Cuando publiqué “Crónicas de Abiponia”, libro de cuentos cortos sobre
historias de este pueblo del norte de Santa Fe, muchos lectores me abordaron
después argumentando acerca de la veracidad de los relatos. Algunos de ellos lo
hicieron sin criterio, acusándome
incluso de farsante; otros, convencidos de hacerme notar la ambigüedad de los
hechos, que desde principios de siglo todavía circulan de boca en boca en los
miembros de esta pequeña comunidad, los cotejaron con relación a esas fábulas
populares para marcarme las diferencias más significativas.
Estos lectores, por supuesto, muchos de ellos no estaban adiestrados en
el oficio de la lectura, no era su costumbre dedicarle tiempo y se perdían con
ello la propiedad de la imaginación; por eso mismo, no podían concebir
desviaciones en las fábulas enquistadas desde tanto tiempo en el consciente
colectivo. Por un lado, como dije antes, porque son relatos embutidos en sus
mentes como mitos populares; por otro, porque la gente común no sabe, o no
quiere, hacer una distinción entre historia y fábula.
La explicación, de mi parte, debía ser sencilla: las acciones
memorables, sean verdaderas o falsas (aunque en el mundo posible nada es
falso), elevan el espíritu y ayudan a formar el juicio, y cuando se abstiene
uno de dejar volar la imaginación hacia otros rumbos, se suele permanecer
ignorante a cualquier nueva expectativa. Las fábulas hacen imaginar como
posible varios acontecimientos que no lo son, y aún si lo fueran, en
contradicción con los hechos reales, a través del relato verbal los altera para
aumentar el valor de las cosas y hacerlas más dignas de ser leídas. ¿De qué le
serviría, por ejemplo, a un relato escrito, integrar en sus páginas las
circunstancias más bajas y menos ilustres de un hecho y de esa forma importunar
sin sentido una buena historia de ficción? ¡No se debe olvidar, queridos
lectores, la ficción es entretenimiento, y nada encontrarán en ella que los
identifique personalmente, salvo que sea para corregir vuestras costumbres con
ejemplos!
No obstante estos principios, y pensando en la poca afinidad literaria
de la gente común, me fue necesario insistir sobre la naturaleza ficcional de
las narraciones, a lo que me aboqué en el prólogo de la segunda edición de mi
obra (“Crónicas de Abiponia”. 2ª Edición. 2010). En ese escrito, si la memoria
no me falla ahora, hago una disección minuciosa de cada uno de los relatos y
del por qué de los cambios de estructura con respecto a las narraciones orales
(mitos y leyendas); apunto la necesidad de prolongar secuencias, algunas que en
las versiones populares carecen de importancia pero que en el relato escrito
adquieren relevancia por acrecentar las expectativas; y finalmente, señalo el
por qué de los finales inesperados.
La explicación fue redundante pero necesaria, teniendo en cuenta al
lector local. Porque la comunidad de Abiponia, ya se verá después, si bien es
poco instruida en asuntos literarios, es muy exigente con respecto a su
historia. A mí, que soy forastero, y esto va para los lectores uruguayos a quienes está dirigida esta edición, me
costó mucho tiempo de convivencia integrarme al grupo selecto del pueblo, y
después, y gracias a esta aceptación, al resto de la comunidad. Hoy puedo decir
que no existe institución, ya sea pública o privada, que no conozca sobre mi
actividad y en las que no sea de agrado mi presencia. Por lo demás, pueden
quedarse tranquilos mis compatriotas; mi actitud personal, mis deseos y mis
aptitudes histriónicas, un poco de ellas heredadas de mis ancestros y otro poco
cultivadas en las instituciones educativas de nuestro país, hicieron que yo me
ganara el afecto incondicional de los abipones. Y conmigo, por supuesto,
también los uruguayos en general.
Es que conozco mucho de mundo, y de tanto visitar pueblos tan
disímiles, a través de afectos y experiencias, aprendí a forjar mis propias
reglas de relación. Mi oficio de anticuario me llevó siempre a peregrinar en cada rincón de mi país de origen,
queridísimo Uruguay, y del mismo modo en casi toda la región del noreste
argentino.
¿Y tanto trajín, para qué?, se preguntarán algunos lectores, si al
final de cuentas, el ser anticuario no le exige a nadie pasarse el tiempo
viajando por tantos lugares. Pues bien, nadie hace nada sin provecho, ni gasta
la mitad de su vida paseando por el puro afán de conocer; ahí está la razón: mi
negocio es muy lucrativo, deben saberlo, pero lo es más aún si se bebe del
mismo cántaro. Lo confieso, es para ganar buen dinero; por eso me la paso
buscando reliquias de todo tipo, principalmente de las distintas culturas
aborígenes del territorio, una actividad muy sacrificada, pero muy provechosa
también, pues lo ayuda a uno a fortalecer su peculio.
Debo descubrir también, y esto viene para justificar mi intervención en
este escrito, que mi verdadera afición siempre fue el oficio de las letras. No
bien la edad me exigió conseguir la subsistencia por mis propios medios, y
viendo que el oficio de escritor no iba a llenar mis ambiciones económicas,
opté por seguir la carrera de mi padre, para la que también es imprescindible
una gran dosis de imaginación, erudición científica y conocimiento de las
letras. A partir de entonces, ya hace de esto cincuenta años, me lancé a leer
en el gran libro del mundo, empleé toda mi juventud y adultez en viajar, en
conocer pueblos y aldeas, en conocer personas de distintos orígenes y
condiciones, en recoger diversas experiencias, en ponerme a prueba a mí mismo
en todas las ocasiones, y en reflexionar en todos los casos.
Cuando llegué a Abiponia, en 1985, la costumbre de escribir y de forjarme un futuro como escritor ya
había pasado a segundo plano. Ya no tenía tiempo para esbozar argumentos y ni
siquiera para soñar con publicar más que catálogos, escribir misivas a mis
proveedores y clientes, o alguno que otro artículo periodístico en revistas
culturales. Me hallaba entonces en la ciudad de Santa Fe, adonde me había
llamado la ocasión una conferencia acerca de la extinción de las etnias
aborígenes del norte de la provincia, cuando me enteré de la existencia de Abiponia.
Uno de los expositores, en un intervalo de la charla, se acercó a mí para
solicitarme el catálogo de las muestras arqueológicas de mi propiedad, y
conversando sobre otros ejemplares descubiertos en ese periodo, luego de una
charla prolongada sobre esos temas, me reveló la existencia del pueblo.
Fue un descubrimiento afortunado para mí, el hallazgo de una veta
arqueológica jamás explotada por otro de mi oficio. Porque Abiponia es un pueblo con historia, un
cementerio de dinosaurios cuyos restos son el tesoro donde, como en Troya, se
hallan al menos tres ciudades superpuestas, un fenómeno histórico que se
descubre después de haber actuado sobre ellas la erosión y el tiempo. La más
primitiva, y la menos interesante de explotar arqueológicamente, por la mala
conservación de los restos, es una aldea
aborigen fundada a principios del siglo X, establecimiento ocupado por los
indios abipones durante tres siglos y luego abandonado por las repetidas y
nefastas inundaciones del Paraná y sus afluentes. La segunda, y la más rica en
vestigios materiales, almacena un arsenal de restos antiguos, apenas
descubiertos aún por los exploradores locales─ que son con quienes yo
comercializo las muestras diseminadas en un territorio de más de veinte
kilómetros cuadrados. Estas piezas corresponden a una civilización establecida
en el lugar a principios del siglo XVI, fundada por un pueblo de origen europeo
cuya empresa y dominio se extendió por doscientos cincuenta años en la
región. Luego que esta ciudad fuera
arrasada hasta los escombros por los insurrectos abipones, en el año 1748, la
inundación más grande de la historia anegó el terreno por casi tres años. Dos
décadas después, el flamante Virreinato del Río de la Plata envió una
expedición al lugar para fundar una población de agricultores españoles. “El
Rey”, así se llamó la aldea, cuya actividad llegó a florecer a principios del
siglo XIX, perduró como centro de intercambio comercial hasta 1821, cuando fue
asediada y desbastada nuevamente por los indios abipones, levantados esta vez a
raíz de las leyes injustas que los sometían.
Ése fue el impulso vital de mi interés por Abiponia: los restos
arqueológicos. Pero con el transcurso del tiempo, y debido a mis visitas, yo
diría, demasiado frecuentes forzado por la actividad, sumé a esto otras
aficiones. El rasgo social más notable de este pueblo es, sin duda, la calidad
humana y científica de sus hombres más prominentes, propietarios de fortuna y
buena voluntad, y que Dios dotó de propósitos muy elevados. Como forastero en
busca de aceptación, frecuenté regularmente ese ámbito, y luego de hacerme un
lugar preferencial entre los más ilustres del pueblo, mi sentido común e
interés por las culturas desconocidas me llevó también a acercarme a los
pobladores menos insignes: visité los clubes y los bares del pueblo, donde se
reúne el común de la gente, y pronto accedí a lo más singular y característico
de su idiosincrasia: la afición por los relatos y fábulas antiguas.
Desde siempre, la elite, y el resto de la población abipona, se complementaron
con esmero por el bienestar de todos, un intercambio de voluntades hasta hoy
verificable a primera vista con sólo observar la organización secular de sus
instituciones, la aplicación y obediencia de leyes sensatas para conservar las
normas de urbanidad y buenas costumbres de sus integrantes. Fue así que mi
actividad y buenas intenciones, frente a este desarrollo compacto, y la
comunicación frecuente con la gente sencilla y sus mitos, encendió en mí un
renovado afán por la escritura. Un arrebato de inspiración espontánea frente a
esa disparatada cantidad de anécdotas, leyendas, historias y fábulas que
constituyen el rasgo cultural de la colectividad.
Una suma interesante de ellas transita cotidianamente en las
conversaciones de los pobladores; las más, ingeniosas y originales, se
desprenden de un pasado rico en aventuras y desventuras, y son el nutriente
temático para cualquier autor inspirado. Esa antología difundida boca a boca
iluminó nuevamente mis deseos de escribir, como dije, y me llevó, en 1998, a editar una serie de
relatos, quince en total, publicados con el título de “Crónicas de Abiponia”.
Más allá del efímero éxito editorial de mi obra, después de la
publicación me consustancié definitivamente con la hueste abipona: de un día
para otro pasé de ser aquel “anticuario” que todos saludaban al pasar sin saber
muy bien de qué se trataba el oficio, a convertirme en “el escritor”, fuente de
admiración para la gente sencilla y poco lectora, y un precedente retórico para
los más ilustres. Así, me convertí en el personaje honorable del pueblo, título
ofrendado por la elite y aplaudido por el vulgo. Por supuesto, mi condición de forastero hizo
más interesante la relación, y despertó del letargo a los más escépticos, entre
ellos los escritores locales, los más severos críticos de mis relatos.
Como señalé dos párrafos atrás, personajes de elevadas inquietudes
abundan en Abiponia, aunque en el campo de la escritura se destaca un grupo muy
reducido, con escritos publicados, algunos, o noveles en condición de hacerlo,
otros. Entre ellos, Eladio y Martín, los autores de los dos textos editados en
este libro. Sus historias personales, difundidas boca a boca por la gente del
pueblo son, casualmente, las más recordadas por los lectores de “Crónicas de Abiponia”.
Pero debo hacer una aclaración en este punto: en mi composición, la
trama de los relatos referidos no respetan el hilo argumental de las leyendas
populares. Y mi relación con Eladio y Martín, a quienes no conocía entonces, se
convirtió a raíz de esto en una disputa, debido justamente a la reelaboración
de las historias. En las crónicas, yo distorsiono el relato tradicional por
motivos puramente estructurales, de ese modo cometo la peor aberración, que
afecta el amor propio de los implicados.
¿Y cuál es esa distorsión? Pues bien, siendo que estos dos autores tienen algo
en común, sus propias vidas, trazadas en condiciones desgraciadas ya que ambos
son huérfanos de nacimiento, trastoco la trama de aquellas historias populares─
enraizadas en gran medida con la realidad, las que, además, hacían referencia a
sus orígenes─, con la intención, por supuesto, de darle a mi nueva versión una
carga más emotiva en términos narrativos. Un fin muy mezquino si hubiera
conocido de antemano el sentimiento de los afectados. Una vez publicado el
libro, la cuestión hizo pulla entre nosotros al sentirse ellos engañados frente
a esa versión apócrifa de la historia tradicional, la cual afectaba la figura de sus antepasados.
Aunque había modificado algunos pasajes por cuestiones de composición ─
¡y qué ignominioso!, justamente aquellos referidos a la moral─, no había forma
de justificarme, ni eximirme de la
culpa. Para el caso, no hay que olvidar lo siguiente: una historia familiar, de
la que uno puede sentirse, si no orgulloso, al menos cómodo, enfrentada a esta
otra, menos rigurosa con los afectos y quizás, como acusaron en principio, casi
humillante, no es poca cosa. Como me excusé ante ellos, al ignorar la filiación
de los personajes y sus desventuras, que habían llegado a mí por boca de la
gente común, y muy emparentados con la realidad según los datos oficiales,
inicié la maratón de disculpas. Una vez aclarado el asunto, después de mucho
conciliar con ambos una defensa, y de entablar una relación entrañable al final,
tanto Eladio como Martín, me cedieron este espacio en su libro. El efecto sería
proteger la crónica popular, resguardada en el conciente colectivo pero
proclive a un cambio sustancial si la nueva adaptación trascendía la realidad.
En el caso de Martín Pe, según los extendidos populares, su falsa
identidad se devela después de la muerte de su madre adoptiva, en medio de
divergencias por la tenencia de los bienes hereditarios que sus propios
hermanos ponen en cuestión por miserables razones económicas. Así es sostenida
la historia según la versión popular. Sus padres biológicos son un misterio
para la colectividad y aún persiste la versión antojadiza de una descendencia
libresca nada creíble, emparentada con personajes de ficción robados a un autor
uruguayo célebre. Yo, en cambio, en mi relato lo asocio a un viejo mito
indígena, razón por la cual Martín se rebela contra la ocurrencia, ya que,
mentira por mentira, prefiere ser el insustancial hijo de un perdedor nato que
el de una leyenda de metamorfosis. En “Imágenes de Palo”, el primer libro de
esta obra, Martín escribe el correlato de la versión popular, íntima y falsa,
aunque plausible versión de su propia vida.
En el caso de Eladio Padrán, su historia trágica acontece en Abiponia
en la década del ´70, cuando los militares ostentaban el poder durante el
Gobierno de Facto. Según el relato popular, las actividades militares en
Abiponia superaron los meros episodios de enfrentamientos domésticos,
generalmente adjudicados a una comunidad pequeña y sin personajes de renombre
nacional. Hubo concentraciones públicas e inmediatas desbandadas; corridas de
activistas agropecuarios y obreros de la industria local, a muchos de los
cuales se los encarceló durante años; detenciones de jóvenes sospechosos de
integrar bandas subversivas; miedo, terror, conspiraciones y traiciones, todo a
pequeña escala pero, al fin y al cabo, antecedentes de la desunión y el temor
de la gente frente al peligro de muerte. En la historia de Eladio, el hecho
histórico, tergiversado por mí en el relato de ficción, se produjo en el campo
de la familia, en la zona de islas al oeste de Abiponia. Octavio y Bárbara,
padres de Eladio, con él en brazos (Eladio era un bebé recién nacido en 1976),
junto a otros cuatro integrantes del grupo guerrillero, llegan de incógnito y
permanecen un tiempo en el lugar, escondidos en un rancho abandonado, lugar
inexpugnable sólo apto para baqueanos acostumbrados a trasponer el monte.
Octavio conocía bien el lugar y podía sobrevivir mucho tiempo en ese terreno
inhóspito. Habían cruzado el Paraná desde la ciudad de Goya, de noche y
embarcados en una canoa, perseguidos por los sabuesos de la S.I.D.E. Habían
huido de Buenos Aires inmediatamente
después de la asonada militar pero los paramilitares habían dado con el paradero
en Corrientes y siguieron sus pasos hasta el escondite en el monte. Hasta allí
penetró una comisión de uniformados, integrada por militares y policías
locales, y se produjo el enfrentamiento. Después del tiroteo, un integrante de
la patrulla asignada para arrestarlos comentó la versión conocida en el pueblo.
Según ese relato, y de esta se desprende mi propia versión conflictiva, los
policías intentaron persuadir a Bárbara
cuando salió a recibirlos en el patio de
la tapera donde se refugiaban. Discutía con ellos afuera del rancho enclenque,
pero en realidad estaba haciendo tiempo mientras sus compañeros se compaginaban
para la fuga. Había un bosquecillo detrás de la construcción de adobe, conocido
muy bien por Octavio porque se trataba del lugar donde había pasado gran parte
de su infancia; lo conocía como a la palma de su mano y sabía que por los
recovecos del ramaje espinoso podía alcanzar el corazón del monte y perderse en
la espesura. Era de noche, además, otra ventaja para ellos, y la única luz alumbrando
el sitio era un farol a querosene sostenido por la mano derecha de Bárbara.
Ella había salido a entretener a los uniformados con una de esas lumbres en una
mano, y con Eladio, cobijándolo en su pecho con la otra. Los policías habían
irrumpido sorpresivamente en el lugar y
se habían ubicado en posición de tiro cubriendo una medialuna enfrente
de la estancia; no podían ocupar la parte de atrás porque el follaje les
interrumpía el paso. Desde la pared del fondo del rancho al montecito había
menos de tres metros, pero las malezas habían ganado terreno tras el abandono
de su antiguo habitante y era imposible atravesarlos en medio de ese espinal.
El jefe del comando, el oficial Joaquín Valiente, un hombre oriundo, residente
y actualmente vivo en Abiponia, intentó convencer a Bárbara. Era una tarea
inútil, él lo sabía, pero intentaba ganarse un punto en el informe para sus
superiores. Los convictos tenían presente a otros efectivos en los alrededores,
pero estaban dispuestos a morir antes de entregarse. Si los tomaban prisioneros
iban a padecer torturas insufribles. “Entonces ocurrió algo increíble…”─ fabulo
yo por boca de aquel agente de policía presente en el lugar─ “..cuando Valiente
se percata de un movimiento en el interior del rancho, apunta con su pistola a
Bárbara, como le indicaba el procedimiento, y se dispone a dispararle a la
cabeza, pero al instante ella arroja el farol contra el piso y después al bebé
contra el arma del policía. El niño, con su
pequeño cuerpecito de dos años, fue quién desarmó al comandante del
grupo. Después, en penumbras, los disparos de los fusiles encendieron la noche
con ráfagas disparadas desde ambos frentes. Valiente abrazó al niño en la caída
y se desplomó al suelo, de modo que sobrevivieron a la metralla de disparos
cruzados tendidos en el piso de tierra. Al final, el rancho quedó destrozado
por tantas descargas, y los cuerpos de los guerrilleros diseminados sobre el
piso del pequeño cuchitril. Nadie sabe bien como murió Octavio. Algunos dicen
que logró fugarse por el bosquecillo y que lo encontraron muerto dos días
después, ahogado en una pequeña laguna en medio del monte. Bárbara, en cambio,
murió un año después, en cautiverio luego de dar a luz otro niño”. Como se lee
en este fragmento, la actitud de Bárbara no deja bien parada su imagen de
madre, aunque, como yo previne, causó gran impacto entre los lectores. Y, por
supuesto, trajo consigo el justificado resquemor de Eladio hacia mí.
Con respecto al libro de Martín Pe, “Imágenes de Palo”, el relato es
una autobiografía del autor en la cual me siento integrado no solamente por
formar parte de la trama, sino también por sentirme inspirador de una parte de
ella. Martín necesitaba cerrar el episodio aún no resuelto de su propio origen,
y para ello debía crear una historia con personajes verosímiles, personajes sin
nombre propio en la leyenda popular. Jeremías Petrus, Larsen, Angélica Inés,
como muchos lectores sabrán, son personajes creados por Juan Carlos Onetti,
integrados en varias de sus creaciones, pero radicalmente consustanciados con
Martín a partir de El Astillero, probablemente la novela mejor lograda del
uruguayo, y la que yo sugerí a este autor como elemento de inspiración.
“El Libro Sagrado de Abiponia”,
en cambio, el escrito de Eladio Padrán─ cuya trama no se desarrolla en términos
biográficos como el de Martín sino que es un Trabajo Práctico compuesto a
propósito para un examen de la Carrera de Lengua y Literatura─ es la traducción
novelada de una historia escrita por un antepasado del autor (datos y
descripciones en clave, acertijos que Eladio resuelve y transcribe a partir de
su propia imaginación), y contemporizada en un discurso político desarrollado
en el seno del Centro de Estudiantes del Instituto de Profesorado.
Washington
Ternera
Anticuario
I
Según el testimonio de Petra Aguirre, centenaria partera
de Abiponia, las suposiciones de Washington Ternera, aficionado investigador de
ficciones y prolífero recolector de antigüedades, y las confesiones
pronunciadas en su lecho de muerte por el Hermano Calixto, yo no pertenezco a
la estirpe de los primeros inmigrantes italianos, como creí durante mi niñez,
mi adolescencia y gran parte de mi juventud. Mi madre sustituta, en una actitud
de obcecada voluntad artera, jamás me develó el misterio, aunque tuvo
resentimientos suficientes para hacerlo, tan valederos como el de mis hermanos
postizos, que al final utilizaron la historia para despojarme de la casa que me
pertenecía por derecho de heredad
legítima.
Petra Aguirre me contó que la única vez que vio a mi
padre frente a frente, porque antes había tenido sólo descripciones vagas de
él, fue minutos antes de que yo abriera los ojos al mundo. Llegó a la casa de
campo a las apuradas, en un vehículo de la Diócesis de General Obligado, entró
atropelladamente al aposento donde mi madre daba los primeros vagidos de dolor,
y colgó en su cuello una cadena con un crucifijo tallado en madera y el Cristo
labrado en oro puro. Cuando Petra me tuvo entre sus manos ayudándome a llorar
las primeras lágrimas, colgó también en el mío una imagen similar, la que aún
preservo a la cabecera de mi cama.
El Hermano Calixto, ya al borde de la muerte, cuando habían transcurrido treinta y ocho años de
aquel incidente, me descubrió la insensata actitud de mi padre ante la muerte.
Se llevó el cadáver de mi madre luego del parto, en el mismo vehículo que lo
había transportado a la casa, sentado en el asiento trasero y con la firme
promesa de inhumarlo en una localidad cercana, a cuarenta kilómetros de
Abiponia.
Volvió cinco años después, sin razones aparentes. No
había dejado ningún amigo leal en el pasado, durante esos años de residencia en
la casona del Astillero, por eso la causa de su retorno fue disputada por los
vecinos del pueblo. Hasta hoy nadie supo los motivos, pero yo tengo evidencias
irrefutables de aquel regreso, tan concretas como imposibles de revelar
públicamente.
En realidad, nadie había pronosticado la vuelta aquel
entonces. Bajó una mañana de invierno,
de un colectivo que venía del norte, en la parada de la Ruta 11 y la Avenida
San Martín. Lloviznaba, como ocurría siempre en el pasado cuando él o su socio llegaban
o partían de Abiponia, pero no se arrimó al centro del pueblo esa mañana, ni al
día siguiente, aunque no pasó ni media hora que el Hermano Calixto y mis padres
adoptivos supieron de su presencia. Después de apoyar un momento la valija en
el suelo húmedo, para aflojarse el nudo de la corbata, se dirigió al Hotel de
los Inmigrantes, tomó un aperitivo en el mostrador, obviando las miradas de
reconocimiento del dueño y de los pocos feligreses presentes, y almorzó allí,
en un rincón solitario del salón, rodeado de un aura prodigiosa y miradas
indiscretas. Después se cambió a una mesa próxima a la puerta y a la ventana,
para tomar un té de manzanillas y observar el trajín de idas y venidas de los
chicos envueltos en guardapolvos, y de los obreros de La Aceitera.
Ése fue el informe de Peluso, el dueño del hotel, cuando
esa misma tarde el Hermano Calixto fue a interrogarlo. Son muchos los que lo
vieron después en la Casona del Astillero, con el saco desprolijamente doblado
sobre el brazo a pesar del frío, la corbata desanudada hasta el pecho y la
camisa extendida fuera del cinturón, mirando al sur el paisaje salvaje de los
arrabales, el agua del arroyo crecido hasta las barrancas, los pescadores
haciendo malabares sobre el viejo puente de quebracho, y los niños del Rincón
del Diablo jugando a saltar los durmientes en el puente de hierro de las
vías. En el trayecto a pie por la
Avenida San Martín hasta la Estación Ewald, y de allí por la Avenida
Circunvalación hasta la Casona del Astillero, dejó a su paso un tendal de
miradas sorprendidas. Después todos coincidieron en su actitud previsora,
intentando pasar desapercibido, escondiendo su pereza crónica, su ironía
habitual, sus posturas y expresiones tan conocidas cinco años antes. Su afán
por no ser descubierto e identificado no surtió efecto al final, porque muchos
de sus gestos eran imposibles de disimular: la manera de caminar a saltitos
cortos y premeditados, de acodarse a la mesa en el Hotel, de sostener el
cigarrillo en los labios hasta que la braza llegara al filtro; su sonrisa fácil
y casi automática, las contracciones involuntarias de la boca, las miradas directas a los ojos en busca de
lealtades o traiciones; todo eso lo desenmascaraba sin remedio.
Al verlo pasar por enfrente del Bar Abiponia, Benavídes
se quedó como una estatua, la piel de gallina y la mano tiesa sosteniendo el
trapo dentro del vaso; el Jefe de Estación, Isidro Rodríguez, un hombre
acostumbrado a ver el diablo presente en carne y hueso en los enfrentamientos
de hacheros, braceros y peones embriagados por el alcohol barato en el Salón de
Espera de la Estación del Ferrocarril, dejó a medio pulsar un mensaje
telegráfico para alzarse de la silla y echar una mirada por el vidrio de la
ventana. Dicen que al cruzar la calle de ingreso a La Aceitera, en la
confluencia con la 15, un camionero en la casilla de la balanza le gritó:
“¡Fuii..ra, Satanás!”, pero él ni siquiera alteró el saltito de los pasos. A la
mañana siguiente nadie lo vio deambular por el barrio, y si no fuera porque esa
noche unos pescadores escucharon martillazos provenientes del interior de la
casona, hubieran pensado en su partida. Al otro día repitió la ausencia del
anterior, con el mismo ritmo de martillazos hasta altas horas de la noche. La
jornada siguiente fue la última de su estancia en Abiponia; después de la
siesta, más verdadero que en los días anteriores, bien afeitado y con traje
limpio, con dos valija pesadas a cuestas y aliviado de otras tensiones, se puso
a recorrer el pueblo, torpemente, taconeando con brinquitos breves, paseando
ante la gente y puertas y vidrieras de comercios su aire de forastero pulcro.
Caminó hasta el centro, en horas que el sol de invierno es más un alivio que un
placer, repitiendo los mismos paseos tantas veces que una vecina, sin
reconocerlo, le preguntó si se encontraba perdido. En el quiosco de la esquina
de la Iglesia, a cien metros del bar de mis padres, compró jabón y champú, un
atado de veinte de cigarrillos Cliffton
sin filtro, y un paquete de pastillas de menta.
Más tarde, cuando el negocio de mis padres abrió, se
metió por la puerta de la ochava y se sentó en la mesa próxima al ventanal.
Eran las cuatro de la tarde, pidió una leche fría con un paquete de macitas
Lincoln y se quedó mirando el reloj de la Iglesia; yo debía andar por ahí,
jugando entre las mesas, porque dos horas después, cuando se encaminaba a la
ruta a tomar el colectivo, se encontró por casualidad con el Hermano Calixto,
en frente del Cine Cultural.
- ¿Cómo le va, mi amigo cura?- lo saludó sonriente.
El Hermano Calixto se quedó un rato mirándolo antes de
reconocerlo. Estaba mucho más flaco que el lustro anterior, su andar era más
resuelto y el esmalte de su piel parecía embadurnado de pátinas nuevas.
- Crece muy bien el guacho,¿eh?- le dijo después, casi de
espaldas y sin parar de caminar.
Cuando el Hermano Calixto reaccionó, le gritó que se
detenga, pero ya se encontraba a setenta metros, casi llegando a la Cooperativa
Agrícola. Su excursión por la Avenida San Martín terminó en el Hotel de los
Inmigrantes, frente a la parada de colectivos de la Ruta 11, donde inició el
viaje hacia el olvido cuando una llovizna prodigiosa caía de improviso. No se
despidió de nadie, por supuesto, pero segundos después de la partida, sacó la
mano por la ventanilla y la agitó, saludando al balde, y se alejó para siempre
de Abiponia.
La investigación de Washington Ternera, muchos años
después, confirmaría estas referencias del Hermano Calixto, y mis sospechas
también, pero antes yo debía pasar mi propio calvario en esta vida. En 2002, cuando descubrí el Taller de los
Crucifijos en el sótano de la casona, no me sorprendieron los restos humanos
enterrados bajo el anaquel. Saqué mis propias conclusiones: mi madre había
muerto de parto, mi padre se había llevado el cadáver sin que nadie lo notara,
haciendo desaparecer los rastros de una uruguaya de la que no existían
registros de su identidad en los padrones del pueblo. Los curas de Abiponia,
protectores de mi madre, no querían enredarse y enredar a la Diócesis con un
problema de muerte por alumbramiento, y menos de una menor de edad, así que
taparon la boca de Petra y los colonos, bajo amenazas de condena eterna, y la
historia siguió un curso nuevo. El médico, un cursillista obediente a las
normas clericales, hizo el resto: extendió un nuevo informe clínico, como si
fuera un parto natural, a favor de la madre adoptiva, y yo pasé a tener una
nueva identidad. Obviamente, confabulaciones embrolladas como ésta suelen dejar
evidencias, pasos en falso en el transcurso de la trama: la confusión de los
primeros días obligó al galeno a redactar un primer informe para la policía,
que al final no tuvo curso, donde notificaba los pormenores de la muerte de la
parturienta y la buena salud del niño.
Este informe, por razones incomprensibles, terminó en mano de mis nuevos
padres, y después en las mías, cuando lo descubrí en mi casa, en el baúl
guardado en el cuarto de los trastos viejos.
Pero estos no fueron los únicos datos concluyentes,
también hubo otros, recogidos en testimonios referidos a boca de jarro por mis
allegados, que todavía no resultaban claves a mi entender en esa época
desprovista de curiosidad, como los interrogantes de Benavídes acerca de los
encierros frecuentes de mi padre en la oficina de la casona, que todos pensaban
eran jornadas de trabajo administrativo y Washington Ternera supuso una
minuciosa disección osteológica de restos humanos antiquísimos. El relato del
Hermano Calixto en su lecho de muerte también había despertado mi interés: me
llevó a informarme sobre el proceso de descomposición de los cuerpos humanos;
entonces descubrí que a los cinco años de sepultado el cadáver, la carne
desaparece y el despojo queda evidente con la única presencia del esqueleto, un
conjunto de huesos desarticulados que se pueden desmontar y guardar en un cofre
pequeño. Mi padre había regresado cinco años después de la muerte de mi madre,
y había estado dos noches en la casona abandonada haciendo ruidos con picos y
martillos. Había llegado con una valija y había partido con dos.
Si no eran de mi madre los restos del Taller de los
Crucifijos, ¿a quién pertenecían?
Días después del macabro hallazgo, antes de fundar mi
negocio de Santería, que Eladio Padrán, cuando le revelé la historia de mi
padre, rebautizó en broma Satanería, todavía acorralado dentro del hoyo
depresivo y casi al borde de la locura infinita, me decidí a convertir la
Casona del Astillero en un centro de excavación arqueológica. Estaba tan seguro
que el terreno de mi propiedad escondía un sembradío de cadáveres que muchas
veces tuve pesadillas cinematográficas muy dignas de tener en cuenta. Luis se
hubiera hecho una papa de guión con la novela de mis alucinaciones. Seguramente yo hubiera convertido al pueblo,
aunque sea efímeramente, en el centro de atracción del país, si convocaba a las
autoridades, pero algo vino a despertarme de la conmoción: el libro de
Eladio, que me alertó sobre la identidad
de los restos. Me refiero a la historia de San Esteban Diácono y toda la sarta
de ficciones de su relato.
Después, bueno, me convencí definitivamente que los
crucifijos en el cuello de mi madre y en el mío habían sido un arranque
sentimental de mi padre, que también había descubierto el Taller del sótano y
la tumba del Santo. Tuvo el tiempo suficiente esos años de exhumaciones
clandestinas para traducir la leyenda escrita en latín en la tapa del cofre, y
pensar después que serían un talismán de buena suerte en nuestras vidas. Aquel
arrebato espontáneo de conmiseración hacia nosotros podría haber cambiado mi
vida, aunque quizás para peor, lo que hubiera sido intolerable para mí. Quizás hasta
pensó en casarse con ella y formar una familia, lo demuestra la reacción de
última hora y la necesidad de tomar la mano de mi madre durante el
alumbramiento. Esas muestras de arrepentimiento son las más genuinas, según
Freud.
Cuando al final me decidí a vender las reliquias de San
Esteban y el Libro Sagrado de Abiponia a Washington Ternera, después de haber
prosperado económicamente con el negocio de la Santería, Luis reapareció
nuevamente en mi vida, después de veinte y tantos años de ausencia. Fue como
reencontrarme con la familia perdida, que venía a rescatarme del olvido para
enderezar el rumbo torcido de mis intenciones. Llegó imprevistamente, aunque
por obra y gracia de Eladio y su obra de ficción, con los hijos de Javier, y
fue crucial para que el derrotero de mi vida se encause definitivamente hacia
el camino correcto. Entonces devolví las reliquias a su legítimo dueño, a
Eladio, que no buscaba en ellos los restos óseos ni los vestigios de un santo
sino los mismos pero de su tatarabuelo.
Como me dijo Washington Ternera en nuestro último
encuentro, un hombre que no sabe manejar autos ni bicicletas no es un hombre
normal. Me lo dijo cuando yo, creído todavía en todas esas historias
fantásticas, pensaba que el libro de Eladio y mi origen bastardo tenían un
punto en común. Pero Washington me volvió a la realidad: La Historia de
Abiponia era un ensayo académico, una ilustración verbal que se editó como
novela de ficción por el entusiasmo de un grupo de estudiantes del profesorado,
que veían en él el mito perfecto para una utopía revolucionaria. En cuanto a mi
filiación, nunca sabré realmente quiénes fueron mis padres.
Todo este enredo de incógnitas, sin embargo, surgió a la
luz en mi edad adulta, recién a la
muerte de mi madre de crianza, cuando la verdad me golpeó despiadadamente el
corazón. En ese viaje por el mar de la desesperación, buceando en la
profundidad de un abismo sin retorno hasta la madurez, durante el cual perdí a
mi madre, mis hermanos y mis amigos, el pasado se apoderó del presente, me subí
al tren de los recuerdos y repasé mi vida desde el comienzo.
II
Tener diez años en 1964 significaba mucho en la comunidad
católica de mi pueblo.
En Abiponia, los jóvenes se disponían tempranamente a ser
adultos, animados por sus propios padres, quienes generaban un tremendo empuje
hacia la independencia personal. Desde niños ya comenzábamos a ejercer alguna
tarea fuera de casa.
El factor primordial de esta tradición se basaba en una
cuestión puramente financiera, heredada de nuestros ancestros italianos: la
lucha por el espacio vital. La economía de la región era primordialmente
agropecuaria, naturalmente campesina, pero engendraba toda la actividad
comercial en el pueblo. En el campo, los
núcleos familiares de esa época se conformaban de no menos de cinco y hasta
quince hijos. La hacienda era limitada, la capacidad de producción dentro de la
propiedad ocupaba poca energía humana; desde muy jóvenes había que
rebuscárselas en otros dominios, formar pareja y hacer rancho aparte.
Desde luego, la doctrina católica era la base primordial
de todos los valores; netamente europea, no sólo por el origen de los
inmigrantes sino también por la rigurosa prédica de los curas italianos. Nuestros padres, formados en esa rutina de
fuerte inclinación religiosa, se esmeraban mucho por inculcarnos buena
educación, decencia y amor al trabajo.
A esa edad, diez años, algunos chicos ejercíamos la
actividad de monaguillos, ayudando a los religiosos de nuestra Iglesia en el
oficio diario. El trabajo requería una disciplina horaria, a veces traumática
para los dormilones: en el templo del pueblo, de lunes a sábado la primera
ofrenda comenzaba a las cinco y media de la mañana, luego se sucedían las otras
cada hora, hasta que todos los curas celebraban la suya propia durante la
mañana.
Esta tarea de ayudante requería también de cierta aptitud
para el estudio. Cada año, el Hermano Calixto, diácono y también maestro de
grado como el resto de los curas, elegía quince o veinte alumnos de esa edad,
los que él consideraba más hábiles para la retención memorística, y los
instruía con un librillo de frases, todas oraciones en latín que servían de
argumento a la ceremonia dirigida por el sacerdote frente al altar.
Había que ser muy avispado para lograr el título de
monaguillo, porque de todo el plantel sólo la mitad alcanzaba el nombramiento.
Por supuesto, la consagración al cargo también era un mérito honorífico para
los parientes del principiante; significaba entender que un hijo podría seguir
la carrera religiosa, privilegio de suma importancia para las familias católica
de entonces: no había quien no pretendiera tener un hijo cura o monja entre los
suyos.
Nosotros, mi madre y mis cuatro hermanos, en esa época
vivíamos a sólo una cuadra de la Iglesia, al norte de la misma, en un edificio
antiguo levantado en la esquina junto a la plaza, entre las calles 9 y 14. El
salón, de unos veinte metros por veinte, aún se conserva como antaño, con
algunas modificaciones de poca envergadura: sigue sirviendo de bar-comedor como
hace cuarenta años, con la misma estructura interior de entonces, la misma
pista embaldosada a la par del salón, donde antiguamente se exhibían películas
al aire libre y a veces bailes con música de tangos, y las cinco habitaciones
al fondo, que nos servían de hogar a nosotros: tres dormitorios, un comedor y
una cocina. En el espacio vacío entre esta construcción y el edificio contiguo,
una sala de cine de considerables proporciones, mi padre había construido un
tinglado de techo de zinc sostenido por columnas de palmeras. Era inmenso:
cobijaba dos canchas de bochas, una galería de descanso para los jugadores y un
espacio verde detrás, en el que mi madre mantenía una pequeña quinta y un
criadero de gallinas.
Mi padre había muerto en el ´57. Tenía treinta y cinco
años y había caído fulminado por un ataque cardíaco en el mismo momento que
despachaba bebidas en copas detrás del mostrador. Allí habíamos nacido todos, y
allí mi madre manejaba el negocio de mi padre luego de que muriera; era el único
bar-comedor del pueblo, así que todos, los tres mil habitantes de la comunidad,
sabían de nosotros.
Mis mejores amigos eran Luis Santorini y Javier Londero.
Estábamos en quinto grado, única división, en el Colegio de los Siervos de
María, o Colegio de los Curas, como lo llamábamos en el pueblo. Todos los
docentes eran clérigos: el párroco, padre Vicente, y los curas: Felipe,
Jerónimo, Tomás, Joaquín y Augusto eran sacerdotes; el Hermano Calixto y el
Hermano Rogelio eran diáconos, es decir, curas consagrados a Dios con votos de
celibato, pero ordenados con un cargo inmediato inferior a los sacerdotes. No
podían celebrar misa, aunque sí ofrecer la Ostia consagrada.
Nuestro maestro de entonces, el Hermano Calixto, era un
hombre de unos cincuenta años, con poco sentido del humor, muy letrado en
asuntos religiosos y literarios, y ladino como un zorro. Nos exigía muchas
lecturas durante el cursado, ya sea relatos bíblicos o fábulas, y nos hacía
leer a cada uno dos o tres textos por semana. “Así van a perder la timidez,
energúmenos”, nos decía paseándose por los intersticios con los brazos cruzados
atrás y un puntero aferrado a sus manos.
Sabíamos de él que había militado en un regimiento
italiano durante el gobierno de Mussolini, y que se había fugado del país
fascista disfrazado de cura, antes que comenzara la guerra. Según una versión,
le había prometido a un sacerdote amigo de su familia, en épocas en que los
curas italianos misionaban por todo el mundo, que si lo traía con él a América
consagraría su vida al sacerdocio. Llegó a Avellaneda en el ´36; desde entonces
se hizo cargo de todas las tareas de
mantenimiento de la Iglesia, hasta su muerte. Era como el gerente de una gran
filial católica en la que nada se hacía sin su rigurosa vigilancia. Como
maestro, era de lo más estricto y conservador.
La comunicación con el Hermano Calixto era de superior a
subordinado, como en la milicia. Hablaba un castellano atravesado, con marcado
acento italiano. “¡De pie, alumno mal educado! ¡Firrr..me!”, gritaba, cuando nos
atrapaba en algún negocio dentro del aula. Inmediatamente esgrimía su arma de
madera y lo hacía sonar por la cabeza del infractor; muchas veces, estando
frente al aula, veíamos volar el borrador hacia la cabeza de algún lenguaraz en
el fondo. Tenía una puntería infalible: más de un chichón atestigua la prueba
irrefutable de sus tiros al blanco.
Nosotros, Luis, Javier
y yo, éramos los entenados; probos lectores de sus textos, éramos hijos
predilectos de sus afanes. Gracias a sus prerrogativas habíamos rendido
gloriosamente la prueba del latín aquella vez, y pasábamos a engrosar el
escuadrón de los diez futuros monaguillos, reemplazantes de otros tantos que se
retiraban tras cumplir los tres años de oficio.
Esa tarde de la prueba, recuerdo, para dar una muestra
ejemplar al resto de estudiantes, me hizo recitar de memoria la nómina de
frases de su librillo. Me puse de pie, firme junto al banco, en medio de las
risitas disimuladas de mis compañeros de clase, algunos de los cuales habían
estado murmurando mientras él explicaba la importancia de la tarea religiosa.
- Dije: “Las manos cruzadas sobre el pupitre y la boca
cerrada”, ¿no?
- Si, maestro- respondieron los del fondo.
- Eso no significa “Hablar” ¿no?
- No, maestro- respondió socarronamente el más pícaro del
aula, un granjero morrudo poco amigo de la lectura, al mismo tiempo que torcía
el cuello y regalaba una sonrisa cómplice a sus vecinos.
Pero el borrador ya viajaba en oblicua dirección desde un
extremo al otro del aula. El proyectil pasó rozándome apenas la cabeza y fue a
estrellarse unos metros detrás de mí. Busegho, el rufián en cuestión, había
levantado la tapa del banco, para cubrirse, y el arma rebotó como si fuera una
pelota de goma.
