desabastecimiento produjo quejas en los habitantes de la ciudad, los únicos perjudicados por la falta de insumos. Los campesinos, por su lado, dueños de una producción de alimentos suficiente para el propio abastecimiento, se atrincheraron en la idea inicial, abandonaron la siembra y dejaron el ganado libre en los campos.
La primera reacción de la gente de la ciudad, ante las necesidades básicas, fue la de usurpar las granjas vecinas en busca de alimentos. Los campesinos, por su lado, respondieron con la formación de un ejército de acólitos y trazaron una línea de efectivos armados en las zonas de conflicto. A partir de entonces nadie pudo pasar al norte de esa línea. Finalmente, Tabare reunió a sus ministros y se decidió la represión.
El que sigue es el relato con que Celestino refiere el enfrentamiento:
En el año 1599, Tabare, emperador de Abiponia, reunió su ejército y se dirigió donde los campesinos se organizaban para marchar contra la ciudad. El reducto de sublevados era una elevación del terreno a diez kilómetros al oeste de la metrópoli, donde se atrincheraron para ofrecer resistencia a las fuerzas armadas.
Los ocupantes de la loma se habían acantonado allí después de desbaratarse la línea trazada a lo largo de una frontera que dividía la ciudad y el interior. En la altura se reunieron para formar una nueva fuerza de choque pero el ejército los sorprendió en plena disposición. Los efectivos de Tabare habían cerrado furtivamente el perímetro y puesto cerrojos estratégicos para que nadie pudiera salir del círculo.
Tabare dijo al comandante de su ejército: “No será fácil dominar a esta caterva de enardecidos. Será necesario un plan de ataque que termine el conflicto de una sola vez”.
Después le dio las siguientes instrucciones: “El grueso de la caballería se emboscará en este lugar. Yo y el resto del contingente nos acercaremos a la loma pero cuando nos salgan al encuentro huiremos ante ellos. Entonces nos perseguirán pensando que escapamos de verdad y al conducirlos hasta acá ustedes se levantarán de donde están escondidos y los encerrarán en un círculo”
Así ordenó las cosas y el grueso del ejército ocupó el lugar de la emboscada, ocultándose entre los recovecos del bosque. Al otro día, muy de mañana, Tabare pasó revista a su ejército y luego se marchó al frente seguido por un pelotón de guerreros a caballos. Todos avanzaron la loma hasta que llegaron frente a los amotinados.
En cuanto los rebeldes vieron la situación se apresuraron para atacar con todos sus efectivos sin saber que les habían tendido una emboscada en la retaguardia.
Tabare y su gente se hicieron los derrotados y huyeron por el camino de la emboscada. Entonces todos los campesinos se pusieron a gritar y a perseguirlos. No dejaron ningún hombre para defender la loma.
Cuando llegaron al lugar, los de la emboscada surgieron de sus puestos y se produjo el enfrentamiento. El resto del ejército de Tabare, mientras tanto, los efectivos que formaban el círculo rodeando el campamento enemigo, tomaron el lugar abandonado y encendieron una gran fogata para dar aviso de la ocupación.
Los campesinos miraron atrás y vieron el humo que de la loma subía hacia el cielo y, al mismo tiempo, los soldados emboscados que los atacaban. Les faltó el ánimo y no supieron por dónde escaparse: por un lado estaba Tabare con toda la gente de su batallón, y por el otro, los que acababan de encender la fogata”.
XI
Así Tabare sofocó la sublevación de los campesinos. Después juzgó a los líderes de la rebelión y los condenó a reclusión en las cárceles de frontera. Otras medidas ejemplares tomó contra los revoltosos menos comprometidos y así logró apaciguar a la nación. Las cosas volvieron a establecerse como antes y en su honor los ciudadanos de Abiponia bautizaron con su nombre el lugar de la batalla.
Sin embargo, la rebelión fue el precedente de otros acontecimientos violentos producidos en distintos momentos de la historia. Y sirvió, por supuesto, como correlato histórico y político de Abiponia, ejemplo de acción civil para los hechos suscitados durante el mandato de Saulo.
Este mandatario, no obstante, para sofocar la rebelión de un sector del pueblo siguió un camino distinto al de su antecesor. La naturaleza del movimiento civil que le tocó neutralizar no reunía las características de un choque abierto para el cambio de un modelo económico, como el conflicto enfrentado por Tabare, sino para el cambio de un pensamiento político. La ideología del nuevo movimiento, en el caso de imponerse, iría a dar al traste las distintas clases sociales para erigir una sola e igualitaria. La propia posición del emperador corría serios peligros.
Y las fuerzas armadas, por principios morales, no intercederían reprimiendo un conflicto sin violencia. Para ellos se podía resolver en otro plano: el del discurso.
Ante la situación, y viendo que el discurso mejor argumentado era el de la oposición, Saulo y su corte de jóvenes nobles decidió lo mejor para ellos: actuar desde la clandestinidad para acabar con el conflicto.
Por medio de una organización secreta, fundada como una cofradía de acción ilegal, Saulo puso a su servicio un grupo de sicarios pertenecientes a los más selectos de una caterva de asesinos natos, algunos condenados desde hacía años a trabajos forzados en los límites del territorio de bosques, donde cumplían castigo engrillados a la intemperie. Otros, seleccionados de entre la muchedumbre de conservadores fieles al monarca, parecían perros domesticados y mostraban una docilidad imberbe en el trato social. Todos reprimían en público los impulsos de asesinos seriales.
La finalidad de la secta, en principio, fue la de recoger datos acerca de los idealistas involucrados en el movimiento opositor; luego también prestaría otros servicios al monarca, y a cualquiera de la cofradía que quisiera resolver problemas personales a través de ella.
La acción de la hermandad comenzó a desarrollarse en las tabernas de la ciudad, lugar donde se solazaban todos los hombres adultos de Abiponia: obreros, tenderos, peones, chacareros, estudiantes.
En las tabernas el hombre se relaja y se vuelve dicharachero. Las conversaciones, tras algunas copas, suben de tono y la algarabía lo lleva a volverse intrépido con las palabras. Los esbirros de la cofradía andaban por ahí, confundidos entre la concurrencia algunos, dirigiendo chanzas otros, cobijados donde duermen las arañas los menos, operando desde allí con el oído a la espera de algún dato. En las cuarenta tabernas de la ciudad, este batallón de matones camuflados, de distintas apariencias, algunos robustos, otros recios y otros alfeñiques, conspirando subrepticiamente, gastaban su tiempo y su dinero con total indiferencia. Había algunos destacados por sus divertidas ocurrencias, otros disfrazados de una solemne seriedad, todos con una disposición atenta a la noticia.
Según testimonia Saulo en su manuscrito, algunos confesaban sus fechorías en público, probando con esto la displicente complicidad de la gente honesta cuando la diversión celebra los crímenes, aunque en otra situación temblarían de miedo. En el ambiente de las tabernas, en cambio, cualquiera puede despacharse contando a todos cómo despanzurró una familia entera, padre, madre y tres niñitos sin que le temblara el pulso. Andanzas parecidas contaban los prontuarios del resto de estos asesinos, liberados de la prisión para husmear en los lugares públicos.
Las tabernas estaban situadas en distintos puntos de la ciudad, territorio para hombres exclusivamente. Al salir de sus hogares para dirigirse allí, estos hombres colgaban del perchero todas sus virtudes: el respeto, la decencia, el decoro, la disciplina, la sumisión, la humildad, la honestidad, para llevar solamente los vicios a cuesta. La inteligencia era lo de menos; las tabernas no son ambientes de racionamientos, por eso la hueste de Saulo hacía de las suyas.
La estrategia para sacar información era sencilla. Era cuestión de pronunciar una frase cualquiera, como hablar mal del emperador o de algún funcionario, entonces una retahíla de maldiciones se soltaba entre los presentes. Algunos de los feligreses se burlaba de fulano o mengano, otro difamaba su mujer, aquel descubría sus amores secretos, y de pronto, uno de los más beodos, o el menos discreto, soltaba una carcajada, quizás para festejar su ocurrencia de antemano, y largaba alguna prenda: fulano dijo tal cosa. Eso esperaban ellos, cuatro o cinco sayones presentes entre la multitud. Entonces se acercaban poco a poco, imperceptiblemente, con tacto, lo rodeaban, lo servían, lo endulzaban y lo homenajeaban de mil formas y después lo escoltaban a su casa sin que nadie los viera.
Así, dice Celestino refiriéndose al manuscrito de Saulo, operaban estos espías. Día a día, cada uno de ellos registraba un informe y lo pasaba a la organización. Al poco tiempo, meses después de iniciada la operación, en una central receptora instalada a propósito en las afueras de la ciudadela, los datos recabados por los mercenarios fueron formando los antecedentes de los insurrectos. Allí, en ese lugar ubicado por mi pariente en el actual extremo noroeste del pueblo de Abiponia, a mil metros del vértice de la misma sobre el camino de tierra que parte hacia La Loma de Tabare, operaba el centro clandestino de Saulo y sus nobles cómplices.
Celestino, basándose en el croquis esbozado por Yadrán sitúa la Loma de Tabare en el actual paraje La Vertiente. El mapa de nuestro ancestro traza perfectamente la sinuosa línea del arroyo, sus recónditos pasajes y los accidentes geográficos de todo el territorio de Abiponia.
Con dibujada maestría señala en el mapa los lugares donde se produjeron los sucesos más importantes del imperio, lugares además marcados por Celestino en su búsqueda de vestigios arqueológicos.
De la misma forma, ubica el centro de operaciones de la secta en un lugar de Abiponia donde hasta hace pocos años funcionaba una fabrica de ladrillos cerámicos, a escasos mil metros de los límites de la zona urbana. En ese mismo lugar, en 1978, mi madre Bárbara vivió el último año de su vida; tenía 30 años y fue encerrada en una pocilga de marranos cuáqueros, los de los hocicos puntiagudos, arrastrándose en la mierda y en el barro como las bestias.
Saulo y su secta, cuenta Celestino, reunieron los datos necesarios para incriminar a los sediciosos, transgresores ideológicos del sistema establecido. Ellos, los nobles abipones, contaban con todos los mecanismos del poder, no sólo para desarrollar una tarea de inteligencia, la búsqueda de datos, sino también para ejercer la acción violenta.
De la misma forma los reyes de España habían puesto en marcha la fuerza represora de la Inquisición. La nobleza abipona también abusó del método depredador para accionar contra los insurrectos. Conrado, haciendo un análisis histórico del caso, relaciona esta identificación de los abipones aristócratas con la nobleza europea como producto de las lecturas de Cervantes, quien alentó con el Quijote la idea de los libros instigadores de malos pensamientos. Así como Pero Pérez, el cura, postula él, y Maese Nicolás, el barbero, queman los libros del Quijote por considerarlos culpables de su locura, así Saulo, como primera medida de su gobierno, suspende la actividad de la Universidad y manda quemar todos los libros de Abiponia.
Luego, inspirándose en la lectura El libro de los mártires, de John Foxe (1516/1587), que trata el catolicismo desde la época de la conversión del Imperio Romano hasta el siglo XV y la creación de martirologios en Alemania e Inglaterra, Saulo requisa las colecciones de vidas de mártires descritas en el escrito con mucho morbo, a menudo profusamente ilustradas, e insufla a su cofradía la idea de la tortura como fuente de represión. A partir de entonces y por un largo periodo, Abiponia dedica un capitulo entero de su historia a la Inquisición española y se desarrolla la leyenda negra que lo caracteriza.
El 24 de septiembre de 1705, relata la crónica de mi pariente, fecha de conmemoración de la fundación de Abiponia, los estudiantes organizan una manifestación en contra de las medidas adoptadas por el emperador. La concentración tuvo lugar en la plaza central de la ciudad con el apoyo de otros sectores de la juventud abipona.
Ese día un grupo de infantería debió intervenir como fuerza de contención frente al palacio del Emperador y debió reprimir los disturbios provocados por los manifestantes. Saulo y su secta esperaban un acontecimiento de estas características para poner en práctica el plan de acción previsto, el que garantizaría la intervención y el apoyo incondicional de las fuerzas armadas.
La noche del 24 de setiembre los sicarios de la Logia Carancho salen a accionar furtivamente. Al otro día se conoce la noticia de la muerte de dos oficiales de infantería, quienes habían sido asesinados en sus casas junto a sus familias. En el escenario de los crímenes se halló huellas suficientes para demostrar un acto de venganza por parte de los reprimidos el día anterior. Distintas leyendas escritas con la misma sangre de las victimas testimoniaban la represalia como fuente inspiradora del crimen: ¡Viva la patria!, ¡Militares traidores!, ¡Muera el emperador!, ¡Democracia o muerte!, versaban las inscripciones macabras.
Horas después de los hechos la cúpula militar se reúne en concilio con el emperador y tras algunas concertaciones se decreta el Estado de Sitio y la libertad de acción de las milicias. Los datos recabados por la cofradía de Saulo fueron a parar a manos de las fuerzas militares y comenzó la persecución.