- ¡De pie, Busegho!, ¡y vos también Bianqui!
¡Firrr...mes!
Las risitas se habían generalizado por toda la clase
- ¡Quinto entero!, ¡de pie, Ostia! ¡Todos, firmes!
El Hermano Calixto tenía a toda la clase de pie y se fue
acercando al fondo, caminando a paso lento pero seguro, con las manos cruzadas
atrás y acariciando el puntero con sus dedos.
-Les voy a contar una anécdota de guerra, ocurrida en
pleno frente de batalla –dijo, mientras se movía concentrado en sus palabras-
Un pelotón de infantería se hallaba atrincherado cerca de las líneas enemigas,
en el centro de Europa. Era de noche, y
se escuchó un disparo de fusil. El oficial gritó: “¡Bajen la cabeza!” Algunos
reaccionaron lentamente, otros no lo hicieron en absoluto. Todos murieron.
Excepto uno. Ese hombre sí reaccionó. Ese hombre bajó la cabeza de inmediato.
Ese hombre era un ex alumno mío, que aprendió en mi clase que hay que obedecer.
Y vivió. Los otros murieron. Me escribió, contándomelo. Es una historia
importante. Deben escuchar a su maestro.
Luego dijo, en caso de que alguien no hubiera entendido:
- O tal vez algún día
se encontrarán en el campo de batalla y no sabrán escuchar.
Y de repente, ya
ubicado a mis espaldas, pareció notar que había un problema en su historia. La
conducta de Busegho contradecía el ejemplo de su relato, pero, como demostró
después, el cuento había sido sólo una táctica de ablandamiento. La lluvia de
punterazos le dieron por todo el cuerpo al obcecado burlón, que durante el
recreo siguió quejándose por los dolores.
Busegho y Bianqui
debieron quedarse después de clase por pasarse de listos. Tuvieron que escribir
en el pizarrón quinientas veces: “No seré mal educado”
- Contále a tu viejo- lo escuché aconsejar a Bianqui- un
maestro no puede tratar así a un alumno.
- Si le cuento a mi viejo la “ligo” peor- respondió
Busegho resignado- seguro me gano otra paliza. Y esta va a ser con el cinto.
III
Javier vivía en el
mismo barrio que yo. Su padre era
mecánico y poco amigo de la urbanidad y las buenas costumbres. La escuela y
doctrina religiosa de su hijo era un puro capricho de su mujer, no lo que él pretendía, ver a Javier enterrado
en la fosa del taller aprendiendo el oficio de sus ancestros. Luis también era
del barrio, era el rico del grupo; su padre era Dentista, el único del pueblo y
la zona de influencia. En su casa tenían un televisor en blanco y negro, un
artículo de lujo sólo para pudientes.
Los tres éramos simpatizantes de Boca, aunque no éramos
fanáticos de ningún deporte. Lo que sí nos gustaba apasionadamente eran las
series televisivas norteamericanas e inglesas. A la tardecita, nos reuníamos en
su casa para ver Los Aventureros, El Zorro, Batman, Yo soy Espía y Combate. Yo
era tan adicto a esta última serie que un día robé los ahorros de mis hermanos
para comprar una foto de Vic Morrow, el protagonista, que se mostraba con el
atuendo de soldado, la cara cruzada con betún de camuflaje, el casco de acero
enrejillado y el caño del fusil cruzándole el rostro. Era de tamaño póster, la
tenía pegada encima de mi cama, en la pared empapelada con etiquetas de
cigarrillos marca Colorado sobre el crucifijo de mi madre.
Los domingos a la
tarde, después de salir del Cine Cultural al cabo de la Matinée, escuchábamos
los partidos de Boca por la radio, transmitidos desde Buenos Aires por la voz
gangosa de Fiorabanti. Nos acomodábamos detrás de la Cancha de Bochas del bar y
pasábamos la tarde charlando, fumando y tomando mate bajo la sombra de una
planta de naranja ombligo.
Mis padres se habían
casado en el ´42, muy jóvenes; recalaron
en Abiponia provenientes de una zona del campo distante sólo cinco kilómetros,
después que un primo de mi padre le alquiló el local del bar, en el centro del
pueblo. En ese edificio de la esquina de la plaza se instaló a trabajar de
tabernero hasta su muerte, sin por eso abandonar su profesión de ganadero.
Tenía más de un metro ochenta, pelo rubio y cuerpo grueso. A los siete años de
casado había engordado treinta kilos, producto de su ansiedad por la comida;
fumaba tres atados de cigarrillos y era un bebedor empedernido. Yo tenía apenas
tres años cuando murió, pero aún conservo imágenes de su figura bonachona y sus
carcajadas bulliciosas. Nunca cuidó su salud, a pesar de que había sido
advertido de un soplo al corazón cuando lo rechazaron en el servicio militar.
Mi madre también era
grande y rubia como mi padre. Medía más que cualquier mujer normal y llevaba
los hombros levemente caídos, como si se avergonzara de su altura. De rasgos
rústicos, parecía estar siempre enojada, con las cejas arqueadas y la comisura
de los labios en caída libre. Pero era inteligente y perspicaz, una mujer que
trataba de hacer frente a sus responsabilidades tal cual las concebía: dirigir
a su marido y estar informada. Fue ella quién alentó a mi padre a construir las
canchas de bochas, una idea genial que trajo una masa de clientes adictos a ese
deporte.
Durante los quince años que vivieron juntos hicieron un
capital considerable, aunque en los años siguientes las cosas vinieron de mal
en peor. En 1965 mi
madre tuvo que desmantelar la cancha de bochas y venderla junto a todos los muebles
del bar para poder alimentarnos. Después, con la venta de unos terrenos,
herencia de mi padre, hicimos una casa a pocas cuadras, mi hogar a partir de
entonces. Lo único que nos quedó de la época de esplendor fue un campo heredado
de mi abuelo, 300 hectáreas
en la zona de islas, terreno apropiado para la ganadería.
Nuestra casa, cuando
la habitamos por primera vez, estaba a medio construir. En el ´68 nos fuimos a
vivir los seis a uno de los cuartos recién acabados; el baño era un excusado al
fondo del terreno y la cocina una habitación improvisada con piso de tierra.
Mis hermanos mayores comenzaron a trabajar al corto plazo así que poco a poco
se fue terminando la construcción. En el ´70 ya estaba arreglada, aunque
modestamente, con piso de baldosas, paredes pintadas y muebles de madera.
Fue una época feliz,
de todos modos. Mi madre supo administrar los ingresos del alquiler del campo y
se metió en un crédito con el que compró camas nuevas, roperos, cocina y hasta
un televisor. El artículo más apreciado por mí en esa época era el tocadisco
Wincofón, un aparato con el que me harté de escuchar los discos de los Beatles
junto a mis amigos.
Mis hermanos, muy jóvenes todavía, discutían siempre con
mi madre por dinero, porque querían estar a la moda y vestir las mejores y más
caras de las pilchas; ella los obligaba a entregarle todo el sueldo para pagar
las cuentas. Las discusiones subían de tono cada fin de mes, por esa razón se
decidió un día y rompió con todas sus limitaciones culturales: fue la primer mujer
que en mi pueblo se lanzó a promocionar y vender artículos de santería. Se
instalaba enfrente de la Iglesia después de las misas, y sobre un taburete de
madera exponía todo tipo de pequeñas estatuas de santos y vírgenes, estampitas,
Biblias, librillos y rosarios. Junto a este negocio comenzó a organizar,
promocionar y vender travesías turísticas hacia lugares santos: Santa Rita, El
Gauchito Gil, La difunta Correa, todos eran lugares de encuentro para una masa
de gente devota que pagaba los viajes organizados por mi madre.
Al poco tiempo, año ´72, habíamos recuperado el estándar
de vida anterior. Mi madre había trabajado mucho para engrosar los ingresos de
la familia. Su sueño más importante se había cumplido: terminar por completo la
casa. Después comenzó otra tarea: obligarnos a buscar nuestro rumbo. Mis cuatro
hermanos mayores, casi obligados por su disciplina militar, se casaron y se
fueron del hogar a partir del ´73, cuando yo terminaba la secundaria.
IV
Cuando me remonto cuarenta años atrás y recuerdo estos
acontecimientos, y a esta mujer audaz que era mi madre, entonces todo me
resulta más sorprendente ahora que tengo más años que ella en ese momento.
Recuerdo perfectamente cuando, a los quince años, me habló acerca de una misión
importante. Era el ´70, época de Onganía, su proveedor de estatuillas se había
borrado del negocio dejándola sin mercaderías de expendio. Antes de abandonarla
le suministró algunas direcciones de otros vendedores de Buenos Aires, los que
se negaban a enviar los “penates” en pago a contra entrega de mercadería.
Entonces me habló de responsabilidades, me cargó una suma de mil pesos, los que
escondió en varios lugares de mi pantalón, y me largó sólo a Buenos Aires.
- Vos no sos ningún retardado- me dijo- sabrás cuidarte y
usar tu inteligencia para evitar los peligros.
- Pero vieja- me quejé- yo nunca viajé solo, y menos a
Buenos Aires. ¿Y si me asaltan?
- Bueno, si te asaltan quedáte allá. Acá ni aparezcas,
porque si no te matan ellos te mato yo.
Fue un día importante en mi vida; con quince años no sólo
tenía permiso para ausentarme una semana de mi casa, además cargaba con dinero
suficiente para hacer unos gastos extras. Yo había oído regatear el valor de
los productos a mi madre, sabía que ninguno de esos artículos venían con
precios de lista; sería fácil hacerme de unos mangos para mí.
Además, a esa altura de mi vida podía considerarme un
experto en malas intenciones, algo que había aprendido de tanto estafar giles y
pasar inadvertido. No era a mí a quién podían vender un buzón los porteños.
Sí, yo no era un tonto en asuntos de negocios. Con los
muchachos habíamos realizados varios ejercicios lucrativos durante esos años
anteriores, faenas que tenían que ver con la plata fácil y la suerte. Un día
Luis descubrió que la caja del almacén más grande del pueblo sufría una falla
muy importante, aunque imperceptible para las personas de buena fe. El armazón
de madera por donde se introducía la gaveta del dinero sobresalía por el frente
unos diez centímetros fuera del mostrador, lugar por donde se podía meter la
mano por debajo y alcanzar los billetes cuando el cajoncillo se mantenía
adentro. Por supuesto, no debía haber nadie por allí metiendo las narices,
hubiera sido nefasto para nosotros perder el crédito moral con el que nos
habían bendecido los curas. Pero tampoco hubiéramos pasado desapercibidos si
nos cebábamos con el desfalco, así que hubo que trazar un plan. Decidimos
hacerlo sólo dos veces por semana, los lunes y los viernes.
- Los lunes comienza la semana de trabajo- explicó Luis-
el mercado se llena de gente y el cajón está más abultado de dinero. Los
viernes ocurre lo mismo porque llega el fin de semana y la gente compra lo
necesario para el sábado y el domingo.
- Si- agregó Javier- y en esos días de tantas
transacciones los faltantes de caja no son raros y hasta suelen ser normales.
- ¡Siempre y cuando la cantidad no sea importante!-dije-
pero, ¿ustedes creen que no se van a dar cuenta?
- Si lo hacemos con cuidado, no- conjeturó Luis- Lo
importante es que siempre esté la cajera cuando lo hacemos; con un empleado
presente los demás dispersan la atención.
- Ahá-insistió Javier- vos metés la mano por debajo y
nosotros dos te flanqueamos para obstaculizar la curiosidad de algún
entrometido.
- Cuando la cajera acabe de registrar lo que compremos,
le pedimos algo más, cualquier golosina que la obligue a darse vuelta y
alcanzarla, entonces metés la mano y listo.
Este plan lo hilvanamos bajo el naranjo de la cancha de
bochas, el día después que Luis hiciera el gran descubrimiento. El truquito
resultó genial, y duró varios meses, hasta que un día nos encontramos con una
novedad: la administración cambió el sistema de cobro y se nos terminó la
ganga. Pero durante todo ese tiempo habíamos sacado suficiente para mantener
nuestros vicios. Teníamos trece años, ya fumábamos y nos gustaba visitar los
bares para tomar y jugar al billar.
V
A los catorce años, en el ´69, yo quería formar una banda
de rock. Había aprendido a tocar el órgano de la Iglesia, comenzaba a rascar la
guitarra y tenía una voz que prometía mucho. Esto último lo había dispuesto el
Hermano Calixto, por supuesto, con la intención de retenerme en el coro.
También les había descubierto similares virtudes a Luis y Javier, con la misma
intención.
Javier era bajo y fornido, excelente boxeador y demasiado
pendenciero. Luis estaba entre Javier y yo en altura y en físico, muy poco
amigo de los deportes pero muy vivaz e inteligente. Yo tenía un metro ochenta,
el más alto de los tres, delgado pero fuerte, pelo y ojos castaño claro. Me
creía muy atractivo, por eso me hacía el recio con las mujeres, aunque era por
timidez.
En esa época nos pasábamos la mayor parte del tiempo en
las instalaciones de la Iglesia. A la mañana ayudábamos las misas y después barríamos
el patio de cemento, las alcobas de los curas y hacíamos los mandados. Como el
horario de clases en la secundaria era vespertino, nos tomábamos la siesta para
estudiar. A la tarde, de lunes a viernes a las 16,45 hs., regresábamos allí
porque el Colegio Secundario estaba instalado en el mismo predio de la Iglesia.
De esta forma los curas nos tenían a disposición todo el tiempo.
Los sábados y domingos nos ocupábamos de la limpieza del
Cine Cultural, también propiedad de los curas; las proyecciones de películas se
realizaban los viernes y sábados a la noche, y los domingos a la tarde y a la
noche. Los sábados a la tarde el Hermano Calixto nos pagaba los haberes
correspondientes, por el trabajo de peones y por los servicios de monaguillos.
Un atado de cigarrillos costaba un peso con cincuenta, recuerdo, nosotros
ganábamos veinte cada uno, suficiente para nuestros gastos semanales.
Pero esos no eran nuestros ingresos más importantes.
Además nos dedicábamos a la rapiña. Los curas contaban con un caudal bastante
importante en sus respectivos cuartos. Nosotros le hacíamos la limpieza en
momento que ellos estaban ausentes, pero también auscultábamos cada rincón de
la pieza. En lugares específicos, que nosotros descubrimos a su debido tiempo,
guardaban dinero de todas las nominaciones, producto de los cobros por
servicios eclesiásticos: misas, funerales, casamientos, etc. Por supuesto, no éramos tan codiciosos como
para llevarnos la bolsa entera; hacíamos sustracciones pequeñas cuidando
siempre pasar desapercibidos, pero eran sumas importantes al cabo de cada
semana.
Los sábados y domingos Luis, Javier y yo nos
trasladábamos a General Obligado. La ciudad vecina era más atractiva para
nosotros; había mucho más concentración de gente en restaurantes, bares, confiterías,
bailes y boliches bailables. Íbamos al cine Recite, cenábamos minutas en los
locales del centro y después nos largábamos a caminar la vuelta del perro.
Pasábamos gran parte del tiempo apoyados contra los postes de luz, casas y
autos, charlando de mujeres, cómo eran, cómo conseguirlas, y qué las enloquece.
- ¿Saben qué las enloquece?- decía Javier-Cuando uno les
pasa la lengua detrás de las orejas.
- ¿Saben qué las enloquece más? Cuando les pones las
manos entre los pechos y allá abajo- decía yo, riendo.
- ¡Abajo la virginidad!- gritaba Luis.
¡Si nos hubiera
escuchado los curas! ¡Tanta fe que nos tenían! Pero nos habíamos aprendido bien
el versito. Ante ellos éramos unos corderos de Dios. ¡Increíble! Si hasta
oficiábamos de catequistas. Javier, con rostro adusto y la seriedad del diablo,
enseñaba a rezar el rosario a los chicos de la primaria. Era tan convincente
que las madres solían enviarle regalos de agradecimiento; Luis, vestido de
sotanas, tomaba la punta en cada procesión cuando la conmemoración lo exigía.
Me acuerdo de él, todo enjaezado con las prendas ceremoniales, blancas y rojas,
dirigiendo a la par del sacerdote la columna de devotos alrededor de la plaza.
- Podríamos ganarnos
el cielo si seguimos con este sacrificio- dijo socarronamente Luis, un día que
terminamos la rueda de limpieza de la mañana. Salimos de allí con los bolsillos
llenos y nos dirigíamos al bar de Benavídes a jugar al metegol.
- Bueno, si creciéramos dos metros más, lo alcanzaríamos
con las manos- sugirió Javier señalando el cuarto del padre Vicente.
Allí estaba el tesoro, en el piso de arriba. Javier había
entrado una vez al dormitorio del párroco a entregarle un sobre. Fue el único de nosotros que tuvo acceso al
primer piso, ni siquiera el diácono tenía permiso de ingreso. Fue ese día que
vio la caja fuerte y se envenenó el cerebro.
-Muy gracioso- le respondí- pero ni sueñes con penetrar
esa fortaleza.
Dos días después Luis nos reunió en la cancha de bochas.
No había llegado con las manos vacías: trajo consigo una picana larga, de más
de cuatro metros, un montón de tablas de unos veinte centímetros, martillo y
clavos, y un manojo de llaves.
- ¿Han pensado cómo se abre una caja fuerte?-preguntó a
quemarropa. A mí me sorprendió la
pregunta, pero aún más el rostro feliz de Javier.
- Escuchen bien- dijo haciendo tintinear las llaves- Mi viejo tiene una caja similar a la del cura
Vicente, si no falla la descripción de Javier. Son armatostes de poca
seguridad, que se incrustan en la pared para ser disimulados detrás de un
cuadro o cualquier otra cosa colgante. Buscando en los papeles de mi viejo
encontré el folleto para su instalación. Fueron hechas en serie y no tienen
clave programada sino que se abren y cierran por medio de llave y cerradura.
- No vas a creer que todas las cajas se abren con el
mismo diseño de llave- lo increpé atónito.
- No, por supuesto,
pero es un diseño de fácil imitación. Debe haber quince o veinte variantes, y
yo encontré trece, así que podríamos probar.
- Ajá, y ¿cómo hacemos
para entrar al cuarto?
- Para eso traje todos
estos cachivaches- me respondió.
Esa siesta nos pusimos a clavar las maderas a la picana y
media hora después teníamos armada una escalera de un sólo puntal, la que
escondimos en los pastizales del fondo de la cancha de bochas. Debíamos esperar
hasta que el cura se ausentara del pueblo por una noche y nos dejara el campo
libre. El día señalado llegó a la semana después. Una mañana el Hermano Calixto
nos hizo lavar el Fiat 1500 del párroco. Pregunta va, pregunta viene, le
sacamos la información: el padre Vicente viajaría ese mismo mediodía hacia
Resistencia y regresaría al día siguiente.
Fue una noche
fría y de llovizna persistente. Salimos de casa a las dos y media de la noche;
con la escalera a cuestas, caminamos los cien metros amparados por una
oscuridad cerrada. No había luna, porque el cielo estaba encapotado, pero de
todas formas tomamos la precaución de destrozar a gomerazos las farolas de
ambas esquinas. Cuando llegamos bajo el balcón, la llovizna se escuchaba
golpeando perceptiblemente los techos de zinc; el otro sonido era el de las
máquinas de la fábrica de aceite, un golpeteo continuo y acompasado, parecido
al del motor de un auto regulando.
Siguiendo el plan, levanté la picana y la afirmé al piso,
apoyando el otro extremo al balcón. Así la sostuve mientras Luis y Javier
subieron de uno por turno. Una vez en la terraza debían abrir la puerta que
daba a la calle, que era de chapa reforzada y asegurada con falleba, una
varilla de hierro sujetada al bastidor mediante anillos; se podía abrir y
cerrar las dos hojas de la puerta únicamente desde el interior, girándola como
un manubrio. Javier llevaba consigo una hoja de sierra y debía cortar la
varilla aserrando a través del espacio entre el panel y el piso. Pero se
ahorraron el trabajo: la puerta estaba sin cerrar.
- Debimos sospechar algo- me confesó después Luis- pero
el entusiasmo no me dejó pensar y nos mandamos adentro sin ningún tipo de
cuestión.
Entraron
sigilosamente, temiendo tropezar con algo en medio de la oscuridad; unos pasos
después llegaron al mueble donde se asentaba el armatoste. Habían dejado
abierta una de las hojas de la puerta para tener algo de claridad dentro del
cuarto y poder trabajar mejor. La sorpresa fue que la caja no poseía cerradura
sino un dispositivo de cierre muy rudimentario; se trataba de un pasador, movible dentro de un ceñidor, asegurado con
un candado en el mango y la estructura. Como las trancas comunes y corrientes.
- No nos desanimamos
por eso- me refirió Luis-, Javier se puso a aserrar el candado, pero como era
muy duro, de acero creo, aserró los dos goznes del quicio, así que terminamos
abriendo la puerta al revés.
- Ja, ja, ja, - se rió Javier- ¡Qué cagazo! Cuando éste
metía la mano dentro de la caja escuchamos un ronquido a nuestras espaldas. Yo
me doy vuelta y veo al cura entre las penumbras.
- ¡Sí! ¡Estuvo durmiendo todo el tiempo! No sé cómo, pero
antes de rajar a la mierda alcancé a agarrar el estuche y nos mandamos por la
ventana del balcón hacia afuera.
En esos instantes yo estaba abajo, concentrado en cada
detalle. Vigilaba los alrededores, porque el balcón daba a la calle, tratando
de avistar la presencia de algún peatón imprevisto y dar la alarma. Entre la
vereda y el edificio, como sigue siendo todavía, había un espacio verde de unos
tres metros, un patio cerrado a la calle por una verja de tejido de alambre. En
ese lugar, escudado por las sombras, me hallaba yo cuando Luis y Javier
saltaron desde la azotea. Se largaron desde los tres metros y me cayeron a los
pies de repente. ¡Cosa de morir del susto! Pero los seguí, por instinto, y
corrí tras ellos hasta alcanzar el portón y llegar a la vereda. Después
regresamos la misma distancia por la vereda, y nos perdimos detrás de la pared
del edificio contiguo. Mientras corría, alcancé a ver la forma del cura en
“cueros”, llenando con su figura el vano de la ventana. Era una sombra, como
nosotros, mirándonos desde arriba, con una mano apoyada al balcón y la otra
acompañando una retahíla de maldiciones.
- No nos pudo
reconocer, creo. Estaba sin los lentes en plena oscuridad- sentenció Ángel,
seguro de sí mismo.
¿Y qué había en la
lata sustraída? Nada de dinero, por supuesto. Eran las Ostias consagradas,
preparadas para su viaje al Chaco.
VI
¿Qué carrera vas a seguir?, se convirtió en la pregunta
clave para los estudiantes de mi curso, el último año del Colegio Secundario
Nuestra Señora de la Merced. Algunos querían entrar en la Facultad de Farmacia,
en la Universidad de Santa Fe; otros en la Facultad de Derecho y también, como
así lo hicieron, en la Facultad de Medicina, Bioquímica y Odontología. Muchos
de mis antiguos compañeros de secundaria hoy son profesionales de esas
carreras. Javier y yo éramos tipos sin admisión a ninguna universidad. Sabíamos
que no iríamos a estudiar a ningún lugar fuera de Abiponia; no teníamos dinero
para eso.
Luis, en cambio, obligado por las circunstancias, debió
decidirse por algo. Su padre le exigía un estudio y podía pagárselo. Lo de
“sacamuelas”, a pesar de haberle dado una buena vida, no le caía de su agrado;
había que estudiar mucho y meter manos en bocas ajenas, lo que le parecía
horripilante. Además, la profesión de su
padre no tenía nada artístico como él pretendía; para esquivar el bulto y
congraciarse con su padre, se decidió por la Fotografía. Al principio del año
siguiente se despidió de nosotros y marchó a Resistencia.
-Podrías haberte ganado el respaldo de tus tíos- me dijo
mi madre-, de haber estudiado más.
- Mi futuro está aquí- le respondí- la música me va a dar
de comer.
- Muy gracioso. Tu
futuro en manos de una guitarra, ¡Qué esperanza!.
Yo tenía prevista una charla con el cura Joaquín, quién
había prometido orientarme en ese aspecto. No le dije nada a mi madre por temor
a que lograra cautivar al cura e incitarlo a intervenir por mí para conseguirme
algún puesto en las empresas locales. En Abiponia, ser católico y músico de
rock era un pecado abominable por el que encendían velas por uno; era similar a
hacerse policía, tatuarse o usar aritos en alguna parte de la cara. Si uno
tenía dinero y era bueno en ciencias podía elegir entre Abogacía, Medicina,
Odontología o Bioquímica; si era mujer, lo que más podía ambicionar era la
docencia. Las chicas que iban al Profesorado serían maestras, profesión conque
los padres esperaban que usaran su inteligencia y se casaran con médicos. Si se
era de medio pelo como yo, pues bien, aquel que era hijo de agricultores era un
campesino en potencia; el que era carpintero, carpintero en potencia, el que
era albañil, del mismo modo, y así...
Si uno era bueno en Literatura estaba en dificultades,
porque era una profesión poco viril. Y ahí me encontraba yo, preocupado por la
música y la virginidad, con notas por encima de lo común, las mejores en
Literatura.
- ¿Has pensado en un puestito de oficina?- me preguntó el
cura- porque yo podría ubicarte en La Aceitera, si te decides.
El cura Joaquín era un hombrecito de unos sesenta y
tantos años, todo el tiempo de sotanas negras, rasgadas y desteñidas, y los
ojales vacíos en la zona del abdomen. Debajo llevaba siempre la misma camisa, o
del mismo color celeste al menos, con el cuello doblado hacia arriba como las
botas de los duendes.
- Para decirle la verdad- le respondí sin mencionar mi
afición por la Literatura- no sé que quiero.
- Bueno, algo tienes que hacer- me respondió y al cabo me
disparó su segunda propuesta.
Se trataba del Seminario. Como veía que mis posibilidades
estaban fuera del alcance del presupuesto de mi madre, y yo había mostrado una
vocación inmaculada por la doctrina cristiana, el cura sugirió que pensara en
el Seminario, donde podría estudiar Filosofía, Sociología y Teología. Al cabo
de ocho años, si mi vocación al sacerdocio no daba sus frutos, podría retirarme
con un título muy apreciado en las Universidades del país.
¿Y por qué no aprovechar la oportunidad si me auguraba un
buen porvenir? Era lo más conveniente: tenía diecisiete años y debía cumplir
con la norma de conducta requerida a todo joven de esa edad: estudiar o
trabajar. Lo segundo no me gustaba mucho, más teniendo en cuenta mis
posibilidades. De modo que decidí ir al Seminario y convertirme en un hombre
dedicado a Dios. Todo sea por el bienestar y la tranquilidad de mi madre y mis
hermanos.
Cuando llevé la noticia a casa, mi madre enloqueció de
alegría. Festejamos e invitamos al Hermano Calixto ese domingo al mediodía. Él
se sintió redimido, ya que iría al Seminario y podría salvarme del pecado. Yo
sabía que se sentía culpable de mis desventuras; que sus enseñanzas habían
caído en saco roto, pues con el afán de orientarme me había expuesto a todas
las tentaciones del dinero.
Javier, en cambio, tenía el futuro marcado. Al terminar
la secundaria su padre lo metió de auxiliar en el taller. Se sentía feliz en su
puesto, aunque no se debía a su amor por la mecánica. Después se independizó; se fue a vivir sólo a un
galpón y abandonó a sus padres. A los diecinueve años era dueño de un taller de
chapa y pintura, en el que hizo grandes progresos los primeros años. Después,
Dios y yo sabemos por qué, tiró todo por la borda. Se largó a la bebida y las
apuestas y pronto se vio en la calle. En el ´77, cuando aún era propietario de
su taller, su padre murió de cáncer. Al año siguiente obligó a su madre a
firmar un pagaré en garantía por la compra de una máquina plegadora. Soñaba con
fundar una empresa de montaje industrial, pero los trabajos empezaron a
escasear debido a su mal comportamiento. Había incumplido algunos contratos y
las industrias locales lo dejaron de lado por falta de confianza. En el ´78 la
casa y el taller de su padre fueron rematados y su madre quedó en la calle;
tenía sesenta y dos años y debió vivir de la caridad de sus hermanas. Al año
siguiente murió, victima de una depresión crónica.
En mi casa las cosas no fueron mejor. A los meses de
estar en el Seminario me enredé con una chica de mi edad. Era la hija del
cocinero del establecimiento, con quién comencé el romance prohibido. No era
linda, ni siquiera atractiva. Pero era lo único que había. Cuando nos vimos por primera vez, al mes de
estar enclaustrado, cruzamos miradas y hubo como un diálogo telepático entre
nosotros. Nos sonreímos y ella me guiñó el ojo. Esa noche salí a hurtadillas de
mi celda y fui a la cancha de fútbol, tras la cual vivía ella con sus padres.
Estábamos haciendo trampas, me dijo, tenía novio y lo estaba engañando. Yo
estaba engañando a la doctrina y a sus voceros.
Cuando nos encontramos la primera vez, sólo escuchamos
música de una radio portátil. Le gustaba la música romántica, como a mí, y esa
primera vez la pasamos oyendo canciones de cara al cielo, acostados en el pasto
mirando las estrellas. Yo había estado antes a solas con otras chicas, Cintya
R. y Laura G., pero no se “dejaban”. Eso
quedaba para el matrimonio, según ellas.
La segunda noche, después de hartarnos de tanta música,
sobre un colchón de pasto verde al costado de la cancha de fútbol, me dijo que
yo era muy interesante. Con los zapatos puestos, la camisa subida hasta el
pecho y el pantalón a media pierna, lo “hicimos”. Yo me había puesto tan
nervioso que ella debió calzarme el preservativo. Me dijo que se lo había
sacado a su padre y lo traía en su bolsillo “por las dudas”, que también ella
era inexperta; sin embargo, su habilidad para manipularlo denotaba otra cosa.
Esa fue mi primera vez, quizás apresurada e inexperta, pero que “cuenta”.
Después lo hacíamos de seguido, casi todas las noches.
Un día, dos meses
después del primer encuentro, la chica debió viajar con sus padres a la Ciudad
de Córdoba, a cien kilómetros del Seminario. Como la enfermedad de su abuelo
requería de mucha atención, su padre regresó al trabajo pero ella y su madre se
quedaron en la Capital. Desde allí me mandó una carta para contarme sobre su
vida en la ciudad y su ansiedad por encontrarse nuevamente conmigo. En las
páginas de una extensa misiva, rememoraba todos nuestros encuentros anteriores;
para hacerme sentir imprescindible, describía puntillosamente algunos de sus
orgasmos. La muchacha no sabía del régimen clerical: las cartas dirigidas a los
seminaristas eran controladas estrictamente por la censura. El mismo día del control, el cura rector me
entrevistó y me mostró el escrito. Fue como un interrogatorio de tipo policial,
tras el cual el sacerdote me hizo confesar la verdad.
De todos modos, aunque las pruebas estaban a la vista, no
eran motivo suficiente para la exclusión. Mi pecado podría ser motivo de un
desliz, algo así como una desorientación propia de la edad. “Los jóvenes son
muy proclives a dejarse vencer por las tentaciones, lo que sería enmendable si existiera
arrepentimiento”, me dijo, y luego me indicó una serie de prescripciones para
expurgar la falta; me llevó al confesionario, me perdonó en nombre del Altísimo
y me exigió contrición. Lo que más me exasperaba era la penitencia: vivir
enclaustrado en mi aposento durante todo el tiempo libre después de las clases,
estudiando y orando únicamente. También exigía un régimen en la alimentación,
para limpiar mi carne del pecado.
Pero yo no estaba arrepentido. Yo sabía muy bien lo que
era ese desliz: unas ganas locas de revolcarme con una mujer y tener sexo. Se
lo dije en la cara, sin vergüenza; al otro día me puso en un colectivo, con mis
valijas a cuesta, y me envió de regreso a Abiponia.
VII
A la vuelta del Seminario me integré nuevamente a la
familia. Era 1973, todavía nos gobernaba un militar, Lanusse, y el país había
tomado un rumbo inesperado, un empuje económico que traía consigo una mejor
situación económica. Los curas tuvieron la precaución de no informar a mi madre
sobre la verdadera razón de mi retorno, para no herir su sentimiento cristiano.
Le habían dicho que no reunía las condiciones necesarias para ser sacerdote,
explicándole que la vida de seminario era muy dura y eran muy pocos los que
lograban permanecer en ella. Por supuesto, mi madre les creyó, me tuvo un poco
de consideración al principio, y después comenzó con las represalias. Me exigía
un ingreso, aunque sea para mis gastos. Como el trabajo de campo prosperaba, me
empleé de chofer de un camión volcador, con el que transportaba cereales de los campos más cercanos a la
planta de La Aceitera. No ganaba mucho, pero era un aliento para mi madre.
La cosa iba bien con ella, principalmente porque ya casi
no nos veíamos. Yo salía de casa a la mañana muy temprano, trabajaba en el
camión hasta el mediodía y después me instalaba en la casa de Javier, detrás
del taller de chapa y pintura. Él vivía solo, le iba bien en su trabajo y, como
buen amigo, había decidido darme una mano para que yo pudiera estudiar. Habíamos llegado a un arreglo: él pagaba los
gastos y yo limpiaba su pequeño departamento y le cocinaba. Así pude ingresar
al Profesorado para estudiar Literatura. A la siesta, mientras Javier
descansaba, yo hacía la tarea de estudiante; a las seis de la tarde me
trasladaba al Profesorado en micro, y regresaba a las diez de la noche.
A esa hora Javier me esperaba para cenar. Yo cocinaba,
charlábamos, y si no salíamos a tomar algo, regresaba a mi casa poco después de
la medianoche. A esa hora mi madre dormía.
Todo marchaba sobre rieles, aparentemente; sin embargo,
algo me roía en la cabeza. Mi espíritu no estaba cómodo en esa situación. No sé
por qué, pero siempre que lograba cierto equilibrio en mi vida, buscaba la
forma de descomponerlo. Los sábados no tenía nada que hacer. No trabajaba en el
camión y no asistía al Profesorado. A la misma hora de siempre, me levantaba y
me instalaba en el taller de Javier. Les cebaba mate, a él y a los empleados, o
hacía algún mandado. Me pasaba el resto de la mañana charlando con los
clientes, o con los muchachos de la peña, que desde media mañana se reunían en
el patio a hablar de bueyes perdidos. Había gente de todos los oficios
relacionados con los fierros: camioneros, taxistas, herreros, y propietarios de
autos, amigos y potenciales clientes de Javier. Yo encendía el fuego a las once
de la mañana, tiraba el asado sobre la parrilla una hora después, y a la una de
la tarde empezábamos a comer. El grupo no bajaba nunca de veinte comensales, y
a veces llegaba a treinta. La tertulia duraba hasta la tardecita, momento en
que se iban retirando paulatinamente, hasta que el sol se escondía. Para esa
hora me encontraba sólo para arreglar el desorden, Javier ya estaba hecho una
cuba y se dormía hasta el día siguiente.
“Bermellón” era el apostador del pueblo, un banquero de
quiniela muy próspero. Solía visitarnos los sábados, a la hora del asado. Como
me conocía desde chico, me llamaba afectuosamente, “Busca”. Berme, como lo llamaba yo, era de la
edad de mi hermano mayor, con quién había asistido a la secundaria. Según él,
me había tenido en sus brazos, cuando tenía quince y yo era un bebé. Su
sobrenombre venía del color del cabello, colorado como el pimentón. Era de
mediana estatura, un poco grueso de cuerpo y cara de ángel: piel rosada, ojos
saltones y nariz respingada. Lisonjero, como todos los que viven de las
apuestas, era amigo de todo el mundo.
Para mí, “Busca” era el apodo apropiado, me agradaba el
piropo. “Busca” refiere a quién subsiste sin demasiados esfuerzos. Con esa
intención me lo había endilgado, para caerme simpático, teniendo en cuenta,
además, que los asados de los sábados era un recurso de ingreso a mi bolsa.
Treinta tipos a dos pesos de sobreprecio significaban para mí sesenta pesos,
una salida de sábado por la noche.
- ¿Cómo te va “Busca”?.
- Massso.., “Berme”,
como siempre.
- Por ahora. Vos vas a ser un tipo importante en el
futuro.
- ¿Qué “apostás”?
- ¿Viste? Con esa rapidez mental podrías manejar los
negocios de la quiniela. El hampa se pierde un buen elemento con vos.
- Te tiene a vos ¿no?
- ¿A mi? Yo soy un caballo sin dientes. Vos vas a ser
especial, un pibe excelente.
- Los pibes excelentes se hacen monjes.
- Vos no, viejo. Vos sos único.
Yo no le creía, por
supuesto, pero esa tarde de sobremesa me insistió tanto que el lunes siguiente
renuncié al trabajo de camionero. Y al Profesorado.
- Sos un muchacho de
la calle, eso me gusta- me dijo entusiasmado- Dame vivacidad y te daré dinero.
De “pinche” de camión pasé a trabajar a una oficina con
paredes empapeladas, adornadas con fotos de caballos, ruletas, trofeos, listas
de números de tres cifras y toda una variedad de pronósticos cabalísticos
impresos en láminas de colores. El lugar se encontraba en la trastienda de un
quiosco en pleno centro del pueblo, con escritorio de madera lustrada y teléfono
particular. Los “levantadores” a comisión entregaban las jugadas a la empleada
del quiosco, en listas de papel donde detallaban cada apuesta, y yo las
registraba en las planillas de control. Ése era mi trabajo, y recibir las
jugadas gruesas de algunos clientes, quienes apostaban vía telefónica a pago
futuro. Eran jugadores con crédito abierto y probada solvencia.
Pero Berme me había llevado allí no sólo para el trabajo
administrativo, que hasta mi ingreso lo realizaba él mismo. Con eso se ahorraba
mucho tiempo, por supuesto, pero no era el único motivo. También confiaba en mi
veta artística, quizás persuadido por los comentarios de mis hermanos, quienes
solían mostrarme como un ingenioso creador de tramas complicadas (iniquidades,
diría el Hermano Calixto). Era verdad eso, de que yo siempre le buscaba la
quinta pata al gato; nunca me detenía ante una dificultad. Era una propiedad
innata, de “privilegiados” decía mi hermano mayor, eso de buscar salidas
ingeniosas; para su sorpresa, generalmente en asuntos domésticos, a veces me
salían tan artísticamente redondas que bien me valía el rótulo de “creativo”,
así, con comillas. Bueno, eso se lo demostré a Berme cuando le salvé dos
problemas para él irresolubles. Después de eso me lo puse definitivamente en el
bolsillo.
El sistema administrativo de la “banca” era muy sencillo.
Una hora antes de los sorteos se cortaban las apuestas, los levantadores
entregaban las jugadas y el dinero respectivo, y las planillas confeccionadas
por mí con todas los números del día se guardaban en una caja fuerte instalada
dentro de la oficina. Los números sorteados, o ganadores, debían estar en esa
lista; se pagaban al día siguiente, solamente si se hallaban registrados allí,
con eso Berme se aseguraba de cualquier estafa.
Aunque en esa época ya existían varias quinielas: nacionales,
provinciales e internacionales, como la de Uruguay por ejemplo, había un sólo
horario de sorteo, que rondaba entre las 9 y las 10 y media de la noche. Antes del primer horario los
levantadores ya habían entregado las jugadas y yo confeccionado las planillas.
Ese margen de tiempo de una hora y media, entre los sorteos de una y otra
quiniela, era un tiempo en realidad potencialmente lucrativo, teniendo en
cuenta los jugadores compulsivos, que se echaba a perder por una improcedente
cuestión estratégica. Esa era la primera dificultad, un desperdicio de dinero
fácil que yo me propuse restituir; el otro problema era el del control
policial.
Para el primer caso, la solución fue la implementación de
unos aparatitos cuyo mecanismo era muy parecido al de los relojes de registro
horario de personal. Yo lo había visto una vez en una revista de divulgación
científica, como prototipo de los cajeros automáticos actuales. Reproduje el
modelo diseñando una caja metálica cuadrada, de quince centímetros de lado y
diez de altura. Dentro de la misma había dos rodillos pequeños que giraban
unidos, pero en sentido contrario, movidos por una palanca externa como la de
las máquinas de hacer cálculos. Al moverla de arriba hacia abajo, el eje donde
encajaban los rodillos, que tenían estrías invertidas, empujaban el papel hacia
adentro. También tenía un dispositivo a
cuerda en el interior; era una manecilla, o aguja, que giraba a media vuelta
durante horas programadas, al cabo de las cuales se encastraba en el eje y
trababa la palanca. Habíamos fabricado solamente veintiuna de esas cajas
herméticas (una para cada una de las distintas quinielas, pues sorteaban en
espacios horarios de media hora de diferencia), para que trabajaran en lugares claves del pueblo, siete en total,
donde se levantaban la mayor cantidad de apuestas. El rodillo de papel estaba
fuera de la caja; se encastraba la punta a los rodillos interiores, se daba
cuerda al reloj, se la cerraba con una tapa asegurada con tres candados, y se
las enviaba a los negocios. El levantador lo único que tenía que hacer era
registrar la apuesta en el papel y bajar la palanca para que se introduzca en
el interior. Los relojes trababan la palanca de la quiniela Oficial y
Provincial a las nueve y veinticinco; la Córdoba a las nueve y cincuenta y
cinco; y la Uruguaya a las diez y quince minutos. Con este sistema se
acrecentaron las apuestas en un treinta por ciento.
El segundo gran problema de Berme era la seguridad. Un
gran problema, y no precisamente por falta de divisas con qué mojar la mano
caliente de los funcionarios. No, el problema era la competencia. La mafia del
juego era traicionera y poco leal con las promesas. Él pagaba mucho dinero en
comisiones, pero cada año el porcentaje aumentaba y recelaba lo peor. El único
temor de Berme era el de ver involucrado su negocio legal, el quiosco, una
ferretería y la venta de calzados de su mujer.
- Si me agarran con algo aquí adentro me voy de cabeza a
la inhibición comercial- me confió- y eso sería arrastrar a mi mujer conmigo.
- ¿No tenés arreglado eso?
- Bueno, no es una seguridad. Cada tanto se sacrifica uno
de los “levantadores”, para que la policía justifique su accionar. Pero temo
que la competencia de General Obligado me quiera borrar de Abiponia, para
quedarse con toda la torta.
- Y para eso te tienen que agarrar con papeles dentro de
tu propiedad.
- Exacto. Hasta hace poco este mercado no les importaba.
Ahora parece que sí. En Abiponia se juega mucho, como habrás notado, y ellos ya
lo ven como un negocio muy rentable.
- ¿No hay forma de arreglar?