Muchos de los inculpados se entregaron sin resistencia pero otros provocaron enfrentamientos armados y murieron en distintas refriegas. Después los detenidos fueron enjuiciados y condenados a muerte, fusilados, ahorcados o lapidados, según criterio de los jueces. Otros fueron condenados a cumplir condena en las cárceles de frontera.
Pero también hubo una larga lista de desaparecidos. Según Celestino la acción furtiva de la secta de Saulo tomaba cautivos para conseguir datos a fuerza de tormentos. Los detenía, los torturaba y luego los eliminaba. Cuando la acción de las fuerzas armadas terminó con el levantamiento y volvió la paz, los desaparecidos siguieron desaparecidos. El malestar general, provocado por los familiares de las victimas, promovió una investigación, y el gobierno, para calmar la opinión pública, creó e hizo circular una ficción que finalmente se popularizó: los desaparecidos no eran desaparecidos sino aliados de los Frentones; se habían fugado a las fronteras para conspirar desde allí contra el imperio.
La versión demonizaba a las victimas y servía también para sostener la continuidad de la cofradía, injustificable en tiempos de paz. Con la venia de Saulo, la organización siguió funcionando clandestinamente. En los últimos diez años de su gobierno, la hermandad tomó un camino propio, se desvinculó del poder del emperador y pasó a manos de un grupo de nobles sedientos de sangre. La jefatura fue cambiando de manos y llegó a estar conducida por sádicos que se valían de ella para dirimir asuntos personales. Mandaban a asesinar y desaparecer a personas por nimiedades, por cuestiones de honor, de competencia o de negocios.
Durante el mandato de Valerio, éste ni siquiera sabía de su existencia, aunque circulaba box populi una lista de sus perversiones. Después, de la mano de Ychoalay, medio hermano del emperador, el nuevo grupo se constituyó en brazo armado de una ideología que proclamaba la tiranía y el racismo, además de ser el bastión armado para cualquier resolución de la elite abipona.
Valerio asumió la conducción de Abiponia en 1730. Su padre había muerto cinco años antes, sin embargo, y aunque fue coronado como heredero del trono, no asumió el cargo de mandatario hasta cumplir la edad exigida por la norma de Tabare. Según el edicto de la Constitución de las Leyes el emperador debía ser mayor de veinte años para asumir sus funciones.
La pintura de Celestino retrata con mucho esmero cada rasgo del rostro de Valerio. En el bar de Benavídes ocupa un extremo en el salón de las mesas, el vértice interior de la ochava donde la pared quiebra la línea que sigue paralela a la calle. Cuelga junto a una de las tres hojas de vidrio que forman el cancel de la inmensa puerta de ingreso, en el de la derecha, casi pegado al cristal. Está al resguardo de cualquier acción depredadora de los feligreses porque el triángulo formado por el cancel y la pared impide el tránsito por ese rincón. No obstante, los que aprecian el arte pueden gozar de la pintura acomodados en las sillas que rodean la mesa más próxima; o desde las butacas ubicadas a la par del mostrador.
En el boceto, el rostro de Valerio se plasma traslúcido sobre todo el espacio de la tela. Viste una pechera de bronce en cuyos hombros caen, desprolijas, las puntas de una cabellera abundante y de color rojizo. La cabeza es soberbia: es grande, luminosa y de rasgos acentuados. El contorno de su cara, distinto al de la redondez casi perfecta de su padre, es alargado y recio. Tiene la frente ancha y espaciosa, surcada de arrugas profundas sobre unas cejas arqueadas y tupidas, las que hacen sombra a unos ojos hundidos y claros; la mirada es grosera y de una intensidad insostenible. El corte enérgico de la nariz denota una inconmovible fuerza de voluntad: parte casi recta desde los ojos y termina abultada en la punta, donde la boca, de labios finos y correctos, se halla encerrada entre los pelos hirsutos de una barba acentuada y fuerte.
Las imágenes de fondo se interponen con trazos de colores más fuertes al del retrato del héroe. Atrás, en la parte superior de la pintura, se ve un ejército de hombres casi desnudos y rapados hasta la mitad del cráneo, trenzados en una lucha cruel con las filas de otro ejército cubierto de armaduras broncíneas. La escena es terrorífica porque batallan despiadadamente sobre los cuerpos muertos de otros guerreros caídos en la refriega. Se percibe los gestos rudos de sus caras, alterados por la fiereza del combate y el derroche de bravura.
Esta imagen, compuesta en plano general, es el trasfondo de otra en primer plano, en la que se ve dos figuras luchando en forma desigual. La primera corresponde a un guerrero medieval armado de escudo y espada, con las piernas extendidas en posición de ataque. Su torso carga una armadura de metal, con pechera y yelmo de bronce. El brazo izquierdo ensarta las asas del escudo, elevado a la altura del pecho, y el derecho acompaña un movimiento de traslación: tiene asida a su mano la espada, con el codo torciendo el brazo hacia atrás en pleno movimiento de oscilación hacia delante. La otra figura es un ave de rapiña, un carancho de color escarlata pintado en plena posición de ataque. Apoya una de sus garras en el remate del escudo del guerrero y la otra, con las zarpas abiertas en flor, corta la distancia hacia el rostro blindado. Es un bicho inmenso, tan grande como el que exhibe Benavides en el local. La cresta sobre su cabeza es un ramillete de púas rojas que se yerguen filosas al cielo. Amenaza al guerrero con el pico abierto, tirado hacia atrás para dar impulso a la estocada, y las alas alzadas como dos manos dirigidas al cuello de su contendiente.
La pintura representa la batalla final de Abiponia, narrada por Yadrán en el último capitulo de El Libro Sagrado. La historia de su padre, la que vamos a soslayar en estas líneas por una cuestión de espacio, está documentada en un manuscrito elaborado por el mismo Valerio. Yadrán relata sólo el final de la vida del último emperador, pero incluye en su escrito la intervención funesta de Ychoalay, basándose en los documentos rescatados de la Logia Carancho cuando fue desbaratada por su padre. Celestino, por su lado, transcribe el manuscrito de nuestro ancestro utilizando la prosa de siempre, aunque en estas líneas, como hice a lo largo del texto, voy a resumir y tomar sólo las partes necesarias para significar todo el relato.
Los hechos, como refiere Celestino, transcurren a partir del nacimiento de Valerio, el guerrero pintado en el último cuadro.
Saulo tuvo dos hijos varones: Valerio, el hijo de la emperatriz y sucesor natural del trono, y Sancho. Éste último nació de las relaciones adúlteras del emperador con una hermosa doncella de casta real, descendiente directa de Tosca, la brava amazona hija de Tabare.