- No. Hay dos caminos solamente: o abandono o me mandan
en cana. La mafia es muy fuerte y yo no puedo contra ellos. Mandan desde
arriba.
- ¿Vas a resistir?
- Me la juego.
- Bueno, al menos deberías limpiar las huellas.
Después de esta conversación lo alenté a implementar otro
sistema de registro. Adiestramos a nuestros “levantadores” y los obligamos a
entregar las jugadas en planillas en lugar de los papelitos tradicionales. Yo
recibía los listados en un local alquilado a mi nombre, una casa vieja ubicada
a la vuelta de la esquina, registraba las apuestas en clave alfabética, del
modo que a cada número le correspondía una letra, y luego las llevaba a la
oficina y las metía en la caja.
Con esto llegué a ser su mano derecha. Me encargaba de
todos los asuntos administrativos de la quiniela, y también de todo tipo de
trámite referido a sus propiedades particulares. Así trabajamos mucho tiempo,
casi dos años. Sin embargo, antes de que nos
malquistáramos para siempre, él había tenido una premonición. Después
vino la traición definitiva, y con eso, por supuesto, su ruina.
VIII
Berme me lo había advertido al principio y yo lo había
escuchado, divertido.
- Empezaste con una contra, “Busca”- me señaló la primera
semana de trabajo, después de mirar la lista de los premios. Yo creí que se
refería a algún error en las planillas.
- Mirá, siempre tuve buenas notas en matemáticas, soy un
haz para los cálculos mentales, y muy inteligente ¿lo habrás notado no?
- Estoy seguro de eso. Pero no me refería al trabajo sino
a lo que podés llegar a hacer en tus horas extras.
Sin hacer otro comentario, dio vuelta la cara y la apuntó
hacia la puerta de salida al quiosco. La empleada estaba de espaldas, apoyada
con sus brazos al mostrador. Cuerpo voluminoso, jean bien ajustado y modelado a
las curvas de un cuerpo perfecto; alta, cara redonda, ojos castaños, piel
aceituna y unos senos apropiados para despertar el erotismo a la estatua de un
santo. Se llamaba Raquel, el pelo lacio le caía hasta los hombros y tenía una
mirada sugerentemente lasciva. Hermoso
prototipo del tipo Divito, con cara de modelo turca y cuerpo de Afrodita.
- Hay dos cosas que tenés prohibidas en mis negocios: el
dinero de la caja y mi secretaria.
Yo entendí perfectamente el orden jerárquico de sus
preferencias, y como era de aquellos que escogía siempre lo más valioso, dejé
tranquila a su amante.
Uno de los entretenimientos preferidos de “Berme” eran
los viajes periódicos a Resistencia y Corrientes, a los casinos. Como buen
apostador, la tentación de los juegos de azar le eran irresistibles, una
obsesión indomable. Yo no era precisamente un santo en ese aspecto, pero las
pocas veces que lo acompañé me guardé muy bien de mostrar mis debilidades. Como
viajaba siempre bien acompañado, un día lo colgué en bandas, seguro de que no
me iba a extrañar: “Estoy descompuesto, me duele mucho la cabeza”. Raquel me
miró melancólica; me despidieron sin muchos trámites. A la semana siguiente me
lancé con otra frase parecida, y a la otra, con otra, hasta que dejaron de
invitarme.
Por mi lado, llegué a ser cliente asiduo del casino de
Paraná, en Entre Ríos, geográficamente opuesto a la rutina de mi patrón.
Concurríamos allí con Javier casi todos los fines de semana. Salíamos de
Abiponia los sábados a las once de la noche, después del sorteo de quiniela, y
viajábamos en su camioneta hasta Vera, donde hacíamos la primera parada. Allí
nos encontrábamos con un par de muchachas de nuestra edad, a las que habíamos
conquistado un tiempo antes tras un despliegue de ostentación económica. Eran
chicas bastantes aceptables, pero de poco pudor; lo que nosotros siempre
habíamos soñado, en realidad, de aquellas que uno puede manosear en cualquier
momento y “tirarse” en el asiento de la camioneta. Pero evitábamos los
escándalos públicos; en esa época
teníamos más aplomo que años atrás. Vestíamos mejor: corbatas de colores
eléctricos, sacos con solapas de cuerina, a la moda. Las camisas eran rayadas y
de colores claros, siempre, al tono y sin contrastes con nuestra piel. Los
pantalones, bien ajustados a la cintura y los muslos, terminaban en bocamanga
Oxford. Queríamos estar presentables,
tener apariencia de “vivos”. A las tres o cuatro de la mañana, después
de cenar y divertirnos en el boliche bailable de la ciudad, cargábamos las
“señoritas” e iniciábamos el viaje a Santa Fe. Allí nos alojábamos en Hoteles
de la Costanera, donde dormíamos en parejas; almorzábamos bien entrada la
siesta. Ya de media tarde, cruzábamos a Paraná. El casino abría las puertas a
las seis, si la suerte nos acompañaba, quedábamos hasta la medianoche. Antes de
ingresar cargábamos el tanque de combustible, por las dudas.
Las deudas me abrumaron a fines del ´74, cuando ya había
cumplido los veinte. La revisión física del Servicio Militar había resultado
positiva y debía alistarme a fines de marzo del ´75. Un prestamista entrerriano
tenía un documento de diez mil pesos firmado de mi mano, lo que representaba
una deuda insoslayable, de riesgo imprevisible. “Con la mafia no se juega”, me
había dicho una vez Berme, que de eso sabía mucho.
Comencé a hacer pequeñas sustracciones de la caja diaria,
aprovechando la confianza de mi patrón, pero no se arrimaba ni un centímetro a
mis necesidades. Yo ganaba muy bien, casi el triple de un sueldo de capataz de
playa de La Aceitera, una fortuna doméstica que, sin embargo, no alcanzaba los
trescientos pesos mensuales. De ahí a diez mil había una distancia enorme.
- Se me ocurre una idea muy vivaz- me dijo Luis- Tenés
que sacar la quiniela.
- Me gusta. Es una idea muy vivaz- le respondí.
- Vivacísima, infeliz- le retrucó Javier-. Si supiéramos
el número premiado no te pediríamos ayuda.
- Es una idea muy buena, sin embargo- dijo él- habría que
ver hasta donde estás dispuesto a arriesgarte. ¿Sos arriesgado vos?
- ¿Es católico el Papa?
- ¡Bien pibe! Estás mostrando mucha osadía.
- ¡Ajá!, pero,¿qué hago con eso?.
- ¿Cómo podrías hacer para extender el tiempo de esas
maquinitas de apuestas que distribuyen por los negocios? Si tuvieras unos
minutos más en una de ellas, podrías jugar un número después del sorteo.
- ¡Imposible! Berme las cronometra siempre. Él mismo se
encarga de llevarlas a los negocios y retirarlas después.
- ¿Y las planillas de las jugadas?.
- Se meten adentro de la caja antes del sorteo.
- Pero la caja no es inviolable, se puede abrir si
empleamos algún artilugio.
- ¡Cómo no se me ocurrió! ¡Si yo uso la llave todo el
día!. Podría hacer una copia.
- Claro, sólo habría que esperar el sorteo, abrir la caja
y agregar un número sorteado.
- Bien hecho- dijo
Javier- agregamos un número en cabeza, treinta pesos a tres cifras, y le
sacamos diez mil.
- No tan rápido. A
Berme nunca le sacaron esa cifra. Cuando la apuesta es grande la pasa a Santa
Fe. La anota en la planilla, pero a su vez, transfiere la jugada por teléfono a
El Pajarito.
- Te voy a decir hasta
donde soy bueno para este juego- dijo Luis- Lo que hay que hacer es sacar
premios pequeños, de cuatrocientos o quinientos pesos, pero todos los días.
- Seguimos en problemas. De lunes a viernes Berme no se
mueve de la oficina y nunca regresa a su casa sin antes cerrar él mismo el
quiosco. Muchas veces lo hace después de verificar los premios.
- Ese sí es un problema- enunció Luis.
- Insalvable, diría yo.
- ¿Qué hobby tiene?- preguntó de pronto.
- Le gusta la timba- dije yo, sardónico
- Esa no es una respuesta.
- Bueno, además de la timba, le gustan las mujeres. Pero
esa tampoco es una respuesta, supongo.
- ¿Es celoso?
- ¿Qué pregunta es ésa?
- Digo, ¿la cela?
- ¿A la mujer?
- No, idiota, con ese bagayo hasta yo dormiría tranquilo.
- Te referís a Raquel.
- ¡Claro, hombre! Supongo que ese monumento lo tiene
loco. Vos no tenés nada con ella, ¿no?
- Nunca se presentó la oportunidad- dije, disgustado.
- Mejor, porque se me acaba de ocurrir algo.
A partir de ése día,
Luis empezó a frecuentar el quiosco todas las noches, a la hora del sorteo. Se
instalaba tras el mostrador y le daba letra a Raquel. Ella, acostumbrada a
coquetear con todo el mundo, aprovechaba para gozar de los celos de su amante.
Berme sabía de nuestra amistad y no se atrevía, por
pudor, a preguntarme la razón de sus visitas. ¡Lo que se pierde con ser celoso!
Supuso que pretendía conquistarla. Después del primer día, cada noche dejaba su
escritorio y se cruzaba al quiosco cuando Luis aparecía. No los dejaba solos ni
a sol ni a sombra. Yo, sólo en la oficina, escuchaba los números por la radio y
transcribía cifras falsas a las planillas. Al cabo de veinte días saqué doce
mil pesos, una fortuna, que debí compartir en parte con uno de los
“levantadores”. El muchacho, arreglado conmigo, asumía el compromiso de
entregador de la jugada del número premiado, a cambio de un veinte por ciento.
Después de esto aconteció lo peor. Salvada la cuenta con
el entrerriano, me relajé. Corté con las sustracciones, abandonamos los viajes
a Paraná y volvió la calma. Un mes antes de incorporarme a la colimba, me
increpó el comisario del pueblo. No habíamos previsto la ambición del
levantador, quien pretendía seguir estafando a Berme para ganarse su comisión.
Yo lo amenacé y recibí el “vuelto”. El pibe se asustó y fue a confesarse a la
comisaría.
- Vos sabés que no te conviene entrar al Servicio Militar
con un sumario abierto, ¿no?
- Es la palabra de él contra la mía
- El sumario se confecciona igual, se procesa y el juez
después dictamina un veredicto. Pueden pasar meses y puede llamarte a corregir
testimonios. Todo esto va de cajón a tu expediente particular. ¿Con qué ojos
creés que van a mirarte los milicos?
- Me querés asustar. No soy tan torpe; además, mi
prestigio está por encima del de este gusano charlatán.
- Mirá, vamos a hacerla corta. Si me escuchás la dejamos
aquí y te ahorrás dolores de cabeza. Al que queremos es a Berme y no a vos.
- Ya me lo imaginaba. No hay negocio.
- ¿A no? Y que creés vos que yo voy a hacer con la información que
tengo sobre tus “truquitos” de las planillas.
Me tenía agarrado de
las bolas. El buchón había pasado el dato y no me quedaba alternativa: me
amenazaba con informar a Berme sobre las sustracciones. De algún modo se las
haría llegar.
- ¿Que hay para mí?- pregunté, resignado
- De nuestra parte, nada. De parte de Conceil, unos
mangos, quizás- Conceil era el apostador que quería quedarse con el negocio y
arruinar la competencia.
- Bueno, pero con una condición. Se la hacen después de
mi incorporación al Servicio.
Aceptaron la propuesta. El dos de julio de ese año, un
mes después de la entrevista con el “cana”, viajé a Santa Fe. Al otro día me
hallaba dentro de un tren hacia Puerto Belgrano, junto a mil doscientos futuros
conscriptos. Cuando llegamos a Bahía llamé a Luis desde un teléfono público.
- Requisaron el quiosco de Berme- me dijo.
- ¿Lo agarraron con algo?
- Con todo. Hasta encontraron las planillas de los años
anteriores. Los canas entraron a su casa y fueron directamente a los fondos,
como si supieran donde estaban escondidas.
- Le dije mil veces al pelotudo que quemara esa papelería. Pero, ¡no!.
Su afición a las estadísticas...
- No te parece extraño...
- ¿Qué?- le pregunté.
- Que lo hayan sorprendido justo después de tu partida.
Me quedé mudo.
- Son los curas ¿viste?- me dijo convencido- Calixto está
obsesionado con vos. Seguramente se enteró del asunto y los frenó hasta que te
fueras.
IX
El 12 de agosto del ´76 me dieron de baja en el servicio
militar; regresé a Abiponia después de un año y medio de ausencia. Me había
tocado Marina, justo en el año del Golpe Militar, en la Base Naval más grande
del país: Puerto Belgrano.
Mi madre me recibió con fingido entusiasmo el primer día;
inmediatamente me puso al tanto de un acontecimiento periodístico de
connotación nacional, por el que yo asumía el rol de un personaje importante
para el pueblo. Pero al día siguiente retomó la compostura habitual de genio
crítico que siempre la caracterizó.
-¿Qué va a pasar con vos?- me increpó- El tiempo corre,
ya sos un hombre.
Ella no era una mujer de andar con rodeos; era muy
directa y poco considerada con los espíritus sosegados.
- No esperes nada
gratis en esta casa- censuró, finalmente.
Yo tenía veintiún años y estaba parado frente a ella con
una pila de sueños sin cumplir. Por supuesto, seguía desencantada conmigo, por
aquella aventura en el Seminario; me imprecó de entrada para poner las cosas en
su lugar.
-No creas que vas a engañarme. Yo sé bien en qué andabas
vos con tus amiguitos, pensá bien lo que vas a hacer en adelante.
Había alquilado mi cuarto a un estudiante y me ofrecía el
de los trastos viejos, donde descansaban los quince long-play de los Beatles,
el Wincofón, una guitarra española que quise aprender a rascar cuando soñaba
ser una estrella de rock y el crucifijo con Cristo labrado en relieves de oro.
Así me acomodé en ese desvencijado cuartucho, con esas reliquias cubiertas de
polvo y, colgadas a la cabecera de la cama, una gaita y una pollera escocesas
destartaladas, ganadas con trampa a un empleado de circo en un juego de naipes.
- Si pensás seguir en la de antes, mejor apuntá para
otros pagos- me dijo después- Ni yo ni tus hermanos vamos a permitir ensucies el apellido.
No me extrañó para nada su recomendación. Mi madre nunca
fue demasiado compasiva conmigo; tomaba estas precauciones nada más para
ayudarme a madurar, pienso. Aunque percibí cierto agotamiento en su ánimo, como
si la molestara mi sola presencia. Eso no debía extrañarme, después de todo,
sino la seguridad con que exponía sus aseveraciones, como si hubiera sabido
siempre la verdad de nuestras travesuras con Luis y Javier. ¿Había entablado
alguna comunión con los curas en mi ausencia? No sería descabellado si ellos hubieran
descifrado nuestras iniquidades.
De todos modos, a los pocos días mi madre ya había bajado
el tono, había hecho algunos contactos y me tiraba una lista de posibles trabajos.
Yo fui a visitar al Hermano Calixto en cuanto me deshice
de su advertencia. A pesar del desencanto, estaba seguro del cura: él se las
arreglaría para darme cualquier changa que no fuera un trabajo rudo.
Me saludó, conmovido por el encuentro, y me ofreció su
servicio y buena voluntad. Después de una hora de charla quedamos en encontrarnos
el sábado siguiente; esperaba verme escuchando la misa de la tarde. También él,
como mi madre, se veía preocupado por mi futuro. Me encomendó cuidados
extremos, sugiriéndome eso de la prudencia y la buena voluntad para
contrarrestar los malos hábitos. Le acepté los consejos, le agradecí la
preocupación, y me marché casi convencido de mi propia promesa.
Luis y Javier no se habían hecho ver el día de mi
regreso, después me enteré, porque mi madre les había tomado ojeriza. Como me
advirtió el Hermano Calixto esa mañana, el hombre es bueno por naturaleza, y
malo cuando está con sus amigos. Me encontré con ellos esa misma tarde del
sábado y nos pusimos a recordar las viejas aventuras, en un bar del barrio
Porth Arthur, frente a la estación de trenes. Nos reímos tanto que llamamos la
atención del dueño del bodegón, donde nos reunimos a festejar con unos vinos.
El viejo tenía colgado un carancho embalsamado en la pared interior, lo que
encendió el ingenio de Javier después de varias copas. Se paró de pronto,
haciendo caer la silla con estruendo, y se rió del bicho acusándolo de
espantapájaros. El anciano pareció ofenderse.
- ¡Vagos!-nos gritó acariciando la nuca de su ovejero
alemán-¡Váyanse a reírse a su propio barrio!
Cada vez que el viejo Benavídes encontraba a algún bribón
burlándose de su carancho, disfrutaba echándole encima a su perro. Pero la
estrategia de Javier no conocía límites, aunque estos fueran los colmillos
afilados del feroz Sultán.
-¿Por qué no saca ese engendro de la vista?- le dijo con
sorna, refiriéndose al ave de rapiña- Con esa traza de murciélago parece un
monigote con plumas.
Nos lanzamos a la carrera hacia la puerta de quebracho,
rumbo a la vereda. Luis alcanzó a
cerrarla antes de la primer dentellada; la sostuvo unos instantes mientras
Javier arrimaba la Fiat, dejando al perro derrochando baba y masticando bronca
dentro del local. Los vimos a través del ventanal cuando emprendimos la
retirada: el perro seguía ladrando enfurecido y el viejo, haciendo gestos con
sus manos; nos reclamaba el pago de los vinos. Esa fue la primer estafa después
de mi regreso.
X
Aquel agosto del ´76 los medios periodísticos me habían
convertido en héroe de la noche a la mañana. Estábamos en guerra y yo era un
soldado que regresaba del frente.
En Abiponia, muchos creían que los “marines” llevaban a
cabo una guerra de liberación, cuando en realidad asesinaban gente por una
cuestión de economía estratégica;
empleaban la táctica del efecto dominó: arrestaban a un guerrillero, o
simpatizante, y a la vez a los satélites más próximos a él. Por las dudas,
torturaban y mataban a todos; de entre ellos, aunque sea uno debía ser
culpable. No importaba la cantidad que se eliminara, lo importante era que
muriera uno entre medio. Así los fueron diezmando, con el sacrificio de miles
de víctimas inocentes.
Ese año la Argentina vivía el momento más álgido de
aquella guerra intestina entre guerrilleros y militares. A mí me había tocado
patrullar las calles de Bahía Blanca como integrante de un pelotón de soldados
al mando del Teniente Giachino, quien después se convertiría en mártir durante
la invasión a Las Malvinas. En un procedimiento de rutina habíamos desbaratado
un “aguantadero” en la zona del puerto, en el que murieron diecisiete peones
del sindicato de estibadores, reunidos allí por un dirigente buscado por los
militares; estaban desarmados pero, como apunté antes, la presencia del
proscrito acreditaba la acción. Todos murieron acribillados por los soldados.
Mi grupo había operado de retén, así que no intervino en la masacre, pero los
periodistas tomaron las fotos después de plantarnos de guardia para custodiar
los cadáveres. El diario Clarín publicó
una imagen en primera plana, donde me registraba de cuerpo entero, vestido de
fajina y todo el armamento a cuestas. La nota exhibía los nombres de todos los
muertos, y en letra diminuta, también los nombres de los oficiales a cargo del
comando. Mi nombre figuraba en la lista, quién sabe por qué error de edición,
razón por la cual gocé de un cierto prestigio en mi pueblo.
Yo no sabía nada de esto; durante el acuartelamiento,
antes y después, no recibíamos cartas ni llamadas telefónicas. Cuando me dieron
la baja, un mes después de aquel suceso, regresé a Abiponia y mi madre me lo
contó todo. Me dijo orgullosa que me había convertido en una estrella, que los
niños pequeños dejaban lo que estaban haciendo para saludarla, y los mayores la
felicitaban con deferencia: “Me he enterado que su hijo salió en el diario”, le
decían con admiración.
Esa misma mañana salí a caminar al centro y noté algo
raro en los vecinos de mi barrio. La noticia sobre desaparición de personas se
había difundido boca a boca por todo el país, y también había llegado a
Abiponia. Muchos padres de familia reclamaban a sus parientes desaparecidos en las
instituciones más cercanas, como la Jefatura, los Juzgados y también la
Iglesia. En el país entero nadie abría la boca, sin embargo, por temor a las
represalias.
Con esas novedades acabé mi primer día después del
regreso. Cuando desperté, al día siguiente, mi madre había dejado una nota en
la mesa de luz: “Te espero el sábado, 16,00 hs. Calixto.”
Ángel ya había terminado su carrera de fotógrafo y se
había instalado con su taller en un local de su padre, en el centro del
pueblo. Él y Javier me acompañaron esa
tarde a la cita con el Hermano Calixto, que me había convocado a la Iglesia a
una hora muy sugerente: la previa a la misa de la tarde. Veníamos de cometer
una travesura en el Bar de Benavídes, pero parecíamos ángeles recién caídos del
cielo. El templo estaba repleto porque esa hora de la tarde de sábado se
llenaba de feligreses. El padre Joaquín se cruzó conmigo en la sacristía; me
saludó cordialmente, como si hubiera olvidado por completo aquella ingratitud
del Seminario.
- Felicitaciones, Martín- me saludó, al tiempo que
terminaba de calzarse el San Benito sobre sus espaldas.
- Ha estado leyendo las letras diminutas- le dije
estrechándole la mano, con una sonrisa de oreja a oreja. No percibí ningún
designio en sus atenciones.
- No, significa mucho. Sabés que tu protagonismo coincide
con lo que piensa este pueblo sobre los guerrilleros- culminó, dirigiéndose al
altar mayor, como si ese accidente periodístico me enmendara de lo otro.
Él celebraba esa misa, e inició el servicio con una
información: circulaba una noticia falsa acerca de gente inocente desaparecida;
había que mantenerse alejado de esas noticias que sólo servían para crear
malestar. A los familiares de las supuestas víctimas les rogaba tener paciencia
y esperar su regreso inminente.
Después del sermón, un coro de niños cantó los himnos de
rigor y el cura rezó el Padrenuestro en latín, lo que me dio seguridad por un
instante, aunque luego llegó el momento más temido: pidió a la congregación que
orara en voz baja un Avemaría y desde el púlpito dirigió su mirada hacia mí y
me invitó a subir la escalera hasta la tribuna. Cerré los ojos y comencé a
ascender los peldaños imaginando lo peor y elevando plegarias de salvamento.
Cuando me encontré encima de todos los presentes comenzó un nuevo discurso de
persuasión. El padre Joaquín era sacristán de la Brigada Aérea de General
Obligado; sabía que los soldados dados de baja habían sido instruidos para
difundir datos precisos.
- Aquí tenemos a uno de nuestros hijos más predilectos-
comenzó diciendo- que acaba de regresar del centro de las controversias y podrá
responder a todas nuestras inquietudes; este hijo de Abiponia es uno de
nuestros más fervientes devotos a la verdad, incapaz de mentir. Es de nuestra
más absoluta confianza, por eso lo hemos retenido durante años oficiando de
monaguillo en interminables celebraciones cristianas.
Luego siguió con preguntas a quemarropa acerca de todas
las informaciones falsas. Negué todo. Fue la primera vez que enfrentaba con
palabras a tanta cantidad de gente, que mentía tan descaradamente frente a una
multitud. Además, públicamente, y de una vez para siempre, había sentado mi
posición ideológica en contra de los guerrilleros y a favor de los militares.
Luego lo advertí. Una simple maniobra me había puesto en
evidencia. Había llegado el momento de pagar facturas. Los curas nos habían
sentenciado a muerte, después de tantos latrocinios. El último auxilio me lo
habían puesto en las manos, como una oportunidad inestimable de redención, y yo
los volvía a defraudar en el Seminario. Había pasado momentos terribles después
de ello, pero no eran suficientes para enmendarme. Eran demasiados fraudes. Los
curas habían tenido tiempo suficiente para estudiar los inexplicables faltantes
de dinero y habían llegado a una conclusión. Me lo dijo Luis, a quien el padre
Felipe había intentado disuadir dentro del confesionario. Lo instó a descubrir
los antiguos pecados haciendo referencias puntuales sobre aquellos hechos. Por
supuesto, Luis los negó. Por lo demás, no había temor de confesión por parte
nuestra, y menos de Javier, que ya se había alejado por completo de la Iglesia
y su entorno. De todos modos, el sentimiento de frustración de los curas los
había llevado a tomarnos de rehenes espirituales: nos cargaban con todas las
pecados y habían llegado a acusarnos de la muerte del padre Vicente, fallecido
una semana después de nuestro intento de robo. Ahora decían que había sido
producto de una desilusión, que el desenmascaramiento de nuestras faltas lo
habían herido en lo más profundo de su ser. A mi madre le habían llegado
noticias de un crimen aún más atroz: el robo de las limosnas.
A esa misma
multitud que tuve frente a mí bajo el púlpito, y a la Iglesia, Luis, Javier y
yo habíamos desfalcado durante un largo
período de tiempo. El Hermano Calixto había llegado a apreciarnos tanto que al
poco tiempo de iniciarnos como monaguillos nos había confiado la bolsa de los
donativos. En los oficios más importantes nos daba distintas ocupaciones pero
siempre era uno de nosotros quién recogía las limosnas. Cuando terminaba la
tarea, cualquiera de nosotros que se encargara de ello, guardaba el tan
codiciado diezmo y entregaba el resto a las arcas de la Iglesia.
XI
Al principio de 1977 yo era un ex soldado de 23 años sin
trabajo fijo. Para ganarme unos pesos hacía las cobranzas de un club deportivo
y ayudaba al encargado del mantenimiento de las canchas de tenis y básquetbol.
Había iniciado nuevamente la carrera de Literatura, para ocupar las horas
vacías de la tarde, y seguía viviendo con Javier.
Fue una época muy traumática, momentos de dudas y
frustraciones. Me consideraba una persona compleja, cargada de contradicciones:
por momentos llegaba a la cúspide del amor propio, para caer inmediatamente a
lo más bajo de la autoestima. Era la crisis de los veinte, en la que cualquiera
lo mira a uno y no sabe si “es” o se “hace”.
En el Club llegué a ser secretario adjunto de la Comisión
de Deportes. En esa época de dictadura las instituciones intermedias estaban
obligadas a fomentar el deporte como entretenimiento en todos los ámbitos de
trabajo. Gracias a este nuevo cargo pude concurrir a varios encuentros
interclubes de la región, en los que se trataba de estrechar alianzas y
organizar eventos de cierta envergadura. El presidente del club confiaba en mis
aptitudes de relacionista, así que me embarqué en esta función no sin cierta
cobertura de expendios extras. Había que viajar a menudo, así que los gastos
corrían por parte de la institución.
Las reuniones se realizaban en ciudades importantes, como
Santa Fe y Rosario; generalmente terminaban con un refrigerio donde uno podía
estrechar relaciones con las mujeres de las distintas comisiones. Era la
primera vez que me veía expuesto a personas de mi misma edad de distinto medio
social. Me di cuenta que los muchachos de mejores condiciones económicas tenían
más compostura que yo. Una vez entré en conversación con una chica muy hermosa,
de Rosario; estábamos hablando de Literatura y yo pensé que mi ambiente social
no importaba cuando un estudiante de abogacía terció en la conversación y
finalmente se la llevó. Tipos aplomados que lo dejaban a uno con la boca
abierta. Yo tenía ganas de sacarme ese cartel tan evidentemente colgado a la
frente: “chico del interior con poquísima autoestima”. Nunca me había sentido
tan de clase baja, tan pobre.
En el Profesorado conocí a Mirta H., con quién solíamos
reunirnos en su casa junto a un grupo de alumnos del primer año. Elvira, su
hermana menor, era una chica esbelta, pequeña, de cara redonda, ojos claros y
pelo castaño. Ambas vivían con sus padres en una casa del centro de la ciudad
de General Obligado, una mansión victoriana de dos plantas, jardín al frente, y pileta de natación. El
hombre era un industrial, tenía un Mercedes Benz en la cochera y pagaba todos
sus gastos, hasta las facturas del restaurante, con cheques al portador. Era
tan obsesivo que dejaba a su mujer los boletos firmados en blanco, para que
ella pusiera los montos de los pagos domésticos. En esa época todavía no
existían las tarjetas de crédito.
Elvira me echó el ojo de entrada, quizás porque era una
fijación suya la de coleccionar novios. Era tan desinhibida que llamaba a sus
padres por el nombre de pila, y a sus ex novios, “amantes”. Me enamoré, por decirlo de algún modo, no
sabía si de Elvira o de su posición.
Para ella fue una aventura. Yo la llevaba a lugares que
costaban menos de diez pesos, como los bailes de Racing o Unión, categoría en
la que era un perito. Ella se
divertía, me encontraba atractivo y buen
oyente de sus divagaciones; me invitaba a su casa cada vez su familia se
ausentaba por alguna razón, lo que sucedía a menudo. Así colmaba yo mis
anhelos: hacer el amor en una cama de dos plazas, con aire acondicionado y un
baño con bañera y pompas de jabón. Atrás quedaban mis aventuras con Javier y
sus “trolas”. Esas eran cosas para principiantes.
Elvira y yo no sobrevivimos mucho tiempo. A fin de año
terminó la secundaria y al siguiente ingresó a la Facultad de Ciencias
Económicas, en Buenos Aires. Dejé de verla. “Alea jacta est”. En su casa
dejaron de abrirme la puerta y me negaron su número de teléfono. Su hermana
pasó al segundo año de Literatura. Yo ni siquiera había rendido los parciales.
Cuando volvió, seis meses después, vivía un romance con
un estudiante mendocino, hijo de un bodeguero, a quién había traído a presentar
a sus padres. La encontré en el club Platense, en una competencia de Natación.
-¿Por qué de Mendoza?- le pregunté compungido.
- Fue algo que pasa entre personas adultas- me respondió-
Lo lamento, me gustas mucho pero no puede ser.
- Yo creí que te amaba.
- Bueno, no siempre se triunfa en el amor- me dijo-,
tomalo como experiencia.
- Yo no quería ninguna experiencia. Quería estar con vos.
- Ahora sabés que eso es imposible.
No fue un diálogo muy romántico, de parte de ella;
implicaba que nunca me había tomado en serio y que yo era algo del pasado. De
todos modos, el sufrimiento no prosperó los primeros días. No tuve tiempo,
mejor dicho. Esa misma semana vino el desalojo y con Javier debimos abandonar
el galpón del taller. Yo regresé a mi casa y Javier a la de su tía.
Después Luis me consoló con un argumento muy eficaz: Elvira no pertenecía a gente de mi ambiente.
Eso me ayudó un poco. Me alejaría de ellos lo más posible en alas de mi
felicidad. Sin embargo, la cosa no parecía muy sencilla, algo seguía escarbando
en mis entrañas. Era el resentimiento de los espíritus fracasados, lo
sabía. A los veintitrés años había
llegado a la conclusión de que la felicidad no radicaba en el amor tanto como
en la venganza.
- Bueno- dijo Javier- deberías entrar vos; el perro no te
va a ladrar.
Eso era verdad, el perro de Elvira me conocía. No iba a
ladrarme.
- Es una decisión importante. O te arriesgás o lo dejamos
ahora mismo.
- Es que no tengo las agallas; vos sí las tenés. Si
estudiaras el plano podrías llegar hasta allí sin problemas.
- Yo no conozco la casa; vas a perder tiempo
enseñándomela a través de un dibujo. Vos estás aclimatado en su interior, si
surgiera un problema podrías argumentar mil pretextos para zafar de la
situación; yo, en cambio, no tendría ninguno justificable.
Tenía razón Javier. Si algo surgiera de improviso, si me
sorprendieran dentro de la casa, yo podría hacer valer algún pretexto; como el
despecho, por ejemplo, o el resentimiento, llevando una carta escrita de
antemano, quizás, donde podría escribir alguna frase solicitando el
restablecimiento del amor perdido. Diría que intentaba colocarla debajo de su
almohada para que la leyera. Eso, si me sorprendieran al entrar, antes de tomar
los cheques; si fuera en el momento de la fuga sería imposible justificarme.
Al final, me decidí. Los fondos de la casa de Elvira
daban con los fondos de un vecino, por donde me introduje sin problemas. Había
llevado conmigo una soga de seis metros con un garfio de cuatro puntas en
gancho, construido por Javier. Lo arrojé arriba del muro, de unos cuatro metros
de altura, y al instante estuve en la cima. Allí, con la brisa cacheteándome la
cara, percibí el golpeteo insistente de mi corazón, marchando a toda máquina, a
la par de las expectativas. No era miedo. ¡No!, era satisfacción. Estaba
ansioso, desencajado, como lo está un jugador de póker con full de ases,
esperando la apuesta de sus vecinos. Sabe que el juego es suyo, pero no sabe
cuánto ganará.
Para bajar al otro lado usé el mismo método. Fue fácil; a
medida que avanzaba hacia el interior, mi corazón reducía la marcha acelerada;
sentí un delicioso placer en mis entrañas, como un cosquilleo orgástico en el
abdomen. La proximidad del objeto relajaba mi conciencia, se acomodaba a una
nueva mutación: la de cleptómano de supermercado a ladrón de bancos. Era una
sensación conocida, aunque antes no había podido definirla, como el vértigo del
paracaidista novato en su salto inaugural, una mezcla de temor y serenidad. El perro
me olfateó y se dejó arrullar como un bebé. Subí por la escalera hacia la
terraza interior y me introduje a la casa por las puertas de vidrio corredizas;
estaban cerradas pero sin trabas. Suspiré, por ahorrarme el trabajo de romper
el vidrio. Una vez adentro, prendí la linterna y bajé las escaleras, hasta la
sala de huéspedes, donde se hallaba el mueble escritorio de la casa. Abrí el
cajoncillo y saqué la chequera. Había quince documentos firmados en el
talonario; arranqué los últimos tres y me fui.
El lunes siguiente fue un despliegue de ingenio. Luis se
había encargado de trazar el plan de ejecución práctica, una programación
logística que incluía disfraces y horarios cronometrados. Los preparativos se
hicieron en el estudio de Fotografía, dos horas antes del horario
bancario.
- ¿Qué clase de disfraz es éste?- preguntó atónito
Javier. El espejo le devolvía la imagen de un yupi en decadencia: jean gastado,
camisa clara con el cuello alto, y pullóver gris, un poco holgado en las mangas
y la cintura.
- Es del modelo de los agentes administrativos. Lo
importante es pasar desapercibido- respondió Luis dando el último toque de mano
sobre el cabello de Javier.
- Yo diría más bien que me parezco a un obrero en su día
libre.
- De eso se trata, ¿quién se fija en un obrero dentro de
un Banco?
- ¿Y qué color de pelo es ése?
- Es un tono que se da en el enjuague; rápido de quitar
después.
Luis había oscurecido el pelo con una tintura, y plasmado
unos bigotes del mismo tono, adherido bajo la nariz con un pegamento de
utilería.
- Debo estar loco- dijo después, Javier, un poco
desalentado.
- Para hablarte con franqueza- le dije yo, alentándolo-,
estás irreconocible.
- Sí, habría que ver si los del Banco son tan ciegos como
ustedes.
- Mirá, es una decisión importante para vos. No olvides
que te jugás la vida con esto. Si te vas a arrepentir, hacelo ahora, no frente
al cajero- sentenció Luis.
A las diez de la mañana salimos del estudio hacia General
Obligado. Javier se acomodó en medio de ambos dentro de la cabina de la
camioneta. Íbamos en silencio.
- Muchachos, se los agradezco- dijo de pronto Javier,
cuando estacionamos el vehículo a dos cuadras, frente a la plaza. Me pareció
que quería abandonar el plan-¿Cuánto me tocará a mí?- preguntó al
instante.
- Por mí, quedáte
con todo. Hacemos esto por vos, ¿no es así, Martín?
Para mí era otra aventura, una fantasía completa, de
revancha. No me importaba renunciar al dinero, y la cuestión moral me parecía
insignificante. No sentía nada de nada. Yo había tentado a Javier con la
historia de los cheques. Él necesitaba dinero para salvar la casa de sus
padres. A mí me alcanzaba con hacerle algún daño a Elvira.
Nos sentamos en el banco de la plaza, los tres. Allí Luis
dio las últimas instrucciones.
- Esta es la hora de mayor concurrencia. Vos entrás,
entregás el cheque en el mostrador y te corrés hasta el estante encastrado en
la pared. Allí vas a estar de espaldas al público. Quedáte así, simulando
escribir algo hasta que el cajero pronuncie el número de cuenta del cheque.
Acordáte, estate atento a la voz del cajero.
- La repisa está a la vista de la casilla del guardia.
- Por eso tenés que ubicarte ahí. El guardia te va a
mirar una sola vez, después se va a distraer con otros y te va a perder de
vista. Si te movés, en cambio, vas a llamar su atención.
Lo vimos partir hacia el Banco. Javier caminaba seguro,
con una cartera de cuero negro apretada en el brazo. Dos minutos después partí
tras él. Luis se dirigió a la camioneta; nos esperaría en el centro, frente al
cine Recite.
Cuando ingresé al interior, Javier se hallaba apoyado
sobre el tablero, escribiendo. Me miró de soslayo, un poco trémulo. La
concurrencia atestaba la sala de atención al público. Me puse detrás de una
cola larga de gente que esperaba información en la sección de Créditos
Personales. Desde allí, apenas a dos metros de Javier, observaría el ambiente y
trataría de neutralizar la intervención de cualquier conocido. Si se acercaba
alguien e intentaba hablar con él me interpondría entre ambos.
Pocos minutos después escuché al cajero gritar el número
de cuenta. Javier, muy tranquilo, se dirigió a la caja, esperó que el cajero
contara el dinero y lo metió en la cartera. Dio media vuelta y se fue. Nadie se
había percatado de nada. Yo esperé un rato más. Observé minuciosamente el
lugar, de rincón a rincón; no había ningún conocido que pudiera delatar nuestra
presencia. Varias personas que salían en tropel de la sección Cuentas
Corrientes, pasaron por entremedio de la cola donde me encontraba de plantón,
momento que aproveché para salir junto a ellos.
XII
El día que entré a trabajar en el Banco Sociedad mi madre
lloró al verme vestido de saco y corbata. Javier, meneando la cabeza, dijo:
“Envidio tus posibilidades”. Él tenía que volver al otro día a trabajar a La
Aceitera, donde el Hermano Calixto le había conseguido un puesto de playero. En
la cena de celebración, mis hermanos brindaron con algarabía por mi futuro, a
la par que pusieron de manifiesto la clase de familia que éramos, y la casta social
a la que pertenecíamos: cenamos en el patio de la Iglesia, un asado a la
parrilla cocinado por Calixto.
El examen de competencias se había realizado un mes
antes, para cubrir tres bacantes de la nueva casa de créditos del pueblo. Yo
era precisamente el erudito ideal, instruido y capaz de sortear eficazmente
pruebas de ese tipo. Un joven como yo, lector empedernido, me hallaba cargado
de conocimientos generales; estaba siempre preparado para rendir experiencias
de esa índole. Sin embargo, alguien, por intermedio de mi hermano mayor, me
alcanzó un librillo de diez páginas, donde se podía leer las respuestas de
cincuenta preguntas sobre conceptos variados. El contenido introducía cálculos
matemáticos, historia argentina, anatomía, física y química. Por supuesto, el
procedimiento del examen consistía en dar respuesta a una pregunta con tres
alternativas, semejante al esquema de un test; cada resolución dependía de la
elección de una de las tres posibilidades. Estoy seguro de lo siguiente: aunque
el examen hubiera sido nefasto para mí, de todos modos hubiera conseguido el
puesto. Una mano negra acariciaba mis espaldas.
En el Banco asumí la tarea de Cadete, pero al año ya
había ascendido a Cajero. El día del debut todavía no podía creer en mi nuevo
oficio de bancario, mientras que la gente de la oficina no podía creer que yo
no supiera manejar un auto. Era imprescindible para mis tareas, pues debía
realizar canjes bancarios y otras actividades fuera de la institución.
- Nunca fui propietario de un automóvil- dije a mi
supervisor inmediato.
- Bueno, deberás
moverte en bicicleta, entonces- me dijo él.
Tampoco sabía andar en bicicleta, por lo tanto realizaba
mi labor caminando hacia los distintos destinos, llevando y trayendo recados.
El Banco Sociedad se ocupaba de otorgar créditos
personales, montos de variadas cifras al alcance de un trabajador de medianos y
altos ingresos. También recibía dineros a plazos fijos, cuentas de ahorros y
disponía de cuentas corrientes para los usuarios que quisieran trabajar con cheques.
En comparación con otros bancos de la localidad vecina, General Obligado,
nuestro personal alcanzaba la cifra de siete dependientes, incluidos el
secretario, el contador y el gerente, por lo tanto todos hacíamos de todo. Al
año, cuando todavía hubiera estado recorriendo a pie las calles de mi pueblo,
el Cajero pasó a la Sección Créditos y yo ocupé el puesto vacante. Estaba
impresionado conmigo mismo, el manejo de dinero me hacía sentir un hombre
honorable y, por lo tanto, muy respetado.
El contador se llamaba Hugo Tramblín. El banco lo había
importado de Rosario; era un buen administrativo, con mucha experiencia pues
venía de un centro realmente competitivo en asuntos bancarios. Tenía las
mejores notas en ese sentido, por eso su sueldo se equiparaba al del gerente.
Me enseñó a revisar mi trabajo, a comportarme fríamente detrás del mostrador y,
por supuesto, a quedarme con los vueltos pequeños. Se acercaba diariamente a mi
lugar y me decía: “¿Cómo marcha todo Martín?” Yo le contestaba: “Como me enseñaste”,
y él decía: “Bien, después del cierre vamos a tomar algo”.
Hugo era un tipo hiperactivo, corto de estatura, pelo
abundante, ensortijado y de color amarillo, cara roja y regordeta y anteojos
con aumento superlativo. Siempre vestía de traje y corbata y olía como un
jardín. Intentaba crear un nuevo vocabulario utilizando un consumo excesivo de
onomatopeyas. En sus frases de entrecasa usaba líneas de palabras entrecortadas
como “ Llegué a casa y ¡clak!, el perro dormía en la puerta...”, “caminaba
tranquilo y ¡paff!, atropellé una baldosa...”, acompañando los sonidos con
gestos de mano.
Primero me encandiló con sus versiones sobre mujeres del
pueblo, a quienes conocía en la calle o en los comercios y con las que vivía
acostándose, acababa de acostarse, o estaba a punto de acostarse. A la par
suya, mi vida sexual era un garbanzo en el guiso completo para cien colimbas.
Las mías eran unas muchachas de la vida que me hacían el favor por diez pesos,
un trío de canosas que se turnaban para sacarme esos tristes mangos. Para mí
era muy difícil, para no decir imposible, anotarme un punto como la gente,
mientras él, según él, se las levantaba en plena luz del día, en los comercios
e incluso en el mismo Banco. “¿Viste la morocha de ayer, la del pantalón
ajustado? Nos miramos todo el tiempo, desde que entró, de modo que hice mi
jugada y ¡trak! nos fuimos a casa a divertirnos” Yo no creía que tuviera tanto
arrastre, porque las mujeres no caen de los árboles como las hojas, pero él
insistía en hacerme creer en sus experiencias prodigiosas.
Me ofreció su ayuda. Concertaría una cita de cuatro. Un viernes por la noche
las esperamos en el bar de la estación de combustibles. Eran dos enfermeras en
un Citroën 12 V, mercadería de primera calidad, lo mejor de General Obligado en
ese oficio. Las minas se pasaron toda la noche hablando estupideces, igual que
Hugo. Después de comer unas hamburguesas, paseamos un rato por la ciudad, la
que estaba conmigo me dio un beso y se fueron. Hugo se había pasado todo el
tiempo manoseándose con la otra en el asiento de atrás. Al otro día declaró:
- Bueno, de nuevo hice un tanto. ¡Boom!, el mejor polvo
instantáneo de mi carrera en un asiento trasero.
Yo lo miré, desorientado.
- ¿No creés?. Bueno, como podrías haber visto si te
entretenías con el paisaje. Estabas ahí, ¡ñaka! mirando la oscuridad.
Al mismo tiempo que intentaba convencerme de sus
calavereadas, comenzó a ordenarme tareas extralaborales. La primera de ella fue
conseguir facturas de comercios de General Obligado, con membrete y dirección
impositiva, pero sin el nombre del comprador. En ferreterías, tiendas,
comedores, carpinterías, etc. uno podía comprar un producto de precio ínfimo,
pedir factura. Los vendedores, generalmente, ponían el nombre del producto y el
precio en la columna correspondiente, nada más.
Hugo era el contador, por lo tanto, el encargado de visar
las facturas de egresos por cualquier compra de insumos.
Esas mismas facturas empezaron a aparecer un día por
caja, con el agregado de cinco o seis artículos más y una cifra mucho mayor. Me
daba dos pesos para comprar tornillos, y al otro día esa factura tenía como
comprador al banco y una lista agregada de artículos en ella. Ninguna bajaba de
los trescientos pesos.
Hugo llegaba a mi puesto y me decía en voz baja: “Pagame
este importe, Martín”. Yo tomaba el documento, remuneraba la cifra y la
asentaba en los egresos de la planilla. Al otro día aparecía con otra, y así
todos los días.
- ¿Por qué te preocupás?, las facturas están visadas por
él y vos sos su subalterno- me dijo seriamente Luis.
- Es que estoy intranquilo, indirectamente también soy
culpable.
- Bueno, tranquilizate. Dejame pensar algo y después
vemos.
Por ese tiempo yo andaba saliendo con una chica. La había
conocido en el Banco, era vendedora de rifas, recién llegada al pueblo; tenía
veintiún años, era bella y delgada, con pechos abundantes, simpática e
inescrupulosa.
La primera noche en la cama mostró habilidades
increíbles. Yo quedé pasmado, casi enloquecido, y con ganas de repetir. No me
privó de sus encantos. Día por medio la llamaba a su pensión y la citaba. Me
hacía ver con ella en el centro de la ciudad vecina, casi orgulloso de mi
conquista.
- No estamos mal- dijo ella una vez- somos una buena
pareja.
A partir de ese día me dejó plantado varias veces. Cuando
no, llegaba tarde, cansada, no comía ni bebía y ya no quería acostarse. Como
necesitaba su compañía, obviaba las rarezas, hasta que exploté.
- ¿Qué te pasa? Si ya no querés saber de mí, lo aclarás y
listo.
- No se trata de vos- me dijo, nerviosa
- De quién, entonces
- Es que estoy metida en un brete
- ¿Qué pasa?
- Me robaron la cobranza de las rifas. Seis mil pesos.
- ¿Hiciste la denuncia?.
- ¿Denuncia?. Si hago la denuncia no van a creerme. Lo
primero que hacen los del club es investigar al cobrador, y yo tengo algunos
antecedentes. Me meten de cabeza en la gayola.
La convencí a que se
tranquilizara. Prometí ayudarla, le conseguiría el dinero, seguro. Esa noche
fue espectacular; con mi promesa a cuestas, brincó toda la noche, me hizo sentir
realizado como amante.
- Necesito dinero- le
dije a Hugo.
- ¿Cuánto?
- Seis mil
- ¿Seis mil? ¡Ñótul! ¿Sos loco vos?. Seis mil son sesenta
billetes de cien. ¿Sacaste la cuenta?.
- Si las cuentas no me
fallan, vos ya estás “fleteando” más de veinte ¿no?
- ¿Para cuándo?
- Para dentro de quince días.
- Bien, dejáme pensar.
Pensar. Ese era un
lujo que podían darse tipos como Luis, o como Hugo. Yo no podía pensar. Mi
conciencia tenía barreras por todos lados, encerraban mi pensamiento y no lo
dejaban fluir. Tenía muchas cosas mezcladas en la mente, buenas y malas, que me
neutralizaban. Otros debían pensar por mí.
- ¡Paff! ¡Ya está! - me dijo Hugo a la mañana siguiente-
A veces ni yo puedo creer en mi propio ingenio- declaró convencido.
- ¿De qué se trata?- pregunté, haciendo caso omiso a su
brote de vanidad.
- Fácil. Resucitamos una de las carpetas rechazadas y
sacamos el crédito a nombre del titular. El tipo ni se va enterar y ¡traka! el
banco tampoco.
- ¿Y los de la Sección Crédito?.
- ¡Bingo! Ya tengo pensado eso. ¿Creíste que ibas a
sorprenderme?. Hacemos los papeles, le damos salida al crédito, cobrás la guita
y lo debitás en la cuenta Morosos. Yo manejo esa cuenta, nadie más que yo.
Todos los meses hacemos ingresar el pago de la cuota por esa cuenta. Dentro de
quince meses será historia.
- Quince meses son cuatrocientos por mes, ¡ Mi sueldo!
- ¡Ñácate! Más los intereses. Pero no pensarás en pagarlo
vos ¿no?
- ¿Cómo, si no?
-Traés más facturas y listo. El banco necesita algunas
reparaciones en las paredes, los pisos, la terraza, el baño, etc. ¿me
entendés?.
El negocio se realizó de esa forma. La flaca recibió el
dinero de mis manos, me despidió esa misma noche con una sección voluptuosa de
película, y desapareció para siempre de mi vida. A la semana siguiente Hugo
apareció en el Banco con auto nuevo.
- ¿Cómo estás Martín?-me saludó sonriente
- ¿Auto nuevo?- le pregunté con cara de inquietud.
- Cuatro lucas y media sobre mi cachivache. Una ganga.
- Tengo que preguntarte alto.
- Después hablamos en el bar. ¡Ping! Ahora pagame estas
facturillas; sacá el diez por ciento para la cuota. Guardálos, ¿he?
De alguna manera soporté el trago con Hugo y tres
administrativos del Banco; ellos hicieron el gasto de la conversación. Después
se retiraron y nos dejaron solos.
- ¡Pss! Qué cosa importante tenías que decirme.
- ¿No creés que vayan a sospechar algo los del
Directorio?
- ¿Por qué? ¿Por el auto decís vos?
- Si.
- Las cosas me van bien. Eso van a pensar. Gano una luca
y media, con capacidad de ahorro de la mitad. ¡Chaz! No soy un betún, como
vos.
- Contame, no conocés una mina así y asá- le dije burlón.
- ¡Ja! ¡Qué tipo de descripción es ésa!
- Me refiero a la turra que me birló la guita.
- ¡Zas! No me digas que se la diste a una mina.
- No te hagas el boludo. Anoche te vieron mis amigos
despedirla en la Terminal.
- Tenés amigos buchones vos.
- E inteligentes. Uno, más que vos.
- Bueno, no lo pasaste mal con la fiera ¿no? Me hiciste
el favor sin saberlo, pero de paso te descargaste de lo lindo.
- ¿Por que no fuiste de frente conmigo?.
- Por que no ibas a aceptar el pago de un crédito falso.
¿O sí?
- No.
- Bien, olvidate de eso. No tenés experiencia. Dejame a
mí, que me encargo de todo.
- No me metas más en quilombos de ésos.
- Ja,ja,ja. Te invito a almorzar. Pago yo, y después, si
querés, te arreglo un asunto, como siempre.
- Hugo, esa mina era una puta cualquiera. De esas tengo a
patadas. Nunca me arreglaste un asunto. Y no creo que vos lo tengas, tampoco.
Al menos con mujeres como la gente.
- Estarás bromeando. Soy el inventor del levante
relámpago en estos barrios.
- Hugo.
- Vamos, Martín.
- Si, vamos a comer.
Fuimos en su coche nuevo a la parrilla de la Estación de
Servicio, especialista en asado a la estaca. Durante la comida mantuvo una
conversación plagada de silogismo sexuales. Miraba lascivamente a las mujeres
de otras mesas.
- Así tenés que mirarlas; ellas tienen que saber lo que
buscás- me dijo a los postres- Adiviná cuantas mujeres tuve en mi vida.
Yo no sabía si me tomaba el pelo o me aconsejaba.
- Más de quinientas.
- Te creo- le dije al fin- Tiene que ser cierto. Es
demasiado importante para vos esa cuestión.
- Soy el más genuino practicante del Cama Sutra-
sentenció, manteniendo la vista fija en los ojos de una mujer que comía a la
par nuestro. El hombre nos daba la espalda y su compañera nos mostraba la cara sin pudor.
- Disculpame- dijo un momento después- Voy al baño.
La mujer partió tras él,
hacia el baño de mujeres. Él regresó al minuto, con un número de
teléfono escrito en su pañuelo.
- Realmente me sorprendiste, Hugo- le dije, recordando
todos los viajes que hacen hombres y mujeres a los baños de los restaurantes-
Esto ocurre siempre, pero recién abro los ojos.
La mujer partió con su hombre, echando una última mirada
hacia nuestra mesa. Después de un rato, Hugo fue a hacer una llamada
telefónica; regresó diciéndome que lo sentía, pero que su nueva amiga no tenía
a nadie para mí.
XIII
Los sábados de invierno, con Luis y Javier nos reuníamos
a tomar mate y charlar bajo la parra del patio de mi casa. Era un rito de años
que perduraba aún durante el periodo que ellos dos debían cumplir con sus
tareas en sus respectivos trabajos. Luis había llegado a horario ese sábado,
como siempre, dos horas antes de abrir su estudio fotográfico. Estábamos
sentados en el espacio verde entre la vereda y el pavimento, enfrente de la
casa de mi madre.
- Día de mierda- dijo enfadado- ni un gramo de sol. No sé
qué hacemos aquí afuera, con este frío.
- Están mis hermanos de visita. Vos sabés que con ellos
presentes mi vieja se me pone agria.
- No afloja la “tía” ¿he?. Y tus hermanos le dan manija.
- Bueno, ellos son gente decente. Todavía desconfían de
mí.
- La verdad, son tan distintos a vos.
- Vos sabés por qué.
- No me refiero a “eso” solamente.
- ¿A qué si no?
- A todo lo demás. ¿No te llama la atención que el menor
de ellos te lleve casi doce años de diferencia?.
- No tiene nada de raro eso.
- Bueno, dicen que los hijos van tomando las formas de
los más cercanos a medida que crecen. ¿Será por eso que te parecés más a
Calixto que a tu viejo?
- No empecés con eso. Son comentarios de la gente, que no
tienen asidero. Un asunto de pigmentación y de hormonas, nada más.
- Ja, ja, ja, no me vas a decir que no te pica el
bichito.
- Hace años que dejé de pensar en eso. Ahora estoy
convencido del vínculo, sin preocuparme por el origen, sea cual sea éste.
- Javier no va a venir, ya son casi las cuatro de la
tarde- dijo, cambiando de conversación.
- Hoy es sábado, no te olvides. El turno de La Aceitera
cambia a las ocho. Vamos a esperarlo un rato más.
- Yo tengo hasta las cinco.
Javier llegó minutos después. Dejó la bicicleta parada en
el cordón, colgó el bolso en el manubrio y se tumbó al pasto junto a Luis. Yo
permanecí sentado en la silleta.
Allí, con las piernas cruzadas, la cabeza gacha y las
manos sobre las rodillas, tiró la bomba.
- Amigos, me caso- dijo sin preámbulos.
Exhibió una foto en colores, de una chica grande,
bastante parecida a un oso de verdad. Estaba parada junto a una mujer vieja, su
madre, frente a una casa pequeña y descascarada.
- Muestra la foto como si no la conociéramos- protestó
Luis.
- Muy, muy atractiva- dije yo, como si se tratara de una
broma.
- No estarás hablando en serio- sentenció Luis.
- Me caso, les digo. Este fin de mes.
- Pero si el fin de mes es dentro de seis días.
- Bueno, me caso dentro de seis días.
La información fue absorbida en silencio.
- Felicitaciones, amigo- dije yo, estrechándole la mano.
Pero no alcanzó a tocarla porque Luis me la desvió de un cachetazo.
- ¡Déjense de boludeces!.
- En serio, che. No me queda otra. La mina tiene casa, es
hija única, y además, me quiere.
- ¿Si?, con cuál de las dos jorobas. No te das cuenta de
lo que es. La hermana melliza de Quasimodo.
- ¡Y yo qué!. Mirá, no tengo ninguna muela, se me caen
los dientes, me estoy quedando pelado y no paro de temblar.
- Dejá de chupar- lo increpó Luis.
- No puedo viejo. Estoy alcoholizado- dijo, y se
atragantó. Una lágrima corrió por su mejilla y cayó al pasto.
Luis quedó mudo. Se levantó y caminó hasta la esquina. Se
fue a llorar allá, para que no lo note Javier. Cuando regresó tenía los ojos
encendidos. Lo estrechó con un abrazo fuerte.
- Después de todo, es nuestro destino ¿no? Todos vamos a
casarnos algún día, ¿no es así Martín?- dijo Luis, y me miró sobrecogido.
- Sí, tenés nuestra bendición, Javier. No sufras más.
Esto hay que festejarlo.
No supe más que decir. Nos quedamos callados.
- Muchachos- dijo después- les debo una explicación. La
guita del cheque, ¿se acuerdan? Les dije que la ocupé para pagarle un
tratamiento a mi vieja. Era mentira. Como no alcanzaba para recuperar la casa,
me fui al casino, con la esperanza de alcanzar esa cifra. La perdí toda, tuve
que llevarla al Hospital y allí murió sin asistencia. Eso no me deja vivir en
paz.
- ¡Hay, Javier!, ¡Hay Javier!. Me vas a matar, me vas a
matar..- se lamentó Luis, y no pudo más. Se largó caminando en dirección al
centro. Iba acongojado, caminando erguido, con la cabeza gacha y los hombros
hundidos. Cada tanto los sacudía atacado por el llanto.
- Soy una mierda- dijo Javier- lo que me pasa me lo
merezco. Pero debo acabar con esto. Mi tía me echa de la casa, no me queda
otra. Perdónenme.
La boda se celebró un viernes, en la capilla de Nuestra
Merced, en el Barrio Porth Arthur. La fiesta, en el Bar Abiponia. El viejo
Benavídes olvidó las ofensas de Javier, ofrendadas contra su carancho
embalsamado, porque había sido amigo de su difunto suegro, y les regaló un
asado para veinte personas. Preparó una mesa en el descanso de la Cancha de
Bochas, donde permanecimos de sobremesa hasta las cuatro de la mañana del
sábado. Javier se retiró a la media noche: entraba a trabajar en el turno de
las seis.
Con Luis aprovechamos para hablar de mi asunto.
- Tenés que renunciar- me dijo- no te queda otra.
- El problema es mi madre y mis hermanos. ¿Qué les
digo?¿Cómo justifico perder un laburo como ése? Me gustaría meditar el asunto.
Tranzar con Hugo, pedir un traslado a otra sección y librarme de sus
acechanzas.
- Ni lo sueñes. Los tipos como él no terminan hasta la
cárcel. Te puede arrastrar a vos si te quedás ahí. Renunciá, haceme caso.
Luis hablaba con propiedad. Era inteligente, perspicaz,
un amigo sin malas intenciones. Le hice caso. Tres meses después, aprovechando
la ausencia de Hugo por licencia, renuncié al cargo. Antes por supuesto, limpié
mis huellas de los archivos. Revisé las facturas falsas, una por una, casi
doscientas en total, rastreando mi firma o mi letra en alguna de ellas. Las
pocas que me comprometían las eliminé, dejando las cuentas sin respaldo
documental.
Cuando Hugo regresó se encontró sin socio. Me enteré
después que no pudo convencer al nuevo cajero. Era más vivo que yo. Pero no por
eso abandonó su actividad depredadora. El nuevo e ingenioso método fue el de
rapiñar billetes de la caja fuerte. Como tenía la llave del tesoro, trastocaba
los horarios cronometrados y sacaba billetes de los fajos. De a uno por uno.
Por supuesto, el raid no duró mucho. Pronto empezaron las quejas por faltantes
y llegó una auditoría. El cajero se
defendió; le creyeron porque él había elevado las denuncias. ¿Quién otro tenía
llave de la caja? El contador. Negó todo. Fue trasladado a la Casa Central.
Cesaron los faltantes de la Filial. Clarito como el agua. Fue despedido a
finales de ´84. Yo había dejado de verlo un año antes.
XIV
En 1984 cumplí treinta años. Cada vez sentía menos la
necesidad de ser un tipo “vivo”, o hacer un comentario inteligente para que la gente se fijara en mí. Ya no
salía a los boliches bailables ni andaba pavoneándome en busca de algún levante
pasajero. Había cosas más importantes para mí, como descansar y alimentarme
bien para rendir en el trabajo.
Al terminar con el Banco, totalmente frustrado, fui
nuevamente a pedirle ayuda moral al Hermano Calixto. A mi madre y mis hermanos
les rogué que no hicieran preguntas y esperaran mi redención incondicional.
Calixto me consiguió una vacante de sereno en una fábrica de premoldeados de
hormigón, en el parque industrial de General Obligado. El sueldo era magro,
pero el esfuerzo era mínimo, y con algo debía empezar. A los dos meses me
llamaron de F.R.I.N.O.R, la industria de la carne más grande de la provincia.
Los curas habían estado haciendo gestiones con algunos empresarios, en busca de
un puesto que mejorara mis ingresos. Entré con el cargo de auxiliar
electricista en la Sección Mantenimientos. El asunto no fue fácil al principio.
Un aprendiz con dificultades en el manejo de herramientas, como llaves, pinzas,
destornilladores, etc., y cuya orientación no camina hacia el oficio de
electricista, no encontrará que sus compañeros de trabajo fueran muy pacientes.
Tuve un momento de gloria durante mi primer día de trabajo, cuando mi jefe
inmediato reunió al resto del grupo para hacer un anuncio:
- Tenemos aquí un auxiliar llamado Martín P. Recuerden
bien ese nombre. Martín acaba de hacer algo que no vi nunca en mi vida. Ha
intentado incrustar un tirafondo girando la cabeza del mismo con una tenaza. Es
algo que sucede por primera vez.
No digo que acabara siendo un experto en el oficio, pero
al poco tiempo, luego de algunas vergonzosas actuaciones de ese tipo, mi
potencial superó mis propias expectativas. A los seis meses mi jefe me convocó
a su oficina.
- Martín- me dijo, un poco afectado por la situación-
tengo en usted una persona muy querida por sus compañeros; es fiel a ellos,
amante de los horarios y obedientes a las órdenes de sus superiores.
Principalmente, y para mi gusto, no tiene empacho en decir cosas pertinentes,
sin dobles sentidos. Va al grano y estimula con eso la misma conducta en sus
compañeros.
No había que ser un genio o un ingeniero de la
electricidad para comandar un grupo de tres personas de turno, con la función
de esperar desperfectos y correr a solucionarlos. El trabajo estaba
sistematizado, de tal forma que los problemas graves se resolvían siguiendo una
cadena de mando muy formal. Lo importante era tener la humildad para recibir
reprimendas, si fuera necesario, en pos de salvar la buena fama de los jefes.
Primero fui cabeza de turno, después capataz y luego administrativo auxiliar
del encargado de la compra de insumos. Este último puesto me tenía ocupado en
horarios normales durante el día, ya no cumplía horarios nocturnos. De todos
modos, yo era conciente de que mi ascendente carrera no se debía a mis virtudes
específicas. Había un empuje extraordinario detrás de mí. Una mano negra, o
blanca, no sé, pero como siempre, mi suerte duró lo que los fuegos
artificiales, unos segundos, después se apagó.
Mi trabajo en la oficina era registrar las demandas de
las distintas secciones del frigorífico, repuestos, herramientas e insumos de
todo tipo, necesarios para el funcionamiento del complejo industrial. Tomaba el
pedido solicitado, anotando las características del mismo en el formulario
correspondiente, lo hacía visar por el autor de cada petición, formulaba una
lista de todas las solicitudes y se las entregaba al Jefe de Sección. Si había
un pedido de urgencia, la compra se efectuaba por vía telefónica. Con la venia
del jefe yo solicitaba el producto en los negocios de expendio y luego enviaba
al cadete a retirarlo a cargo de la empresa. Por supuesto, la entrega debía
hacerla yo mismo, a cambio de una nota de entrega firmada por el solicitante de la sección
correspondiente. El documento firmado dejaba constancia de la recepción.
Francisco A. era mi jefe directo. Un tipo criado en la
fragua del rigor dentro de un ambiente de ricachones. Se dedicaba al culto del
cuerpo, hacía yoga como terapia y no comía otra cosa que alimentos
macrobióticos. La disciplina de su padre lo había convertido en un vigoroso
profesional hecho y derecho. De treinta y dos años, era hijo de uno de los
accionistas y representante de uno de los dos bandos enfrentados por el
liderazgo. Su padre era el jefe máximo del Directorio, un hombre que, según
decían, había cambiado la cara de la empresa. La antigua línea conservadora
debió ceder el liderazgo a partir del gobierno de Alfonsín, erosionada por una
maniobra audaz de este hombre. Se hablaba de prebendas gubernamentales y
créditos millonarios del Gobierno, cedidos al frigorífico a cambio de una nueva
administración.
Yo era ajeno a los detalles del caso, pero había hecho
migas con Francisco, razón por la cual había tomado postura por la nueva
corriente. Había llegado a tal punto mi dedicación a su partido, era tan
evidente que, en los momentos de descanso, los administrativos que estaban
tomando agua en los bebederos, o aglutinados haciendo sus necesidades en el
baño, se hacían humo cada vez me veían
caminar por las instalaciones. Me había convertido en un chupamedias, según sus
dichos, aunque yo jamás había buchoneado a nadie. Uno de los promotores de mi
desgracia era Fermín Valle, auxiliar del encargado de la Sección Personal.
Creía merecer mi cargo y me apuntó con sus dardos. Decía cosas de mí, cosas
ingeniosas, por lo que la mayoría terminó por aborrecerme. Como no me gustaba
ese tipo de propaganda gratuita, decidí justificar sus mentiras.
- Esto necesita tu visto bueno- dije a mi jefe a fines
del ´84, cuando nos preparábamos para recibir la Noche Buena.
Francisco era de esos tipos candorosos, fácil de
apalabrar cuando se le exponían
problemas reales, pero muy perspicaz y sensible a las chantadas.
- ¿Qué es esto?
- Facturas de la Sección Personal. Compras de
indumentarias a precios de película.
- ¿Qué tratás de decirme, Martín?
- No puedo explicarlo detalladamente. Es algo que se me
ocurre, que comunica una sensación.
- Mi sensación es que tenés algo más grave en la mente.
- Lo que tengo en la punta de la lengua es algo que vale
un premio.
- Seguís sin decir nada.
- Los precios de los pantalones y las camisas de trabajo
valen más que las de vestir. ¿Cuánto costó tu Levi´s y tu remera de Cardain?
Él era un dandy, un tipo que se ponía encima prendas que
la gente común puede acceder sólo en las páginas de las revistas de moda. No
usaba traje y corbata, pero sus jeans y
camisas no se encontraban en las tiendas de barrio y menos en ofertas de
estación.
- Se te viene el status al suelo- culminé- Tus operarios
visten más caro que vos.
La clase de campaña que yo había emprendido contra mis
enemigos internos era tan competitiva como yo, pues pretendía renovar todo el
plantel administrativo por el sólo gusto de encontrarme libre de miradas
acusadoras, aunque al final me había convertido en lo que ellos ya habían
anticipado. Al poco tiempo, al verme sin claudicar en esa actitud enfermiza,
Francisco decidió cambiarme de Sección. Ya no toleraba mi presencia ni mis
babosas declaraciones infamantes. Me mandó a la oficina de Relaciones Públicas,
como encargado de la Publicidad. Era un ascenso, un feliz descubrimiento de
Francisco tras mi efectiva campaña de publicidad difamatoria en contra de mis
detractores, el premio por haber descubierto las traiciones de dos o tres
empleados ingratos.
La publicidad de la empresa intentaba fomentar el consumo
de todos los productos elaborados por el frigorífico. Por supuesto, se trataba
de la propaganda local, lo que me permitía trascender con algunas ideas robadas de revistas extranjeras.
El Director, un tipo imponente y de sesenta y pico de
años, me concertó una entrevista obnubilado por los comentarios de su hijo,
quien lo había participado de mis juicios neorrealistas y de mi capacidad de
ingenio creativo.
- Para serle sincero, necesitamos sangre nueva para que
conduzca nuestras campañas de promoción- me dijo, extendiendo sobre su
escritorio unas muestras publicitarias que yo le había mostrado a Francisco-
Estas muestras tienen una frescura de enfoque que me gusta, es lo mejor de
todos nuestros avisos anteriores.
- Le agradezco.
- Martín, estamos buscando alguien como usted, pero debe
prometerme dedicación al trabajo y constancia creativa. Si está de acuerdo le
ofreceríamos el puesto de redactor y un sueldo más abultado. Por supuesto,
sumando también los gastos que demanden sus tareas.
A partir de entonces me hice cargo de la Publicidad. Mi
primer tarea fue innovar la táctica de trabajo de la Sección, introduciendo
novedades en los procedimientos. Yo implanté la primera campaña de promoción en
los supermercados regionales, con chicas atractivas uniformadas con la insignia
y colores de la empresa: pantaloncitos cortos de color rojo por sobre la mitad
de los muslos, musculosas amarillas con nuestra marca adherida a las espaldas y
gorritos con visera con el rótulo del producto promocionado. En esos años en
General Obligado tampoco existían Agencias de Publicidad y la única radio de
difusión regional se encontraba en la ciudad de Goya, allende el Paraná. Los
diarios locales no tenían demasiada trascendencia, por lo tanto se encomendaba
la publicidad a los medios gráficos de Santa Fe que más circulaban en nuestra
ciudad. Yo debía crear los anuncios y comprar los espacios de los distintos
medios para su difusión.
El publicista anterior utilizaba un encabezamiento
insulso y unas frases breves en los anuncios de propaganda. Yo empecé a alargar
el tamaño del aviso, agregando mayor información técnica y más detalles acerca
del producto que anunciábamos. Viajaba a Goya una vez por mes y renovaba las
frases publicitarias, dándole términos de vida que no pasaban los siete días.
Para eso escribía cuatro anuncios y convenía la música de fondo. Lo mismo hacía
con los medios gráficos y con los carteles distribuidos en General Obligado,
Abiponia y los pueblos vecinos. Realizaba una publicidad directamente
competitiva, con información específica acerca de los productos.
Mi actitud agresiva me ponía como defensor de los
consumidores, informaba al público y eso, según el grupo conservador de la
empresa, atentaba contra sus intereses. Me tenían en la mira y me habían puesto
espías siguiéndome los talones. Pero yo me consideraba un tipo imprescindible,
muy competitivo. Mis avisos habían potenciado el consumo. Ganaba muy buen
sueldo y por lo tanto me veía obligado a responder a los intereses de la
empresa, aunque a veces debía trabajar en campañas de productos determinados,
que yo consideraba inaceptables. En 1985 se lanzó al mercado un producto nuevo,
una salchicha elaborada por la empresa que auspiciaba la pedantería de los
capitalistas conservadores. Ellos habían comprado una fórmula de elaboración
aceptada por el ente gubernamental, cuya patente había sido adquirida a un
precio ínfimo.
El socio capitalista vino a verme a mi oficina y me
explicó la estrategia del Departamento de Ventas: se probaría el producto en el
mercado local, y de acuerdo al resultado se emprendería una campaña
publicitaria a nivel nacional.
- Quiero que trabajes sobre este aviso para el gráfico-
me dijo, autoritario.
En el primer cuadro el anuncio mostraba a un hombre
sentado a la mesa, con los cubiertos en sus manos y una olla humeante en sus
narices. El segundo cuadro mostraba al mismo hombre, en el mismo lugar, pero
introduciendo el tenedor en la boca de la olla. El tercer cuadro mostraba al
hombre con la mano fuera de la olla y una salchicha pinchada al tenedor. La
propaganda terminaba con una frase: ¿Usted esperaba otra cosa?
- Bueno, creo que debo rechazarlo como aviso gráfico. En
todo caso, podría servir para la televisión.
- En Holanda lo utilizaron como publicidad en todos los
periódicos.
- En Holanda este producto fracasó- sentencié- es una
propaganda que atrae la atención sobre sí misma y no dice nada al público.
La discusión trascendió el ámbito de mi oficina y llegó a
la Junta Directiva. Uno de los directores, el jefe de la Sección Personal para
quién Fermín Valle falsificaba las facturas de compra, descontento con mi
enfoque habló de “impertinencia”. Era un tipo vengativo y emprendió una campaña
en mi contra.
Dentro de esa semana recibí un llamado telefónico del
Jefe de Publicidad del diario Nuevas Noticias, de mediana tirada en la
provincia de Santa Fe. Se presentó con el nombre de Ramón Matera y dijo que
vendría a General Obligado ese fin de semana para entrevistarme sobre un asunto
muy importante. Nunca había hablado conmigo, pero me convenció al decirme que
tenía en estudio un artículo acerca del producto que intentábamos promocionar.
Nos vimos en su cuarto del hotel. Yo llevé muestras del aviso sobre la tan
discutida salchicha y él me expuso su inquietud.
- Amigo- me dijo sin siquiera mirar el anuncio- sabemos
que su empresa lanzará al mercado un producto nuevo y llevará consigo una
campaña publicitaria muy importante.
- Eso está en pañales todavía- le respondí.
- No. Usted no está debidamente informado. Nos hemos
enterado que un representante del Directorio de F.R.I.N.O.R. está pidiendo
presupuestos en Agencias de Publicidad de Santa Fe y Buenos Aires con la
intención de iniciar una campaña nacional en los próximos meses.
- Es una decisión importante para ellos, pero yo soy un
dependiente sin importancia, sólo me encargo de la propaganda local; no tengo
información fidedigna que ofrecerle.
- Mire, mis superiores me enviaron aquí para hacerle una
propuesta. Si usted se esmera en abortar la campaña publicitaria en la región,
con avisos que nosotros proveeremos a su debido tiempo, le estaremos muy
agradecidos.
El tipo me sorprendió, la propuesta era realmente
asombrosa, teniendo en cuenta que intentaba sobornarme. Hasta ese momento
estaba convencido de mi fidelidad a la empresa, o a Francisco, quien se merecía
todos mis respetos. De todos modos, algo impidió que me retirara
intempestivamente, o que lo maldijera ofendido por la injuria. Quería llegar al
fondo de la cuestión, para poder brindar
un informe completo a mis superiores.
- ¿Y qué ganarían ustedes con eso?- pregunté- No creerá
que ellos les darán la exclusividad de la campaña a su diario, así porque sí.
- Tenemos una carta ganadora. Mire- me dijo, ofreciéndome
un par de hojas escritas a máquina- Este es un informe sobre las “propiedades”
específicas del producto que quieren lanzar al mercado. Léalo y verá hasta que
punto puede ser despreciado por el público consumidor.
La sugerencia era obvia. Estaba claro que un informe
describiendo los distintos ingredientes de una salchicha de ese tipo, que hasta
incluía ladrillo molido al polvo, sería rechazada por los consumidores.
- Usted sabe que
nuestro diario es una subsidiaria del periódico de más tirada del país. Somos
propietarios de Agencias de Publicidad y de canales de Televisión. Este es un
negocio que importa muchísimo a nuestros accionistas, es un negocio millonario
que no pensamos ceder sin antes luchar con todas nuestras armas.
Fue un discurso fatal para mí. Al cabo del mismo me sorprendí
a mí mismo:
- ¿Y cuanto me
tocará a mí?.
- Es cuestión de llegar a un acuerdo.
Ese lunes me reuní con Francisco y su padre. Les expliqué
la inconveniencia de la propaganda que no hacía más que atraer la atención
sobre sí misma. No era conveniente para difundir las propiedades de un producto
en forma masiva, porque había que relacionar el producto con alguna
características del consumidor y que éste se sintiera identificado. ¿Dónde se
ha visto a un hombre de mediana edad almorzando salchichas de una olla?. El
embutido era un comestible apropiado para mostrarlo entre dos trozos de pan y
una crema de mayonesa o mostaza chorreando por los costados. Les mostré avisos,
los que me había proporcionado Matera, y los convencí de hacer valer nuestra
propuesta.
Al viernes siguiente debí presentar los avisos de la
salchicha frente al Directorio. Había tenido una semana agitada, con reuniones
en distintos medios de comunicación, plazos de entrega de anuncios redactados
por mí, fiscalización de pinturas de carteles y diseño de nuevos afiches. Me
hallaba agotado pero debía culminar con el plan trazado por Matera y mostrar el
primer anuncio. El aviso era muy novedoso y diferente a todos los que había
visto en mi vida.
- Esto que les mostraré es una publicidad apropiada para
los medios gráficos, pero se puede adaptar en video para la TV, como ustedes
podrán comprobar- dije a los hombres integrantes del Directorio.
Había sacado fotocopias del diseño y las distribuí a
todos los presentes. En el primer cuadro había un televisor con la pantalla en
negro donde aparecía una frase en caracteres blanco: “No tenemos mucho dinero
para publicidad”. Siguiente cuadro: “¿Cómo se anuncia la salchicha, de todos
modos?” Siguiente cuadro: “Hay que comerla para probar su sabor”. Siguiente:
“La salchicha F.R.I.N.O.R. se hace mediante nuevo proceso y con el mínimo de
conservante”. Luego: “Es muy buena, tiene el sabor de la carne” Luego: “No
queremos producir en exceso”. Luego: “Invertimos nuestro dinero en este
producto”. Luego: “Salchicha F.R.I.N.O.R. Muy, muy buena”
-Esto es muy bueno- dijo uno de los directores
conservadores, sorprendiéndome con el comentario.
- Perfecto- fue el comentario del padrino de Fermín
Valle, que aprobó a su compañero con cierto designo en su voz.
- Bien- dijo Francisco- Ahora hablemos de Ramón Matera.
No quise quedarme a escuchar la cinta grabada de aquella
conversación en el hotel. Todo lo que quería era irme. Y no era por vergüenza,
a pesar de todo. Me sentía frustrado.
XV
A mediados del ´85 Luis se fue de Abiponia. Yo trabajaba
de mozo en el bar de Benavídes, en horarios nocturnos. Durante quince años
había intentado de todo para establecerme económicamente, pero en todos los
casos había fracasado. Se había convertido en una rutina para mí: de peón de
Iglesia a camionero; de empleado de banco a capataz de turno; de publicista a
pocero; de peón de albañil a mozo de bar. No me quejaba de mi mala suerte,
después de todo, a Javier le había ido mucho peor.
Un domingo a la tarde, Luis me visitó para darme la
noticia. Nos acomodamos en el patio, debajo de la parra, y nos pusimos a
charlar, como siempre.
- Vengo de verlo a Javier- me dijo.
Yo lo escuché, callado.
- No tiene salida, el alcohol lo tiene atrapado.
- No te aflijas más, Luis. Vos no podés hacer nada, y yo
tampoco.
- Me voy- dijo de pronto.
- ¿Cómo que te vas?, recién acabás de llegar.
- No, me voy de Abiponia; me marcho a Buenos Aires.
Recordé que lo había intentado otras veces.
- Por qué tan lejos. Resistencia, Corrientes, o incluso
Santa Fe, están más cerca y podés desarrollar exitosamente tu profesión.
- ¿La Fotografía?. No seas anticuado. Eso ya no es un
oficio para hacer guita.
- Tenés una vida perfecta aquí- le respondí- La Edad
Media con televisor en colores.
- Excepto que esa vida incluye a mis amigos.
- ¡Pss!.
- Martín, no vine a reprobarte, vine a contarte que tengo
problemas en mi negocio y que en mi casa soy cuestionado.
- Y una de esos cuestionamientos somos nosotros.
- Un día te di un buen consejo, ¿te acordás?. Me hiciste
caso y renunciaste al banco. Hoy te doy otro, gratis. Agarrá tus pilchas y rajá
de Abiponia. A cualquier parte. Probá suerte; acá siempre vas a caer de culo en
cualquier lugar. Ni si te hacés monje van a perdonarte.
- Con Benavídes ando de diez. Me alcanza con lo que gano
y no tengo problemas con nadie.
- Tu potencial da para más. ¿Pensás jubilarte en el
gremio Gastronómico y seguir siendo la oveja negra del pueblo?.
- ¿Qué vas a hacer en Buenos Aires?- lo corté, para no
mostrarle mi furia.
-¿Te acordás de los Paniagua? Son mis parientes. Me
llamaron ayer. Tengo un puesto seguro en la Industria Editorial. Si fueras
inteligente me seguirías.
En ese momento no quería ser inteligente. Yo quería
hablar de lealtad, hablar de un amigo que se estaba echando a perder por el
alcohol y que pronto no tendría más a nadie que a nosotros a su lado. Pero a
Luis ya no le preocupaba la lealtad. Me detalló como había desilusionado a su
padre y a su madre. Cómo había echado a perder la posibilidad de un título
profesional. Siguió por un rato largo con sus quejas. Me dijo que la
camaradería había sido una ilusión y que habíamos perdido toda nuestra juventud
en aventuras sin sentido. Me hablaba de su situación para que yo tomara
conciencia de la mía. ¿Dónde estaban las maravillosas conversaciones que
manteníamos en los viejos tiempos, aquellas en que uno escuchaba al otro para
tratar de ayudarlo? “Vos mismo dijiste que Javier no tiene cura, esa es una
buena razón para no desperdiciar nuestras vidas”, terminó diciendo. Este ya no
era Luis, mi supuesto amigo de tanto tiempo.
Se fue después, me tendió la mano y me dijo que tendría
noticias suyas. Cumplió con su palabra en ese sentido. Se consagró finalmente y
llegó a ser un personaje muy importante en Buenos Aires: empresario editorial,
productor de espectáculos artísticos y quien sabe que otras cosas más
relacionadas al mundo de la farándula. Yo no volví a verlo por dos décadas,
aunque supe de su visita al pueblo, a los cinco años después su partida.
Regresó a Abiponia en un viaje relámpago, tres días después de la muerte de
nuestro amigo. Se presentó en la casa de una hermana de la suegra de Javier, a
quien se había concedido la custodia de los niños, acompañado por el comisario
del pueblo, un agente, un escribano y el Juez de Paz. Exhibió unos papeles
expedidos por la Corte Suprema de Justicia, y se llevó a los huérfanos. Al bar
de Benavídes llegó la noticia esa misma noche, y fue una buena noticia, porque
los feligreses se alegraron de la suerte de los chicos. Alguien dijo que se
trataba de un pariente lejano, que era muy rico y que los niños tendrían un
buen futuro. Hubo otros comentarios, que yo escuché sin abrir la boca, pero
ninguno hizo referencias explicitas de Luis Santini. Nadie lo conocía en el
barrio.
Esa noche del
regreso de Luis volví a mi casa casi a la madrugada, compungido. Pensaba en mi
madre, fallecida el año anterior, en mis hermanos, que habían iniciado una
guerra absurda contra mí, y en Javier, cuya mala estrella había sido no
solamente nefasta para sí mismo sino también para quienes lo rodeaban. Ahora
Luis le daba una estocada al destino funesto predestinado para sus hijos, y les
ofrecía un futuro mejor. Recordé los acontecimientos de trece años atrás,
cuando, aturdido por los celos y la desesperanza, llevé a la mesa de mis amigos
aquella idea de los cheques robados. Aquella vez me engañé a mí mismo y quise
hacer ver la causa del desfalco como un acto de bondad a favor de una anciana
enferma y la urgencia de un tratamiento médico imposible para gente de pocos
recursos. Javier, quizás por algún defecto congénito, o por un castigo de su
negro porvenir predestinado, siempre había confundido sus sentimientos y
priorizado sus propias necesidades por sobre las demás. Pensando en aquel
episodio me di cuenta que yo había sido el artífice del más atroz de sus
remordimientos: el sufrimiento final de su madre, del cual nunca había logrado
reponerse.
Pero esa no había sido la verdadera causa.
La verdadera causa había sido Elvira, mi primer amor,
la chica de mis sueños con la que no me
casé. El torbellino de remordimientos actuó como somnífero al comienzo del
alba, se mezclaron con su imagen y empecé a recordar aquellas tardes de
invierno, sumergidos en la bañera de agua tibia y pompas de jabón.
A la mañana decidí averiguar donde estaba. Sabía que se
habían mudado de General Obligado a finales de los ´70, para vivir en Buenos
Aires, y que sería difícil dar con su paradero; no tenía a quién recurrir por
información. De todos modos, consulté la guía de la Capital en la central
telefónica, con la esperanza de que no se hubiera casado, o que siguiera usando
su nombre de soltera. No figuraba, pero encontré una sola “Mirta H.”, del
barrio de Belgrano, el nombre de su madre y de su hermana. Disqué el número.
- Hola, ¿hablo con la señora Mirta H.?
- ¿Quién habla?- respondió la voz temblorosa de una
mujer.
- Discúlpeme. Me llamo Martín P. Hace muchos años era
amiga de su hija.
- Temo que se equivocó, amigo. Yo no tengo hijas.
- Disculpe, la confundí con otra mujer.
- ¿De dónde llama usted?.
- De Abiponia, un pueblo del norte de Santa Fe.
- Bueno, mi madre también se llamaba Mirta, y tuvo dos
hijas. ¿Cómo era su nombre?, le pregunto por que vivimos un tiempo en una
ciudad cercana a la suya, General Obligado.