El bastardo provenía de una rama de la familia real signada por el espantoso estigma de la violación y la muerte. Saulo también había sometido a su bella amante, como había hecho Ychoalay con Tosca, y también, como ella, la hermosa doncella había muerto tras el parto. Pero la emperatriz, sabiendo la perversa actitud de su esposo, decidió cobijar al niño, y así Toribio tuvo un lugar en la familia real.
Después Sancho descubre la verdad de su origen. Siendo muy joven e inclinado por naturaleza a las malas compañías, ingresa de la mano de sus amigos nobles a la Logia Carancho. Durante el periodo de iniciación es sometido a una serie de pruebas para demostrar su adaptación al régimen estricto de la secta, las que exigían cierta fortaleza en el dominio de los sentimientos y emociones.
En esa instancia conoce su historia secreta. Los instructores lo habían llevado al extremo de injuriarlo con la acusación de bastardo; para probarlo se burlaban de sus lazos sanguíneos, asociados a la rústica clase indígena y ponían en duda el verdadero sentimiento de su madre adoptiva.
Pero el iniciante mostró el lado más frío de su temperamento. Imperturbable ante las evidencias, fortaleció aún más su acostumbrada conducta siniestra y respondió con total indiferencia a las afrentas. Luego, para probar su afición a las actividades de la cofradía, demostró a la jefatura una conducta obediente a sus directivas: cometió cuantas fechorías le ordenaban sus jefes. Primero le encomendaron asesinar a un par de indígenas revoltosos, promotores de varios incidentes entre los grupos de trabajadores del puerto. Después se le ordenó quemar la vivienda de un funcionario público, candidato a seducir a la amante de uno de los senescales de la organización. En los años siguientes ultimó a varios indígenas y peones rebeldes, incendió otras viviendas de funcionarios o trabajadores enemistados con sus colegas, y hasta torturó a varias damas por negarse a favorecer con sus dones a los jefes o integrantes de la asociación clandestina. Estos crímenes, por supuesto, no se registraban ni trascendían de forma oficial porque los funcionarios encargados de las instituciones integraban la hermandad delictiva.
De esta forma, Sancho poco a poco fue ganándose la admiración de todos sus compañeros de iniquidades; era admiración por las perversidades, de gente inclinada al crimen, como los viejos asesinos que treinta años atrás habían servido de sicarios a su padre y aún pertenecían a la secta.
XII
Dos años después, cuando Valerio todavía esperaba recibir el poder de manos de sus ministros, Sancho se consagraba como el conductor indiscutible de la organización secreta. Tenía diecinueve años y todo el empuje de un asesino en potencia.
Las iniquidades se sucedieron, entonces. Para ejercer el liderazgo hizo matar a dos senescales del grupo, una perfidia normal para quién vive en el mundo de las maquinaciones siniestras y se atreve a ejecutar las traiciones más aberrantes. Los cuerpos aparecieron flotando en las aguas del Arroyo de Abiponia, aparentemente ahogados en un accidente. Después inició una persecución criminal contra otros acólitos, a los que endilgó el crimen de los primeros. De esta forma se liberó de los sacristanes de la oposición interna.
A partir de entonces las actividades de la secta cambiaron esencialmente. Los acólitos a su cargo eran elementos perversos pero totalmente desprovistos de imaginación, por eso le resultó fácil torcer el rumbo de las acciones clandestinas. Ya no se preocuparían por asesinar, conspirar o perseguir a ciudadanos indefensos en pos de ideales racistas o venganzas personales. El plan de Ychoalay era el de promover verdaderas maniobras de desestabilización al poder.
Cuando Sancho juró en el cargo de Gran Senescal, adoptó un nombre de guerra muy singular: Ychoalay. Con el mismo pensaba trascender las fronteras y ponerse a los Frentones de su lado. Se había propuesto íntimamente utilizar la organización para beneficio personal, es decir, sacudir la paz del imperio y apoderarse él mismo del poder. Contaba para eso con el apoyo de algunos funcionarios con iniciativa propia, interesados en escalar posiciones económicas y políticas. Con Ychoalay en el poder éstos seguramente pensaban concretar esa ambición, aunque ellos no sospechaban lo esencial del espíritu maligno del líder.
Ychoalay, después lo demostró, buscaba la ruina de Abiponia, no un cambio de conducción. Buscaba destruir la civilización abipona para cumplir con un mandato interior, una ilusión cuyos principios se basaban en distintos conceptos incorporados durante su niñez.
Celestino realiza en su obra un análisis bastante curioso acerca de la personalidad de Ychoalay. Según su criterio, y como lo refiere basándose en el estudio del manuscrito de Yadrán, Ychoalay fue un hombre que construyó un temperamento fuerte derrumbando el más inocente complejo de inferioridad. Su condición de mestizo, hijo bastardo de un hombre cuya salud mental rayaba la locura, había edificado un fuerte sentimiento de odio a todo lo nacional. Desde niño fue asimilando conscientemente las dos partes de su sangre, y la contraposición de las mismas irían formando la personalidad de traidor que lo caracterizó. Por un lado, quería cumplir con una parte de su origen, lo que él creía había sido el viejo anhelo de su antepasado salvaje, un indígena feroz y valiente, también asesino depravado, personaje de las legendarias historias de sus niñeras indias. Ellas habían inculcado en su tierna mente la necesidad de tomar una posición favorable en defensa del bárbaro. Desde su infancia, las continuas experiencias en los juegos de guerra que ellas montaban para entretenerlo fueron alimentando el deseo de pertenecer a una raza orgullosa de su origen. Las teatralizaciones lúdicas de los acontecimientos épicos imponían al grupo de niños la representación de un papel, y a él, por derecho propio dado las características físicas del personaje, le tocaba encarnar al legendario cacique de los Frentones.
Por otro lado, esta distribución de los papeles reservaba a su hermano Valerio el otro rol protagónico, el de Uriel, hermano de Tosca y verdadero héroe de Abiponia que acababa con la vida de Ychoalay en la tragicomedia infantil. Pero la competencia de roles no se asignaba por una razón de destreza actoral sino por una cuestión de preferencias inconscientes, inculcadas en Sancho por las nativas, sabedoras de su origen. Así, como en los infantes espectadores se imponía también una distinción entre héroe y villano, la preferencia por Uriel confundía sus sentimientos y resentía su admiración por el líder indígena en favor del héroe abipón. Su pasión, de esta forma, fue liberándose de patriotismo, y en los albores de su adolescencia el choque de sentimientos estimuló inconscientemente uno nuevo y fatídico: la preferencia de un héroe por otro en forma intermitente produjo una neutralidad final que lo llevó a despreciar a ambos.