- Supongo que no te acordarás de mi. Con vos cursamos un
tiempo en el Profesorado de esa ciudad, en la carrera de Literatura. Me llamo
Martín P.
- No me acuerdo.
- Bueno, empecé a recordar los viejos tiempos y me acordé
de Elvira. Buenos recuerdos. Empecé a pensar dónde estaría, qué habría hecho.
Sinceramente, tendría ganas de ponerme en comunicación con ella.
- Usted me habla de doce o quince años atrás.
- Si, más o menos.
- Elvira murió, joven.
- Oh, no.
- Murió.
- Lo siento tanto.
- Murió en 1985. En un accidente de autos en la ruta
Buenos Aires-Mendoza. Estaba con su novio. Acababan de abrir su propio estudio
y pensaban casarse. Se cruzó un camión en el carril en el que viajaban. Él
salió ileso, maldito sea, apenas con unos moretones. Ella murió en el acto, o
así me dijeron. Fue para desgracia de mis padres, sus muertes anticipadas.
- Lo siento tanto.
- Pensaban instalarse allá, en el Estudio Contable del
suegro jubilado. Era una buena chica mi hermana, ¿no?
- Una chica maravillosa
- Bueno, adiós. ¿Cómo dijo que se llamaba?
- Martín P.
- Temo que no me acuerdo de usted.
Colgué el auricular y me puse a llorar. Elvira tendría
unos veinte y tantos años cuando murió. Vivió casi tantos años después que dejé
de verla, como tenía cuando la conocí. Sin embargo, en mi mente nunca había
envejecido. La muchacha por quien lloraba había sido parte de mi vida, una
parte muy importante de mi vida.
XVI
Después de la muerte de Javier el pasado se apoderó de
mí. No recordaba la mayoría de las cosas que había hecho el día anterior, pero
recordaba cosas de hacía treinta años. Sentado en una silla la mayor parte del
día, revivía mi vida aislando las pocas cosas buenas para sumergirme en las
turbaciones.
Recordé el momento que Javier vino desesperado al Bar
Abiponia. Vivía a cuatro cuadras de distancia pero nunca se había asomado a mi
lugar de trabajo, para no molestar con su presencia a Benavídes y que éste me
reprochara algo. Pero esa noche la urgencia lo desesperó. Llegó a las dos de la
mañana con la necesidad apremiante de pedir una ambulancia. Le hice el favor y
luego lo acompañé a su casa. Su mujer acababa de dar a luz por segunda vez y se
había descompensado. Estaba acostada en un camastro dentro de una habitación
pequeña, contaminada de un hedor nauseabundo producto de emanaciones
corporales, que el encierro no dejaba transitar. Un vapor de incienso parecido
al humo del carbón vagaba por el ambiente, transparentado por los rayos de luz
de una lámpara colgada al techo. “¿Cómo caíste tan bajo?”, me pregunté, sin
saber qué hacer para apaciguar la agonía de la enferma.
- Se muere- me dijo, acariciando la mano temblorosa de
Fermina.
La ambulancia llegó minutos después, la alzaron en
camilla y la trasladaron al hospital. Javier la acompañó y yo quedé a velar por
los niños. Al otro día falleció.
Fue el desenlace final para una vida aún latente pero ya
acabada desde hacía tiempo. Nunca más volví a ver a Javier en estado
consciente. Sus hijos fueron a parar a manos de una pariente y él a los
bodegones, a tomar el triple de lo que bebía antes. Había decidido acabar de una
vez por todas.
Yo me tomé la tarea de pasar por su casa cada madrugada a
la salida del bar, para despertarlo a horario del primer turno del día. Entraba
por la parte trasera, abría puertas y ventanas para esparcir el aire viciado
del encierro, y lo sacudía hasta despertarlo. Nunca decía nada. Tenía los ojos
perdidos en la inmensidad de su interior. Tomaba los mates que le servía como
si fueran un medicamento ineludible, y sin saludar se marchaba a La Aceitera.
Ocho meses después de la muerte de Fermina, Javier volvió
a ser noticia. Aquella mañana lo desperté como siempre, aunque esa vez acompañó
los mates con medialunas. Nunca pedía nada sólido para el desayuno, así que me
alegré por el cambio, y mientras yo calentaba el agua, él hizo otra cosa
desacostumbrada: tomó una ducha, se vistió con prendas limpias, recortó la
barba y los bigotes abandonados en todo ese tiempo, y se peinó.
- Gracias por todo, pibe- me dijo al retirarse, después
de haber ingerido la mitad de la bolsa de medialunas y tomado media pava de
mates. Era la primera vez que me hablaba en ocho meses.
Ese mediodía me encontraba en el Bar de Benavídes. No era
habitual presentarme a esa hora en el negocio, pero había salido a hacer unas
compras en el barrio y decidí tomar un vermouth. Benavídes estaba muy atareado,
con el salón repleto de gente, así que pasé al otro lado del mostrador para
darle una mano.
Fue en ese momento que vi al Dr. Pascual apoyado a la
barra, sumamente extrañado de verme trabajando a ese horario. Yo estaba
preparando un pedido grande para cuatro obreros de La Aceitera, que habían
ordenado minutas y bebidas.
- Buena la hizo tu amiguito- me dijo, sobrepuesto a la
primera impresión.
Su sorpresa del principio se había convertido en una
reprimenda tirada al vacío, llena de imprecaciones que yo no alcanzaba a
asimilar conscientemente porque seguía preparando el pedido sin atenderlo,
acomodando cada ingrediente como si no lo oyera. Estaba ensimismado,
concentrado en la tarea cuando el mal augurio se materializó en la última frase.
Entonces me percaté de que se dirigía a mí.
- ¿Cómo dijo, Doctor?- le pregunté, atónito, ahora
convencido de que su conversación expresaba un tono de reproche dirigido a mí.
-Que tu amigo se hizo matar como una rata- me dijo, pero
ya en ese momento el gentío lo había rodeado, así que tomó su vaso y se
trasladó a la mesa junto a la vidriera, donde se sentó y se dejó interrogar por
los presentes.
El Doctor Pascual contó que Javier no había ido a
trabajar esa mañana; el día anterior había pedido audiencia con el Jefe de
Planta, un accionista de la empresa a cargo de la oficina administrativa de la
Planta de Procesamiento. Había solicitado la entrevista días antes, con la
intención de presentar la renuncia, la que efectivizó una vez arreglado los
haberes correspondientes, pero en un momento que el directivo debió retirarse
de la oficina para dirigirse a la trastienda donde se hallaban trabajando los
dependientes encargados de esos asuntos, Javier tomó la chequera de la firma y
arrancó un cheque en blanco.
Esa mañana muy temprano lo vieron los empleados del bar
de la estación de servicios garabateando papeles durante más de una hora. Pidió
un café y se sentó a completar el documento y falsificar la firma del titular.
Al alba se retiró y lo vieron tomar el colectivo urbano hacia General Obligado.
A las siete y media de la mañana ingresó al banco, entregó el cheque en cuenta
corriente y esperó el llamado con el talón en las manos. Diez minutos después
se encontraba frente a frente con el cajero. El hombre contó el dinero
correspondiente al importe de su indemnización, se lo entregó y Javier se
marchó.
Volvió dos horas después. Esta vez armado con una
Browling de utilería que había comprado un rato antes en una juguetería del
centro. Repitió el mismo trajín anterior y se ubicó al final de la cola
frente a la caja. Eran las diez de la
mañana y el banco estaba atestado de gente en los pasillos y descansos del
interior. Javier comenzó a impacientarse. El guardia de la garita dijo después
que notó el arma de la cintura entre medio del cinturón y la camisa, como un
bulto muy mal disimulado. En el momento que se prestaba a llamar la atención a
su compañero apostado en la garita del otro extremo, el teléfono interior con
la voz del gerente del banco lo informó de una irregularidad y le ordenó se
prestara para intervenir en un arresto. El agente le indicó que ese no era el
procedimiento para esos casos, que ellos permanecerían en las garitas vigilando
al sospechoso mientras se debía llamar al Comando en forma inmediata.
Todo ese ajetreo había transcurrido en menos de cinco
minutos, cuando los cuentacorrentistas, alertados por la cifra del cheque,
contactaron al titular con la intención de convalidar la extensión del mismo
por ese importe. El directivo constató la sustracción de su talonario y
solicitó no lo pagaran. Cuando Javier creyó que había esperado más de lo
debido, sus instintos le anunciaron que debía marcharse. Algo había salido mal,
la tardanza, las miradas inquisidoras de los empleados de cuenta corriente, el
policía moviéndose inquieto de la garita y, finalmente, la presencia de dos
patrullas policiales recién aparcadas en la vereda de enfrente. Salió como una
tromba, con el arma empuñada en la mano haciéndose paso a los empujones entre
un tumulto de clientes sorprendidos. Bajó las escaleras de la fachada de un
solo salto y cruzó corriendo la calle en diagonal hacia la plaza. Cuando
escuchó el grito del policía instándolo a detenerse, giró en redondo y apuntó
con su arma al agente más cercano. Sonaron tres disparos y Javier se desplomó
en el césped herido de muerte.
Un transeúnte, que se hallaba a unos pasos en el momento
del tiroteo, salvó su vida de milagro: una bala arrancó de cuajo el portafolios
de cuero asido en sus manos y lo dejó
petrificado en el mismo lugar por unos minutos, hasta que uno de los policías
lo tomó del brazo y lo alejó unos metros del lugar. Después atestiguó a la
audiencia de la radio local sobre el incidente. Dijo que lo había tomado de
sorpresa, que la urgencia de sus obligaciones del momento lo llevaban absorto y
no alcanzó a percibir la gravedad de la situación aunque había visto correr
casi cincuenta metros al occiso, y se había percatado de la presencia policial
en posición de tiro minutos antes de los disparos. Todavía trémulo por la situación,
acusó a los uniformados de incapaces y poco adiestrados en situaciones de
riesgo pues no habían tenido el menor resguardo en proteger su vida y tampoco
habían tenido piedad por el hombre ya indefenso, tendido en el suelo y
balbuceando la muerte.
- Lo patearon e
insultaron- dijo- incluso después de haber constatado que el arma era de
juguete.
-¿Aún estaba vivo
cuando a usted lo retiraron del lugar?.
- Si- respondió-, lo escuché susurrar la última frase.
- ¿Podría repetirla a la audiencia?
- “Puto, puto dios”.
XVII
El 7 octubre de 1988 fue un día muy frío. El pasto
de las veredas se había cubierto de una sábana cristalina y húmeda y una brisa
glacial, en retirada, se mezclaba con el
aire del ambiente; era como un gas venenoso fustigando la tráquea de los
transeúntes a cada respiro. Yo salí de casa a las diez de la mañana, abrigado
con una campera de lana sobre el atuendo de estación, y una manta vicuña
propiedad de mi madre sobre mis espaldas. Como siempre, después de asearme salí
por la puerta de atrás, que da a la cocina, y la encontré sentada en el sillón,
con la estufa eléctrica prendida y la radio en marcha. El mate descansaba sobre
la rejilla de la hornalla, junto a la pava, y ella concentrada en la voz del
locutor, con los ojos abiertos y brillantes mirando las baldosas, y su sonrisa
de estatua dibujada en la boca. No me saludó, como era su costumbre, y antes de esperar un convite me largué sin
más a hacer mis cosas.
No era habitual que almorzáramos juntos; yo generalmente
volvía muy tarde del trabajo y dormía hasta bien entrada la tarde. Entonces me
vestía, compartíamos unos mates, y luego me marchaba al bar de Benavídes. Ese
día era uno de los pocos del año que yo volvería a la hora del almuerzo, aunque
más tarde de lo normal. Cuando regresé, a las dos de la tarde, mi madre no
había cambiado de posición, la radio seguía escuchándose a media voz, la pava y
el mate sobre la cocina, los ojos encendidos y todavía brillantes, y la misma
sonrisa de siempre plasmada en la boca. Me percaté de algo que antes no había
observado: enredado en su mano derecha colgaba mi crucifijo de madera con
nervaduras de oro.
Tenía 72 años y había muerto como lo había deseado
siempre, sin enfermedad ni postración. El médico me dijo después que un ataque
cardíaco la había sorprendido en plena lucidez y que no se había desesperado
por la visita. Lo delataba el aspecto expresivamente cómico de su cara, como si
hubiera muerto de risa tras el festejo de algún chiste radial. Mis hermanos, en
cambio, me acusaron de abandonarla a su suerte.
Después del entierro nos reunimos en la casa, para tratar
sobre asuntos familiares y de bueyes perdidos. No fue una charla informal, en
el sentido estricto de la palabra, pues ellos tenían planeado descubrirme
secretos inconcebibles para mí. Se trataba de los bienes de mi madre, que a mis
espaldas se habían liquidado tras un embrollo de gestiones notariales
emprendidas por ella a favor de mis hermanos. Yo me sentí atribulado por la
muestra de aversión hacia mí, lo que ellos mostraron sin remordimiento y con
abusada hostilidad.
- El asunto está finiquitado- me dijo el mayor- El campo
es nuestro, de los tres mayores, y la casa de Julián. Esa fue la voluntad de
mamá.
- ¿Qué vas a hacer ahora?- preguntó Julián, tras una
falsa inquietud.
- Tengo dolor de estómago- le dije como respuesta.
- Deberás retirarte con tus cosas de aquí, lo antes
posible- me sugirió.
- No sé, primero quisiera...
- No hay nada que reclamar, los papeles están a nuestro
nombre, firmado por ella en vida. ¿Por qué no hablás con el escribano, si tenés
alguna duda? Él tiene buen estómago.
- Me tomaré una licencia, sin embargo. No creo que sea
legal traspasar los bienes obviando un heredero. No tengo idea de cómo es este
merengue, pero lo voy a averiguar.
- Es que las cosas no se hicieron de forma directa- me
explicó Juan, el mayor- Hubo un tercero mediando en la transacción.
- Además- intervino Julián- vos no tenés derecho a nada,
no sos justamente un heredero acreditado.
- El hecho de haber malogrado la ilusión de nuestra madre
no significa que ante la ley no merezca lo mío.
- No me refiero a eso, sino a la sangre. Vos no sos de
los nuestros- sentenció después, ante la mirada atónica de los demás.
Él también quedó en suspenso después de la
advertencia.
- Alguien tenía que decírselo, de una vez por todas- dijo
cuestionando la sorpresa de los otros.
No se fueron sin antes aconsejarme acerca de lo impropio
de una gestión judicial. Antes de marcharse Julián me tranquilizó acerca de los
gastos del entierro, del que se harían cargo ellos mismos, y volvió a
reiterarme su voluntad de expulsarme por las malas de la casa si no acataba sus
órdenes.
Quedé solo. Ya no tenía madre ni hermanos. Podría morirme
esa misma noche y nadie se enteraría por una semana. Fue la primera vez que
pensé en el suicidio, un tema fascinante cuando los vínculos más estrechos se
rompen por falta de afinidad. Yo mismo no había sentido esa afinidad en todo lo
que recordaba de mi vida, ni con ellos ni con mi madre. Me di cuenta de pronto
que mi vida familiar había sido una farsa y que yo había incurrido en toda
clase de arbitrariedades sin sentir respeto ni cariño por ellos. Me lo merecía,
y quizás la muerte también.
Los días siguientes fueron un infierno. En el trabajo me
deprimía y me divertía alternativamente. Nadie se daba cuenta porque en los
bares acuden sólo a divertirse y yo me comportaba como siempre aunque esta vez
no representaba un papel sino mi propio estado de ánimo. Pedí unos días a
Benavídes, con la intención de acabar conmigo de una vez para siempre,
obsesionado con el suicidio y a punto de concretarlo. Sentía que la vida se me
iba de las manos, carecía de foco. Dejé de bañarme y afeitarme. Me levantaba a
la media mañana y permanecía en calzoncillos el día entero, sin alimentarme y
sin hablar con nadie. Miraba televisión con la mente en blanco, buscando
encontrar alguna tragicomedia que me animara a colgar una soga de la viga y
meter el cuello en el nudo. Las películas de trasnoche me tenían despierto
hasta las cuatro de la mañana. Cuando despertaba seguía cansado, de modo que
dormía la siesta. Así comencé un ciclo nuevo: me acostaba tarde, estaba cansado
a la mañana, echaba una siesta. No podía dormir de noche por lo que había
dormido de día, me quedaba despierto hasta tarde; como estaba cansado a la
mañana, tomaba una siesta. Las siestas hacían que me sintiera menos despierto
de día, con los ojos pesados, la mente y el cuerpo adormilado. “Yo no soy un suicida”, anuncié a mí mismo el
último día del duelo, mientras miraba un teleteatro. Luego me reí en voz alta,
sin saber si estaba vivo o muerto, pero poniendo palabras a mis pensamientos.
Entonces alcé un pantalón corto y una camisa del ropero, me calcé las pantuflas
y con toda la mugre salí a la vereda a tomar aire fresco. Era plena mañana, el
sol me dio en la cara y me di cuenta que había perdido el sentido del tiempo.
El frío me apuñaló las espaldas. No había probado bocado en siete días, sentía
un apetito abrasador que me roía las entrañas, lo que me demostró que estaba
vivo. Crucé la calle y visité al despensero.
- Mi más sentido pésame, Martín- me saludó enternecido,
observando mi aspecto desaliñado.
- Dame ese salame, medio kilo de queso, pan y dos
porrones- le ordené sin prestar atención a sus palabras.
- ¿No estuviste en tu casa estos días?- me preguntó
mientras preparaba el pedido.
- Estuve de pesca con los muchachos- mentí -¿Por qué me
preguntás?
- Julián llamó varias veces a mi teléfono. Me preguntó si
te había visto.
- Cuando llame otra vez decíle que estoy mejor del
estómago.
- Oh, ya veo...
- Y decíle que cuando aparezca por aquí venga armado, no
quiero sorprenderlo.
Con ese comentario sembré la incógnita en el barrio. La
gente empezó a murmurar y pronto nacieron leyendas acerca de nuestra familia.
Finalmente, el juicio de los más conscientes, revisando mi pasado turbulento,
me adjudicó el papel de villano en la historia. Para ese momento yo estaba
convencido del acierto de los vecinos, así que destilé la bronca y la convertí en ansiedad. Hablé con
Julián y le pedí un plazo de tiempo hasta encontrar donde ubicarme.
En el cuarto de los trastos viejos había encontrado el
baúl de mi madre postiza con todos sus secretos. Entre una colección de
estampitas, rosarios, Biblias y librillos de misa había documentos civiles,
copias de los títulos de propiedad de mi padre y un certificado de nacimiento
librado en una fecha cercana a la de mi cumpleaños, que citaba mi nombre de
pila y el nombre de una mujer: Florinda Ramos. El documento correspondía a un
formulario expedido por un viejo médico de Abiponia, que certificaba el buen
estado de salud de un niño parido el día de la fecha del vientre de la señorita
tal, muerta durante el alumbramiento. La historia de mi vida acababa de
comenzar.
¿Habría sido diferente la vida si me hubiera criado mi
madre biológica? Eso no lo podría saber jamás, aunque a partir del
descubrimiento de mi nueva identidad tenía una razón ineludible para seguir
viviendo. De todos modos, mis averiguaciones no surtieron efecto en el primer
intento: la duda acerca de si Florinda Ramos era oriunda de Abiponia se aclaró
enseguida: no estaba registrada en los antiguos padrones del pueblo. La
alternativa más eficaz hubiera prosperado a través de una indagación personal
a los vecinos sobrevivientes de esa
época, pero la descarté de plano; hubiera despertado la curiosidad de los
ignorantes y alimentado fábulas sobre mi procedencia.
La disyuntiva se tornó posible gracias a la intervención
de Benavídes, a quien le había participado el asunto con la intención de pedirle
el cuarto vacío en los fondos de las canchas de bochas. Era una alternativa
factible, ya que el viejo no se negaría a tenderme una mano.
Benavídes fue el primero en informarme acerca de los
nacimientos de ésa época, la mayoría asistidos por parteras de probada
capacidad. Una de ellas aún vivía, se llamaba Petra Aguirre; tenía más de
noventa años pero aún se conservaba lúcida y sana, aunque algo sorda y
debilitada por la edad. Gracias a una recomendación de Benavídes, que guardaba
con ella una relación de más de medio siglo, la visité en su casita del Barrio
del Bajo, acompañado por Javier, quien hasta ese momento gozaba de buena salud
mental y se hallaba entusiasmado por la nobleza de la causa.
- Por supuesto que conozco tu familia. En los años ´40 y
´50 tus padres fueron las personas más reconocidas de la comunidad porque
manejaban el centro de todos los festejos del pueblo; la mayoría de los cumpleaños, despedidas o
casamientos de cierta importancia se realizaban en las instalaciones de tus
padres.
La anciana se hallaba postrada en una silla de ruedas,
con un brasero a sus pies y abrigada con mantas de cama como las viejitas de
los cuentos de brujas. Todo era negro en sus prendas, el vestido largo hasta
los tobillos, las medias, los guantes de cuerina y las alpargatas de lona. Un
turbante improvisado con una bufanda enlazada al cuello, ajustada con una boina
vasca de lana desgastada por el uso, le
coronaba la cabeza dejando a la vista solamente la cara pálida y chupada de
carne como la de las calaveras. El
cuarto se hallaba en un sector separado de la casa, que además contaba con otra
habitación pequeña donde una cama y una silla con asentadera de paja podía
verse tras la puerta semiabierta. Hasta allí nos había conducido una mujer que
dijo ser su sobrina nieta, quien después nos convidó con mate y nos acompañó en
la entrevista.
- Vean mis ojos- dijo- Me operé de las cataratas y ahora
veo mucho mejor.
Se mostraba muy vivaz e inteligente. Hablaba con mucho
sentido y con un repertorio de frases bien concebidas a pesar de la vejez. Sus ojos brillaban muy vivos, influidos por
la luz solar que penetraba a través del vidrio de la ventana e iluminaban su
rostro blanco y ajado por el tiempo, pero que aún así reflejaba esa sonrisa
crónica de los relacionistas profesionales. Ansias de vivir, pensé yo.
- Me dicen que usted ayudó a parir a muchas mujeres de
Abiponia- denuncié, para entrar de lleno en el asunto.
- No solamente del pueblo, también del campo y muchas
veces de General Obligado. Ejercí el oficio por más de cuarenta años, son miles
de nacimientos.
- También ayudó a nacer a mis hermanos.
- M´ijo, no recuerdo puntualmente, pero sí, seguro participé en alguno
de ellos, ¿Cuál sos vos?, ¿el mayor?
- El tercero- mentí-, nací en el ´45.
- De esa fecha no tengo registro.
- ¿Llevaba registro de los nacimientos?
- No por que yo quisiera. El doctor Redondo me lo exigió
después del ´50, cuando se hizo cargo del Dispensario inaugurado ese mismo año.
A partir de entonces los nacimientos asistidos por parteras estaban prohibidos,
pero la demanda impidió que se cumpliera la ley a rajatablas. Hubo un arreglo
casero entre el médico y las parteras: nosotros ejercíamos la tarea y después
él expedía el informe clínico para el registro del Hospital.
Según el registro de Petra, un cuaderno de ciento y pico
de hojas amarillentas y sucias, en la fecha de mi supuesto nacimiento no
figuraba ningún parto. El último registrado en fechas anteriores correspondía
al 3 de octubre del ´54, cuatro días antes del mío, y la parturienta se llamaba
Florinda Ramos.
-Me acuerdo de esa muchacha porque fue una de las pocas
que se me murieron durante el alumbramiento- me contó- Era uruguaya, había
llegado a Abiponia unos años antes, como sirvienta del famoso Jeremías Petrus.
¿Nunca escuchó hablar de este hombre...?, ¿cómo dijiste que te llamás, m´ijo?
- Martín P.
- Martín, ¿nunca sentiste hablar de Jeremías Petrus?
- Es un personaje de ficción, de novela- le respondí
inquieto, tratando de ver en sus palabras algún resabio senil. En el anaquel colgado
en la pared del cuarto había un libro grueso, de cocina, igual que el de mi
madre, y una Biblia, pero ninguna novela de Juan Carlos Onetti.
- No, es un personaje real. Vino acá en el ´50, con su
secretario, un hombre llamado Larsen, su hija y una comitiva de empresarios de
la navegación. Petrus viajaba permanentemente, pero Larsen se ubicó en una casa
de la zona del puente viejo, una mansión que todavía sigue en pie, creo, donde
montó una oficina para realizar trabajos administrativos. No sé que hacía allí,
pero según dicen tenía una oficina con escritorio y un armario repleto de
papeles. En las habitaciones contiguas a la suya se instalaron la hija de
Petrus, un ama de llaves, un chofer y la sirvienta Florinda, que en ese
entonces tenía quince años. Recuerdo todo esto porque en su momento fueron la
atracción del pueblo, el comentario de toda circunstancia. Se hablaba que
instalarían un astillero de lanchas en el terreno baldío contiguo a la casona.
Se fueron a principios del ´54, tres años después, pero Florinda se quedó a
trabajar en la casa parroquial, como cocinera de los curas. Al mes se enteró
que estaba embarazada y vino a verme; quería
sacarse el problema de encima para no perder la simpatía de los sacerdotes.
Yo la despedí, la aconsejé, y por las dudas, hablé con el padre Vicente, quien
finalmente acomodó a la chica en la casa de unos colonos de Flor de Oro.
Después del parto, que yo asistí, fue enterrada en el cementerio de la
localidad cercana al paraje, y el niño devuelto a la guardería del Hospital por
el Dr. Redondo. No sé qué fue de él después, pero Larsen apareció de improviso
durante el alumbramiento, como si fuera familiar de la muchacha, o el padre de
la criatura, no sé, porque nadie contestó a mis preguntas acerca de la
vinculación. Los dueños de la casa, que habían cobijado a la joven durante una
semana, no supieron responderme, y el padre Vicente me dijo que me callara la
boca, que no contara a nadie sobre la suerte de la mujer o recaerían sobre mí
los cargos de su muerte.
La anciana se calló de pronto, como si se hubiera
arrepentido de su testimonio. La chica que nos acompañaba dijo que era
suficiente por el momento, que la abuela se hallaba excitada por el gasto de la
conversación, se hallaba sin aliento y era preferible dejarla descansar. Nos
dispusimos a partir con Javier, cuando pronunció el último comentario:
- Ya pasaron muchos años- dijo, distante y con el rostro
despojado de aquella mácula alegre del principio- El padre Vicente está muerto,
y también el Dr. Redondo.
XVIII
Para fines de diciembre del ´90 estaba trabajando a
tiempo completo en el Bar Abiponia. Habíamos llegado a un acuerdo con Benavídes
después de un altercado con mis hermanos, quienes habían intentado amedrentarme
con una táctica de ablandamiento exagerada y que al final terminó en un arreglo
un poco forzado por parte de ellos. En medio de toda la investigación de mis
antecedentes familiares yo había postergado mi retiro de la casa paterna.
Julián había intentado desalojarme con el pretexto de remodelar el edificio y
venderlo, apelando a una estrategia inusual para un conflicto de desalojo:
pensar que podría reblandecer los sentimientos de la víctima, quien accedería a
vivir bajo un puente por una cuestión de afecto familiar. Me mandó una carta
por intermedio de su abogado: “Querido
Martín. Siento mucho lo de tu situación. Nada de lo que yo pudiera hacer lo
mejorará, pero quiero que sepas que no hago más que exigir lo que me pertenece,
a favor de mis hijos, tus sobrinos, quienes necesitan de esos recursos para sus
necesidades. De modo que pienso que es lo mejor, aunque sea inconveniente para
vos, renunciar a la casa y facilitar el futuro de tus sobrinos. Cariños.
Julián.”
El siguiente paso fue el de intimidarme bajo presión
judicial, aunque las gestiones tan abiertamente alardeadas de su defensor nunca
llegaron al despacho del Juez. Jorge I., abogado amigo de mis amigos, leyó
aquella carta y la concibió tan efusiva que le provocó carcajadas genuinas.
Prometió difundirla entre colegas pues la entendía como el más claro ejemplo de
pedantería persuasiva, y de paso, para mostrarme su jocosidad, aprovechó para
darme un consejo: “Puedo entender al abogado, que los anima para asegurarse un
ingreso, nada más, pero llegar a ese extremo. ¡Dios! Es un insulto a la inteligencia
de cualquier ser racional. Vos quedate tranquilo, el único que puede sacarte de
la casa es el Juez, que se va a tomar varios años para decidir”.
Tiempo después, una patrulla de policías hizo un descanso
en el Bar de Benavídes. Eran cuatro veteranos de la fuerza que yo había visto
de paso muchas veces en distintas dependencias y lugares comunes realizando
tareas de servicio. Andaban en un auto particular, pero uniformados con los
trajes de fajina. Era tarde, en el salón no había nadie y esperábamos se fueran
dos jugadores de bochas retrazados para cerrar el local. Cuando éstos se
retiraron, entraron al bar para informarnos que andaban de ronda por unas
denuncias de robo que habían hecho en el barrio, pero yo intuí que la visita se
debía a otra cuestión. Pertenecían a la Seccional IX de General Obligado, de
modo que no les correspondía el patrullaje por Abiponia. Benavídes pensó lo
mismo, quería saber qué se traían entre manos y resolvió invitarlos a unas
copas, como hacía con los policías pedigüeños cuando lo mangueaban a cambio de
seguridad. Se apoyaron al mostrador y conversaron dos palabras con el viejo;
luego pidieron su permiso y se aislaron en una de las tantas mesas vacías del
local. Yo empecé a acarrear cajones de bebidas atrás del mostrador y Benavídes
se dispuso a cargar las heladeras, cuando los policías pidieron otra vuelta de
alcohol a cargo de ellos. No parecían jocosos, y menos con ganas de divertirse,
por lo menos en el término que yo interpreto la palabra, sino más bien huraños,
intrigantes por el modo de conversar en voz baja y repartir miradas hacia
todos los rincones del salón. Cuando les
serví las copas, uno de ellos, un hombre corpulento, de cara cuadrada, pelo
gris y unos cincuenta y tantos años, se movió del asiento, acomodó la funda
donde tenía la pistola, como si fuera a sacarla del estuche y me ofreció la
mano abierta en un gesto intimidador, con el dedo índice colocado en forma de
caño y el pulgar haciendo de gatillo.
- Así que vos sos el amiguito del asaltante de bancos- me
dijo con voz ronca y mirada desafiante.
- ¿Qué quieren?-
les dije, ofuscado por sus miradas recias.
- Éste es boleta antes de la mañana- respondió el
compañero a su lado. Era gordo y traspiraba grasa por todo el cuerpo. Miraba a
sus compañeros pero se dirigía a mi, acariciando el arma con las yemas de los
dedos por la espalda de la culata.
- ¡Me están amenazando!- grité, dejándolos sorprendidos
por la ingenuidad de mi reacción.
Benavídes estaba detrás del mostrador, sacó la escopeta
que guardaba en el armario bajo llaves, y los apuntó.
- Váyanse, atorrantes- les gritó desde su lugar, sin
bajar el caño del arma- ¡Váyanse a embromar a otro barrio!
- Baje el arma, viejo- dijo el más joven, quien parecía
ser el único oficial del grupo- Es una broma, nomás.
- ¿Broma? O son ladrones o son corruptos, eso no es broma
¿no?- respondió Benavides, al tiempo que montó la escopeta y la dirigió al
oficial.
- Espere. Nos retiramos- dijo, y se levantó con la
intención de guiar al grupo hacia la puerta.
- No tan rápido, amigo- dijo Benavídes- me deben las
copas que tomaron. Acá no se fía, se paga al contado.
Los tipos salieron y se dirigieron al auto.
- Díganle a Julián que si quiere la casa deberá
indemnizarme. Le va a salir más barato que pagarle a ustedes- les grité desde
la puerta.
- Ya te vamos a encontrar en la calle a vos- rezongó el
gordo antes de meterse en el coche.
Nunca me habían amenazado de esa forma. Después del
encuentro con los uniformados Benavídes me increpó duramente y le conté la
historia.
Cuando acabó la charla me alcanzó un catre y una frazada
y me ofreció el cuarto del fondo.
- No te vas a ir a tu casa en estas condiciones- me dijo.
Su solidaridad me conmovió.
- Quedáte tranquilo. Mañana te arreglo el asunto.
El ovejero alemán entró en ese momento y se acurrucó
sobre una manta de arpillera en el rincón del aposento.
- Vos y el perro van a vivir en el mismo cuarto- me dijo-
así que andá haciendo las paces con Sultán.
- Ya veo- le respondí- aunque no será por mucho tiempo.
Me acerqué a Sultán y traté de acariciarlo. El perro
parecía más viejo que Benavídes, pero me respondió con un gruñido estremecedor,
levantando los labios para mostrarme los caninos apretados entre sus fauces.
- Tal vez debería comprar un gato- le dije, temeroso.
- Quieto, Sultán- ordenó Benavídes.
Con más confianza, le toqué la cresta. No era un asesino,
esta vez movió la cola y acomodó su cabeza sobre sus patas y se echó a dormir.
- Si querés un gato, podés traerte uno. Servirá para
desalojar las ratas- me dijo, bromeando.
- No, ya veré como me arreglo.
Esa noche no pude dormir. Temblaba de nervios y de pavor,
no sólo por los policías, también por mi compañero de cuarto.
A la mañana siguiente Benavídes me despertó temprano, me
encomendó algunas diligencias y se marchó al centro. Durante el almuerzo me
contó que había hablado con el comisario, un hombre con el que se tenían mucha
confianza.
- Le conté lo de anoche. Me dijo que deje todo en sus
manos, que esta tarde va a hablar con tus hermanos para ver como solucionan el asunto.
Yo lo escuché callado, convencido de su buena actuación.
Me incliné a acariciar a Sultán, y se excitó, moviendo todo el cuerpo mientras
meneaba la cola.
- Es un perro inteligente- le dije
- Van a arreglar, seguro. Mi amigo es muy persuasivo.
- Observe lo que le enseñé esta mañana. ¡Sentate Sultán!
¡Dame la pata!
El perro obedeció, se sentó y me dio la pata.
- Me dijo que el importe que exigís no es exorbitante.
Cinco mil pesos no es mucho teniendo en cuenta el valor de la casa.
- Es el importe de los impuestos, que yo pagué todos
estos años de mi bolsillo. Es todo lo que quiero.
- Y te lo deben. Mi amigo los va a hacer entrar en razón.
- ¿Y después?-
- Para serte franco- me dijo- este trabajo es más
sacrificado de lo que vos creés, y yo ya no soy tan joven para sobrellevarlo.
Nos dividiremos el trabajo: vos abrís el negocio a la mañana, controlás el
trabajo de las chicas de la limpieza, atendés el copeo y el quiosco desde esa
hora hasta la una de la tarde. Con eso pagás tu comida y el hospedaje del
cuarto. El trabajo de la noche será tu sueldo de siempre.
Así arreglamos el negocio; al día siguiente trasladé mis
bagajes al nuevo domicilio. Mis hermanos aceptaron mi propuesta, así que rompí
relaciones con ellos después del pago. Por supuesto, sin rencores de parte mía,
pero como represalia a su actitud discriminadora, aunque yo sabía que no era
culpa de ellos sino una venganza perversa de mi madre.
La “vieja” no había podido asimilar mi mala conducta y me
había condenado al desarraigo. Yo tenía esa sensación desde el momento de su
muerte, cuando la maldije por no revelarme mi verdadero origen: ¡Que se pudra
en el infierno! No sé si hubieran cambiado las cosas, pero al menos hubiera
entendido la avaricia de mis hermanos. O si no, como me dijo una vez Javier, mi
destino, y el de él, estaba determinado de antemano: éramos los dos unos
desdichados mal paridos por Dios.
Javier, al ver su vida reflejada en mí, sentía que
habíamos sido abandonados por Dios, por nuestros pecados. Me lo dijo cuando
viajamos a Lanteri, recuerdo, lugar donde habían sepultado a Florinda Ramos:
“Somos unos parias”, gritó entre lágrimas en el viaje de vuelta. Él fue quién
me insistió para buscar los restos de mi madre biológica, y quien después se
resintió conmigo por mi falta de sentimientos. Javier tenía buenos
sentimientos, los tenía muy bien guardados, sin embargo, escondidos en lo más
profundo de su ser, aunque, como esa vez, los sacaba a relucir cuando una causa
lo intimidaba.
En aquel viaje salimos de Abiponia muy temprano. Era la
fiesta patronal del pueblo, un día feriado para nosotros pero de actividad
normal en las localidades vecinas. Fuimos en moto y tomamos el camino de la
ruta asfaltada, la 31. Cuando llegamos a Lanteri, una hora después, nos
detuvimos en el Cementerio a buscar la tumba de Florinda Ramos. El sepulturero
nos mostró el listado de las sepulturas; no figuraba en el registro.
- ¿En qué años fue inhumada?- preguntó.
- En 1954- le respondí.
- Entonces se trasladó sus restos al Osario.
Yo lo miré, incrédulo.
- Cuando se olvidan de pagar los impuestos debidos, se
desocupa el sitio y se derivan los restos a otro lugar- siguió-, el Osario, una
fosa común situada bajo la cruz mayor.
- ¿Viste?- le dije a Javier- no valía la pena hacer el
viaje.
- ¡Cómo no, pendejo!- me gritó, y tomándome el brazo me
arrastró hasta el lugar.
- Aunque esté con muchos otros, los huesos de tu
verdadera madre están en este hueco- me dijo, muy irritado- ¿No tenés
sentimientos, vos?.
Por supuesto que los tenía, pero Florinda Ramos no
despertaba nada en ellos. Era como un personaje de ficción en el papel de
fantasma. Cuando regresábamos, después del réquiem de despedida a Florinda,
Javier se puso a mascullar frases incoherentes. Yo iba en el asiento de atrás y
él conducía.
-¿Qué dijiste?- le pregunté cuando creí escuchar el
nombre de sus padres.
El viento le daba de lleno y le provocaba lágrimas en los
ojos.
- Somos unos parias, Martín. Puto Dios, puta vida- dijo-
¿cuándo se va a acabar todo esto?
XIX
- ¿Dónde están los helados?- preguntó una joven detrás
del mostrador. Acababa de llegar, había leído el cartel afuera y se extrañó de
no ver el exhibidor a la vista.
- No dejamos la exhibidora a manos del consumidor, pero
puedo despacharla desde acá.
Sultán
apareció en ese momento.
- Hola, amigo- le dije.
Sultán se sentó sobre sus perniles. Le tendí la mano y él
me pasó la suya.
- ¿Tienen perro en este lugar?- preguntó la chica. Tenía
acento guaraní, de la zona norteña.
- ¿Muerde?- preguntó después, y se agachó para
acariciarlo.
- Sólo a las mujeres- le dije en broma.
- ¿Cómo se llama?
- Sultán. Es un perro muy inteligente.
- Es muy feo.
- Como el dueño- dije, en el momento que Benavídes
aparecía sonriente de la trastienda.
- No tanto- me dijo ella, siguiéndome el juego.
- ¿Le gusta? Puedo vendérselo a buen precio, una
pichincha, con opción a un gato de regalo- bromeé, cuando Felipe, el minino de
la casa, saltó del armario donde estaba husmeando una rata y disparó como un
rayo hacia las canchas de bochas.
- Mmm...parece que no le gustó la idea- dijo Benavídes
dirigiéndose a la puerta de enfrente.
- ¿Me vende el helado?
- ¿De qué gusto y qué precio?- pregunté, indicando con la
mano el anuncio colgado en la pared.
- Deme uno de esos cucuruchos de dos pesos, de sabor
chocolate.
Después de ese día la chica nos visitó casi diariamente.
Vivía en el barrio, en una pensión a la vuelta del bar, junto a dos compañeras
de trabajo. Eran vendedoras de un negocio del centro, de esas tiendas de
artículos baratos con precios máximos de dos pesos. El negocio era muy conocido
en 1994, se había proliferado en una red
de bocas de expendios por toda la región, a tal punto que en Abiponia ya se
habían instalado dos filiales de la misma firma, una exageración para un pueblo
de poca envergadura. El dueño, un paraguayo de apariencia majestuosa, aparecía
por el pueblo una vez cada tanto. Vestía trajes claros, generalmente blancos,
de un género parecido a los tejidos de lino adaptado para zonas tropicales,
camisas de seda oscura de colores variados, y corbatas del mismo tono. Eran
diseños holgados de corte Armani onda ´40, que calzaba con desenfado debido a
su juventud. No tendría más de treinta y cinco años cuando lo conocí. Se
mostraba siempre desenvuelto y desinhibido en todos sus quehaceres, con una
sonrisa eterna grabada en el rostro, de esas a prueba de desencantos, y un
surtido de alhajas de oro puro distribuidas a lo largo de su estampa de gigoló
latino: aritos, pulseras, collares y anillos en todos los dedos. Parecía un
galán de cine, pelo corto y negro peinado a la gomina, siempre bien afeitado y
unos bigotes finitos al estilo Clark Gable. Aunque sus facciones arrastraban
con radiante orgullo su origen mestizo, la piel siempre tostada brillaba como
cobre pulido. Andaba en una pagoda Mercedes Benz plateada haciendo relaciones
públicas en todos los comercios de los alrededores, incluso en aquellos a los
que perjudicaba con su negocio. Su simpatía era desbordante, no tenía límites,
en poco tiempo consiguió el favor incondicional de la policía, el Jefe de
Comuna y los curas. También era
aficionado al juego de bochas, un jugador magnífico, según sus contrincantes
del club.
- De modo que tú eres Martín- me dijo con su acento
paraguayo después de saludarme cordialmente, una noche que visitó el Bar Abiponia
por primera vez. Venía acompañado con tres personas de blanco, jugadores de
bochas como él.
- ¿Oyó hablar de mí?
- Ofelia me habló de ti- me respondió, relegando el voceo
de nuestra lengua.
- Los amigos de Ofelia son mis amigos- le dije, en broma,
y reparé inmediatamente que en realidad yo conocía muy poco de la chica.
- Ya lo sabía- respondió orgulloso. Era de esos tipos que
le gustaba alardear de la calidad de su mercadería y de sus empleados- No voy a
preguntarte nada sobre ellas porque sé que se portan bien.
- Magníficamente
- ¿Podrás conseguirme una cancha?
- De inmediato- le dije,
y lo presenté a Benavídes.
- Es una visita ilustre- le comenté al pasar- de los que
gastan sin límites.
A partir de entonces el ilustre nos visitó cada mes, cuando
pasaba por el pueblo. Los partidos de bochas terminaban en banquetes, comidas
de camaradería con las que agasajaba a sus contrincantes e invitados
especiales. Se mostraba como un empresario de costumbres libertinas, y muy
inclinado a las relaciones públicas, teniendo en cuenta que los bochistas del
club Abiponia eran la mayoría comerciantes bien considerados.
Ofelia siguió con su costumbre de consumir helados a esa
hora del día. Pero con el tiempo las extendió, no venía solamente a la siesta,
a comprar helados, también almorzaba cuatro o cinco veces por semana, comidas
rápidas, a cuenta de su patrón. Almorzaba, y a veces cenaba, firmaba la factura
de consumición con todos los cargos y después Benavídes se las cobraba al
hombre ilustre durante sus visitas esporádicas.
Yo congenié rápidamente con ella; charlábamos bastante,
de cosas divertidas y a veces serias, aunque ponía reparos en profundizar sobre
intimidades. Había cambiado bastante después de seis meses de conocerla.
Incluso había notado una transformación física en el último tiempo. No era muy
alta, pero era muy atractiva. Morocha, de pelo azabache y lacio, delgada, cara
redonda, ojos verdes, pómulos salientes y nariz respingada. Una delicia; era
tan linda que me daban ganas de llorar. Cuando caminaba movía las caderas al
son de una música celestial, con todas las
partes de su cuerpo sobresaliendo en los contornos de sus prendas
ajustadas.
De la fascinación, bien disimulada, pasé al
enamoramiento. Pero creo que esto último llegó a través de un acto de
conmiseración a mí mismo. Mis sentimientos se transformaron después de
enterarme de su embarazo, información transmitida por una de sus compañeras de
pensión.
Un buen día cambió
de apariencia. Dejó de vestir remeras y pantalones ajustados y se transformó en
una madonna de vestidos largos, hasta debajo de las rodillas, y camisolas
holgadas. Intentaba disimular el embarazo.
- Ofelia, voy a preguntarte algo que me hará sentir un
viejo. ¿Cuántos años tenés?- la interpelé, una siesta de lluvia que estaba
inspirado y con ganas de sacarme la espina del corazón.
- ¿Cuántos me das?
- No nos pongas en aprietos a ambos.
- Tengo veintidós años.
- Veintidós. Entonces yo debo tener cuarenta.
- Parecés más joven.
- Gracias.
Me volví sobre los estantes detrás de mí, para colocar
unas botellas en exhibición.
- ¿Para cuándo esperás?- le disparé sin reparos.
- Esto recién empieza. Llevo apenas tres meses de
embarazo.
Yo le había revelado muy poco sobre mi vida personal, y
ensayé una estrategia de entrecasa para sondear sobre su vida.
- Yo no tengo hijos, no soy casado.
- Esta es mi familia- me dijo, sacando una foto de su
cartera- Éste es mi padre, empleado del ferrocarril, y ésta mi madre, ama de
casa. La niña de las trenzas es mi única hermana, estudiante de quince años. El
perrito se llama Capullo. Viven en Encarnación.
No dijo nada sobre su relación de pareja.
- Es una familia espléndida- le dije, sin observar
atentamente la imagen.
- ¿Qué quiere decir “espléndida”?- preguntó.
- Que es bien vista,
que tiene buena presencia.
Después de esta
conversación estrechamos una alianza de camaradería. A medida que pasaban los
días entramos más en confianza. Ella venía a la hora del almuerzo y se quedaba
hasta el horario de trabajo haciéndome compañía en el quiosco del bar. La
frecuencia de sus visitas y su estado llamaron la atención de las mujeres del
barrio. Comenzó a rodar un comentario acerca de nuestra relación. Un vecino,
novio de una de nuestras vecinas, me invitó a su casa de soltero a un encuentro
de parejas estables, creyendo que formábamos una. Se lo dije a Ofelia y aceptó
acompañarme.
Fue una noche endiablada. El anfitrión nos recibió
efusivo, pero nos abandonó a nuestro albedrío para atender a los invitados. Nos
quedamos parados en un rincón, buscando entre los desconocidos una buena
compañía. A medida que progresaba la fiesta nos sentamos en un sofá, junto a
otras parejas sentadas en sillones y sillas en un semicírculo. Nos pusimos a
hablar de política y otras banalidades, como la epidemia de robos en el barrio.
Los robos no estaban a un nivel tan alto como en General Obligado, pero sacamos
la conclusión que eran suficientes para preocuparse. Era una conversación
desordenada. Alguien dijo que Oscar M. buscaba excusas para no casarse con su
novia embarazada. Oscar, que andaba por ahí, intervino en la conversación para
justificarse en presencia de la novia, aludiendo problemas de vivienda.
Seguimos hablando de la inflación, de la paridad uno a uno con el dólar, y
después de cine. Yo hacía un esfuerzo tremendo para incluirme en todas, me
consideraba experto en esa materia y empecé a nombrar los clásicos de Hollywood
como si fuera una nómina de jugadores de fútbol.
- Y ustedes, ¿cuándo se casan?- preguntó la novia del
peluquero.
Quedé mudo. Miré a
Ofelia en busca de ayuda.
- No es tan fácil-
dijo ella, improvisando una comedia- yo soy paraguaya, divorciada de un
matrimonio anterior. Todavía estoy haciendo los trámites en mi país.
- Al menos-concluyó la
chica-, deberían vivir bajo el mismo techo.
Después sirvieron la
comida, un refrigerio de emparedados y bocadillos varios. En el patio de atrás
de la casa los más jóvenes escuchaban música rock. La gente empezó a
alcoholizarse y el ambiente se puso pesado de humo de cigarrillo. Alguien puso
música más lenta y las parejas de bailarines se trasladaron a la sala de estar,
que se convirtió en discoteca. Algunas de las parejas empezaron a besuquearse
en los rincones, algo que yo hacía al menos una década que no veía.
- ¿Te gusta bailar?-
me preguntó Ofelia.
- Seguro.
Fuimos al cuarto contiguo. Mientras bailábamos no
hablamos una palabra. Me sentí incómodo al principio, pensando si había otro
hombre de mi edad acompañando a una mujer joven entre los presentes. Ella
apretaba su cuerpo contra el mío y ponía su mejilla en la mía. Cerré los ojos,
recordando mis diez años de celibato. Se apretó más contra mí. Yo no sabía si
seguir o no bailando, pero me ganó la fascinación. No hubiera podido resistir
el asedio de Ofelia, esa chica bonita que se apretaba contra mí.
- ¿Viste toda esa gente?- me comentó cuando regresábamos
a nuestro barrio- Saben divertirse y tienen sus vidas organizada. Yo en cambio,
no tengo un rumbo definido.
Se rió de su propia
ocurrencia, aunque sólo un poco.
- Podrías estar en una
situación más grave.
- Vos podés decir eso
porque no tenés ningún compromiso. No tenés problemas como los míos.
No pude resistir. Me
incliné y la besé en los labios.
- ¿Por qué hiciste
eso?
- Me duele que sufras.
Cuando nos acercábamos
a su casa, la invité a tomar un café al Bar. Estaría cerrado, pero yo tenía
llaves.
- Buena estrategia- me
dijo- ¿así terminan tus citas con mujeres?
-
Vos sos la primera.
En el bar rechazó el café y me pidió algo más
fuerte. Le serví un wisky y nos pusimos a hablar de nuestras vidas. Después
quiso conocer mi cuarto.
- Está muy bien arreglado- dijo, tanteando con su mano el
colchón.
- Hasta hace poco era una pocilga. Sultán dormía en ese
rincón, hasta que decidí hacer rancho aparte. Le armé su casilla, desinfecté
piso y paredes y compré estos muebles nuevos.
- Es una buena cama-
dijo- ¿Querés hacer el amor?
- ¿Así como así?
- ¿Querés decir que
no?
- ¡Ofelia!¿Sabés el calvario que sufrí con las mujeres
cuando era muchacho? Años enteros implementando estrategias para estar a solas
con una chica para que luego dijera: “No Martín, eso no”. Rezaba para llegar al
acto y ni siquiera me acercaba. Y vos me decís como si tal cosa: “¿Querés hacer
el amor?” Sufrí tanto entonces, y ahora es tan fácil. La respuesta es sí,
naturalmente, pero no es justo.
Después de esta
primera vez lo hicimos regularmente, aunque al principio me preocupaba por la
posibilidad de que tuviera secretos sexuales desentrañables, algo que hubiera
atentado contra mi amor propio si no podía satisfacerla. La brecha generacional
podía presentar esos problemas, pero resultó ser muy tímida en la cama, a pesar
de su impulso del principio. Me agradó la circunstancia, y le propuse una
relación más seria.
- ¿Estás seguro?- me preguntó Benavídes cuando le llevé
la noticia.
- ¿Qué le parece?.
Tengo cuarenta, ¿qué chica de veinte acepta formar pareja con uno que le dobla
en edad? Y no es por dinero, usted sabe cuáles son mis posibilidades
económicas.
- No- me dijo
convincente- es por la carga. Pero ya sos grande, sabés lo que hacés. Yo no voy
a contradecirte, si se arreglan con el cuartucho no tengo problemas, pero si
deciden vivir en otro lugar te corto los insumos. Tendrás que comer de tus
propios recursos; ahora más que nunca necesito a alguien en ese cuarto, alguien
que me acompañe con la vigilancia.
- De eso no se
preocupe, ya hablamos con Ofelia y decidimos quedarnos acá, si usted lo acepta.
- Entonces no hay
problemas.
Ofelia estaba de seis
meses cuando fue a vivir conmigo. Trabajó hasta el octavo y después le dieron
licencia. Durante ese tiempo nos ayudaba a Benavídes y a mí, en lo que podía.
Pronto los concurrentes se acostumbraron a su presencia detrás del mostrador.
Para mí seguía todo como siempre, sólo que era más feliz.
Benavídes, sin embargo, me hizo notar un detalle: el visitante ilustre había
dejado de concurrir a los juegos de bochas. Yo, por supuesto, menos
inquisitivo, nunca le pregunté nada a ella, para no ponerla en evidencia, o
incómoda. La sospecha no hubiera sido saludable para nuestra relación.
El bebé, una nena de dos kilos y medio, nació una noche
de tormenta, presagio que no fue soslayado por mis augurios. Benavídes me dio
el día libre y la acompañé el primero del posparto. A la tarde siguiente
vinieron sus amigas.
-¿ Todo bien?-
preguntó Benavídes esa noche, al regresar del sanatorio.
- Todo bien.
- Apareció otra vez
nuestro visitante ilustre- me dijo inquieto-, ¿qué casualidad, no?
A la mañana siguiente salí de la ducha después de cantar
una de mis mejores versiones de “Quiero llenarme de tí”. Sandro siempre fue mi
favorito en los momentos felices. Me cambié, recogí un par de bolsos de Ofelia
y me encaminé hacia la vereda silbando la misma balada.
- Martín, no sé como
decirte esto- me dijo Sofía, la compañera de Ofelia. Estaba parada en la
entrada del bar, conversando con Benavídes- Tú no eres un muchacho
cualquiera...- siguió, con el mismo acento guaraní de su compañera, pero se
quebró en llantos.
- ¿Qué pasa?, le
pregunté, alarmado.
- Ofelia se fue. Hoy a
la mañana vinieron sus padres con Gervasio Ponce; se la llevaron a Paraguay. No
te merecés esto...
Palabras, pensé yo.
Benavídes miraba al oriente, con los brazos trenzados al dorso de la cintura y
los ojos perdidos en los avatares de la estación de trenes.
- Llevate los bolsos-
le dije- son todas sus pertenencias.
La vi partir.
Benavídes seguía en la misma posición, gastando las baldosas con su pie
izquierdo. Me miró, interrogante.
- Es la historia de mi
vida- le dije, resignado.
XX
Cuando murió el
Hermano Calixto, en 1998, Ofelia ya había ido a parar al Santuario de mis
recuerdos, junto a Elvira, mi madre adoptiva y Florinda. Allí estaban guardadas
todas las mujeres de mi vida, a las que archivé con epitafios de tumba para
recordarlas como se recuerda a los muertos.
Yo atravesaba un período
particularmente agitado en marzo de ese año. Benavídes se había ausentado por
tiempo indefinido, en un viaje emprendido con su hijo a Buenos Aires, y me
había dejado al frente del bar. El trajín se intensificó en el negocio debido a
las inundaciones, que desde principios del año habían asolado todo el litoral
dejando un raudal de perdularios a la intemperie. Los galpones de la Estación
de Trenes se habían convertido en los depósitos centrales de la proveeduría
asistencial del gobierno, donde un ejército de funcionarios públicos,
voluntarios y transportistas deambulaban continuamente cumpliendo tareas de
rescate. Eran clientes nuevos que asolaban de manera continua y a cualquier
hora las instalaciones del bar, en busca de alimentos, bebidas y entretenimientos.
Yo debía lidiar con todas las demandas, comprar los insumos, supervisar el
trabajo de limpieza y atención al público, presenciar las reuniones del club de
bochas y entendérmelas con los clientes. El 2 de marzo tenía una reunión con un
joven egresado de la escuela del Sindicato Gastronómico, quien me había sido
recomendado por el director del curso de cocina como un profesional muy
valioso. Iniciábamos la charla cuando el teléfono me anunció la mala noticia:
el Hermano Calixto había sufrido una descompensación, estaba internado en el
Sanatorio y pedía hablar conmigo.
- ¿Qué le parece?-
preguntó el estudiante de cocina una vez colgué el aparato. Nos hallábamos en
la trastienda del bar, sentados frente a frente junto al escritorio del Club de
Bochas.
- Perfecto- le dije-
el currículo de la escuela es muy bueno. El trabajo es tuyo, podés empezar esta
misma noche, si querés.
- Encantado- fue el
último comentario del joven aprendiz. Se retiró con tanta alegría a cuestas que
olvidó la carpeta con sus notas en el escritorio.
Esa misma noche el
cable de televisión presentó en su noticiero un pronóstico meteorológico muy
desalentador. Las lluvias se prolongarían en las semanas siguientes. Las aguas
bajarían del norte con una fuerza inusitada, frenando la descarga de los
afluentes del Paraná, que ya desbordaban por la lluvia intensa que no paraba de
caer. El desastre concreto de esos vaticinios se presentó a la mañana
siguiente, con la inundación del puerto de la vecina ciudad, sumergido de la
noche a la mañana, el desborde del Arroyo de Abiponia, que dejó bajo agua los
barrios linderos, y el corte parcial de la ruta 11, justo en el tramo de enlace
entre ambas localidades. El tráfico se bloqueó en ese punto y dejó un tendal de
vehículos aparcados a la intemperie. Durante una semana los comercios de
Abiponia no dieron abasto a las demandas de los retenidos visitantes. El bar de
Benavídes se atiborró de feligreses al punto que algunos de los más asiduos
clientes se ofrecieron a darnos una mano. Por falta de albergues en Abiponia,
durante la noche los viajeros pernoctaban en el descanso de las canchas de
bochas, una galería amplia de baldosas de granito, donde tiraban mantas,
colchones y hasta cartones para descansar cobijados de la lluvia. Sus vehículos,
estacionados a lo largo de la Avenida San Martín y Circunvalación, atrajeron a
los ladrones del pueblo. Se produjeron enfrentamientos entre los propietarios y
los amigos de lo ajeno, alarmas, corridas, peleas de puños y heridas de arma
blanca. En uno de los entreveros, a media cuadra del bar, un camionero
santiagueño recibió un corte de cuchillo en una mano cuando interceptó a los
chorros en plena tarea de desvalijamiento de su acoplado. Sus compañeros,
agazapados en los alrededores en plena tarea de vigilancia, intercedieron en la
trifulca y se dieron de puños y palazos con los maleantes. La tragedia no podía
ser ajena a tanta adversidad. Uno de los ladrones intentó fugarse con un bulto
bajo el brazo en plena pelea. Perseguido por los camioneros, saltó el zanjón de
la Avenida Circunvalación hacia el terreno del Ferrocarril, con tanta mala
suerte que al repetir la acrobacia para sortear el tejido de alambre de púas,
quedó enganchado por el cinturón, dio media vuelta carnero en pleno vuelo y se
desnucó al dar de lleno con su cabeza sobre unos escombros.
La policía se hizo presente las veinticuatro horas
después del incidente. A la semana siguiente, con la apertura de la ruta
comenzó el desbande. En menos de una hora los visitantes inesperados
abandonaron el pueblo a una velocidad vertiginosa. Volvió la calma, aunque la
lluvia siguió flagelando la zona de influencia varios meses más. El camionero
santiagueño fue a parar al Hospital, junto a cuatro rateros profesionales, y
regresó a la comisaría un día después. Allí permanecieron tres jornadas, sus
compañeros y él, en un mismo calabozo con los ladrones, bajo la vigilancia
estricta de los custodios. Cuando los dejaron libres pasaron por el bar a darme
las gracias por la hospitalidad brindada, y a saldar la deuda de las
consumiciones. Estaban alegres, el juez los había sobreseído en la causa por la
muerte del ladrón. Era la segunda vez que despedía amigos en la semana. El
tercer adiós fue para mi padre adoptivo.
Durante esa semana tan próspera para el bar, me tomé varios
recreos para visitar al Hermano Calixto. El sanatorio se hallaba a tres cuadras
de mi trabajo, así que ocupaba los momentos de sosiego para correrme hasta
allí, acomodarme a su lado y acompañarlo en la agonía. El diagnóstico era
desalentador, una enfermedad cardiovascular de consecuencias nefastas
después de tres paros cardíacos
consecutivos. Tenía ochenta y ocho años, las arterias destruídas y una fortaleza endeble incapaz de
soportar una intervención quirúrgica. Su estado era irreversible; sólo cabía
esperar el desenlace.
- Lo que tenemos aquí-
me ilustró el cardiólogo- es un cuadro de obstrucción vascular, insalvable sin
la aplicación de Bay-pass en algunos puntos del circuito sanguíneo, lo que
tampoco aseguraría una solución efectiva. Meterlo en el quirófano a esa edad y
en ese estado sería como jugar a la ruleta rusa.
- Mientras tanto, ¿cómo sobrelleva la situación?-
pregunté angustiado.
- Se le está
inoculando un paliativo intravenoso, que lo mantendrá estable y sin dolores
importantes hasta que resista el corazón.
No había mucho que
esperar de la ciencia, por lo tanto decidí no tocar el tema de su enfermedad
durante nuestras charlas. Sin embargo, mi prevención resultó inútil. Calixto se
daba cuenta cabal del problema, no era ajeno a su estado calamitoso.
- Hay un mosquito en
la habitación- me dijo el primer día de visita, en un momento de lucidez. Se
sonrió y me tomó la mano- Tengo cosas que contarte, cosas muy importantes.
- Tranquilo, Hermano,
ya habrá tiempo, conserve las fuerzas para cuando se recupere.
- Martín, me ha llegado la hora, Dios me llama pero me
dejará respirar todo lo necesario.
- Sea como sea, hablar lo fatiga y eso no lo ayuda.
- No voy a dejar de decir lo que debo por esa razón.
Tengo un pie en la tumba, nada va a cambiar la situación, así que dejame
decirte algo que ya dejé por escrito en testamento- dijo con dificultad.
- ¿De qué se trata?
- El único bien terrenal que poseo te lo dejo a vos, un
terreno y una casa vieja con todo lo que hay adentro. La casona del Astillero-
concluyó, con el último aliento. Estaba muy abatido, quizás al borde de la
expiración, pero intenté reanimarlo. Una enfermera entró en ese momento, traía
un recipiente plástico con plasma para una transfusión. Me pidió que me
retirara.
A partir de esa
primera visita, regresé en varias ocasiones, pero sólo una vez más pude hablar
con él. Fue cuando me contó la historia de “Juntacadáveres” Larsen. Después
permaneció inconsciente hasta el deceso.
La noche fatídica me encontré con los curas de su
congregación. Se hallaban apesadumbrados por la noticia. Yo no conocí a
ninguno, pertenecían a la nueva camada de sacerdotes, hombres jóvenes. Perduré
aislado entre un tumulto de personas, enfermeros, feligreses y familiares de
otros enfermos, que esperaban en el pasillo el último informe del médico. Uno
de los curas, un hombre de unos cuarenta años, enérgico y con poder de
decisión, hablaba por el celular a mi lado. Daba la noticia a otra persona, y
lo instaba a organizar el funeral.
Salí a la calle, mareado por la congoja. Después de
abandonar el sanatorio, recorrí el barrio con la intención de ordenar mis
pensamientos. Llegué hasta la ruta 11, caminé por el sendero de peatones hasta
la Terminal de Ómnibus y regresé por el mismo lugar hasta la calle 15 en
dirección hacia La Aceitera. Era tarde ya, pero había algunas personas
charlando en una esquina, jóvenes de ambos sexos que bebían cerveza y se reían
a carcajadas. Crucé las dos cuadras siguientes, un predio poblada de mansiones
pertenecientes a los nuevos ricos de Abiponia, y llegué a la Escuela
Industrial, donde me senté a descansar en la verja de hormigón, frente al
próspero negocio de Ventas de Materiales de Construcción. Esa parte del barrio estaba en plena
actividad todavía. Había chicos quinceañeros reunidos frente a la pizzería,
gente paseando sus mascotas y gente practicando aerobismo alrededor de la
cuadra. Pensé correr con ellos pero me dí cuenta que vestía el traje de fajina,
la chaqueta blanca, el pantalón oscuro y los zapatos de cuero del trabajo.
Además, no me pareció estar en condiciones de correr ni
veinte metros. Seguí caminando entonces, y al llegar a la esquina de La
Aceitera, donde muere la 15 en brazos de la Avenida de Circunvalación, giré a
mi derecha para transitarla en esa dirección hasta la 21, unas tres cuadras al
sur. Desde esa esquina hasta la casona del Astillero había menos de doscientos
metros.
En otro tiempo, con Ángel y Javier tomábamos otro camino
para llegar al puente viejo, donde acampábamos a la sombra de la ribera bajo un
quebracho todavía en pie. Salíamos de casa con todos los bagajes de la pesca,
caminando por la 5 hasta el puente alto de la ruta 11, escalábamos el
terraplén, y del otro lado, ya en el Barrio Nuevo, nos pasábamos a la 7 para
transitar tres cuadras más y, entre una encrucijada de senderos marcado por las
idas y vueltas de los vecinos, llegar a la desmotadora de la Cooperativa
Agrícola. En el remate de la Avenida de Circunvalación, donde la calle gira en
torno del predio del Ferrocarril, se nos unía Rubén Dolzán, un compañero de
probada habilidad para la pesca.
Salíamos del taller del padre de Dolzán con los bártulos
restantes, espineles, tramayos y mediomundos de Rubén, tomábamos la
Circunvalación sobre el giro a la izquierda en dirección a La Aceitera, hasta
la prolongación de la Avenida San Martín, un camino de tierra que nos conducía
hasta la última calle en sentido norte-sur, la actual Héroes de Malvinas. Esta
calle nos dejaba en la 21, luego de atravesar un terreno sembrado, de casi
trescientos metros, cruzar el predio de la Fábrica Wendt y dar un rodeo
completo a las instalaciones de La Aceitera; desde allí, a sólo cincuenta
metros más al este, la 21 se encontraba con el camino que venía del sur,
atravesaba el viejo puente de quebracho
a cien metros de distancia y servía de enlace a General Obligado y Abiponia.
La casona del Astillero había sido un negocio de ramos
generales antes que las vías del tren llegaran a Abiponia, en 1886. Pertenecía
a un turco llamado Solimán Kartún, quién
había levantado el edificio con las mismas características que aún conserva,
ubicado en la esquina donde nace la calle 21 en la zona sureste del pueblo. En
ese tiempo el camino pertenecía a la ruta que partía de Santa Fe, se desplazaba
vadeando el Paraná todo el itinerario, casi 320 kms, atravesaba General
Obligado, cruzaba por el puente viejo hasta Abiponia y se proyectaba hacia el
norte hasta la provincia de Formosa.
Con el tiempo el negocio cambió de mano muchas veces,
pero siempre dedicado a la proveeduría de todos los insumos habidos y por
haber: comestibles, herramientas de todo tipo, repuestos mecánicos, productos
agropecuarios, semillas, servicio de restaurante, copeo, venta de combustibles
para la lumbre, etc. El camino era la
única vía de acceso entre los dos pueblos, y la única ruta de comunicación con
las otras provincias, por lo tanto, la casona era el paso obligado de todos los
viajeros, y un lugar apropiado para tomarse un descanso y abastecerse de las
necesidades del viaje.
En 1902, una inundación de proporciones inauditas dejó
todo el sector bajo agua durante catorce meses. El nuevo propietario, un
italiano de apellido Padrán, no se amilanó por el desastre y trasladó todos los
enseres del negocio a un nuevo edificio, a setecientos metros de distancia
sobre la misma ruta, ubicado enfrente de la Estación Ewald, donde se instaló
para ofrecer el mismo servicios a los viajeros. Es el sitio donde hoy perdura
el bar de Benavídes. Dicen que el camino anegado cortó la ruta durante todo ese
periodo, pero el propio Padrán, incluso antes de que el agua alcanzara la
altura de desastre, vaticinó la gravosa situación meteorológica y elevó a las
autoridades del Ferrocarril un plan de traslado para que el tránsito
prosiguiera la frecuencia normal. Las
caravanas de carretas que venían del sureste y suroeste llegaban a General
Obligado con destino a los pueblos del norte, y de allí eran trasladadas a
Abiponia sobre una zorra de treinta metros de longitud. Se cargaban las
carretas con todo el bagaje sobre la plataforma y los mismos animales de tiro
atados al yugo la arrastraban sobre las vías. En el puente de hierro extendían
durmientes de quebracho en los intersticios vacíos, para que los animales
pisaran en firme.
Con Javier, Luis y Rubén acampábamos en los fondos de la
casona, un terreno baldío de casi cien metros que llegaba hasta la ribera del
arroyo. El lugar ya estaba abandonado en esa época; en el terreno había crecido
un montecito de arbustos que nos escondía de toda mirada indiscreta desde la
calle. Allí instalábamos una carpa hecha con restos de lona de camión, para
resguardarnos de la intemperie, y pasábamos el resto del día pescando o
explorando los alrededores. El terreno estaba cercado por un tejido de
gallinero a todo lo largo de la vereda, desde la 21 hasta el puente de
quebracho.
Había un cartel de madera ajustado con alambre al tejido
de la propiedad. Daba a la calle y la palabra ASTILLERO escrita en letras de
molde sobre el tablón, anunciaba lo que nunca pudimos explicarnos en todos los
años que usurpamos el sitio. Dos o tres veces incursionamos desde el campamento
hasta el patio de la casona con intenciones de curiosear en su interior. Las
ventanas estaban selladas con trancas internas, tenían persianas de resguardo y
rejas de hierro forjado para evitar la intromisión de extraños. Dos puertas
traseras daban al patio pero habían sido reemplazadas por paredes de ladrillos
unidos por mezcla de albañilería, que las tornaba infranqueable. En el frente
había tres ventanales con el mismo dispositivo de las anteriores, y la única
puerta de ingreso al interior, una puerta enorme instalada en la ochava del
edificio, se aseguraba con una persiana de metal trancada al piso por un
sistema escondido a la vista.
Esa noche de marzo, deambulando por el barrio en busca de
un alivio para mi espíritu, me embargó la evocación de aquellas aventuras
infantiles. Me abrumaban los recuerdos. Caminé quince cuadras desde el
sanatorio haciendo un rodeo de incertidumbre para aplacar la angustia que me
producía la muerte del Hermano Calixto. Llegué a la casona a la medianoche, en
plena oscuridad, me aposté frente a la ochava del edificio y paseé la mirada
por el sendero que conducía al Puente Viejo. Reproducía, sin querer, la escena
de Larsen cuando llegó a la casona para llevarse los huesos de Florinda Ramos.
El paisaje físico era exactamente el mismo de mi niñez.
El aspecto general era más pobre, un tanto más sucio, pero no se había echado
abajo ningún edificio, ni se había construido ninguno nuevo. El agua llegaba
hasta la mitad de la cuadra, sumergiendo en sus fauces el bosquecillo del fondo
que reverberaba en la oscuridad bajo el influjo de una luz desconocida. El
arroyo era un manto brilloso y extenso que dejaba al descubierto el remate de
la balaustrada del puente de quebracho, también bajo agua, y la jaula de hierro
del puente de las vías.
Eché otra mirada a izquierda y derecha, tratando de
adaptar mis ojos a la oscuridad del horizonte, trastabillé.
- ¿Se le ofrece algo, amigo?- preguntó alguien detrás de
mí.
- No- respondí. Era un hombre con una linterna en la mano
y algo que no alcanzaba a percibir, en la otra.
- Mejor no resulte ser un ladrón.¿Qué hace en este
lugar?- me interrogó nuevamente, y esta vez percibí el tono autoritario de un
experto.
Inspiré hondo, pensando qué responder, pero el policía, o
lo que fuere, me reconoció
- ¿Se siente bien, Martín?
- No. Salí a caminar y me extravié.
- ¿Puedo ofrecerle un poco de agua, o alguna otra cosa?
Vivo en esa casa del frente.
- Gracias, fue un
mareo pasajero. ¿Con quién tengo el gusto?
- ¿No me reconoce?
- No reconozco tu voz-
le dije con confianza- y la oscuridad me impide verte.
- Mire- dijo
alumbrando su cara con la linterna- Soy Fabio D.
Era un joven policía,
cliente esporádico del bar.
- Fabio D.- dije para mí-, entonces tengo suerte de no
ser un ladrón.
XXI
Benavídes regresó a
principios de noviembre. Volvió flaco y pálido. Había perdido mucho peso y se
lo hice notar. Entonces me participó de su desgracia. No había ido a Buenos
Aires en viaje de placer, sino a realizar unos estudios médicos. Su hijo, el
juez de Instrucción de General Obligado, lo había acompañado a la Capital para
confirmar ciertos temores de su médico de cabecera. Le descubrieron pólipos
intestinales y un cáncer de colon en plena gestación. Le realizaron dos
intervenciones quirúrgicas para extirpar el tumor maligno, y tras una sección
de quimioterapia, lo despacharon de vuelta con diagnóstico reservado.
Me quedé sorprendido
por la nueva noticia, a tal punto que fue el mismo Benavídes quien debió
sacarme del aturdimiento, dos días después, al verme entristecido por la
novedad.
- Pibe, ni te imaginás
los años que cargo- me dijo, resignado-Ahora empieza una etapa nueva en el
negocio, etapa en la que vas a cargar la mayor responsabilidad.
Benavídes ya no fue el
mismo de antes en esos dos años siguientes, cuando al fin le tocó marchar
también a él al otro mundo. Su vida transcurrió entre períodos de postración,
tras las quimioterapias semanales, de sosiego, sentado en un sillón de hamacas
en el descanso de la cancha de bochas tomando mate, y de charlas prolongadas
con sus clientes y amigos. Detrás del mostrador, en las horas picos, organizaba
el trajín de mozos, cocineros y auxiliares, con órdenes certeras y silenciosas;
no se movía de la banqueta, como antes. Desayunaba mate cocido con tostadas, y
comía sólo legumbres y hortalizas. Muchas noches de insomnio la pasábamos
charlando de bueyes perdidos. Yo intentaba hacerle pasar buenos momentos,
pensando que los dolores lo atormentaban, pero nunca sufría ninguno, según él.
En una de esas charlas le pedí me informara sobre la casona del Astillero.
- Está como siempre-
le dije- o lo que yo recuerdo de ella.
- Es una casa con historia, sin dudas. Son ruinas que
habría que restaurar como reliquia.
- Supongo que ha de tener un propietario.
- Pertenece a la Iglesia- afirmó- eso es lo que tengo
entendido.
Benavídes me contó que
era oriundo de Villa Guillermina. A principio de los años ´50, durante algunos
años, viajó permanentemente desde Las Toscas a General Obligado. Cada tanto
traía a su hijo al hospital porque sufría un mal que los médicos confundieron
con poliomelitis, pero se hospedaba en el bar Abiponia, cuando el propietario
era Manuel Padrán. Este hombre era muy amigo suyo, con el que realizaban
transacciones comerciales, y le ofreció el mismo cuarto que luego Benavídes me
destinó como habitación. Llegaba en el tren, con el hijo y su mujer, se
instalaban en el cuarto y luego Padrán ponía el coche a su disposición para las
idas y venidas al Hospital. Con el tiempo, y debido al problema del pibe,
Padrán le ofreció regentear el negocio, Benavídes aceptó y en 1954 se trasladó
a Abiponia.
La casona del
Astillero todavía era propiedad de la familia Padrán en esa época. A fines de
1950 llegó al pueblo un uruguayo, un empresario naviero de fama mundial,
llamado Jeremías Petrus. Sus negocios habían sufrido un revés financiero,
debido a presiones políticas ejercidas desde Europa por un armador griego que
ya en ese tiempo asomaba la cabeza por sobre el Océano: Aristóteles
Onassis. El asunto tuvo resonancia
internacional, un complot financiero en el que se vieron involucrados varios
personajes de alto vuelo, presidentes, ministros, empresarios, y del que Petrus
no era inocente de nada, aunque al final pagó los platos rotos, debió
declararse en quiebra y cerrar su
astillero. Después se trasladó a Buenos Aires, en busca de nuevos capitales.
Su rehabilitación dependería de la banca
argentina.
Cuando llegó a Abiponia traía en el brazo un proyecto
piloto, autorizado por el Gobierno Central y financiado por las arcas del
Vaticano. El experimento, un astillero para fabricación de naves de pequeño
porte, al final quedó en pañales por cuestiones burocráticas. Pero Jeremías
Petrus y su comitiva, su secretario, Larsen, su hija autista, Angélica Inés, su
criada, su cocinera y su chofer se establecieron en la casona por casi cuatro
años, con presencia intermitente dado que viajaban a menudo a Buenos Aires y a
Uruguay.
Benavídes conoció a Petrus en el bar Abiponia. Se hacía
traer desde la casona por el chofer en un auto negro, una limusina inglesa de
seis puertas, para desayunar leche de campo con macitas de maizena. Era un
hombre flaco y alto, de pelo blanco y bigotes del mismo color. Su aspecto
habitual era sombrío, de pocas palabras y mirada baja. Tenía un rostro
inexpresivo, indefinible; en esa época debía andar por los cincuenta largos.
Vestía trajes negros y camisas blancas almidonadas, con moños de distinto color
de una tela que parecía seda. El sombrero era siempre el mismo, de paño negro y
alas anchas, que desentonaba con su aspecto general. Por ese motivo Benavídes
pensó siempre que lo usaba por necesidad y no por que fuera una prenda del
conjunto. Durante el desayuno no hablaba con nadie, ni con Padrán. Entraba,
saludaba y se sentaba en una mesa desplegando sobre ella una sarta de
documentos que sacaba de un portafolios negro y atorado de otros papeles. A la
media hora se levantaba, pagaba y se largaba al centro. Caminaba las diez
cuadras con la cabeza gacha y andar estricto, pasos largos y premeditados, como
si marchara en pos de una escuadra militar.
Larsen, en cambio, al que Benavídes conoció en otros
bares del centro de Abiponia, porque no coincidían ambos en lugares públicos,
era un hombre bastante desfachatado. Se hacía llevar por la limosina al
atardecer y se hacía esperar todo el tiempo que él consideraba necesario. Era
muy conversador y tomaba mucho; bebida blanca. Contestaba todas las preguntas
de los curiosos, y hasta se reía a carcajadas cuando algún chiste o broma de
bodegón le caía bien. Era de baja estatura y para nada atlético. El pelo,
enrulado y castaño, sufría unas entradas profundas por sobre las sienes,
dejando a la vista una calvicie incipiente. Tenía ojos negros e inteligentes,
de miradas penetrantes e intermitentes. La frente, ancha por la calvicie, se
veía cruzada por surcos pronunciados, que más se notaban cuando reía. Las cejas
eran anchas y los cachetes englobados y rosados, como la punta de la nariz
aguileña, por efecto del alcohol. La boca, pequeña y de labios finos, se
escondía debajo de los bigotes mexicanos. Andaba siempre con la barba a medio
crecer, el nudo de la corbata por debajo del botón del cuello, sin prender, y
las mangas del saco dobladas con la camisa hasta la mitad del brazo. El cinto
lo apretaba por debajo del abdomen, pronunciado a pesar de su peso normal, y
las botamangas del pantalón por encima del tobillo. Era un hombre cínico y
altanero, siempre con ganas de pelear, a pesar de su apariencia insignificante.
Se hacía escoltar por policías de civil, agentes fuera de servicio horario, a
quienes agasajaba con los gastos, y quienes también lo resguardaban de los que
quisieran responder a sus provocaciones. Parecía un contrincante enfermo por la
derrota, apático y procaz en los momentos de mayor algarabía, que mostraba el
dinero como si el dueño del bodegón al que visitaba tuviera miedo de que se
fuera sin pagar.
Lo que siempre se preguntaron Padrán y Benavídes era qué
hacía Larsen en la oficina de la casona. Podían entender los trámites
efectuados por Petrus en los distintos despachos del centro, porque siempre se
lo veía realizando gestiones en el
Correo, en el Banco, en las oficinas del Gobierno, y en la Iglesia, donde se
reunía diariamente con el párroco, pero no entendían la función de Larsen,
rodeado de montañas de papeles, inclinado siempre sobre escritorio escribiendo
y amontonando documentos.
La casona del Astillero, después de aquella tremenda
inundación del año 1902, le sirvió a Celestino Padrán de taller de carpintería.
Tumbó las paredes interiores, dejando intacta solamente la que separaba el
cuarto del frente, e instaló algunas herramientas de mano para construir todos
los muebles del Bar Abiponia. Eso ocurrió a principios de siglo, después,
cuando Celestino Padrán desapareció, según dicen tragado por las aguas del
arroyo en la inundación de 1932, se la cerró y se la dejó deshabitada. En 1950,
antes de la llegada de Petrus, Manuel Padrán vendió la propiedad a la Iglesia,
con todo lo que había adentro, incluido las herramientas de carpintería. Eran
trastos viejos que él mismo había olvidado su existencia.
XXII
A principios de 1999,
dos meses después del regreso de Benavídes, el único escribano de Abipona me
citó a su despacho.
El notario me extendió dos pliegos luego de los saludos
formales. Uno me puso al tanto de la voluntad del Hermano Calixto, cuatro
carillas escritas de su puño y letra con las que explicaba las razones de su
voluntad. El otro correspondía al título de propiedad de la casona del
Astillero, emitido a nombre del señor Calixto Cordero.
- Es algo muy confidencial, algo que se debe hacer con el
mayor sigilo- me dijo el funcionario, casi susurrando.
-¿Por qué?- pregunté,
inocente.
- Es un asunto en el que se puede ver involucrada la
Iglesia, y eso no es aconsejable para nadie.
- ¿Por qué?- repetí estúpidamente.
- ¡Hombre! El titular de la propiedad la compró con
dineros de la Diócesis, o eso es lo que tengo entendido según sus propias
palabras. Por una cuestión burocrática, o de vaya a saber qué diablos, después
la Iglesia pareció olvidarse del asunto, porque nunca reclamó el título de
propiedad. ¿Entendés la razón del secreto?- me preguntó, otra vez susurrando.
- ¿A quién cree que le contaría esto?- dije, también en
un susurro- Tan estúpido no soy.
Es así como la casona del Astillero pasó a mi nombre sin
que nadie de Abiponia se enterara, ni Benavídes. Solamente el escribano, el
Jefe de Comuna, amigo incondicional del Hermano Calixto, un dependiente de su
confianza y yo.
El lunes 6 de enero de 2000, día de reyes, recibí una
llamada de José Antonio Benavídes, hijo. El viejo Benavídes había muerto la
tarde anterior, en la residencia de campo de General Obligado propiedad de la
familia, después de dispararse un tiro en la cabeza con un arma de alto
calibre. El estado calamitoso de su salud y los resultados del último examen
médico le produjeron un pozo depresivo insuperable, según su hijo, que lo ayudó
a tomar la decisión. En realidad, otra versión popular decía que se hallaban de
viaje hacia Buenos Aires, y aprovechando un momento en que sus acompañantes lo
dejaron sólo en el auto, Benavídes se disparó y murió en el acto. Con ellos
viajaba el Dr. Redondo, amigo del Juez. Al constatar la muerte irreversible,
dieron la vuelta y recorrieron los doscientos kilómetros traspasados, con el
cadáver reposando en el asiento de atrás. Después montaron el escenario en la
casa quinta.
El servicio fúnebre, por pedido de los clientes del Bar
Abiponia, tuvo lugar en el ala central del edificio abandonado de la Estación
Ewald. Asistieron cientos de personas, de Abiponia, General Obligado y la zona
de influencia. Benavídes era un hombre muy apreciado por los vecinos de ambas
localidades y por parientes y amigos.
El hijo de Benavídes se acercó a mí cuando ingresé a darle
el último adiós. Tenía los ojos bañados en lágrimas.
- Martín- me dijo-, él estaba tan agradecido por los
momentos que pasabas contigo.
- Me gustaba estar con él.
El sacerdote que encabezó la ceremonia era un joven
desconocido para nosotros, pero había tenido una charla con Benavídes antes de
su partida a Buenos Aires. Después de las letanías tradicionales y de referirse
a la manera como debíamos recordarlo en el futuro, dijo:
- Benavídes y yo mantuvimos una conversación antes de su
muerte. Me dijo que cuando llegara la hora, debía pararme ante ustedes y citar
a un ser muy querido por él, y uno de los que lamentaba dejar sólo en este
mundo: Sultán.
Nos hizo reír en su funeral. ¿A quién otro se le hubiera
ocurrido invocar a su perro en su despedida terrenal?
- Benavídes me dijo que Sultán se menea al caminar, nunca
se deja llevar por los vicios, nadie jamás pudo quitarle la tranquilidad y
nunca mira hacia atrás para no ver quién puede estar alcanzándolo. Benavídes,
el tabernero- siguió diciendo el cura- podría haber sido muchas cosas, pero
hizo en la vida lo que su perro. Es decir, hizo en la vida lo que quería, sin
molestar jamás al prójimo. Que Dios guarde su alma.
En el cementerio, de pie detrás del hijo, miré como
metían el cajón de Benavídes en su nicho. Luego nos retiramos y esa misma tarde
Benavídes hijo fue a verme al bar.
-Yo quería que abandonara el trabajo del bar y dejara
todo en tus manos, pero él se resistía.
- Era un pasatiempo para él.
Sacó un sobre del bolsillo de su chaqueta.
- Bueno- dijo- aquí tienes una suma importante. Es el
último deseo de mi padre.
Me saludó y se fue. En el sobre había un testamento
haciéndome propietario de todos los muebles del bar, los que le pertenecían, y
un cheque por seis mil pesos, lo suficiente para un año de alquiler.