En 1728 Valerio recibió de sus ministros los poderes correspondientes a su condición de emperador. Fue el momento de mayor incertidumbre en la historia de Abiponia. El espectro de la inseguridad contaminaba la buena fe de los abipones, convulsionados hasta el momento de la asunción por algunos hechos violentos en la urbe y en la zona de fronteras. Muertes extrañas sucedían en la metrópoli, casos de asesinatos misteriosos con victimas pertenecientes a lo más selecto de la sociedad; incursiones indígenas en la zona de bosques, muerte de soldados en las represalias a los malones. Cada vez el aparato del Estado se ponía en función para neutralizar y dilucidar los acontecimientos, una fuerza extraña empañaba la eficiencia de los actos investigativos y la anarquía se constituía como mecanismo regulador.
Finalmente, los funcionarios más eficientes dieron un paso al costado, incapaces de salvar la situación. Entonces el emperador decidió atender las quejas de sus colaboradores más cercanos, los ministros responsables de la conducción del país. Hasta ese momento había hecho oídos sordos a las insinuaciones de los burócratas de alto rango, específicamente porque ponían en tela de juicio ciertas actitudes de su hermano. La situación, sin embargo, lo obligó a resolver la inquina hacia Sancho, y cuando asumió el poder la primera medida fue la de alejarlo de la ciudad. Lo desterró a la frontera oeste para separarlo del centro de las sospechas.
Esta medida, totalmente ajena a su voluntad, tomada sin querer como un impulso reflejo, produjo la respuesta que todos esperaban: la célula clandestina dejó abruptamente de funcionar. No se revistaron en la ciudad nuevos delitos, por lo menos de esa naturaleza caracterizada por la secta. Los funcionarios, ahora libres de las limitaciones formales impuestas por la autoridad de Sancho, siguieron una línea investigativa que los condujo al mismo reducto de las asechanzas. El centro clandestino fue confiscado y la organización desbaratada. La documentación encontrada en el lugar permitió la detención de un gran número de acólitos, los que fueron detenidos, juzgados y condenados.
El gran Ychoalay, sin embargo, llevó su organización al territorio salvaje. Al llegar a la frontera se refugió tierra adentro. Con los Frentones emprendieron varias revueltas en la zona limítrofe, ataques continuos provocados con la intención de socavar el ánimo de los campesinos asentados en las márgenes del país. Esto obligó al ejército abipón a revisar el sistema de vigilancia; la guardia de efectivos se reforzó y se constituyó como una barrera infranqueable para las improvisadas fuerzas salvajes. Entonces las incursiones terminaron, los Frentones desaparecieron y volvió la paz a Abiponia.
Durante los siguientes quince años el nombre de Ychoalay pasó a ser sólo un mal recuerdo. Algunas fábulas circulaban sobre su destino: se hablaba de muerte en el bosque; de cacicazgo autoritario; de alianza con otras tribus fronterizas, y de otras muchas versiones sobre su vida. Una leyenda acerca de un pacto con Vantú, el diablo con forma de carancho, lo hacía durmiendo el sueño del infierno junto a los malvados de la historia. De ese sueño despertaría con más bríos, como otro demonio de la cosmogonía indígena, para renovar sus maldades en la tierra.
Lo cierto es que Ychoalay abandona las tolderías de los Frentones una vez neutralizada sus andanzas en la frontera. Desaparece del mundo conocido hasta mucho tiempo después, cuando vuelve a surgir al final del reinado de Valerio y se transforma en el protagonista principal de los hechos. El último emperador y Yadrán, su hijo, refieren en sus escritos estos sucesos.
En 1747 Valerio lo cita por única vez en sus memorias aludiendo un informe de frontera. En dicho informe, el comandante de un pelotón de artillería reseña los acontecimientos de un choque armado entre la escuadra abipona y un grupo de Frentones en uno de los límites del territorio.
En el confuso episodio las filas indígenas acometen formando un cuadro disciplinado y siguiendo una estrategia de combate, detalle significativo al tratarse ordinariamente de una mesnada acostumbrada a los ataques frontales y desorganizados. La compañía abipona debió retroceder, entonces, desconcertada ante la táctica empleada por los salvajes.
El comandante, sin embargo, en el informe militar no condena la conducta cobarde de sus infantes, sólo destaca la destreza de los indígenas en la práctica sobre caballos. Después alude la presencia de Ychoalay entre las filas, como el conductor de las mismas, y subraya cierta displicencia en la persecución de su propio escuadrón puesto en fuga: los Frentones respondieron obedientes a la orden de su jefe y los dejaron huir.
Yadrán, en cambio, menciona todas las acciones beligerantes de los Frentones conducidos por Ychoalay; las describe en primera instancia como simulacros de combate ejecutados con propósitos estratégicos en enfrentamientos de poca envergadura, para poner a prueba la destreza de las filas indígenas y la resistencia de los abipones. Los encuentros, sin embargo, eran reales y siempre resultaban trágicos para los soldados del imperio.
Aunque Celestino no lo haga en su escrito por limitarse sólo a interpretar con ciertos límites el texto de Yadrán, (las referencias textuales de este autor son algunas estrofas del poema original que se insertan como glosas en los márgenes de las páginas de Celestino) yo voy a destacar sin tachas la pluma testimonial de este autor, a veces metida muy a fondo en el campo de lo irracional o lo fantasioso: pinta a Ychoalay en pleno combate como un guerrero imbatible, hechicero con dones sobrenaturales; menciona, como en los cantos de Homero, la traslación corporal mediada por nubes celestiales; flechas y lanzas que tuercen el rumbo en pleno vuelo; caranchos que ofician de espías sobrevolando el territorio de la ciudad. Por supuesto, en el texto no se suman estas alusiones como un simple encadenamiento de fantasías sino más bien como un realismo mágico que intenta convencer a los lectores de las cualidades divinas del personaje.
Con respecto a esto, en uno de los episodios previos al combate final, Yadrán avista el ave de rapiña sobrevolando en círculos sobre el ejército cuando un escuadrón de abipones se apostaba en un lugar preparado estratégicamente en emboscada. Movimientos similares habían sido interceptados en otras ocasiones por el bicho y resultaron un fracaso de logística bélica para el comando militar. Sorprendidos por la presencia viva del carancho en cada uno de los movimientos, la comandancia, ya sea para encender la perspicacia de los efectivos o por simple diversión, ordenó derribarlo a cualquier precio. Nuestro autor entonces, afamado arquero de ilustre puntería, disparó la saeta e hirió al carancho en el ala izquierda.
En el cuadro de Valerio, Celestino pinta la herida como un lunar de color pardo en el ala izquierda de su carancho. En la entrada del bar de Benavídes el carancho embalsamado porta la misma mancha en el mismo lugar. Pero Yadrán va más allá de estas simples coincidencias: en su relato, después de arponear al carancho, los ejércitos se enfrentan en uno de los tantos combates sobre las arenas del vacío Arroyo de Abiponia; la lucha es mortal y sanguinaria; Ychoalay lidera las fuerzas enemigas, se desplaza al frente de ellas sobre una alfombra de vapor y guía a los guerreros a viva voz; conduce la hueste alzando la espada e hiriendo el aire con estocadas esgrimidas con su mano derecha alzada al sol; su brazo izquierdo cuelga inerte al costado, inmovilizado y protegido por un cabestrillo pendiente en su cuello.
En el escrito de Celestino estas escenas son narradas en versos copiados del original, sin transformaciones. Los inserta en el suyo para destacar las propiedades poéticas de un autor épico que conoce los recursos de producción verista, con sus alusiones sobrenaturales al estilo de los relatos heroicos del medioevo, pero se ocupa también de agregar a cada estrofa una representación realista de los hechos. Llega al punto de reconstruir la vida ausente de Ychoalay para demostrar su condición de simple mortal con la que refuta la idealización de Yadrán.
XIII
En 1890 Celestino viaja a la ciudad de Santa Fe. Allí, donde Ychoalay fue a recalar después de escapar de Abiponia en 1739, rastrea el peregrinar del personaje por las distintas instituciones españolas. En los archivos del Congreso Provincial descubre documentos acerca de sus negociaciones con el gobierno de la ciudad. Los jesuitas después ofician de intermediarios con el virrey del Perú, en 1740, cuando su plan de invasión al territorio de Abiponia se había proyectado a ese estamento del poder. En 1741 el propio Ychoalay es convocado por el mandatario, quien promete estudiar el proyecto, y en 1742, aceptado por la corona, autoriza la iniciación de las acciones.
Para ese entonces, por razones protocolares, Ychoalay debe cambiar su nombre por otro de origen hispánico. Los españoles no realizaban pactos oficiales con indígenas.
Los jesuitas, entonces, lo documentan con el de un santo varón, sacerdote mártir asesinado en una de las tantas refriegas entre Abipones y Frentones. Su nombre era José Antonio Benavídes.
Con ese apodo Ychoalay va a ejecutar todas sus gestiones en nombre de la corona española, incluso el documento de entrega del territorio al final de la guerra contra Abiponia. Con ese mismo nombre se instala después en Santa Fe y desarrolla su actividad comercial en la ciudad. Hasta 1813, fecha en que el gobierno criollo interfiere las acciones de la cofradía, la familia de Benavídes había gozado de mucho prestigio en la ciudad. Después se refugia en la clandestinidad, amparándose en el anonimato también la secta de acólitos, aunque nunca rompió relaciones con las fuerzas armadas y siempre estuvo en contacto con los poderes de turno. Así la Logia Carancho se proyectó hasta la actualidad y hoy sigue tan activa como al inicio de sus acciones.
El gobierno español había aceptado el proyecto de Benavídes porque los jesuitas respaldaban la traición de su promotor. Los discípulos de San Ignacio, desde el principio, ambicionaban el territorio ocupado por Abiponia.
Cuando el virrey del Perú aceptó las condiciones del trato, lo proveyó de insumos, armas e instructores de guerra para adiestrar a los Frentones. Durante cinco años Ychoalay reunió las fuerzas salvajes, las rindió a su antojo, las disciplinó y las preparó para la guerra. Al final, su proyecto rindió los frutos deseados: no sólo logró acabar con los abipones, también la guerra produjo la aniquilación de todos los Frentones en condiciones de presentar una ofensiva a los invasores españoles.
Según el plan de Benavídes, los hispanos ocuparían el territorio salvaje pero el proyecto fracasó después, cuando Ausonia, la primera población fundada sobre la ciudadela abipona, no pudo realizarse debido a la expulsión de la Compañía de Jesús. En 1767 el Rey Carlos III de España, en el edicto conocido por todos nosotros, los expulsó del territorio y debieron abandonar todas reducciones indígenas de América
Entonces la comarca se liberó de intrusos; los pocos Frentones sobrevivientes a la traición de Ychoalay volvieron a ocupar su país, se organizaron y multiplicaron y durante los cien años siguientes, hasta 1870, dominaron el territorio. Pero las fuerzas del ejército argentino, de la mano del General Obligado y la Logia Carancho , volvieron a ocuparlo por la fuerza.
Otra vez la lucha fue terrible y devastadora. En 1879 unos pocos sobrevivientes lograron escapar de la ignominia militar y se refugiaron en los bosques de la Cuña Boscosa. Eran muy jóvenes, pequeños aún, pero se salvaron nuevamente de la traición. Aquel Ychoalay, apóstata de Satanás, los había condenado a la desaparición cuando sus antepasados intentaron resistirse a la entrega del territorio.
En 1926, ochenta de ellos aún poblaban el territorio, diseminados en escondrijos inaccesibles para cualquier humano deshabituado a la vida inhóspita del bosque. Se dedicaban a la tarea de hacheros; inadvertidos entre los lugareños se ganaban la vida en las duras tareas del monte. Hasta que llegó un nuevo Benavídes y comenzó una nueva persecución.
Así nos relata Celestino los acontecimientos históricos vividos por nuestros antepasados. Las averiguaciones acerca de los personajes más importantes, informes ausentes en el texto original, son productos de un esfuerzo investigativo llevado a cabo con intención de completar una trama histórica. Yo tomo los datos de su escrito para realizar una utopía, teniendo en cuenta su versión aunque reelaborada para adaptarla mejor a los objetivos del MO.JU.SE. Mucho de la pluma de los autores de los distintos manuscritos, ya sean datos aislados en los márgenes de las hojas o estrofas completas de versos alejandrinos, se mezclan en la prosa y se hace imposible discernir linealmente la cronología del relato. Por eso fue necesario realizar esta nueva versión, en la que ordené cíclicamente todos esos elementos para facilitar la lectura.
De todos modos, aunque el escrito de Celestino carezca de las propiedades de un escritor adiestrado, su inconsciente despreocupación por la importancia secuencial de la obra se puede corregir fácilmente, y así lo hago yo en esta muestra. Sus deficiencias de escritura las suple con la producción pictórica, donde sí desarrolla una frecuencia temporal acabada.