XXIII
Mis vínculos con el barrio se rompieron con la muerte de
Benavídes. La Aceitera cerró la planta de producción ese año, y despidió a todo
el personal; casi setecientas personas quedaron sin trabajo. Después de esto,
el movimiento disminuyó en el bar. No solamente había perdido como clientes a
los obreros, también la masa de consumidores ocasionales dependientes de la
industria cerealera. Tomé conciencia de la situación cuando una noche cerré la
caja diaria con apenas cien pesos de venta.
Pedí una entrevista con el dueño del edificio, Ireneo
Padrán,
- El mes pasado vendimos menos de lo que hacíamos un
sábado en épocas de Benavídes- le anuncié, con voz dolorida, al mostrarle mis
cuentas.
Traté de explicarle que se trataba de un negocio afectado
por el cierre de una fuente inagotable de clientela y que ya no era conveniente
para nadie. De mi parte, no tenía nada que ofrecer. No me quedaban ideas para
mejorar las ventas. Y empezaba a impacientarme. El ritmo del bar era realmente lento.
Ya no era negocio para mí. Ireneo lo entendió. Rompió el contrato frente a mi
cara, me dijo que me quedara tranquilo, que me tomara todo el tiempo necesario.
- Tenemos un problema- dije a Sultán- Esto requiere la
ayuda de un viejo sabio como vos.
Pero Sultán no me
respondió, como era previsible. Paró las orejas para escucharme, y me quedó
mirando con los ojos abiertos. Después se acostó sobre sus patas.
- Trabajar aquí fue bueno para nosotros, Sultán.
Conseguir este empleo fue muy bueno para mí, en su momento, pero quedarse a
insistir sería el peor de los errores.
Las palabras de Javier perduraban en el tiempo: “Somos
unos mal paridos por Dios”. Tenía razón. Vuelta a empezar.
A fines de octubre reuní al personal, anuncié el cierre
del negocio y arreglamos la indemnización correspondiente, basada en el reparto
equitativo de todos los enseres. El mobiliario de Padrán quedó en su sitio,
pero había mucho para repartir de lo que pertenecía a Benavídes.
El final del año me sorprendió todavía en el cuarto de
las canchas de bochas. El club seguía funcionando con un permiso especial del
propietario; a la noche, los días de semana, y a la siesta, la tarde y la
noche, los sábados y domingos. Improvisé una cantina en uno de las habitaciones
vacías frente al descanso, y sobreviví unos meses con ese trabajito de pobre.
La semana del cierre definitivo me adjudicaron legalmente
la casona del Astillero. Con el título de propiedad me apersoné al lugar con un
albañil y desmonté a piquetazos la persiana que encerraba el ingreso por la
ochava. La puerta de quebracho seguía en pie, un poco roída por el tiempo y por
las ratas.
El edificio no estaba en las mejores condiciones, menos
aún el interior, infectado de alimañas y de un ambiente viciado por el
encierro. Era una muestra arquitectónica de una sola planta, de estilo colonial
con puertas y ventana exageradamente inmensas. El frente mostraba aún los
detalles ornamentales de perfil uniforme sobre el dintel de las aberturas,
arabescos dispuestos al compás de las arcadas moldeadas en la superficie del
muro, que terminaba en una cornisa a
seis metros de altura. Las paredes exteriores, descascaradas, se mantenían
firmes y sólidas aunque un poco erosionadas por el tiempo. Pensé arreglar el
frente y la vereda más adelante, y me concentré pura y exclusivamente en el
interior.
Acondicioné el salón detrás de la fachada, una habitación
amplia, alta, con cielorraso de madera y mosaicos blancos y negros, como el
tablero del ajedrez. En ese lugar, que al principio me sirvió de dormitorio,
esperaba instalar algún negocio que me sirviera de sostén, como lo había
utilizado Solimán Kartún a principios de siglo.
La habitación contigua había sido en su tiempo el lugar
de descanso de los antiguos dueños. Tenía un compartimiento hecho de mampostería
a todo lo largo de la pared, como un armario para guardar libros, un hogar y
una puerta ventana que daba al patio pero tapiada con ladrillos de rafa. En
este cuarto, meses después, instalé finalmente el dormitorio, el que había
utilizado también Larsen como suyo. La puerta interior, baño de por medio, se
comunicaba a otro cuarto por intermedio de un pasillo largo que daba también a
los otros aposentos. En este último se hospedaba Petrus, y en los dos
siguientes, las mujeres del clan. El pasillo hacía un codo al final del
edificio, hacia la derecha, y cinco metros después, comunicaba con otro salón,
cuya longitud alcanzaba la dimensión de tres habitaciones, compuesta después
del derrumbe de las paredes interiores. Era el antiguo taller de Celestino Padrán,
donde se encontraban las herramientas cubiertas de polvo.
Todas las
habitaciones tenían ventanales que daban al patio, pero en la sala de estar y
en el taller, que Celestino construyó a partir de la unión de la cocina, la
despensa y el lavadero, también había puertas de comunicación. En el patio,
plagado de geranios salvajes, descubrí un par de rollizos de algarrobo, de unos
seis metros de longitud, preparado para el aserradero, un aljibe escondido por
los pastizales en el medio del espacio, una glorieta abandonada en el ángulo de
la tapia que daba a la calle, y una verja de altos barrotes con puntas de lanza.
El primer
emprendimiento laboral que realicé en mi propiedad, al poco tiempo de la
remodelación, fue un criadero de pececillos para la venta. Para eso
reacondicioné el aljibe instalado en el centro del jardín. Era un armazón con
traza de gruta, pavimentado por dentro con piedras parecidas a las almendras.
Lo desagoté, me metí adentro y durante diez días pulí las paredes cargadas de
musgos. Luego pinté imágenes de naturaleza oceánica en sus paredes, con toques
de pinturas fosforescentes, lo cargué con agua y sembré toda clase de peces de
colores. En el salón de exposición tenía tres fuentes de vidrio dispuestas de
manera que un tubo las comunicaba entre sí. Adentro mostraba una serie de peces
rojos, azules, amarillos y de otros colores, y un juego de aguas, que ponía en
marcha a escondidas cuando los clientes entraban a observar. El mecanismo
acuático hacía que los pececillos pasaran estrepitosamente de una fuente a la
otra, lo que atrapaba la atención de los visitantes cuando veían pasar frente a
sus ojos una ininterrumpida estela de colores.
Fue un lujo extravagante que me duró muy poco, porque la venta de
mascotas de ese tamaño no prosperó luego del primer impacto, cuando la
curiosidad pasó a segundo término.
Pensé en
reacondicionar el taller, dividirlo en tres habitaciones y ofrecer un servicio
de hospedaje. Pero me encontraba a mis anchas en la inmensa casona. Me gustaba
un escenario así, dilatado, con aposentos donde pudiera pasear mi rumbosidad en
solitario, andar a zancadas por los pasillos sin sentir la cercanía de nadie,
debatir con mis propios pensamientos. Cuando mi trabajo de criador de peces me
dejaba libre, me pasaba el tiempo en el jardín, entre los canteros matando
hormigas, observando el florecer de la magnolia y el jazmín, regando las rosas
y los geranios, dando de comer y bañando a mi viejo amigo Sultán, o rociando el
predio de veneno contra cucarachas y
ratones. Sin duda, yo era muy feliz con esta nueva vida en la casona del
Astillero.
Pero las necesidades
económicas me obligaron a un nuevo emprendimiento. Los vecinos debían proveerse
de mercadería en los mercados distantes a cinco o seis cuadras del barrio.
Reacondicioné el salón del frente, quité las fuentes de pescados de colores y
otros trastos que servían de exposición, armé unos estantes y un mostrador de
madera con los residuos del taller de Celestino, puse en marcha un freezer que
me había tocado en parte del patrimonio de Benavídes, e inauguré mi negocio de
almacén. Me levantaba todas las mañanas muy temprano, a recibir al panadero y
al vendedor de lácteos, abría las puertas y esperaba a los primeros clientes
del día. A partir de las nueve de la mañana las amas de casa se encerraban en
sus hogares a hacer las tareas domésticas, nadie andaba por las calles, ni los
niños, que a esa hora estaban en la escuela. Entonces cerraba la puerta,
entreabría la ventana para indicar que estaba abierto el negocio, y me pasaba
al jardín a entretenerme. A los seis meses caí en una depresión. Me preocupaba
que había cambiado un estado de reposo a un estado más serio. El verano llegó a
su fin y también mi labor de mercachifle. Ya no me quedaban ahorro, todo lo
había dilapidado en mercaderías vencidas y malos negocios.
Un domingo de abril,
me hallaba pescando en la ribera del arroyo, debajo del puente de quebracho a
cien metros de la casona, cuando un joven se presentó con todos los bagajes de
pesca y se ubicó a mi lado.
- Buenos días, señor Martín P.- me saludó, dando a
entender que me conocía.
- Buenos días.
- ¿Hay pique?
- Moncholos y alguna que otra mojarra.
- Bueno, peor es nada. Con algo se puede justificar el
esfuerzo.
Con parsimonia, tomó un tiempo para organizarse y luego
se sentó en una silla ratona a cuatro metros de mí.
- Usted es el propietario del terreno lindante, ¿verdad?
- ¿Me conocés?
- Del bar Abiponia- dijo, mirándome-, solíamos ir los
fines de semana con mis amigos, a jugar al pool y los naipes.
Se sacó la boina, apretó la caña entre sus muslos y se
puso a preparar el mate. Entonces lo reconocí. Era el proveedor de verduras de
Benavídes, que recorría el barrio en una bicicleta arrastrando un carro cargado
de mazos de achicoria, lechuga, rúcula y acelgas. Nos pusimos a hablar de
deportes.
- ¿Cómo anda el
negocio?- le pregunté después.
- Se vende- me
respondió- pero las ganancias son exiguas. Yo soy revendedor, no tengo
producción propia. Los precios están condicionados por la competencia, así que
hay poco margen entre los precios de los mercados y el costo de los productores
locales.
El muchacho era del
barrio, de una familia muy modesta a la vuelta de la esquina.
- Es un trabajo
intermedio, una changa que alcanza para mis gastos, apenas- dijo-, pero tengo
un proyecto más ambicioso.
El lugar empezó a
llenarse de pescadores. Una hora después un mundo de gente colmaba la orilla
del arroyo. Quedamos en encontrarnos al día siguiente, en la casona.
- Le va a interesar mi propuesta- me dijo, cuando
levantaba su equipaje.
Román O., así se
llamaba mi vecino, me propuso trabajar la tierra de mi propiedad, casi cien
metros cuadrados de baldío. Al mes siguiente comenzamos a roturar la tierra por
parcelas pequeñas, armando almácigos de siembra de distintas legumbres y
hortalizas. Durante ese año con Ramón aprendí a sembrar y cosechar verduras,
que vendíamos después al por mayor y menor en Abiponia. El negocio fue muy
lucrativo, teniendo en cuenta mis pueriles ambiciones, pero no duró mucho,
porque mi socio rompió el trato a mediados del año siguiente, cuando un
productor muy conocido lo enlistó a tiempo completo en las tareas de su chacra.
- No puedo perder esta
oportunidad- me dijo, apesadumbrado por mí- Es un trabajo con un buen sueldo y
todos los aportes sociales. Lo siento.
- No lo lamentes. Es
tu futuro. Además- le dije- me hacés un favor: el negocio queda enteramente
para mí.
Nos despedimos. Esa
misma noche salí de parranda por primera vez en diez años, a un bodegón de mala
muerte en el otro extremo del pueblo. Brindaba por mí, por mi suerte, por verme
de repente al mando de un negocio que podría rendirme muchos beneficios. Era
como si la mano de Dios hubiera puesto a Román en el momento más difícil de mi
vida. El último año había aprendido
todos los secretos de la siembra y la cosecha del producto; tenía un terreno de
mi propiedad, la experiencia y las ganas de salir a flote.
Ese
invierno, sin embargo, una lluvia de piedras arruinó el sembradío justo en el
momento de florecimiento. En el verano siguiente fue una peste de gusanos, y
después la sequía. En menos de once meses pasé de ser un granjero con
ambiciosas expectativas a un pobre infeliz arruinado por las inclemencias del
tiempo. Me acordé de Javier: “puto, puto porvenir”.
XXIV
La casona del Astillero
era un laberinto griego a fines de 2002. Encontré una ruta de aerobismo a lo
largo de los pasillos internos, que me llevaban en idas y vueltas desde el
salón principal hasta el taller del fondo. Daba largas caminatas para apaciguar
mi dolor interior, atosigado por las fuerzas opuestas del destino. Soñaba
despierto; imaginaba que esa ruta baldosada me llevaba a un lugar inconcebible,
una ciudad de cristal, donde me encontraba con Elvira y nos jurábamos amor
eterno. Caminábamos por calles transparentes, mirando vidrieras, riendo,
saltando y hablando de bueyes perdidos. Nos deteníamos en los comercios a
preguntar precios sin comprar nada. Visitábamos los bares y heladerías para
hacer pedidos y huir en el momento de la entrega. En una tienda de antigüedades
ingresamos a ver un sarcófago cuyo rótulo exhibía el nombre de un faraón egipcio de nombre
Menem, que reposaba al lado de otro llamado Tutankamón. Elvira levantó en sus
brazos un jarrón chino de tres mil años de antigüedad, y ante la mirada
aterrada del anticuario, lo estrelló contra el piso para probar que no era
irrompible.
- ¿Cuánto cuesta?-
pregunté yo, sacando la chequera de su padre
con los documentos firmados en blanco.
- Dos pesos.
- Bromea.
- Eso es lo que vale,
amigo, un jarrón de la dinastía Ming.
- ¿No era Ching?-
preguntó Elvira
- Da lo mismo-
respondió el anticuario.
- ¿No sabe si era uno
u otro?- le pregunté, asombrado
- No.
- ¿Ni siquiera sabe
qué es lo que vende y pide por ello una fortuna?.
- Ése es el precio;
tómelo o déjelo.
Lo compramos, por
supuesto, y también una escoba antigua perteneciente a una famosa bruja cuya
obsesión había sido hablar con los espejos. Escogimos los restos del florero
milenario en un carcaj que decía Tikonderoga, por el que pagamos cincuenta
centavos, y nos marchamos.
En víspera de Año
Nuevo tuve que quedarme en cama con gripe. Me quedé dormido antes de entrar en
el año 2003, fecha que me producía más escalofríos que el catarro. Esa noche
tuve más alucinaciones; me preocupaba la manera como iba a ganarme la vida. Al
alba entré en shock, me perdí en una nube de remordimientos sin sentido. ¿Por
qué me hallaba en esa situación? Yo debería haber sido profesor de literatura
en alguna escuela secundaria, si sólo me hubiera esmerado en el estudio. Después
de unos días, o una semana, no sé con seguridad, me asaltaron nuevamente los
pensamientos suicidas. Me hallaba caminando en el pasillo cuando se me ocurrió
una idea sensacional: podría dictar un curso sobre suicidio. Incluiría la
historia del suicidio, tipos de suicidio, héroes y heroínas suicidas. El curso
terminaría con mi propio suicidio. Me haría célebre, sería tan memorable que
todo el mundo hablaría de él durante años.
Agotado, esa mañana me tiré sobre una poltrona vieja, en
el rincón más desolado del taller de carpintería. El piso cedió, la pata de la silleta se
hundió perforando la tabla de madera podrida del piso. Me agaché para observar
el daño cuando unos rayos de luz tenue penetraron al interior del hueco,
dejando ante mis ojos una cavidad profunda debajo del listón. Era un sótano.
Hasta ese momento no me había percatado de su existencia. Busqué alguna
abertura de comunicación y la encontré debajo del pequeño torno de mesa. Lo
corrí, levanté la tapa y descendí al interior por una escalera caracol hecha de
madera. La habitación no era pequeña, se extendía todo lo largo y ancho del
piso superior. Estaba a oscuras, pero la poca luz me enseñaba todo el ambiente
en penumbras. Me excité por lo que vi y deduje en un primer momento; las
paredes estaban cubiertas de estanterías que más bien parecían un bosque de
estatuas. Eran pequeñas, talladas sobre madera, colocadas ordenadamente en los
escaparates y también en una mesa, en pedestales y en el piso. Un cartel
escrito con una pintura luminosa colgaba sobre uno de los anaqueles del fondo:
“Taller de Crucifijos”, decía, en letras de molde. Los esculpidos correspondían
a pequeñas figuras de santos, de flechas, de caballos de gorros frigios, de
laureles, de escudos, de senos, de caderas generosas, de caranchos con las alas abiertas, de
diablos, de palomas y de otras figuras que parecían ídolos umbandas. En un
arcón escondido entre tantas estatuillas, encontré una pila de papeles viejos,
diseños de las figuras y las instrucciones para fabricarlas en el torno de
mano. En el fondo del cajón descansaba un libraco de grosor considerable;
estaba cubierto por tapas de cuero y sujeto con una cinta, también de cuero,
atada a un canuto con la forma de un morrión de plata. Un letrero escrito a
fuego sobre la tapa anunciaba el titulo del mamotreto: Libro Sagrado de
Abiponia.
Se trataba de un manuscrito, una obra muy antigua escrita
hacía muchos años sobre unos pliegos de un papel muy raro, que parecía
transparente. De inmediato recordé un ejemplar editado el año anterior, una
edición limitada con el mismo título, producida sin fines de lucro por Eladio
Padrán y de cuyas manos yo había recibido un ejemplar de regalo.
En el Taller de los Crucifijos encontré modelos de todas
clases, tamaños y colores. Los había sólo de madera, otros enchapados en plata,
con el Cristo totalmente galvanizado, y en oro. Descubrí uno que era el calco
perfecto del que yo heredé de mi madre y tenía colgado a la cabecera de la
cama.
El hallazgo fue el milagro que salvó mi vida.
La idea no se me ocurrió de repente, como una lamparita
que se enciende sobre la cabeza, tal cual se ve en las historietas. No. Hacía
mucho tiempo ya que me torturaba la mente en busca de un plan de salvación,
cuando descubrí el sótano. Me habría conformado con un trabajito cualquiera,
que me ayudara a llegar a fin de mes con el estómago lleno y las cuentas
saldadas. Ésa hubiera sido una buena manera de vivir tranquilo, pero mi edad
era tan mezquina que obviaba los esfuerzos corporales. ¿O no? Cuarenta y ocho
años de fatigar neuronas eran suficientes para mi equilibrio mental, y también
para mi debilitado esqueleto.
Encontrar ese tesoro de madera tallada fue tan lindo que
pensé en dar forma a mi interés, hacer un negocio. De modo que reacondicioné
nuevamente el salón de enfrente, desalojé el sótano con todos los bártulos, y
comencé con el nuevo almacén. El cartel de la fachada anunciaba la índole del
comercio: Santería
Primero debía informarme con datos precisos. Entré en
Internet, recorrí infinidades de páginas en busca de información sobre
compraventa de artículos de Santería y Antigüedades, viendo la clase de cosas
que interesaban a la gente, y cómo se las exhibía. Arreglé el salón teniendo en
cuenta esos datos, e hice imprimir unos folletos que explicaban someramente los
beneficios de resguardar un hogar de los malos espíritus. “La presencia de un
santo o un crucifijo tallado en madera de palo santo, decía el anuncio, librará
su casa de demonios”. Repartí volantes con la nómina de artículos en
existencia, casi mil estatuillas de toda la veneración cristiana en boga, y
también algunos artículos que podrían servir de ornamento para una pared o un
centro de mesa.
Arranqué muy bien el día de la inauguración. Mi primer
cliente fue una vecina, una mujer de cuarenta y tantos que me compró un Rosario
construido totalmente de madera, cuyas piezas se encastraban entre sí como las
partes de una serpiente de juguete. En total, contabilicé veinte estatuillas a
veinte pesos cada una. Los ídolos, fetiches y mascotas los guardaba en la trastienda,
aunque el cartel colgado a la entrada
denunciaba a los más perspicaces sobre las trampas del oficio.
Con el tiempo me familiaricé aún más con los gustos del
público. Había clientela para todo. Cuando la gente entraba al negocio se
regocijaba de placer ante esa galería de tesoros y reliquias, que con el tiempo
fui sumando en variedad según su gusto y paladar. Estaba en mi salsa, en el
negocio de mi madre. Un viajero uruguayo compró quince tótems del dios charrúa
del agua, toda la existencia del ejemplar. Una semana después me llamó por
teléfono anunciándome que me giraba una transferencia con el pago de doscientas
unidades. Tenía un negocio de antigüedades en Mar del Plata, y los turistas
uruguayos pedían más penates. Negocio redondo. Washington Ternera me visitó
otra vez a mediados de junio, un día cualquiera, un martes creo, y me trajo
otra propuesta interesante: rescatar de los gallineros todos los autos antiguos
que pudiera encontrar. Salí de recorrida por la zona rural con un dato
fidedigno. Efectivamente, en Flor de Oro, en la casa de un colono de apellido
Moschén, un Ford A modelo 1920 descansaba en la casa de las gallinas. Estaba en
malas condiciones, por supuesto, pero todavía conservaba las partes del motor,
aunque oxidadas, y la carrocería. Una cosa trae la otra, el fulano me tiró otro
dato, y éste, otro, y así. En dos meses limpié los arrabales de reliquias
antiguas y en desuso. ¿Saldo?, veintitrés unidades, entre Chryslers, Ferraris,
Roll Royces y Fords de más de setenta años de antigüedad. Quince mil mangos
líquidos de ganancias.
Washington tenía un mercado de pulgas, de baratijas
antiguas con documentos de autenticidad. En su negocio, que se podía consultar
en la Web vía
Internet, había todo tipo de pequeñeces con valores exorbitantes, tan exóticos
como puede ser un tenedor de plata perteneciente al virrey Cisneros, como una
esquela escrita por Perón a su chofer cuando todavía era un soldado de baja
jerarquía. Viajaba a todas las exposiciones y remates de antigüedades del país,
constataba precios y compraba todos los objetos que consideraba interesantes.
Compraba con prudencia, por supuesto, sabiendo que en el interior había
reliquias muy valiosas que podía conseguir a precios exiguos, especialmente
antigüedades del campo que adquiría a cien pesos para venderlas en mil. ¿Qué
casualidad no? El tipo era oriundo de Santa María, Uruguay, localidad donde se
había fundado El Astillero de Jeremías Petrus
En octubre de 2004 cumplí cincuenta años. Para ese
entonces tenía dos oficiales carpinteros trabajando en el taller, especialistas
en el manejo del torno y con habilidades poco comunes en labores artesanales.
Trabajábamos en serie, siguiendo los diseños de Celestino Padrán, a producción
continuada de cincuenta piezas por día.
Yo me dedicaba exclusivamente a la venta en el local de las
exposiciones, y a la compra de todo tipo de antigüedades para Washington
Ternera. Negociaba con señoras viejas, propietarias de artículos tan antiguos
como sus bisabuelas, y hombres de campo que soltaban sin titubear las
herramientas oxidadas de mitad del siglo XIX. Había dejado de ser uno de los
Robinsones modernos para convertirme el Andy Warhol de las relaciones públicas.
XXV
El 7 de noviembre, un mes después de mi primer medio
siglo de vida, me visitó Eladio Padrán, sobrino de Ireneo, el dueño del
edificio donde Benavídes regenteaba el bar. Traía una propuesta muy tentadora,
un negocio de cambalache de esos que uno nunca sabe si gana o pierde y que sólo
el tiempo y la historia pueden establecer con veredicto positivo. La nómina de
sus reliquias registraba una serie de objetos arqueológicos de probada
autenticidad: una coraza broncínea del
siglo XIV, perteneciente a un soldado de la conquista española; un sable del ejército
argentino fabricado en Mendoza en 1815, probablemente uno de los pocos
vestigios del Cruce de los Andes, que por esas cosas del destino se perdió en
las márgenes del Arroyo de Abiponia setenta años después, cuando un soldado del
General Obligado murió luchando contra los indios abipones; un trabuco de
fabricación inglesa, un Dracos del siglo XVI, con veintisiete muescas en la
culata enchapada en plata y el nombre de Tabare, uno de los emperadores de
Abiponia, impreso en el mismo lugar. Su museo particular contaba con otras
reliquias, además de las descriptas, pero estaba dispuesto a negociar éstas,
las más valiosas del conjunto.
Yo sabía de la existencia de su colección porque en el
pueblo era vox pópuli la afición de Eladio por las reliquias arqueológicas.
Desde niño se había pasado gran parte de su vida husmeando las orillas del
Arroyo de Abiponia en busca de vestigios que convaliden la existencia de un
Imperio de ficción. Las guardaba en un rincón predilecto de su casa, junto a
una copia transcripta a máquina que era la traducción al castellano del libro
antiguo descubierto por mí en el sótano de la casona. Por todo esto siempre
estuve alerta a su visita.
- El negocio me proporciona más que nada satisfacción- le
dije, suelto de lengua.
- Es un negocio como cualquier otro. Todos los comerciantes
perseguimos ganancias- sentenció Eladio.
- Con la salvedad que yo compro, vendo o cambio por un
impulso sentimental sobre los objetos. Este negocio funciona si se ama estas
cosas viejas, su carácter y su textura.
Era verdad, la gente me buscaba para venderme sus cosas.
Era como un centro de recepción para compradores que pasaban por el lugar a
llevarse imágenes con qué decorar los interiores de sus hogares. Mi mercadería
no era para deglutir o para usar en determinado momento del día, para reponer un
faltante o para restituir una parte en desuso. Eran objetos para colocar en un
lugar vacío de la casa, que le sirvan a uno para recordar o suscitar alguna
satisfacción puramente espiritual. Por supuesto, otros las compraban para
acabar una lista completa de objetos, como hacen los filatelistas con su
muestrario de estampillas. Y había también otro tipo de coleccionistas,
aficionados de temple que me hablaban de otras regiones pidiéndome cosas
extrañas, objetos que basaban su existencia en los mitos indígenas de la
región. Un hacha esculpido en quebracho, por ejemplo, único ejemplar de la
colección de Celestino, había ido a parar a una ciudad de Entre Ríos llamada
Santa Anita. El nuevo propietario del tallado se comunicó conmigo por chat,
haciéndome una solicitud, y grabó un mensaje en su computadora que se
transfería en forma automática
diariamente. Me requería la búsqueda del hacha auténtica, un objeto de
existencia real, según sus datos, que había pertenecido a un cacique charrúa.
El arma había llegado a estos pagos como obsequio del jefe indígena al príncipe
abipón que contrajo enlace con su hija. Era una historia que traspasaba
cuatrocientos años de vida, latente en el imaginario colectivo a través de
dichos y coplas populares. El hacha, me aseguró, debía persistir en manos de
algún familiar de la estirpe, en algún lugar de la cuña boscosa, donde todavía
viven algunos descendientes de la supuesta etnia aborigen desaparecida. “Los
mitos son relatos de la realidad”, me respondió una vez el interesado, cuando
utilicé el término para hacerlo desistir de su propósito.
No debía estar errado, seguramente; ¿de dónde, si no,
Celestino habría de sacar el modelo para tallar su obra?. Washington Ternera me
había dicho lo mismo una vez que hablamos sobre Jeremías Petrus y Larsen. El
autor de “El Astillero” habría pergeñado la historia tomando datos de la
realidad. En algún momento de su vida se cruzaría con los personajes que, como
en la obra de Pirandello, andaban en busca de autor. No fue difícil para
Onetti, teniendo en cuenta su destreza narrativa, transcribir al papel la
historia sin sentido de una empresa sin futuro, en la que un armero, una hija
loca y un gigoló intentan rehacer sus vidas. Lo más atrayente para Washington,
muy interesado en rastrear la vida real de los personajes después de mi versión
acerca de la presencia del clan en Abiponia, a principios de los ´50, era el
personaje de Larsen, quien en realidad consigue ser gerente general de esa
empresa fantasma. La ciega ambición de Larsen, o su compulsivo deseo de
seducción, le impiden ver la necedad de todas sus acciones, lo absurdo de su
sometimiento.
Según las averiguaciones de Washington Ternera, producto
de entrevistas a distintos habitantes de Santa María, en Uruguay, Larsen fue un
gigoló frustrado, un traficante de blancas que buscó su redención imposible
tratando de reflotar el astillero del que sólo quedaban ruinas, y para eso
intentaba seducir a la ingenua Angélica Inés, la joven autista hija del dueño
del lugar, Jeremías Petrus. Quizás Luis, mi amigo del alma, interpretaría de
otra manera la historia si debiera adaptarla para el guión de una de sus
producciones: seguramente vería en ella una novela de desolación, de absoluta
desesperanza, como la imagen de un país después que se lo ha perdido en forma
definitiva.
Lo interesante de la versión de Washington Ternera, sin
embargo, es la historia paralela, la verdadera razón del viaje de Petrus y su
comitiva a Abiponia, y su permanencia aquí durante tres años. Un lustro después
de su expulsión de Santa María, dice mi informante, acusado por el Gobernador
de la provincia de negocios inmorales (regenteaba un prostíbulo y repatriaba
uruguayas adolescentes de los países vecinos), Larsen volvió a la ciudad
convocado por Jeremías Petrus. Circulaba una noticia providencial en esa época,
acerca de la reinstauración de la industria más próspera de la ciudad en la
década anterior: el Astillero. Esta empresa debía ser una fuente de mano de
obra propicia para ocupar a los cientos de obreros desocupados luego del cierre
del ramal del Ferrocarril que comunicaba con El Rosario, el puerto de tráfico
fluvial más importante del Atlántico nororiental. Muchos, entre ellos los
testigos indagados por Washington, lo vieron en aquel mediodía de fines de
otoño en la parada de los colectivos que llegaban de Colón, erguido como un
fantasma bajo una llovizna persistente. Estaba tan gordo y tan desaliñado, tan
triste y envejecido y tan con esa actitud desafiante que parecía siempre con
ganas de pelear como lo conocieron los habitantes de Abiponia dos meses
después.
Fue una aparición fugaz en la estación de colectivos de
Santa María, que duró el cantar de un gallo porque una limusina negra lo
recogió un minuto después y se lo llevó en dirección al Astillero. Quince días
pasaron; un domingo de sol radiante, Larsen se hizo presente en la vereda de la Iglesia , con la misma
facha artera y avejentada de los rufianes en decadencia. Llevaba un ramo de
violetas apretado contra el corazón, esperando la salida de la misa. Una niña
de padres desconocidos, tan adolescente como puede ser una joven quinceañera,
pasó frente a Larsen, sonrió y parpadeó con temor y deslumbramiento ante las
violetas, tomó el ramillete y se dejó conducir al coche aparcado en la vereda
de enfrente. Ningún habitante de la ciudad recuerda haberlo visto nuevamente
antes de que se cumplieran tres años de aquel regreso.
Quizás influido por la historia de mi vida, Washington
arriesga una versión descabellada de los hechos: la niña de sus averiguaciones
sería Florinda, y Larsen, el mismo que conoció Abiponia en aquellos años de
ficción. Yo, para ampliar aún más sus expectativas, sería el fruto de una
violación, o al menos de un acto no querido, consumado con premeditación por el
resucitado personaje literario. Pero aún más descabellada es su versión acerca
del motivo por el que Petrus y Larsen se afincaron en Abiponia. La historia del
Astillero, en los recovecos aislados del puente viejo, sería una representación
ingeniosa para desorientar la vigilancia de una secta clandestina centenaria,
la que, por otro lado, muy bien describe Eladio Padrán en su obra de ficción.
Lo cierto, según Washington Ternera, era que Petrus ocupaba un cargo jerárquico
dentro del Opus Dei, otra secta, ésta
religiosa y vinculada directamente con los jerarcas del Vaticano, la que habría
financiado la estadía del clan en Abiponia durante tres años. Por eso la
relación familiar de Petrus con el cura Vicente y los demás sacerdotes de la
diócesis. Ambas sectas perseguían el mismo fin, el hallazgo de una reliquia de tiempo
inmemorial, también citada por Eladio en su novela.
Con respecto a la actividad clandestina de los
visitantes, podría calificarse de certera la función que le adjudica Washington a Larsen, enclaustrado casi todo
el día en la oficina de la casona del Astillero. Aislado, y con las puertas y
ventanas la mayor parte del tiempo cerradas a toda mirada indiscreta, despertó
la curiosidad de Padrán y Benavides, quienes pensaron en descifrar el misterio
a principios del ´50. Las suposiciones
de Washington y la lectura de Abiponia me dieron a entender cuál era el interés
de Benavídes. En cuanto a la labor de Larsen, por algo cargaba el mote de
Juntacadáveres, tanto en la ficción como en la vida real. La teoría de
Washington Ternera asocia el apodo con el de Profanador, dado que, según sus
cálculos, Larsen se pasaba el día estudiando restos óseos en busca de un
vestigio antiquísimo, también citado por Eladio en su obra.
Toda esta
historia de mi colega uruguayo la compartí con Eladio durante aquella charla
informal, en la trastienda de mi negocio. Le participé también otra hipótesis
de Washington Ternera, acerca de un error por omisión en la traducción desde el
manuscrito elaborado por los emperadores abipones, que yo conservaba intacto en
mi depósito de antigüedades, a la transposición realizada por Celestino a la
lengua española, que estaba en manos de Eladio. Eso me había movido a mí a
revisar los archivos comunales de principio de la década del ´50.
No era para ese fin que me había visitado Eladio, pero mi
afición a las historias de Abiponia, más aún después de haber leído la novela
de su autoría, me llenaban de curiosidad y expectativas. No coincidió conmigo,
es decir, con la teoría de Washington Ternera, por la simple razón de que las
reliquias desaparecidas de San Esteban Diácono no eran restos óseos sino
aquellos que registraba en su escrito. No podía haber error en la traducción
porque Celestino manejaba al dedillo ambas lenguas. De todos modos, quedó
pasmado ante la evidencia de un documento del gobierno local, expedido a favor
de la Iglesia
en 1951, que autorizaba el traslado del osario a un depósito subterráneo, sobre
el que después se plantó la cruz mayor del cementerio en Abiponia.
- Bueno- me dijo sorprendido- Usted tiene el documento
original. Esa hipótesis podría probarse con una simple lectura. Buscar algo que
no sabemos bien qué es y de lo que no tenemos ni siguiera una mínima pista sólo
es alimento para la especulación. Y que cruza fácilmente el límite de la
realidad para entrar en la fantasía.
Luego la conversación se hizo forzada y se notó una
fuerte tensión entre los dos. Se acercaba el momento de discutir acerca de las
reliquias, razón por la cual había llegado a mi negocio, y estaba claro para mí
cual era su interés.
- La teoría que maneja Washington Ternera se centra en
las reliquias transportada por los diáconos en el viaje inaugural. Para él
reunían no solamente las sandalias y el manto de San Esteban, también sus
restos óseos.
No respondió, se limitó a mostrar un folleto impreso de
su computadora. Eran las antigüedades que pensaba negociar.
- Usted sabe donde vivo, si quiere puede pasar a verlas
en vivo.
- ¿Qué precio tienen?
- No tienen precio
- Sin precio no se puede negociar
- Le doy todo a cambio de los dos crucifijos- dijo,
refiriéndose a los tallados de Larsen, cuyo diseño ilustrado en láminas yo
había facilitado a Washington Ternera para sus exposiciones en Mar del Plata y
Buenos Aires.
Después supe que
Eladio, en uno de sus viajes a Buenos Aires, había entrado a curiosear en su
mercado de pulgas y había visto las láminas en exposición. Debió llamarle la
atención, y seguramente se habrá impresionado, que aquellos crucifijos se
parezcan tanto a la ilustración que Celestino había bosquejado en su copia del
libro de Abiponia, en el que aparece
Jesús clavado por las manos y no por los pies, en una cruz de marfil, con su
rótulo superior REX JVD. La cruz de cada uno, porque son similares, se empotran
en una plancha circular, también de oro, en la que se hallan cinceladas las
imágenes de la Virgen
y de San Juan.
El único registro de la existencia de estos crucifijos, además de la mención e
ilustración de Celestino y, por supuesto, del manuscrito antiguo hallado en el
Taller de los Crucifijos, se encuentra en el códice siríaco de la Biblia, escrito en
el año 586 por el monje Rábula, quien explica la razón por la que San Esteban
Diácono los tenía en su poder antes del martirio.
Me sobresalté al
sentir la seguridad con que Eladio argumentaba sobre la existencia de los
mismos, haciendo ver que realmente conocía la historia de los objetos y que al
mismo tiempo no se turbaba por lo ridículo de la cuestión. ¿Quién en su sano
juicio buscaría reliquias bíblicas en este rincón del mundo?. Claro que Eladio
tenía pruebas suficientes para hacerlo, datos que no tenía cualquiera y que
solamente él, algún miembro de su familia, o algún otro grupo secreto cuyas
intenciones nadie, ni Eladio, conocían. De todos modos, a pesar de la confianza
que merecía la impoluta honradez y decencia del muchacho, y aún a mi pesar,
porque era una muy buena oportunidad para tranzar un negocio de otras
características cantantes y sonantes y sortear el cambalache, negué la
autenticidad de los datos de Washington Ternera.
- No le habrá dicho que poseo tales reliquias- afirmé
sonriendo- le habrá dicho que tengo datos precisos sobre ellas.
- ¿Datos precisos?-
dudó- Que yo sepa no hay registros de su existencia más que en la Biblia , y allí el autor no
las ilustra con lujo de detalles como lo hacen las láminas de Ternera- dijo,
creyendo me había acorralado.
- O me esconde algo o intenta ponerme una trampa- acusé después- Yo creí
que usted me interrogaba con propiedad.
- Y así es- respondió.
- No, no, no...se
burla de mí. Si no existen imágenes fidedignas de esos crucifijos, ¿cómo los
identifica en las láminas de Washington Ternera?
Se turbó y no supo qué contestarme. Entonces caí en la cuenta que debía
tener ilustraciones de las imágenes, aquellas que un tiempo después, cuando nos
sinceramos, me mostró, bosquejadas por el mismo Celestino en su transcripción
del manuscrito.
- Las láminas de Washington Ternera no son más que burdos bosquejos que
pude trazar basándome en las descripciones efectuadas por San Pablo en su
Evangelio, el apócrifo. Lea ese texto y verá una ilustración verbal de los
mismos.
XXVI
Luis
regresó a Abiponia en febrero de 2006, en una visita relámpago de
características funestas: dos obreros murieron aplastados por un armazón de
mampostería cuando montaban el escenario de una de las secuencias de la
película.
Al
principio la prensa anunció la visita de Luis Santini como un anticipo de malos
augurios. Algunos medios ilustraron la curiosidad morbosa de los lectores con
fotos macabras en las primeras planas, y epígrafes lapidarios de la
circunstancia del accidente, un escenario sangriento con cuerpos descalabrados
en el piso del tablado. Según los periodistas, no era casual la presencia del
cineasta en el plató dando instrucciones en el espacio cubierto donde se
realizarían algunas escenas del filme, cuando uno de los operarios, en lo alto
de una estructura de siete metros, resbaló y cayó arrastrando a su compañero.
Los artículos periodísticos, algunos de los cuales yo leí sorprendido, querían
magnificar las prácticas oscurantistas de Luis. El año anterior había presenciado algunas ceremonias de la
secta umbanda con el propósito didáctico de elaborar el guión de su próxima
película, que trataba sobre esos ritos. Algunos medios habían tomado al pie de
la letra su afición, la enredaron en los acontecimientos y así encendieron aún
más el recelo del público supersticioso, que se volcó sin cautela a consumir esas
noticias satánicas. Luego del primer impacto, cuando la tirada de ejemplares
alcanzó el pico máximo de ventas y ya no hubo sensacionalismos que transmitir,
los medios dieron una vuelta de tuerca y el gravoso accidente pasó a segundo
plano. “No puedo darme el lujo de tener resabios con la prensa- dijo en un
programa televisivo luego que su conductor le apuntó la actitud especulativa de
esos medios- después de todo, yo vivo del espectáculo”.
Había
otro punto de controversia que tratar al inicio de la filmación, una disputa
aprovechada por los medios de comunicación para seguir nutriéndose del
espectáculo: la distribución de roles secundarios en las distintas escenas de
la trama, que Luis había aceptado repartir entre los actores aficionados de
Abiponia. Debió utilizar toda su experiencia diplomática para rebatir las
exigencias del grupo actoral, que solicitaba una mayor participación estelar en
la versión cinematográfica de “Abiponia”.
Después de varias jornadas de tires y aflojes, y entre bombos y
platillos, regresó a Buenos Aires,
dejándome con el corazón destrozado. Realmente se había olvidado de mí,
su hermano del alma y el más ferviente y desinteresado admirador de sus éxitos.
Regresó
diez meses después, para el estreno del filme, pero esta vez tuvo la humildad
de acercarse a mi casa. Allí nos reencontramos, en medio de una polémica
periodística de ribetes puramente literarios, lo que para él era una discusión
sin sentido. “Toda vez que se estrena una película basada en una obra literaria
famosa, me dijo, surge la polémica comparación entre su generadora y la
reelaboración cinematográfica, la confrontación entre lo que hubo y lo que
queda”. El estreno de la cinta había
reavivado el tema en el ambiente literario y artístico, como ocurría siempre
que se comparaban obras de distinta índole. “Es ridículo comparar inocentemente
dos obras que pertenecen a campos artísticos diferentes, y el cine hace rato ya
que se ha independizado de su hermana más vieja, manejando códigos y modelos de
representación absolutamente propios”, sentenció en nuestra charla de
entrecasa. “Lo que sí podemos comparar es el tratamiento que se le dio a la
historia y a los personajes, porque al fin de cuentas, son las historias
literarias las que suelen atraer y tentar a los realizadores y productores del
cine narrativo”.
En
la conferencia de prensa se presentó junto a Eladio Padrán, encuentro sin duda
programado por los medios de comunicación para incentivar la polémica y atrapar
la atención de la audiencia. La película ofrecía una versión distinta a la
propuesta por la historia de la novela, la que se basa en un mito fundacional,
con matices de carácter didáctico y un mensaje de importancia moral subjetivo,
ajeno totalmente a la reelaboración puramente política del nuevo engendro.
Así lo llamó Eladio, engendro, pero Luis ni se
inmutó por el insulto. Él mismo, junto a Ricardo Piglia, habían escrito el
guión adaptado a la obra. La historia de la película transcurre en un pueblo
imaginario que es todos los pueblos de la Argentina inmigrante, cuyos gobernantes, los
siete emperadores de Abiponia, sobreviven en un mundo inhóspito y logran
imponer una civilización nueva dentro de un territorio salvaje habitado por
indígenas abipones. Los guionistas eligieron como símbolo ideológico la
organización económica de Abiponia, para transmitir con ella algo más amplio:
la realidad nacional, la
Argentina en ruinas y la desolación de un país en
decadencia.