Como ya les mostré al principio, colegas del MO.JU.SE, los cuadros siguen la historia de forma lineal, plasmando imágenes correspondientes a cada periodo según transcurren en el tiempo. Y quizás el mejor reflejo del texto escrito, con todos sus detalles, corresponde al último boceto. En el escrito Celestino despliega su característica y compleja prosa primitiva, pero en la pintura completa todos los rasgos narrativos necesarios para representar las acciones. La batalla final, sin duda, es la representación pictórica mejor acabada que se puede hacer de un texto escrito. Las líneas siguientes responden al pasaje que inspiró la pintura:
Cuando Ychoalay se sintió seguro de su poder, proyectó apoderarse de la ciudad y desbastar el territorio. Entró a Abiponia con un poderoso ejército de Frentones, con carros de asalto, jinetes de a caballo y una gran infantería equipada con armaduras de cuero y armas de mano y de fuego.
Atacó a Valerio, último emperador, en incesantes combates, en cada uno de los cuales lo derrotó matando muchos de los suyos. Se apoderó de las aldeas circundantes primero, las destruyó y recogió sus despojos. En el año 1748, Ychoalay se dirigió a la ciudad con su vigoroso ejército. Destruyó la represa del arroyo y secó el cauce que originalmente le daba vida.
Después la sitió durante ciento noventa y cinco días y hubo un gran duelo en la metrópoli de Abiponia. Gimieron los jefes y los ancianos, se desanimaron los jóvenes y las muchachas, y las mujeres se pusieron pálidas; los novios guerreros cantaron lamentaciones y la joven esposa lloró en su cama. Se estremeció la tierra, compadecida de sus habitantes, y todo el pueblo de Valerio se sintió humillado.
Ychoalay mandó mensajeros a la urbe, con palabras de paz para engañarlos. Y cuando muchos pensaron en una esperanza de salvación, cayó de repente sobre la ciudad y descargó un terrible golpe matando a muchísimos de sus habitantes. Así fue conquistando parcelas de la gran capital abipona. En cada una de las incursiones saqueaba la ciudad, la incendiaba y destruía sus casas. En cada una llevaba cautivas a las mujeres y los niños para sacrificarlos después a la vista de los suyos, en el desplayado formado por el seco estuario frente al puerto.
Después entró al Mausoleo de Mecio, y con insolencia saqueó el santuario y se llevó el altar de oro, el candelabro de luz con todos sus accesorios, la mesa de las ofrendas, los vasos, copas e incendiarios de oro, las armas de Tosca y los demás próceres, las cortinas, las coronas y todo el decorado, las molduras de oro y plata que cubrían la entrada del Templo. Se adueñó también de todos los tesoros ocultos en los sepulcros. Los restos del apóstol Esteban, no obstante, quedaron fuera de su alcance.
Fue una asechanza continua, una grave y continua amenaza que provocó el terror de los pocos sobrevivientes de la ciudad. A causa de ello muchos huyeron hacia el bosque, pero Ychoalay puso en los límites de la villa gente mala, sanguinaria, que los asesinaba ni bien traspasaban el lugar.
Ychoalay, después de acabar con toda forma de defensa, mandó a decir a su hermano que se vengaría de él. Lo invitó a enfrentarse en torno al campo de batalla, en la playa donde ellos dos disputarían en un duelo mano a mano el destino del resto de Abiponia. Valerio, que nada esperaba de aquella disputa, dispuso entonces el resto de su ejército y lo hizo marchar a la arena, frente a lo que antes era el puerto de la ciudad. Los trescientos efectivos eran la única fuerza de choque, el resto de su gran ejército, los que defenderían los escombros donde todavía pervivían unos pocos ciudadanos sobrevivientes.
Cuando vio acercarse el momento final, Valerio dijo a Yadrán: “Ahora debes salvarte, hijo mío. Marcharás hasta el Gran Río y escoltarás a tu madre y tus hermanos. Ten celo por ellos y no arriesgues sus vidas, porque son la única ley que perseverará la sangre de nuestra estirpe. Tu destino será el país que vio nacer a Olegario y a Tabare. Acuérdate de las hazañas de estos próceres y alcanza tú también la gloria y la fama de los que no perecen jamás.”
Después Valerio se adelantó a la hueste y los condujo a la playa. Ychoalay los vio avanzar y salió a su vez con sus guerreros, tres mil hombres armados de escudos y lanzas, gente experta en la guerra, asesinos sedientos de sangre y destrucción.
Valerio dijo a los suyos: “No teman el número de enemigos ni se acobarden frente a sus ataques. Recuerden las gestas de nuestros héroes y verán qué fácil es morir por la patria” Después los trescientos héroes formaron en medio del campo una barrera triangular con los escudos dispuestos como muralla.
El primer encuentro fue nefasto para los Frentones. Después de arrojar sus lanzas acometieron contra un muro infranqueable de escudos que avanzaban indemnes hacia la muerte. Las fuerzas bárbaras perecían en el mano a mano contra la destreza abipona. Había paréntesis en cada avanzada, de los que se contabilizaba cientos de la fuerza indígena caídos contra la muralla de pocos en la contraparte. A razón de veinte por uno, las espadas abiponas quebrantaban los pechos desnudos de los Frentones, atravesados por el filo de un acero que hería sus corazones salvajes.
La playa se convirtió en un sumidero de sangre y el cauce volvió a servir de caudal, esta vez de un líquido rojo y espeso. Al final de la mañana unos pocos abipones trenzaban suspiros de muerte en el lodazal de sangre. Enfrente, quinientos salvajes respiraban odio y se preparaban para terminar para siempre con el imperio de Abiponia.
Entonces Ychoalay dejó el sitio de retaguardia y se puso al frente de su hueste. Valerio hizo avanzar sus veinte guerreros y se dispusieron para entrar en la batalla final. Dijo Ychoalay a los suyos: “¡Oh amigos, capitanes y guerreros Frentones! Ya que Vantú nos concedió vencer a este pueblo que causó tanto daño al nuestro, sin dejar las armas cerquemos el grupo para conocer cuál es el propósito de los valientes abipones”
Los guerreros abipones se dieron cuenta de la fuerza tremenda del cacique, una bestia protegida con coraza y armas de mano, superior a todos los hombres y también a Valerio. Este dijo: “Hermano Sancho, mis guerreros y yo estamos dispuestos a morir, pero debes tener piedad por los inocentes que quedan en la ciudad. Por nuestro vínculo debes conceder la vida a la familia real”, concluyó el emperador, conmovido por la esperanza de ver a Yadrán ya embarcado en el Gran Río”. Ychoalay respondió: “No es posible que haya fieles promesas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros; así tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos y sacie de sangre las arenas de esta playa. Revístete de toda clase de valor, porque ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes escapar. Vantú te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la pica”.
Y diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El osado Valerio, al verla venir, se inclinó para evitar el golpe y la delgada chuza se clavó en el suelo. Yadrán, que observaba la lid desde la torre aún enhiesta de la represa, vio como un carancho arrancaba la pica de la arena y se la devolvía a Ychoalay sin que su padre lo advirtiese.
“¡Erraste el golpe, oh Sancho! Nada te ha revelado Vantú, tu dios, acerca de mi destino, como afirmabas; sólo intentas intimidarme, para que tema al fiero carancho y me olvide de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente a frente te acometa, si esa ave de rapiña te lo permite. Y ahora guárdate de mi lanza. ¡Ojalá que toda ella penetre en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los abipones si tú murieses; porque eres su mayor azote.
Así habló Valerio; y, blandiendo su pica, la lanzó sin errar el tiro, pues se clavó en medio del escudo de Ychoalay. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Valerio se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; se paró, entonces, bajando la cabeza, pues no tenía otra chuza; y con recia voz exclamó: “¡Oh! Cercana tengo la perniciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde hace tiempo, a Dios y a su hijo, los cuales, benévolos para conmigo, me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los venideros”.
Y después desenvainó la filosa espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado. Y encogiéndose, se arrojó como el carancho de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando las nubes pardas para arrebatar las victimas de su apetito; de igual manera arremetió el héroe Valerio, blandiendo la espada penetrante.
Ychoalay lo embistió, a su vez, con el corazón rebosante de cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes crines de oro que Vantú había colocado en la cimera. Como el lucero más hermoso de cuantos hay en el cielo se presenta rodeado de estrellas en la oscuridad de la noche, de tal modo brillaba la pica de punta larga que blandía en su diestra el nefasto Ychoalay, mientras pensaba en causar daño a su hermano y miraba cuál parte del hermoso cuerpo del héroe ofrecería menos resistencia.
Yadrán, desde la altura, apuntaba la vista del prismático a la pelea. Veía como su padre atacaba avanzando atrevidamente con su espada, cortando el aire a diestra y siniestra y dando golpes sobre el escudo y la coraza de su rival. Atosigaba con estocadas certeras y lo hacía retroceder con pasos inseguros sobre la arena. El filo hería con fuerza la moldura de metal, provocando encendidos relámpagos de chispas el choque del acero de la espada contra la armadura broncínea. Pero la inmunidad de Ychoalay era impenetrable; el espectro de Vantú esquivaba los golpes del atacante, desplazaba el espacio a su antojo haciendo imposible una estocada mortal que hendiera la dura caparazón.
De pronto, el gigante salvaje cayó enredado por los montículos de hiervas. Valerio lo tuvo a su merced en ese trance, y levantó su espada para acabarlo con una filosa cuchillada.
Pero un halo de vapor cubrió la escena y cegó los ojos del héroe. Entonces Yadrán vio la nube desplazarse a espaldas de su padre y esfumarse después como si fuera un sueño suspendido.
Un inmenso carancho escarlata apareció transmutado en el cuerpo de Ychoalay; las alas inmensas portaban un hacha y una punza y su pico afilado se movía furioso en repetidas estocadas contra el brillante morrión blindado que cubría la cabeza de Valerio. El bicho buscaba herir su cuerpo indefenso con la lanza prendida en el extremo plumaje de una de las alas; las patas musculosas movían las inmensas garras que rayaban el escudo y la escama de metal de brazos y piernas.
Valerio tenía protegido el cuerpo por la excelente armadura de bronce de Tabare y sólo quedaba descubierto el lugar en que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta, que es el sitio por donde más pronto sale el alma: por allí el malvado Ychoalay le envasó la pica a su adversario, que ya lo atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar algo y responderle. El bravo abipón cayó en el polvo, y el endiablado ave de rapiña se jactó del triunfo, diciendo: “¡Valerio! Cuando reinabas Abiponia, sin duda te creíste salvado y no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mucho más fuerte que el imperio y ahora te he quebrado las rodillas. A ti los perros y las aves te despedazarán ignominiosamente, y nadie te alabará con honras fúnebres.
Con lánguida voz, respondió Valerio: “Te lo ruego por tu alma y por nuestro padre: ¡No permitas que los perros me despedacen y devoren junto a las aves de rapiña. Acepta la gloria de haberme muerto y ser el nuevo dueño de esta tierra, y entrega a los míos el cadáver para que lo lleven a mi casa, y los abipones y sus esposas lo entreguen al fuego.
Pero mirándolo con torva faz, le contestó el malvado Ychoalay: “No me supliques, ¡perro!, por mi alma ni por mi padre. Ojalá el furor y el coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has inferido! Nadie podrá apartar tu cabeza a los perros, aunque Vantú me obligara a hacerlo. Preferiría desobedecerlo y arder eternamente en el infierno; ni aun así, ofrecería un lecho para llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán tu cuerpo.
Contestó, ya moribundo, Valerio: “Bien te conozco, y no será posible persuadirte, porque tienes en el pecho un corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de Dios, que sabe por qué te ha hecho un hijo impío.
Y apenas acabó de hablar, la muerte lo cubrió con su manto; el alma voló de los miembros y ascendió al Cielo, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y joven.
Así narra Celestino el texto que explica la pintura. Después Ychoalay arrancó del cadáver su lanza ensangrentada y, dejándola a un lado, le quitó de los hombros las armas de guerra. Los Frentones acudieron presurosos al lugar, admiraron el continente y la arrogante figura del héroe caído y ninguno dejó de herir su cuerpo. Luego formaron filas frente al resto del ejército abipón.
Desde el atalaya Yadrán vio a Ychoalay despojar el cadáver de su padre. Para tratar ignominiosamente al gran Valerio, le horadó los tendones detrás de ambos pies, desde el tobillo hasta el talón, por donde introdujo correas de piel de buey. Después lo ató a la grupa de modo que la cabeza apoyara en el polvo, subió y picó al caballo para que arrancara y volara gozoso. Una gran polvareda se levantaba mientras era remolcado, y la roja cabellera se esparcía por el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en polvo.
Vio también cómo Ychoalay arrastró tres veces el cuerpo de Valerio alrededor de los guerreros abipones, y cómo la mesnada de Frentones cerraba el círculo atropellando al grupo, hasta aniquilarlo. Al verlo, Yadrán se arrancó los cabellos y suspiró lastimeramente con tristísimos sollozos. Después bajó de la torre, montó su caballo y se dirigió al Gran Río. Allí lo esperaba su madre y sus hermanos. Todos embarcaron en la nave dispuesta por la guardia real. Los hombres levantaron velas y zarparon rumbo a Europa.
El escrito de Celestino culmina con el relato de las peripecias del viaje y el afincamiento de la familia en Venecia-Giulia, lugar de Italia de donde provienen nuestros ancestros. Pero esa es otra historia.
FIN
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