-
Que los personajes resulten creíbles dentro de lo increíble del asunto es un
logro en el cine nacional. El problema radica en la historia- explicó Luis al
periodismo, en un tono enigmático y con palabras de corte técnico de difícil
interpretación- Descartamos las sutilezas de Padrán, sus verdades dichas a
medias, o apenas insinuadas, y armamos una trama enredada, que se va
complicando de manera poco clara para quien no ha leído la novela. El resultado
es un film complejo, árido, de difícil acceso para la gente común, no lectora.
Por eso la polémica de los críticos de Abiponia y General Obligado. Lo que pasa
es que apuntamos al público instruido, al verdadero espectador cinematográfico.
Fue
un monólogo prolongado, con humor de comedia dado que Luis se hallaba en un
atril, de cuerpo entero a la vista de todos, y sacó a relucir sus aptitudes
histriónicas para descalificar las acusaciones de su interlocutor. Cantó y
bailó como un profesional cuando debió explicar algunas secuencias de la obra,
bromeó con los periodistas y lloró también,
con lo que menguó la profundidad de la disputa. Así lo recordaba yo de
la juventud, enfrentando con humor las adversidades. El acto final, justamente
lo más apropiado para sembrar expectativas y atraer al público masivo, se dio
con el desplante de Eladio, quien se retiró del escenario sin saludar,
vivamente ofendido por las justificaciones del productor.
Después
de ver la película yo saqué mis propias conclusiones; a favor de Eladio, por
supuesto, aunque sospechaba también de la polémica suscitada entre ambos
autores: me parecía más bien una comedia montada a propósito. La versión
cinematográfica, tratada como una fábula vagamente intemporal, está ambientada
en espacios abiertos, con escenarios de enfrentamientos bélicos y decorados que
señalan el estado de derrumbe de cada lugar. La glorificación y riqueza están
subrayadas por el vestuario de lucido corte medieval, colorido y exuberante
para casi todos los personajes. La ambientación es tan realista como sugiere la
ficción dentro de la novela, que el realizador mutila predilectamente con
planos generales, mostrando escasos planos medios y primeros planos. De esta
manera, recorta la realidad desde la gesta civilizatoria, en lugar de la figura
de los personajes, un punto de vista más ideológico que artístico. En
definitiva, lo que hicieron los guionistas fue evitar la referencia textual a
la novela, lo que pone en el cielo el grito del autor y los críticos de nuestro
medio.
Luis
declaró también que uno de los temas de su película es la búsqueda inútil de
nuestro origen patriota. Sin embargo, más obvia que esa disimulada búsqueda es
el intento imperialista de afirmarse en el poder. Los personajes de su película
son nobles obsesionados por imponerse en un territorio expropiado, ajenos a
toda sensibilidad. Conociéndolo como lo conozco, la posición de Luis no es
arbitraria a su modo de ser. Los ricos no tienen sentimientos, me consta porque
soy testigo de sus latrocinios. De ese modo, Luis seguía siendo el de siempre
para mí, quizás un poco más soberbio, con mucho más dinero, con muchos
compromisos hacia los auspiciantes de sus producciones, y por lo tanto,
responsable del éxito de la inversión. Negocios son negocios.
Yo
mismo me veía reflejado en él en esa instancia, soberbio y condescendiente en
mi nueva posición social, tras el empuje económico de mi nuevo negocio. Como se
dice, un piojo resucitado. Había trabajado muy duro los tres últimos años,
había tenido éxito y mi posición dentro de la comunidad había alcanzado ribetes
impensados. Recibía invitaciones de gente que un año antes no se dignaba a
saludarme en la calle, de funcionarios públicos que antes me miraban con
desconfianza y de instituciones culturales que ahora se enorgullecían de contar
conmigo en las muestras artesanales del pueblo. También debuté en televisión.
A
mediados de 2006 un canal de cable de alcance nacional presentaba un programa
titulado “Ídolos de madera”. Era una serie de entrevistas a personas dedicadas
al negocio, que ellos consideraban interesantes. Llamaron a Washington Ternera
a Mar del Plata, y él me invitó para que apareciera de ladero en la entrevista.
“No podés negarte, es propaganda gratis”, me dijo, de modo que acepté mostrarme
en ese medio. El entrevistador, junto a un asistente y un cámara llegaron a mi
casa con el anticuario, que oficiaría de anfitrión junto a mí, y preparamos el
escenario de representación en el negocio de estatuillas y el taller de
producción. Estaban interesados en ver cómo hacíamos para que nuestro comercio
fuera un éxito a pesar de la aparente intrascendencia del negocio.
-
Yo pensé que hablaríamos de la producción de estatuillas- dije fuera de cámara,
un poco perplejo.
-
Por supuesto, también hablaremos de eso- dijo el conductor.
Comenzó
la entrevista y la respectiva grabación.
-
Tenemos como invitados a una pareja de exitosos vendedores de imágenes de
madera-anunció el entrevistador- El señor Washington Ternera, conocidísimos
entre nosotros por su floreciente negocio de antigüedades en Buenos Aires y Mar
del Plata, y el señor Martín P., vendedor de crucifijos y estatuillas de madera
en todo el norte santafecino. Díganos ¿cómo se las arreglan para prosperar en
un negocio tan poco lucrativo?
-En realidad no es un negocio de tan bajo rendimiento
como usted supone- le dije- la gente es muy proclive a este tipo de imágenes,
especialmente cuando ven un buen tallado y se identifican con el santo de su
devoción. No hay que olvidar que en una buena familia católica, o cristiana en
general, es necesaria la presencia de al menos una cruz que recuerde al
Redentor.
Washington casi no intervino en los comentarios, un gesto
de buena disposición que permitió me luciera durante la entrevista. Me explayé
un buen tiempo en la historia del crucifijo como elemento de tortura en épocas
de los romanos, y como arma de martirio en la muerte de Jesús. Esta ilustración
histórica interesó al entrevistador porque sabía era un informe desconocido por
el espectador común. Después llegó el momento de explicar el método de
producción.
- ¿De dónde saca las ideas?, preguntó, y yo mostré el
catálogo de Celestino, que tenía ilustrado en una nueva nomenclatura editada en
forma de libro para la venta, con todas las instrucciones necesarias para la
producción.
- Esta es la tercera edición del manual- dije orgulloso-
tiene muy buena aceptación, especialmente para los aprendices de los talleres
de artesanías.
Después hice una demostración práctica con el torno de
mano y un trozo de madera. Fabriqué en dos minutos un caballo de quebracho.
El
programa duró menos de treinta minutos en el aire, aunque me pareció que
estuvimos toda la mañana. Washington y yo sabíamos que estábamos haciendo una
representación con propósitos promocionales, y que se difundiría por todo el
país.
XXVII
Mi
vida en el barrio Porth Arthur se iba volviendo cada vez más parecida a un
ritual. Practicaba ejercicios para mantener mi condición física, leía, discutía
proyectos con mis dos empleados y charlaba hasta largas horas de la noche con
Sultán. A principios de 2007 podía hacer un balance muy positivo: había
alcanzado la felicidad. Solamente una espina seguía clavada en mi corazón: el
distanciamiento de Eladio después de aquella polémica con Luis. No entendía por
qué el muchacho me había tomado tanta aversión.
Al
comienzo del invierno de ese año el Bar Abiponia reabrió sus puertas
nuevamente. Ahora era atendido por un vecino del barrio, Carlos Bordone, con
quien Eladio formó una sociedad de hecho. Carlos, un joven desempleado que
gozaba de buena aceptación en todo el pueblo, había llegado a ocupar un puesto
de importancia en La Aceitera
en la época que yo regenteaba el bar, por eso nos conocíamos y simpatizábamos.
Yo,
por supuesto, no tenía acceso al lugar de entretenimiento, debido a esa actitud
negativa de Eladio, pero me propuse descubrir la razón de su rencor apelando a
la confianza de Carlos. Comencé a visitarlo regularmente pasado el mediodía,
con el pretexto de comprar gaseosas y sándwiches, y Carlos siguió tratándome
como antaño. Siempre me atendía en el anexo del bar, aledaño al salón del
mostrador y de las mesas, donde todavía funciona un local de comidas para
llevar, con servicio de delivery atendido por su esposa: pizzas, hamburguesas,
empanadas y sándwiches. El lugar se conecta al salón principal por intermedio
de una puerta ventana interior, que abarca toda la pared y puede verse desde
allí a los parroquianos presentes en el bar en ese momento. Ocasionalmente veía
alguna cara que me resultaba conocida de la época de Benavídes, pero después de
casi diez años los clientes que yo atendía ya no estaban. Esa primera vez
observé también que el resto del edificio estaba como antes, con algunas
modificaciones en la parte posterior del salón, antiguamente residencia de
Benavídes, después convertido en una sala de conferencias por Eladio. El salón
de enfrente seguía siendo un museo de artesanías, como en mis épocas, aunque
los muebles se veían más brillantes y mejor conservados, por los trabajos de
restauración que Eladio había encargado a expertos en ese tipo de armatostes
antiguos. Las canchas de bochas seguían en el mismo lugar, aunque se había
derribado la antigua estructura sostenida por palmeras para levantar un nuevo
tinglado con columnas de concreto y techo de zinc.
Una
mañana de domingo caminaba por el barrio vestido de gimnasia, con una campera-pantalón de jogging
y zapatillas deportivas. Pasé por el bar, Carlos me vio y me llamó.
-
¿Conocés algo de antigüedades, vos?
-
¡Claro!- le respondí.
-
Vení, que quiero mostrarte algo.
Entré
al bar por primera vez en muchos años, por el salón de enfrente, haciendo el
movimiento imaginario como hacía antaño en mis idas y venidas de memoria entre
las mesas de quebracho. Carlos me mostró una gaita escocesa y una guitarra
española que había encontrado abandonadas en el cuarto de los trastos.
-
Me pertenecen- le dije, contento de reencontrarme con esos tesoros olvidados.
-
Ya lo sabía- me respondió- Eladio me dijo que te las lleves, si querés.
Alcé
los bártulos y me propuse salir por el mismo camino, seguido por Carlos.
-
Eladio me pidió que te invitara formalmente al bar. Sos el único de los
antiguos vecinos que no se presentó nunca después de la inauguración.
-
Bien- le dije- pero quisiera hablar con él.
-
Por supuesto. Mañana, en el salón de conferencias del bar, se realiza una
exposición de artesanías regionales, oficiada por la comisión de cultura de la
comuna. Estás invitado, es a las 18, horas.
-
¿De qué se trata?
-
Washington Ternera exhibe su colección completa de ídolos paganos indígenas. Es
una reunión importante, parece, porque vendrán artesanos de todo el norte a ver
sus muestras y se ha invitado a la prensa y a las instituciones de cultura de
Abiponia y General Obligado.
Washington
Ternera se había distanciado de mí hacía algunos meses. De pronto dejó de
ofrecerme negocios de compraventa de artículos de artesanía y antigüedades,
aunque no se alejó del todo, seguía manteniendo contactos esporádicos; cada
tanto llamaba para saludarme y pasarme algunos datos intranscendentes.
La
última vez lo hizo desde Mar del Plata.
-
¡Qué bueno escucharte!- dije al responder el teléfono, casi a un mes del último
encuentro.
-
Ahora no me verás muy seguido por tus pagos. Estoy viejo, Martín, decidí no
viajar tanto como antes.
-
Sos un mentiroso- dije- Ya no te interesa negociar conmigo.
-
¿ Ah, sí?
-
¡Ah, sí!
- Bueno, escuchá esta propuesta:
ponele precio al manuscrito.
- Esa propuesta la escucho cada
tanto por la misma voz de siempre. Eso no tiene precio, vos lo sabés.
-
Sin embargo, hay quien pagaría doscientos mil.
- Ni por un millón.
Nos
despedimos esa noche, y no volvió a llamarme por dos meses más, cuando insistió
con la misma propuesta. Por supuesto, yo no creía en la clausura de sus viajes
al norte de Santa Fe, porque tenía noticias de él todas las semanas. Se había
distanciado de mí simplemente porque ya no le interesaba tanto mi compañía y se
sentía frustrado por no poder sacarme de las manos el manuscrito de Celestino.
Quizás esa era la razón de la inquina de Eladio, también, por eso la nueva
amistad entre ambos: se confabulaban para rescatarlo de mis manos. Sí, Eladio
sería capaz de ofrecer doscientos mil por el mamotreto, y ofrecer una buena
cifra al intermediario.
Además,
un hombre tan sofisticado y exhibicionista como Washington no pasaba
desapercibido en Abiponia. Noticias de su presencia me llegaban cada semana. Lo
veían los domingos a la noche en las parrilladas del pueblo, siempre escoltado
por una comitiva de gente de alcurnia, o en el Bar Abiponia, o los lunes en la
comuna. Había hecho buenas migas con la población académica después de la
publicación de su libro de cuentos: Crónicas de Abiponia. Ahora era una
eminencia literaria que todos los ilustres de la ciudad agasajaban sin
reservas. A la noche andaba muy bien acompañado por una Barby de plástico, una
despampanante muñeca imantada que él decía era su secretaria aunque no era más
que un adorno, y se movía en un auto importado, haciéndose notar con alboroto
de bocina por cada transeúnte conocido. Los lunes a la mañana, antes de partir
hacia el norte, visitaba las oficinas del Jefe de Comuna; llegaba con su
secretaria, con la que se hacía admirar por los muchachos de la oficina, y una
bolsa de facturas, saludaba con algarabía a los empleados administrativos,
tomaba mate con el jefe y luego se marchaba con la promesa de regresar a la
semana siguiente. Yo mismo lo había
visto una vez en la ventana del Hotel de los Inmigrantes, una mañana que
pretendió llamarme de Buenos Aires, en el cuarto, moviéndose al trote sobre su
cinta de caminar, a paso de maratonista siempre sin abandonar su centro de
gravedad. Me quedé un rato a observarlo en la vereda de enfrente, para
sorprenderlo en la mentira infantil, pero su rostro siguió mirando la pared
interna sin mosquearse por lo que ocurría en la calle.
-
¿Lo conocés a Ternera?- me preguntó Carlos.
-
Desde hace años.
-
Mister Spock hizo buenas migas con Eladio últimamente. Todos los lunes aparece
por acá y hablan durante horas en la oficina del club de bochas.
Carlos
me contó después que Washington entraba y salía del bar como dueño de casa. Que
se había hecho muy amigo de Ireneo también, y que incluso hacían algunos
negocios juntos.
-
¿Mister Spock?- pregunté, sorprendido.
-
Es el apodo de Washington, de las amables bromas de los muchachos. Los
bochistas que se las ven con él en la cancha, le descubrieron el parecido con
el Señor Spock, el legendario extraterrestre de la serie Viaje a las Estrellas.
-
¡Ah, sí! ¡Ahí está ese rasgo familiar que yo no podía desvelar!- dije- Supongo
que se lo toma a broma
-
No sólo se toma a risa la comparación, además la explota para hacer una campaña
de simpatías a su favor. Ya no hay concurrentes en el bar al que no caiga
cordial.
Washington
era capaz de usar cualquier cosa para atrapar la atención. Carlos me dijo que
después de recibir el homenaje de sus compañeros de juego, disfrazó
sensiblemente su apariencia exterior: se hizo rasurar notablemente el cabello,
para dejar a la vista sus enormes orejas puntiagudas, extendió con pintura las
cejas hacia las sienes, con lo que además dio un toque chinesco a sus ojos, e
incluso coloreó el rostro con cosméticos, de ese matiz raro que mostraba el
célebre personaje televisivo: aspecto algo satánico de color
verdiamarillorojizo.
“Lo
más importante es saber reírse de uno mismo”, dijo Carlos que dijo Washington,
al enterarse de su nueva identidad. Todos los lunes a la noche se presentaba al
juego de bochas expresando en broma la misma frase: “Vulcanianos y vulcanianas,
prepárence para perder esta nueva batalla galáctica”.
El
domingo, después de esta entrevista con Carlos, aparecí muy temprano en el bar,
me acodé al mostrador y pedí un agua tónica.
- ¿Paso de los Toros?- preguntó Carlos
-
La que sea, siempre y cuando esté fría.
-
Llegas temprano- dijo, alcanzándome unos folletos de artesanía y una hoja con
el muestrario de las piezas en exposición.
Me acomodé en la mesa más próxima
para leer los prospectos. En el salón jugaban a los naipes los muchachos del
barrio.
- ¿Quiere jugar?- preguntaron de una
mesa cercana a la mía. Buscaban completar el mínimo de cuatro jugadores, lo que
me hizo recordar las reglas impuestas por Benavídes, que todavía seguían en vigencia.
Por supuesto, dije que no con la cabeza.
Conociendo como conocía a los jugadores de naipes, y sus trucos, habría sido
una nueva categoría de suicidio: suicidio mediante naipes de póquer.
Después de pasar media hora leyendo
parecía que nadie notaba mi presencia; me soslayaron sin ningún tipo de
interés, como si yo fuera un cliente habitual.
- El Dr. Pascual se queja siempre de
su trago. Dice que le preparo una bebida desabrida y oscura, y que nadie la
hace mejor que vos- me comentó Carlos desde atrás de la barra.
- El Dr. Pascual es un exquisito,
toma una bebida demasiado sofisticada para cualquier iniciado en el rubro.
- Sé que no la preparo bien- dijo,
veladamente-¿Por qué no me enseñas?
Pasé detrás del mostrador. Mientras
él observaba, cargué el vaso con Gancia, Fernet, naranja y azúcar impalpable,
en su justa medida, y cuando batía esa ensalada traté de embocar el chorro del
sifón desde lejos. Hice un mal movimiento y me mojé la camisa.
- Esto último es un riesgo que sólo
te brindará pesadillas y muy pocas veces admiración- le dije, sonriendo
avergonzado.
Cuando
faltaban quince minutos para la hora de apertura, la gente comenzó a invadir el
salón principal. Había mujeres y hombres de edad, algunos eran conocidos en el
ambiente académico del pueblo, otros eran docentes de la primaria y la
secundaria, que llegaban invitados por las autoridades del pueblo; también
reconocí personas de otros lugares, y también observé gente desconocida entre
ellos, de General Obligado o de otra localidad. Los curiosos se mezclaron entre
la población periodística de los medios locales, que se hallaba en pleno, lo
que me llamó la atención dado que tenia entendido era una exposición de
artesanía regional, algo sin demasiado importancia periodística. Entraban por la
puerta principal y pasaban a la sala de conferencias a través de un pasillo
largo, donde antaño se acomodaban las mesas de billar.
Cuando
intentaba acoplarme a la legión de curiosos levanté la mirada y vi a Eladio
frente a la mesa. Llevaba un combinado sport compuesto de saco de lana marrón
con puntitas negras, camisa clara y pantalón negro. No llevaba corbata, lo que
me hizo sentir a tono con alguien de mi traza. Había observado que la mayoría
de los hombres vestían de etiqueta, aunque supuse era para abrigarse del frío
más que por cuestiones de protocolo.
-
Martín- dijo estirando el brazo- Me pareció que era usted; me alegro que siga
vivo.
-
Bueno- respondí, ofreciéndoles el mío- aún sigo en pie, y espero arreglar
algunos asuntos antes de desaparecer.
-
Ya habrá tiempo para eso. Ahora, por favor, acompáñeme al salón, usted deberá
ofrecerme ayuda de último momento.
Eladio
se había quedado sin anfitrión y debió improvisar un nuevo plan para atender a
los invitados. Washington había renunciado casi a los postres, dejando a Eladio
sin asistencia. Repartimos el trabajo esa tarde, Eladio se hizo cargo del
discurso inicial de Washington, una breve revisión histórica de las poblaciones
indígenas de la región con la que explicó la procedencia de los objetos artesanales
expuestos, y yo asumí el papel de asesor perito, tratando de enseñar la técnica
de elaboración utilizada por los artesanos aborígenes. La muestra contaba con
toda una serie de objetos de distinta procedencia, adquiridos por Washington
Ternera en su fuente de origen. Eladio se los compró para donarlos al museo de
la comuna.
Después
de cerrada la exposición nos quedamos charlando con Eladio hasta la medianoche,
de deportes, artesanía y recordando gente del vecindario. Desde ese día,
empezamos a vernos a diario, para jugar a los naipes y hablar de bueyes
perdidos. Nuestros problemas se resolvieron definitivamente cuando devolví el
manuscrito de Celestino, una decisión muy difícil para mí, pero necesaria para
recuperar la estima de la familia Padrán. Recordé a mi madre, tan precisa en
sus sentencias, buscando siempre resignar a todo a cambio de la honradez. Y las
palabras de Luis: “Por más que hagas, pasará mucho tiempo antes de que te
absuelvan”.
XXVIII
A
Washington Ternera volví a verlo frente a frente recién en abril de 2008.
Entonces, graciosamente, caí en la cuenta de su labor clandestina en las
relaciones entre Luis, Eladio y yo.
Con
el consentimiento de ellos, por supuesto, había realizado una campaña de
persuasión efectivamente ingeniosa, con la que logró despertarme de la eterna
obstinación. Esa era la mano blanca que yo siempre había vista negra detrás de
mis espaldas, y que por una razón de inmadurez intelectual, entendida siempre
como aberración de la mezcla de sentimientos, mi madre, los curas y muchas
otras personas de Abiponia, enternecidas por mi desorientada manía
persecutoria, o por esa inocente inclinación instintiva que vuelve torpe a los
piadosos y los despoja de toda capacidad de reflexión, habían intentado
concretar con una tramoya más
rudimentaria. Nunca alcanzaron su objetivo, y menos mal, porque en esa época yo
hubiera sido capaz de convertirme en un asesino serial.
Washington,
en cambio, explotó la misma táctica de contraespionaje implementada por los
ingleses para neutralizar los anhelos de Napoleón en la batalla de Waterloo,
mucho antes que los rusos intentaran lo mismo durante la Guerra Fría. Desde el
momento que me abandonó al ostracismo comercial el año anterior, cuando se
alejó de mí para afianzarse con Eladio y tentarme desde el búnker de los ricos
con cifras seductoras, mi anticuario había jugado a dos puntas, aunque el único
extremo expuesto era el mío. Por encargo de Eladio, que ya sospechaba de mi
gran descubrimiento en el Taller de los Crucifijos, utilizó una maniobra de
enredos de tipo doméstico, el sencillo y vulgar método de invadir la cabeza de
la víctima con pistas falsas, como hacen los políticos cuando confunden los
sentimientos de la gente común. Poco a poco fue inquiriéndome hasta descubrir
la existencia del manuscrito y los crucifijos. Yo mismo había confesado en
forma indirecta, tras sufrir su impiadosa indagación. Después intentó
obtenerlos a cambio de dinero, seguramente para medir la longitud de mi
codicia. Al final, con Eladio montaron
esa parodia del distanciamiento y entró en juego Luis con sus discursos
persuasivos, que me ablandaron definitivamente. Cuando me dí cuenta ya estaba
integrado al grupo.
Ese
día de abril Washington Ternera llegó al bar de forma imprevista, sin aviso, de
la mano de Eladio. Fue en momentos que ya había ganado la estimación de todos
los parroquianos y me sentía en el bar como parte necesaria del mismo. Eladio,
tras lograr su objetivo, cumplió con su parte del plan, que debía a Luis por
supuesto, y que consistía en integrarme a la comunidad definitivamente,
consiguiendo para mí lo que cualquier piojo resucitado pudiera considerar el
placer de tocar el cielo con las manos: su transigencia y afinidad con el poder
había logrado encumbrarme en un puesto político codiciado por muchos con
títulos acreditados, y que yo, por ser amigo del poder local, lo ganaba sin
méritos, aunque a costo de renunciar a esas reliquias sin valor (salvo el
sentimental).
-
No importa- había dicho Eladio después que yo, en el momento de aceptar el
puesto de Secretario de Cultura del pueblo, y con cierto recelo, intenté
justificar con creces el nombramiento- La política no es cuestión de
profesionalismo sino de sentimientos.
Eso de intelectual corre por cuenta de los países del primer mundo, y
ves, por eso están como están.
Washington
Ternera llegó al Bar Abiponia un domingo a la siesta, en el momento que me
encontraba almorzando una pizza de la casa.
-
¿Que tal?- preguntó Washington, tendiéndome la mano.
-
¡Mister Spock, el Vulcaniense!- dije, saltando de la silla para abrazarlo.
Hacía ya nueve meses que había perdido contacto con él.
- ¡Ja! Nadie muere joven en
Abiponia- dijo, respondiendo mi abrazo.
-
¡Qué bueno verte!
-
Como ves, aún estoy vivo.
- Sí, y con opción a muchos años
más, por lo que veo.
- ¿Sabés cual es el secreto?- dijo,
corriendo amablemente la silla para sentar a su nueva secretaria- Después de
los cincuenta nada de alcohol y comidas berretas.
Con
el mismo comentario didáctico de siempre se instaló a la mesa e iniciamos una
larga conversación junto a Carlos y Eladio.
- ¡No vayas a creer!- le dije, al
tiempo que sorbía mi trago de agua tónica- las comidas rápidas de Carlos son
muy nutritivas.
- ¿Qué te parece?- dijo Carlos-
nuestras pizzas y sándwiches son los mejores de la región.
-
Yo no puedo comer eso. Uno de jamón y queso es lo que me separa del infierno-
comentó irónico.
- ¡Spock!- dije entusiasmado,
palmeándole la espalda- tus sentencias agudas me dejan tranquilo. No perdiste
el ingenio durante estos meses.
-
Muy bien, a ver si el tuyo sigue en pie- respondió-, ¿cuál es el material más
apropiado para las estatuillas de madera?
- Palo santo y quebracho.
- ¿Quién encontró la cruz de Cristo
en Palestina?
- Santa Elena, la madre de
Constantino, en el año 326.
- ¡Éste es mi Martín!. Podrías haber
sido un gran profesor de literatura pero elegiste el de arqueólogo. Notable,
¿no?
-
Probablemente lo sea, aunque no tenga título- dijo Eladio.
- Poneme al tanto de tu vida- dijo
después- ¿Seguís con el negocio de reliquias, supongo?.
-
Ya no me resulta estar todo el tiempo detrás del mostrador.
- ¿Y entonces?
- Tengo secretaria. Yo vengo aquí
todas las tardes, a no hacer nada.
- Como yo, estás siempre de
vacaciones- dijo, burlándose de mí.
En
la televisión pasaban un breve informe de los enfrentamientos verbales entre
los campesinos y el gobierno.
- ¿Ves?- dije yo, apostando por las
razones de los agricultores- a veces no
vale la pena esmerarse mucho. Cuando estás a punto de sacar la cabeza a flote y
mejorar tu situación económica, aparece el gobierno para sacarte todo.
- Cada vez que conozco más a los
políticos adoro más a mi perro, dice el dicho. ¿Y Sultán?- preguntó Washington.
- Sultán murió de viejo- dije
apenado- Tenía más años que la injusticia.
- Injusticia, palabra estúpida,
sufrida únicamente por los pobres- dijo
Eladio, abriendo nuevamente el tema en conflicto.
-La
gente no muere de injusticia, Eladio, muere de stress, corriendo detrás del
dinero. A lo mejor habría que apoyar al gobierno y renunciar a la ambición
desmedida- sentenció Washington.
En
un salón de bar eso no era una crítica, ni siquiera un consejo. Oí que en una
mesa vecina alguien brindó por los Kirchner.
-
Y por los agricultores- dije yo, levantando el vaso-, si no es justa la pobreza
tampoco son justas las retenciones.
-
Lo dice el nuevo Secretario de Cultura- dijo irónicamente Eladio.
- ¿Es verdad?- me dijo Washington.
-
Sólo un cargo honorífico- dije yo.
La
charla siguió por ese lado, y en un momento se integró un estudiante de
Historia, que nos brindó una explicación sobre las aberraciones discursivas de
la presidente.
-
Es un discurso falso, porque carga las tintas contra un sector para favorecer a
otros, de los que ellos se nutren. Los Kirchner no son agricultores ni ganaderos,
son petroleros y mineros, por lo tanto están íntimamente ligados a la industria
automotriz y de artículos electrónicos y del hogar, productos que ellos
promocionan con el patrimonio del Estado. Dice que el campo sólo aporta el 15%
de la contribución tributaria, otra mentira aberrante: todo gira alrededor de
la industria alimenticia, cuya materia prima nace de la agricultura y la
ganadería, y genera todo lo demás.
- Ahí tenés un buen discurso de
persuasión. Aprendé, Martín, ahora que te dedicás a la política vas a tener que
practicar tácticas de convencimiento como ésa- se burló Washington, cuando el
estudiante se alejó de nosotros
Nos
quedamos charlando hasta que oscureció. Después Washington anunció su
despedida, se iría a Buenos Aires esa misma noche.
- Hasta pronto Martín- dijo, y
me brindó un abrazo.
- Espero no desaparezcas por mucho
tiempo- le dije, a modo de despedida.
Volvimos
a vernos al año siguiente, en un encuentro cultural en Buenos Aires.
XXIX
Luis
visitó Abiponia por esa fecha, y trajo a sus hijos, los hijos de Javier.
Los
muchachos vinieron a visitarme y se quedaron en la casona durante unos días. Yo
les preparé los cuartos vacíos al fondo del corredor, cuyos ventanales daban a
los fondos del terreno, frente al paisaje salvaje de la ribera del arroyo.
Les
enseñé mi negocio de imágenes de palo. Al parecer, les gustó la colección de
estatuillas exhibidas en el salón de venta, y se admiraron del trabajo
artesanal de mis torneros en el taller de carpintería.
-
Es arte puro- dijo el mayor, un día que charlábamos frente a frente, apoyados
al mostrador.
Los
llevé de excursión a los mismos lugares que frecuentábamos con Luis y Javier
durante la niñez, en las orillas del arroyo, donde pasamos mucho tiempo
pescando y cazando cuises con las mismas trampas usadas por los abipones en
épocas inmemoriales. Una noche fuimos de campamento al bosque de las
inmediaciones. Como antaño, pernoctamos alrededor de un fogón con la esperanza
de ver el carancho de Benavídez agazapado en la espesura del follaje, pero el
bicho no apareció, como era de esperar. Después acordamos que era una leyenda,
que lo que decía Eladio en su libro solamente era un recurso narrativo para
sembrar expectativas. Ellos me contaron acerca de sus vidas con Luis y lo feliz
que habían transitado por la infancia. El día previo a su partida los llevé a
visitar las tumbas de sus padres, lo que me agradecieron infinitamente. Luis
llegó esa misma tarde de Resistencia, con la noticia de un traslado urgente a
Buenos Aires, un negocio de última hora que los obligaba a partir al día
siguiente.
Esa
mañana Luis y yo conversamos mientras los muchachos preparaban las valijas.
-
Y tu padre, ¿cómo anda?- pregunté
-
Está bien. Vive en un departamento aledaño al mío; está bien atendido, no le
falta nada.
Volvíamos
a ser los de antes, charlando de cosas íntimas con la confianza de siempre.
-¿Estás
bien sólo, Martín?- me preguntó.
-
En cierta forma- le dije.
Me
dio una palmada para consolarme.
- ¿Les mostraste todo a los
muchachos?
- Todo- le dije- no pasé nada por
alto.
- Martín, perdoname que me
entrometa- me dijo, cambiando de tema- Pero este comercio, tiene poco.
-¿Poco?
- Pocas cosas. Poca variedad de
objetos. Esto es sólo para matronas y fetichistas.
- Pero es un buen negocio, gano muy
bien, lo suficiente para una buena vida, y para mantener tres sueldos
importantes.
- Está demasiado desnudo el salón,
Martín. Y deberías hacer algo para atraer otro tipo de gente, de mayor poder
adquisitivo.
- ¿Como qué?
- Antigüedades- dijo- algo que
atraiga la atención de los coleccionistas. General Obligado y Abiponia está
plagado de gente que requiere esos productos.
Una
mujer joven entró en ese momento y se acercó intrigada al estante de los
santos, observando detenidamente una estatuilla de San Esteban Diácono con los
brazos extendidos en cruz, los ojos mirando al cielo y una paloma en su hombro
izquierdo. El diseño pertenecía al
catálogo de Celestino, fabricada por mis torneros en madera de algarrobo colorado.
Mi política era no influenciar al cliente, aunque esta mujer era muy joven para
tomar una decisión. Me acerqué para ofrecerle información. Le conté acerca del
martirio del santo y del viaje de sus restos hacia América, mil quinientos años
después de su muerte. Le dije que la historia de su vida podía encontrarla en
el Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, pero que
también se había publicado un libro llamado Abiponia, que también hablaba sobre
su vida. Lo tenía en el negocio, y se lo mostré. Decidió llevarse la estatuilla
para regalársela a su madre.
-
Sos buen vendedor- dijo Luis- La gente te respeta y escucha atenta tus
comentarios. Se informa.
-
Sí. Nunca vendo nada sin historia. Ése es el secreto.
Nunca
estuve tan cerca de Luis. Recordé nuestras intrépidas aventuras, nuestras
frustraciones, y me dí cuenta que en realidad siempre habíamos querido ser
honrados.
- ¿Sos feliz aquí?- me preguntó.
- Sí, lo soy.
- Me alegro, Martín- dijo. Yo pensaba en Javier, nuestro
amigo.
Media hora después nos despedimos, regresaba a Buenos
Aires con sus hijos de crianza.
- Espero verte de
seguido- le dije
- Seguiremos
conectados, sos parte de mi historia.
No pude responder.
Hice una pausa, tenía dificultades para hablar.
- Hasta pronto Martín-
dijo en voz baja, dándome un abrazo.
- Hasta pronto, amigo-
dije al mismo tiempo.
Javier y Martín, los
hijos de Javier, me abrazaron. Como esperaba, ellos seguirían siendo parte de
mi vida, lo mejor que puede esperar un solterón añejo y sin familia como yo. Lo
importante para mí era transmitirles mi buena voluntad y disposición, y que
puedan contar conmigo de la misma forma que lo hacen con Luis.
Los muchachos se
marcharon con la promesa de regresar al año siguiente, pero volvimos a
reunirnos un mes después, en Buenos Aires. Me hospedé en un hotel muy cercano
al departamento de Luis, en uno de los barrios cercanos al centro de la ciudad.
Llegué a la
Capital en representación del gobierno de mi pueblo, con la
misión de presenciar una muestra artesanal en la Casa de Santa Fe, encuentro
financiado por el Gobierno de la
Provincia y del que era imprescindible la asistencia del
Secretario de Cultura de la
Comuna. Como
funcionario público, las obligaciones administrativas del gobierno de mi pueblo
aprovecharon el viaje para encomendarme algunas tareas de urgencia, de las que
debí ocuparme visitando comercios e instituciones en la metrópolis, y de
las que no hubiera salido indemne sin la
ayuda de los muchachos. Ellos pasaron conmigo tres jornadas intensas haciendo
de guías turísticos para que yo pudiera cumplir con mis obligaciones
burocráticas.
El último día de mi
estancia en Buenos Aires se clausuró el domingo, con el cierre de la muestra
artesanal, a la que asistí sin mis ayudantes voluntarios. Un sólo punto del
protocolo oficial había variado el orden del día, algo que yo no había
advertido en la nueva lista de conferencias. Para el discurso decisivo se
convocó a uno de los más conocidos representantes de arte autóctono
Suramericano, el arqueólogo Washington Ternera. A última hora se presentó para
sumarse al discurso de cierre como invitado especial.
Esa tarde, Washington
Ternera ofreció una conferencia quizás sin precedentes en la historia de
encuentros de ese tipo. Yo fui la estrella principal de su discurso. Me halló
confundido entre las más de trescientas personas del público, después de pasar
revista por el salón de audiencia y ubicarme semioculto entre los oyentes del
fondo.
Su improvisación fue
espectacular. A mitad de la charla, cuando describía las características específicas
de un artesano de vocación y nombraba una lista de virtudes específicas y
necesarias para el buen desenvolvimiento de la profesión, paseando la mirada
por los presentes se encontró con mis ojos.
- ¡Ho! la, la... - dijo, sardónicamente, al tiempo que yo
me encogía en la butaca- aquí, en la sala, tenemos en cuerpo presente un buen
ejemplo del prototipo al que me refiero.
Se escuchó un murmullo intenso en el recinto. Seiscientos ojos buscaban el citado paradigma
siguiendo la línea oblicua de su mirada, hacia el fondo, y yo, acorralado ya
por algunas miradas cómplices, recordé al cura Joaquín, treinta años atrás,
haciéndome señas desde el púlpito para integrarme a un discurso informal frente
a una multitud.
La mordacidad de Washington, sin embargo, no me inquietó
como aquella vez. Con su espontánea
reacción me obligaba a prosternarme, o hacer el ridículo frente a un
gentío, pero al menos estaba seguro de no tener que mentir como aquella vez.
Inspiré hondo, anticipando lo que haría a continuación.
Él seguía sonriendo frente al público, llamándome con gracia ante la mirada
divertida de los demás. Alcancé el pasillo central luego de maniobrar entre la
gente sentada a ambos lados de mi butaca, y crucé la distancia sumergido en un
infierno de interrogantes, tratando de neutralizar el flujo de sangre
transparentada en mi rostro.
- Querido público- dijo Washington al tiempo que extendía
su brazo izquierdo por sobre mis hombros- Tenemos aquí a un hombre del oficio
llamado Martín P. Recuerden ese nombre, caballeros.
Sus palabras sonaron como las de aquel supervisor directo
del F.R.I.N.O.R., en mi época de empleado raso: “No olviden ese nombre. Martín
P. ha intentado meter un tirafondo
girando su cabeza con una pinza...”
- Martín es un hombre especial- prosiguió-, y gracias a
esa exclusividad tan suya puedo decir que es único en el oficio. Un hombre cuya
imaginación es tan increíble que supera los límites de la credibilidad, es
capaz de crear su propia vida de ficción, y hasta de descubrir restos
arqueológicos en el sótano de su casa. Vean en esta lista de episodios si esa
vida no es tan fantástica como la fantasía misma: primero, Martín es hijo de un
personaje de ficción, de Larsen, el socio de Jeremías Petrus en la obra de
Onetti. Yo les digo, público presente, si alguno de ustedes creyera
verdaderamente ser el hijo de Napoleón, no habría nada en este mundo que le
impidiera conquistarlo.
El murmullo se propaló por el recinto, esta vez
acompañado de risas cómplices y miradas lastimeras.
- Segundo- prosiguió Washington, apretando sus dedos a mi
hombro-, Martín atesora en su casa los restos de San Esteban Diácono, uno de
los santos elegidos por San Pedro para catequizar a los judíos en el primer año
de nuestra era. Y yo les aseguro amigos míos, si ustedes creyeran en Macondo...
Se burlaba de mí, por supuesto, pero al final su discurso
fue tan atractivo y tan lleno de comicidad que los presentes me aceptaron
complacidos, casi con envidia diría yo, porque muchos hubieran querido estar en
mi lugar, parado enfrente de toda la audiencia y ser objeto didáctico de los
argumentos de Washington Ternera.
Pero las cosas buenas son efímeras. Washington Ternera
esa noche me acompañó a la
Terminal de Ómnibus de Retiro y me dio un sermón. Me despidió
en el andén y se quedó hasta verme desaparecer en los arrabales.
XXX
La noticia más agradable del año 2009 fue la elección de
la nueva Comisión Directiva del Club de Bochas Port Arthur, cuya cede se
encuentra todavía en las instalaciones del Bar Abiponia. Había varias listas postulantes para el
cargo, situación que nos encontraba
pujando en una carrera proselitista con precedentes habituales, ya que
Abiponia tenía lo que tenía que tener, siempre, pero lo que más tenía eran
jugadores de bochas sacándose filo en
los cinco clubes del pueblo. El nuestro tenía, y tiene, una historia de
campeón prácticamente inalcanzable en cantidad de galardones, en sus setenta
años de vida, lo que nos proponíamos conservar. El mensaje publicitario de la
lista roja apelaba a la tradición: había que conservar ese récord histórico, y
para ello el grupo directivo debía permanecer invicto en la nueva convocatoria.
Eladio había presidido la dirección del club los últimos cuatro años, pero
pensaba tomarse un descanso y me convocó para ocupar el puesto. Por supuesto,
no me negué, era un nuevo galardón para mí, que ganaba sin riesgos porque,
históricamente, los representantes de la lista roja jamás habían perdido una
elección. Sólo debía sentarme a esperar las propuestas nuevas de Eladio, que
serían las bases de gobierno del nuevo periodo, y luego gozar del prestigio.
Así ocurrió, el 2 de febrero ocupé el segundo cargo importante como piojo
resucitado: me eligieron presidente del Club de Bochas Porth Arthur.
Sólo hace un mes de
esto. Después de todo este tiempo de luchas logré recuperar la confianza
perdida en mi juventud. Hoy puedo decir que me encuentro satisfecho de mí
mismo. Puedo decir que finalmente conquisté lo que el Hermano Calixto y mi
madre se habían propuesto para mí. Es una buena razón para premiar el tesón de
ambos, y para que descansen en paz.
Yo, mientras tanto, paso mi vida entre el silencio de mis
ocupaciones y el bullicio de la soledad. Ya no existen, como antes, los bares
para gente sola. Siempre fui un solitario, pero siempre tuve dificultades para
mostrarme como tal. Ahora no estoy sólo, sin embargo. En el Bar Abiponia puedo
reunirme con mis antiguos amigos, compañeros con quienes puedo terminar de
beber un trago sin abandonar la copa por la mitad.
Tampoco hay mujeres
para mí, al menos no como Elvira, o como Ofelia, de ese calibre ajustado a mis
preferencias, damas con quienes pueda enfrentar una situación con total
libertad de albedrío. No es imprescindible, tampoco, ya encontré la forma de
vivir feliz.
Estoy aprendiendo que en la vida estamos de paso, que
Dios existe a pesar de todo, y que la paz no es un objeto que viene solo, sino
que hay que buscarlo.
El negocio anda a las mil maravillas. Allí estoy siempre,
a disposición de los clientes. Suelo fantasear con el oficio y la suerte que
tuve al encontrarme con él. Me gusta creer que fui enviado por Dios para fabricar, con imágenes
de palo, las pruebas materiales de su existencia. Una especie de custodio de
los temores de la gente, y una especie de remedio a esos temores.
A Washington Ternera no lo volví a ver, hasta el día de
hoy; jamás regresó a Abiponia, pero recuerdo perfectamente nuestro último
diálogo, cuando nos despedimos en los andenes de Retiro:
- Esto puede resultarte extraño, Martín- dijo-, pero
quiero advertirte, de todos modos: debes despertar tu conciencia a los
problemas reales. Debes despertar a la realidad.
Debo haber tenido el
aspecto de quien tarda diez minutos para que una información le llegue al
cerebro, porque insistió con la amonestación, para terminar finalmente dándome
un consejo:
- Empezá por aprender a andar en bicicleta.
FIN